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Relatos Ardientes

La tarde que mi profe cedió en la biblioteca

3.6 (31)

La primera vez que noté que el profesor Torres me miraba de más fue un martes lluvioso de octubre. Llevábamos tres semanas de cátedra y yo ya tenía bien identificado el punto ciego del aula: el asiento del fondo a la derecha, casi escondido detrás del estudiante alto que siempre llegaba tarde. Desde ahí podía cruzar las piernas sin que nadie lo viera. Excepto él.

El profesor Torres tendría unos cuarenta años. Era delgado, usaba anteojos de armazón oscura y hablaba de historia latinoamericana con una intensidad que no era habitual en esa facultad. No era atractivo en el sentido convencional, pero había algo en su manera de moverse por el aula —esa seguridad tranquila de quien sabe exactamente lo que está haciendo— que me resultaba irresistiblemente interesante desde el primer día de clases.

Ese martes, mientras explicaba algo sobre los movimientos de independencia con la tiza en la mano, crucé las piernas y vi cómo sus ojos abandonaban el pizarrón por un segundo. Solo un segundo. Pero fue suficiente.

Me di cuenta de varias cosas al mismo tiempo: que él era consciente de dónde estaba yo sentada, que sabía exactamente lo que llevaba puesto debajo de la falda, y que estaba haciendo un esfuerzo enorme por no mirar. Ese esfuerzo me pareció más revelador que cualquier mirada directa.

Esa tarde volví a casa con algo encendido en el pecho que tardé en identificar. No era sorpresa, exactamente. Era algo más parecido al reconocimiento.

***

Al día siguiente fui al baño antes de su clase y me quité la ropa interior. La guardé en el bolsillo interior de mi mochila y entré al aula como si nada. Me senté en mi lugar, abrí el cuaderno, esperé a que él comenzara.

En algún momento durante los primeros diez minutos, abrí las piernas.

No fue algo exagerado ni teatral. Solo me senté como si el calor del aula fuera demasiado y esa fuera la postura más cómoda. Pero él lo vio. Estaba pasando lista y se detuvo en mi nombre una fracción de segundo más de lo normal.

—Valentina.

—Presente —respondí con la voz más inocente que pude.

Terminó la lista. Siguió la clase. Pero cada vez que caminaba hacia mi lado del aula, desviaba levemente la ruta para no pasar demasiado cerca. También noté eso.

Al finalizar la clase, cuando los demás ya habían salido, me llamó.

—Quédate un momento.

Me acerqué a su escritorio. Él esperó a que el último estudiante cerrara la puerta a sus espaldas.

—Valentina, lo que estás haciendo no está bien.

—¿Qué estoy haciendo? —pregunté, sosteniéndole la mirada.

Se pasó la mano por el cuello. Bajó la voz.

—Sabes perfectamente qué estás haciendo. Y te pido que pares. Porque si no...

No terminó la frase. Ese «si no» suspendido en el aire fue lo más excitante que me habían dicho en mucho tiempo.

—No sé de qué me habla, profesor.

Me fui antes de que pudiera responder.

***

Esa noche estuve despierta más de lo que hubiera querido. Me lo imaginaba en su oficina después de que me fui, revisando apuntes que no necesitaban revisión, tratando de no pensar en lo que había visto. Me pregunté si estaría pensando en mí mientras yo pensaba en él.

Me metí la mano entre las piernas y me masturbé imaginando exactamente eso: su cara cuando me vio sin ropa interior, su voz bajita advirtiéndome junto al escritorio, su control a punto de ceder. Me imaginé su mano apoyándose en mi cabeza, su respiración cambiando, su mirada perdiendo esa distancia profesional que mantenía en el aula.

No tardé mucho.

***

El viernes llegué preparada. Me había vestido con cuidado: blusa clara, falda oscura, y nada debajo desde el comienzo de la jornada. Ya me había acostumbrado a esa sensación durante los días anteriores, y ya no me ponía nerviosa.

Me senté, abrí el cuaderno, esperé.

El profesor Torres entró, dejó su portafolio sobre el escritorio, y antes de mirar al grupo me miró a mí. Solo un instante. Suficiente para que yo supiera que había estado pensando en cómo manejar lo que viniera.

