La tarde que mi profe cedió en la biblioteca
La primera vez que noté que el profesor Torres me miraba de más fue un martes lluvioso de octubre. Llevábamos tres semanas de cátedra y yo ya tenía bien identificado el punto ciego del aula: el asiento del fondo a la derecha, casi escondido detrás del estudiante alto que siempre llegaba tarde. Desde ahí podía cruzar las piernas sin que nadie lo viera. Excepto él.
El profesor Torres tendría unos cuarenta años. Era delgado, usaba anteojos de armazón oscura y hablaba de historia latinoamericana con una intensidad que no era habitual en esa facultad. No era atractivo en el sentido convencional, pero había algo en su manera de moverse por el aula —esa seguridad tranquila de quien sabe exactamente lo que está haciendo— que me resultaba irresistiblemente interesante desde el primer día de clases.
Ese martes, mientras explicaba algo sobre los movimientos de independencia con la tiza en la mano, crucé las piernas y vi cómo sus ojos abandonaban el pizarrón por un segundo. Solo un segundo. Pero fue suficiente.
Me di cuenta de varias cosas al mismo tiempo: que él era consciente de dónde estaba yo sentada, que sabía exactamente lo que llevaba puesto debajo de la falda, y que estaba haciendo un esfuerzo enorme por no mirar. Ese esfuerzo me pareció más revelador que cualquier mirada directa.
Esa tarde volví a casa con algo encendido en el pecho que tardé en identificar. No era sorpresa, exactamente. Era algo más parecido al reconocimiento. Y algo más abajo del pecho, también, un cosquilleo húmedo entre las piernas que no me molesté en disimular apenas cerré la puerta de mi cuarto.
***
Al día siguiente fui al baño antes de su clase y me quité la ropa interior. La guardé en el bolsillo interior de mi mochila y entré al aula como si nada. Me senté en mi lugar, abrí el cuaderno, esperé a que él comenzara.
En algún momento durante los primeros diez minutos, abrí las piernas.
No fue algo exagerado ni teatral. Solo me senté como si el calor del aula fuera demasiado y esa fuera la postura más cómoda. Pero él lo vio. Estaba pasando lista y se detuvo en mi nombre una fracción de segundo más de lo normal.
—Valentina.
—Presente —respondí con la voz más inocente que pude.
Terminó la lista. Siguió la clase. Pero cada vez que caminaba hacia mi lado del aula, desviaba levemente la ruta para no pasar demasiado cerca. También noté eso. Y noté el bulto que se le marcaba contra la tela del pantalón cada vez que se giraba de espaldas al pizarrón.
Al finalizar la clase, cuando los demás ya habían salido, me llamó.
—Quédate un momento.
Me acerqué a su escritorio. Él esperó a que el último estudiante cerrara la puerta a sus espaldas.
—Valentina, lo que estás haciendo no está bien.
—¿Qué estoy haciendo? —pregunté, sosteniéndole la mirada.
Se pasó la mano por el cuello. Bajó la voz.
—Sabes perfectamente qué estás haciendo. Sé que no tenías bragas debajo de esa falda. Te vi el coño, Valentina. Y te pido que pares. Porque si no...
No terminó la frase. Ese «si no» suspendido en el aire fue lo más excitante que me habían dicho en mucho tiempo.
—No sé de qué me habla, profesor.
Me fui antes de que pudiera responder.
***
Esa noche estuve despierta más de lo que hubiera querido. Me lo imaginaba en su oficina después de que me fui, revisando apuntes que no necesitaban revisión, tratando de no pensar en lo que había visto. Me pregunté si estaría pensando en mí mientras yo pensaba en él.
Me metí la mano entre las piernas y me masturbé imaginando exactamente eso: su cara cuando me vio el coño desnudo entre los muslos, su voz bajita advirtiéndome junto al escritorio, su control a punto de ceder. Me imaginé bajándole el cierre del pantalón ahí mismo, sacándole la polla dura y caliente, arrodillándome frente a él sobre la tarima del aula vacía. Me imaginé metiéndomela entera en la boca, sintiéndola golpear el fondo de mi garganta, sus dedos apretándome el pelo mientras me follaba la cara sin decir una palabra. Me imaginé cómo me apoyaría contra el escritorio, cómo me subiría la falda hasta la cintura, cómo me abriría los labios del coño con los dedos para mirarme antes de meter la lengua.
