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Relatos Ardientes

El accidente que les dio una eternidad de placer

4.1 (29)

Nicolás Herrera tenía treinta y siete años y una vida que giraba alrededor de dos cosas: el trabajo y el sexo. No necesariamente en ese orden. Era alto, fornido por años de cargar materiales en obras y trepar andamios, pelo castaño corto, mandíbula ancha con barba de varios días que nunca terminaba de crecer del todo ni de desaparecer. Vivía solo en un departamento pequeño del barrio de Alberdi, en Córdoba. Las paredes olían a tabaco y a comida traída en bolsa de papel.

De día, electricista independiente. Obras, instalaciones viejas, azoteas peligrosas, todo cobrado en efectivo. De noche, pornografía, masturbación y la app del teléfono donde buscaba mujeres con las que no tuviera que hablar demasiado antes de llegar al punto. Llevaba casi dos años sin pareja estable. La última, Romina, lo había dejado diciéndole que era un obseso. Tenía razón. Nicolás pensaba en sexo con la constancia tranquila de quien piensa en el tiempo que hace afuera.

Cuando encontraba compañía, no la prolongaba más de lo necesario. Las llevaba al departamento, cogía con ganas y sin rodeos, sin fingir que era otra cosa. Le gustaba hablar sucio, marcar el ritmo, sentir que el cuerpo de la otra persona reaccionaba exactamente a lo que él hacía. Era bueno en eso. Las que buscaban ese tipo de encuentro volvían.

Cuando no había nadie, se arreglaba solo. Sin ceremonias. Sentado en el sillón con el pantalón bajo las rodillas, miraba vídeos en el teléfono y terminaba en su propia panza con un gruñido contenido. Después dormía bien y sin culpa.

Esa mañana de martes había salido con el jean de siempre y una camiseta ajustada. Un cartel luminoso en un edificio viejo del peatonal del centro titilaba desde hacía meses y el encargado lo había llamado para que lo revisara. Subió a la azotea cargando la caja de herramientas sin sospechar nada.

No supo nunca que en menos de dos horas iba a estar muerto.

***

Sofía Ramos tenía treinta y un años y un cuerpo que hacía que la gente en la calle perdiera el paso. Mediana de estatura, piel clara, pelo negro muy largo y liso con pecas sobre los pómulos. Tetas grandes y firmes, caderas amplias, cintura marcada. Diseñadora gráfica que trabajaba desde su departamento en el barrio de Nueva Córdoba, rodeada de plantas colgantes y tres monitores donde pasaba el día editando imágenes para clientes que casi nunca veía en persona.

Su vida sexual era disciplinada en sus propios términos. Sin pareja desde hacía casi dos años, pero sin carencias. Usaba aplicaciones, salía cuando quería, elegía con criterio y no se disculpaba por saber exactamente lo que le gustaba. Le gustaba que la cogieran fuerte, que no anduvieran con rodeos, que hubiera tensión antes de cualquier contacto. Tenía una afinidad particular por las manos lentas y la boca en el cuello.

En casa, sola, tenía un cajón bien organizado. Vibrador de cabeza grande, plug anal de silicona, succionador de clítoris que usaba con una frecuencia que habría avergonzado a cualquier otra persona pero a ella le parecía perfectamente razonable. Se masturbaba sin pudor, mirándose en el espejo del placard con las piernas abiertas y tomando todo el tiempo que quería. Era una de las ventajas de estar sola.

Esa mañana había salido con el plug puesto debajo del vestido porque tenía reunión de trabajo en el centro y después tenía la tarde libre. Lo sentía con cada paso, un recordatorio cálido y constante de lo que planeaba hacerse al llegar a casa. Terminó la reunión al mediodía, tomó el ascensor y salió a la calle pensando en parar a buscar un café antes de volver.

No imaginaba que no iba a llegar.

***

El accidente fue ridículo. Sin grandeza, sin sentido, sin la menor dignidad cósmica. Nicolás estaba en la azotea revisando el sistema de anclaje del cartel luminoso cuando uno de los puntos de fijación, oxidado desde hacía años sin que nadie lo revisara, cedió sin aviso. El cartel cayó en bloque sobre él y lo aplastó contra el borde de la cornisa. El impacto fue instantáneo.