No lo manejó.

A mitad de la explicación, mientras tenía la espalda vuelta hacia el pizarrón, abrí bien las piernas. Cuando se giró, ya las tenía cruzadas de nuevo. Lo hice tres o cuatro veces durante la clase. Cada vez notaba cómo le costaba un poco más mantener el hilo de lo que estaba diciendo.

Entonces se acercó a mi asiento. Se agachó levemente, como si fuera a señalar algo en mi cuaderno, y me dijo en voz muy baja:

—Si no vas a usar ropa interior, al menos dámela para que no sea una distracción constante.

Lo miré un momento.

—¿Me la devuelve después?

—El próximo viernes.

Lo pensé dos segundos. Saqué la ropa interior de mi bolsillo —la había traído previendo exactamente este momento— y la deslicé por debajo del cuaderno hacia su mano. Él la tomó sin que nadie lo viera y la guardó dentro de su portafolio.

Siguió la clase como si nada.

Yo también.

***

El siguiente viernes llegué al aula con una mezcla de anticipación y algo que se parecía peligrosamente al nerviosismo. Esperé.

Cuando pasó lista, al llegar a mi nombre se acercó a mi asiento y depositó sobre mi cuaderno un sobrecito doblado. Lo tomé con disimulo y lo guardé en la mochila sin abrirlo.

Lo abrí en el baño, entre clases.

Era mi ropa interior. Doblada con cuidado, con una nota manuscrita que decía: Póntela antes de mi clase.

Lo hice.

Y cuando me la puse noté que olía diferente. No era mi olor. Era algo más cálido, más denso, inconfundible. Entendí de inmediato lo que había pasado con ella durante esa semana y sentí una corriente que me recorrió entera, desde la nuca hasta los talones.

Entré a su clase con esa ropa puesta. Me senté. Y cuando él me miró, no hice nada especial. Solo le devolví la mirada y dejé que sacara sus propias conclusiones.

A mitad de la clase se paró junto a mi asiento con el pretexto de revisar algo en mi cuaderno y me dijo, casi sin mover los labios:

—Después de tu última clase de hoy, ve a la biblioteca. Pasillo del fondo, entre los anaqueles de historia colonial. Espérame ahí.

Asentí sin decir nada.

***

La biblioteca de la facultad estaba casi vacía a esa hora de la tarde. Quedaban dos o tres personas en las mesas del frente, pero el pasillo del fondo —flanqueado por hileras de estanterías que nadie había tocado en meses— estaba completamente desierto. Olía a papel viejo y al polvo acumulado de años de libros que nadie pedía.

Lo esperé de pie, con la mochila en el hombro y el corazón un poco más acelerado de lo que hubiera querido admitir.

Llegó a los diez minutos. Saludó a la bibliotecaria en la entrada como si viniera a buscar una referencia cualquiera, y caminó hacia mí con paso tranquilo. Se detuvo a medio metro.

—Puedes irte si quieres —dijo—. Nadie te obliga a estar aquí.

—Ya lo sé.

—¿Y?

—Ya lo sé, y estoy aquí de todas formas.

Asintió. Dio un paso hacia mí y me tomó de la cintura con las dos manos. No con brusquedad, sino con la firmeza de alguien que lleva semanas pensando exactamente en ese momento y ya sabe lo que quiere.

Me besó en el cuello. Despacio, sin apuro. Con la boca abierta y el aliento cálido contra mi piel.

—Llevas semanas volviéndome loco —dijo contra mi oído.

—Lo sé —admití.

—¿Lo hacías a propósito?

—¿Tú qué crees?

Se separó lo suficiente para mirarme a la cara. Sonrió por primera vez en todo el tiempo que lo conocía fuera del contexto del aula. Fue una sonrisa pequeña y un poco cansada, como de alguien que lleva demasiado tiempo resistiendo algo que ya sabe que es inevitable.

—Eres una persona muy complicada, Valentina.

—Usted también, profesor.

Nos reímos. Y eso rompió algo, porque después de reírnos fue todo mucho más fácil.

***

Encontró una colchoneta enrollada detrás de los estantes —nunca supe por qué estaba ahí y tampoco me importó— y la extendió en el suelo del pasillo. Me recosté. Él se arrodilló junto a mí y me recorrió las piernas con las manos desde las rodillas hacia arriba, con una calma que me desesperó un poco porque yo ya no tenía ninguna.

Cuando llegó a mi cadera y encontró lo que buscaba, se detuvo un segundo.

—¿Es la misma? —preguntó.

—La misma.

Algo en su cara cambió. Se volvió más intenso, más concentrado. Me apartó la tela con los dedos y me tocó directamente, y el sonido que salió de mi boca fue involuntario y completamente honesto. Me mordí el antebrazo para controlarlo.

Lo que hizo con la boca durante los siguientes minutos fue suficiente para hacerme olvidar el aula, los cuadernos, la historia latinoamericana y todo lo demás. Dejé que todo pasara con esa extraña mezcla de control y abandono que solo se da cuando llevas demasiado tiempo esperando algo.

Cuando me separé de él me puse de rodillas y le desabroché el pantalón. Tenía las manos un poco temblorosas, no de miedo sino de impaciencia.

Lo tomé con la mano primero. Después con la boca.

Escuché cómo cambiaba su respiración. Lo sentí apoyar una mano en mi cabeza, sin presionar, solo descansándola ahí como si necesitara anclarse a algo. Le di todo lo que sabía dar, con una atención que era en parte deseo y en parte curiosidad genuina, y escuché cómo intentaba controlar los sonidos que hacía sin lograrlo del todo.

—Valentina —dijo en voz baja.

No respondí. Seguí.

Después me recostó nuevamente. Se acomodó sobre mí. Me apartó la ropa interior y entró despacio, con cuidado, completamente distinto a lo que había imaginado sola en mi cuarto esas noches anteriores —nadie nunca es exactamente como uno lo imagina— pero mejor que cualquier imagen que me hubiera construido.

Le rodeé los hombros con los brazos y enterré la cara en su cuello para ahogar cualquier sonido que no pudiera controlar.

Empezó despacio. Fue acelerando. Yo también, contra él, con él, siguiendo algo que no era exactamente un ritmo sino más bien una conversación donde los dos íbamos haciendo preguntas y respondiendo al mismo tiempo.

El timbre de salida de la facultad sonó en algún momento lejano. Ninguno de los dos nos detuvimos.

***

Terminó poco después. Se separó de mí y se sentó en el suelo con la espalda apoyada contra los anaqueles, ligeramente sin aliento. Guardó silencio durante un momento que se me hizo largo pero no incómodo.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí.

—¿De verdad?

—De verdad, Torres.

Fue la primera vez que lo llamé por su apellido sin el «profesor» delante. Ninguno de los dos lo comentó, pero los dos lo notamos.

Me arreglé la ropa, me puse la mochila, y antes de irme me volví hacia él.

—¿El próximo viernes? —pregunté.

Se quedó callado un momento. Uno largo.

—El próximo viernes —dijo al final.

Salí de la biblioteca. Me uní al flujo de estudiantes que salían por el portón principal como si acabara de venir a consultar un libro de historia colonial. Nadie me preguntó nada. Nadie notó nada.

Caminé hasta casa con esa sensación rara de haber cruzado algún tipo de línea y no estar del todo segura de si eso era inteligente o no, pero saber con absoluta certeza que no lo lamentaba.

Esa noche dormí de un tirón por primera vez en semanas.

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3.6 (31)

Comentarios (8)

Marcos_72

Buenisimo!!! Uno de los mejores que lei en mucho tiempo

PatriciaM

Segunda parte por favor!!!! Dejaste todo muy abierto, necesito saber que paso despues jeje

Gastón_86

Me recordó a algo que casi me pasó en la facu, aunque la mia no tuvo un final tan bueno jaja. Muy bien contado

Lucrecia_BA

increible como lo describiste, se siente real

Sinfonista

La tension que construiste es lo mejor. No hace falta ser explicito para que sea intenso, eso se agradece. Gracias por compartirlo

amigoemanuelan

Hubo una segunda vez? jaja en serio, ojala haya continuacion pronto

Fabricio_mx

genail, segui asi!!

Tomas_2k

No suelo comentar pero este me saco una sonrisa. Bien escrito y sin vulgaridades innecesarias, eso se valora mucho

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