La fuerza del golpe desprendió una esquina afilada del marco metálico. Sofía pasaba exactamente por debajo en ese momento, con el café en la mano, mirando el teléfono.

Gritos. Sangre. Sirenas.

Murieron sin conocerse. En el mismo lugar, al mismo tiempo, por el mismo objeto oxidado que nadie había revisado en años. No fue destino ni castigo ni plan. Fue mala suerte de la más ordinaria y más estúpida.

***

Cuando abrieron los ojos, no había luz blanca ni silencio solemne. Había una habitación.

Suite de hotel, paredes de piedra oscura, luces cálidas al ras del suelo. Cama enorme con sábanas de seda. Un ventanal que daba a un paisaje que no existía en ningún mapa conocido: nubes de color naranja flotando sobre un horizonte sin línea clara. Un hombre de traje claro, cara de funcionario bancario, los esperaba sentado con las piernas cruzadas y las manos sobre la rodilla.

—Están muertos —dijo, sin preámbulo—. Esto es el tránsito. No es el cielo ni el infierno. Es el lugar donde van a decidir dónde quieren vivir para siempre. Pueden visitar ambos lados el tiempo que quieran, probar, comparar y después elegir. Una vez que eligen, el otro lado se convierte en vacaciones: treinta días al año. Sin más excepciones.

Se levantó, les entregó a cada uno una tarjeta negra con un símbolo dorado grabado, y desapareció por la puerta sin hacer ruido.

Nicolás se miró las manos. Sin suciedad, sin las marcas del trabajo de siempre. Sofía se tocó el pelo. Igual de largo, perfectamente liso. Los dos estaban desnudos y a ninguno de los dos pareció importarle.

Se miraron.

—Nicolás —dijo él.

—Sofía.

Silencio largo.

Sofía lo recorrió con los ojos de arriba abajo, sin prisa. Él hizo lo mismo. El cuerpo de ella era exactamente el tipo de cuerpo que a Nicolás le quitaba el pensamiento. El de él era exactamente el tipo de cuerpo que a Sofía le despertaba la atención de forma inmediata.

—¿Qué hacemos? —preguntó él, aunque su cuerpo ya tenía una respuesta bastante clara.

—Lo que tengamos ganas —respondió ella—. Estamos muertos. Nadie nos mira.

Se acercó a él despacio. Le apoyó la palma abierta en el pecho y lo empujó suavemente hacia la cama. Él se sentó en el borde y la observó ponerse de rodillas entre sus piernas sin apartar los ojos de los suyos.

Lo tomó con las dos manos, lo midió un momento con la mirada, y se lo metió en la boca con calma. Nicolás apoyó la mano en su pelo sin empujar, dejándola moverse a su ritmo. Sofía trabajaba con la lengua y las manos a la vez, levantando la vista de vez en cuando para ver cómo cambiaba su cara. Cuando él llegó al límite, ella no apartó la boca. Tragó sin apartar los ojos de los suyos.

Después se subió a la cama. Lo tumbó de espaldas. Se colocó encima a horcajadas y lo hizo entrar en ella muy despacio, con los ojos cerrados el primer momento y después abiertos, puestos en los de él.

—Estamos muertos y todavía estás apretada —murmuró Nicolás, con las manos en sus caderas.

—Y vos seguís siendo grueso aunque hayamos cruzado al otro lado —respondió ella, empezando a moverse.

Se rieron los dos un segundo. Después dejaron de hablar.

Sofía cogía a su ritmo, apoyando las palmas en el pecho de él, moviéndose con cadencia lenta que de vez en cuando interrumpía para bajar a besarlo. Él le agarraba el culo con las dos manos y marcaba el ritmo desde abajo. Se corrió ella primero, con la frente apoyada en su hombro, apretándole los dedos en la espalda. Él siguió hasta que terminó también, jadeando en su cuello.

Quedaron quietos un rato largo, entrelazados en la cama de seda, mirando el techo de piedra oscura.

—Bien —dijo Sofía por fin.

—Sí —confirmó él.

***

La primera visita fue al cielo.

La tarjeta los transportó a un jardín que no tenía bordes visibles en ninguna dirección. Flores grandes con luz propia, fuentes de agua transparente, el aire con un olor dulce que no tenía nombre exacto. Cuerpos desnudos moviéndose entre la vegetación con naturalidad, sin urgencia, en grupos y de a dos. Una figura con alas blancas se acercó: mujer de cara serena, voz suave como si hablara desde adentro de la cabeza.

—Aquí el placer no tiene peso. Sin culpa, sin límite, sin cansancio.

No hicieron falta más instrucciones.

Sofía se inclinó hacia la figura alada y la besó. La ángela respondió con una suavidad casi irreal. Nicolás se sumó desde atrás, con las manos en las caderas de Sofía primero y luego deslizándolas hacia la ángela. Los tres se enredaron en el pasto sin orden fijo. La ángela tenía la piel tibia y la boca dulce, y hacía lo que le pedían antes de que terminaran de pedirlo. Sofía se corrió dos veces antes de que Nicolás terminara.

Pasaron varios días allí. Orgías lentas bajo una luz que no cambiaba de intensidad. Cuerpos perfectos que no se cansaban nunca, que pedían antes de tomar, que hablaban en voz baja. Todo era generoso, suave, limpio. Sin un solo momento incómodo.

Al cuarto día, Sofía estaba tumbada boca arriba en el pasto mirando el cielo color miel, con la cabeza apoyada en el hombro de Nicolás y los dos en silencio.

—¿Qué te pasa? —preguntó él.

—Nada malo. Es que... echo de menos algo con más filo. Que alguien me trate distinto. Que no todo sea tan amable.

Nicolás no respondió enseguida. Él también lo había sentido. El cielo era perfecto en su forma, pero perfecto de una manera que empezaba a saber siempre a lo mismo.

—Vamos al infierno —dijo.

***

El infierno tenía una temperatura que no quemaba sino que envolvía, como estar parado cerca de una hoguera sin tocarla. Paredes de roca negra y brillante. Luces de color rojo bajo. Un olor a azufre mezclado con sudor y con algo más difícil de nombrar, algo que llegaba al cuerpo antes de que el cerebro terminara de procesarlo.

Los recibió una figura alta, pelo negro hasta la cintura, cuernos pequeños y pulidos, cola larga y fina que se movía sola como si tuviera voluntad propia. Cuerpo de ángulo y fuerza. Pezones perforados con argollas doradas. Ojos completamente negros.

—Los que llegan aquí ya saben lo que buscan —dijo, sin presentarse—. Aquí no hay nada prohibido. Ni aquí ni en ningún otro lado de este plano.

Sofía sintió calor entre las piernas antes de que nadie la tocara.

La demonia la tomó de la mano y la condujo hacia una plataforma de roca plana y caliente. La tumbó boca arriba, le abrió las piernas y empezó por la boca. Sofía cerró los ojos y agarró el borde de la roca con los dos puños, apretando hasta que los nudillos le dolieron un poco. Era exactamente el tipo de dolor que no quería que parara. Nicolás los miraba desde un costado hasta que otra figura surgió detrás de él y lo obligó a arrodillarse.

Lo que pasó en el infierno durante los días siguientes no tenía estructura ni principio claro. Era exceso sin pausas voluntarias. Había momentos en que estaban los dos solos, y momentos en que había figuras de formas que no tenían nombre en ningún idioma que conocieran, que llegaban y participaban sin pedir permiso, que los ataban o los usaban o los dejaban usar. Sofía se dejó atar en más de una ocasión, con las manos sobre la cabeza y la espalda contra la roca caliente. Nicolás cogió sin registro de tiempo. Los dos se corrieron tantas veces que dejó de tener sentido llevar la cuenta.

Una noche, en una habitación pequeña de roca caliente donde el fuego de las antorchas proyectaba sombras que se movían solas, estaban los dos solos. Sofía apoyada en la pared, Nicolás detrás, moviéndose despacio, con el cuerpo agotado pero sin querer detenerse todavía.

—¿Cuántos días llevamos aquí? —preguntó Sofía en voz baja.

—Muchos. No sé cuántos.

—¿Estás bien?

—Sí. Pero empieza a cansarme.

Ella asintió, sin hablar durante un momento.

—A veces quiero silencio —admitió después—. Quiero cogerte solo a vos, sin nadie mirando, sin que me peguen ni me griten. Quiero algo tranquilo aunque sea un rato.

Nicolás le apoyó la frente en la nuca y se detuvo.

—Yo también.

***

Volvieron a la suite de tránsito con la piel sensible y la mente llena de imágenes de los días anteriores. El hombre del traje los esperaba en el mismo sillón, con la misma postura, como si el tiempo no hubiera pasado.

—Es el momento —dijo—. Residencia permanente en uno de los dos planos. El otro, treinta días al año, sin excepciones adicionales.

Dejó una hoja sobre la mesa de mármol y se fue.

Se sentaron en la cama los dos desnudos, con las piernas entrelazadas. Sofía tenía marcas leves en los brazos del infierno. Nicolás tenía los hombros tensos de días de exceso.

—El cielo tiene todo lo que siempre decís que querés —empezó él, pensando en voz alta—. Placer constante, sin consecuencias, sin un solo momento incómodo.

—Sí —dijo ella—. Pero me aburre rápido. Lo que me excita de verdad es el contraste. El filo. Que no todo sea gentil. En el cielo nadie te trata como un objeto, y a veces es exactamente eso lo que quiero.

—El infierno lo tiene de sobra.

—Demasiado. Después de varios días empecé a querer silencio. A querer que me tocaras despacio, sin demonio mirando, sin que me ahogaran con nada. Quería cogerte solo a vos, mirándote a los ojos.

Nicolás asintió. Él entendía exactamente lo que describía.

—Entonces los dos queremos lo mismo —dijo—. Infierno de base. Cielo de vacaciones.

Sofía levantó la vista hacia él.

—¿Vos también?

—El cielo es demasiado amable para quedarse para siempre. Me gusta el sexo con textura, con resistencia. Pero también me gustan esos treinta días de pausa. De cogerte sin nada alrededor. Sin ruido y sin azufre. Solo vos y yo.

Sofía le pasó la mano por la mandíbula. Él giró la cabeza y le besó la palma.

—Infierno permanente con vacaciones en el cielo —confirmó ella—. Y entre los dos, sin importar dónde estemos.

Se subió encima de él. Tomó su pija con la mano y la acomodó en la entrada, bajando muy despacio, con los ojos abiertos y puestos en los de él. Nicolás le puso las manos en las caderas, sin apurar nada.

—Infierno para siempre —dijo él, con voz grave.

—Y treinta días en el cielo para recordar que el cuerpo también necesita descansar —añadió ella, empezando a moverse.

—Y sin separarnos.

—Sin separarnos.

Los gemidos volvieron a llenar la suite de tránsito mientras sellaban con el cuerpo el único acuerdo que importaba. Afuera, las nubes naranjas seguían flotando sobre el horizonte violeta, indiferentes. Adentro, dos personas que no se habían conocido en vida encontraban en la muerte lo que ninguna vida les había dado: un equilibrio exacto entre lo que querían y lo que necesitaban.

Ninguno de los dos tenía quejas al respecto.

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4.1 (29)

Comentarios (10)

Lua_MDP

que concepto!! nunca vi algo asi por aca, que originalidad

SantiagoR_77

La premisa me dejo sin palabras. Dos desconocidos que se reconocen en el mas alla sin decirse nada... tremendo. Sigue escribiendo por favor.

MarisolPLT

se hizo cortisimo, queria mas! muy bueno igual

Cachopo

jajaja la idea es literalmente de otro mundo. Me saque el sombrero

NocheLectora

Me encanto como lo escribiste, se siente intenso sin ser tosco. De lo mejor que lei en mucho tiempo por aca

RodriMdz

Nunca habia leido un relato con ese contexto. Que creatividad, chapeau.

Valentina_86

Que final tan poetico, me llego al corazon de verdad. Gracias por compartirlo

DiegoSCL

Pedazo de relato. La tension del principio te atrapa desde la primera linea y no podes soltar

LectorzuelaMdp

Me quede pensando en esto toda la tarde jajaj, que historia

solitaria_bn

Ay, que hermosa manera de tratarlo. No esperaba ese giro, que sorpresa tan agradable

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