Tenía dos dedos adentro y el pulgar apretándome el clítoris en círculos rápidos. Se me escapó un gemido contra la almohada cuando lo imaginé escupiendo sobre mi coño y clavándome la verga de un solo empujón. La otra mano me apretaba una teta, me pellizcaba el pezón hasta que dolía. Me corrí pensando en su semen caliente resbalándome por los muslos, en cómo me obligaría a limpiarle la polla con la lengua después de haberse vaciado adentro mío.
No tardé mucho. Y me corrí otra vez, quince minutos después, imaginando lo mismo pero más sucio.
***
El viernes llegué preparada. Me había vestido con cuidado: blusa clara, falda oscura, y nada debajo desde el comienzo de la jornada. Ya me había acostumbrado a esa sensación durante los días anteriores, y ya no me ponía nerviosa.
Me senté, abrí el cuaderno, esperé.
El profesor Torres entró, dejó su portafolio sobre el escritorio, y antes de mirar al grupo me miró a mí. Solo un instante. Suficiente para que yo supiera que había estado pensando en cómo manejar lo que viniera.
No lo manejó.
A mitad de la explicación, mientras tenía la espalda vuelta hacia el pizarrón, abrí bien las piernas. Cuando se giró, ya las tenía cruzadas de nuevo. Lo hice tres o cuatro veces durante la clase. Cada vez notaba cómo le costaba un poco más mantener el hilo de lo que estaba diciendo, y cómo se le iba marcando el bulto entre las piernas cada vez más notorio.
Entonces se acercó a mi asiento. Se agachó levemente, como si fuera a señalar algo en mi cuaderno, y me dijo en voz muy baja:
—Si no vas a usar bragas, al menos dámelas para que no me pase la clase entera pensando en tu coño.
Lo miré un momento.
—¿Me las devuelve después?
—El próximo viernes.
Lo pensé dos segundos. Saqué la ropa interior de mi bolsillo —la había traído previendo exactamente este momento, y me había cuidado de restregármela bien contra el coño mojado antes de guardarla— y la deslicé por debajo del cuaderno hacia su mano. Él la tomó sin que nadie lo viera y la guardó dentro de su portafolio. Alcancé a ver cómo se pasaba disimuladamente el pulgar por la tela antes de cerrar el maletín, palpando la humedad que había dejado.
Siguió la clase como si nada.
Yo también.
***
El siguiente viernes llegué al aula con una mezcla de anticipación y algo que se parecía peligrosamente al nerviosismo. Esperé.
Cuando pasó lista, al llegar a mi nombre se acercó a mi asiento y depositó sobre mi cuaderno un sobrecito doblado. Lo tomé con disimulo y lo guardé en la mochila sin abrirlo.
Lo abrí en el baño, entre clases.
Era mi ropa interior. Doblada con cuidado, con una nota manuscrita que decía: Póntelas antes de mi clase. Me he corrido tres veces sobre ellas esta semana pensando en ti.
Lo hice.
Y cuando me las puse noté que olían diferente. No era mi olor. Era algo más cálido, más denso, inconfundible: semen seco impregnado en la tela, ese perfume espeso y salado que se me pegó de inmediato entre los labios del coño en cuanto me las subí por los muslos. Entendí de inmediato lo que había pasado con ellas durante esa semana —me lo imaginé masturbándose contra mi tela, gimiendo bajito en su oficina, corriéndose a chorros sobre el algodón que llevaba mi olor— y sentí una corriente que me recorrió entera, desde la nuca hasta los talones. Se me endurecieron los pezones tanto que se me marcaron a través de la blusa.
Entré a su clase con esa ropa puesta, sintiendo su corrida seca frotándome el coño con cada paso. Me senté. Y cuando él me miró, no hice nada especial. Solo le devolví la mirada y dejé que sacara sus propias conclusiones.
A mitad de la clase se paró junto a mi asiento con el pretexto de revisar algo en mi cuaderno y me dijo, casi sin mover los labios:
—Después de tu última clase de hoy, ve a la biblioteca. Pasillo del fondo, entre los anaqueles de historia colonial. Espérame ahí.
Asentí sin decir nada.
***
La biblioteca de la facultad estaba casi vacía a esa hora de la tarde. Quedaban dos o tres personas en las mesas del frente, pero el pasillo del fondo —flanqueado por hileras de estanterías que nadie había tocado en meses— estaba completamente desierto. Olía a papel viejo y al polvo acumulado de años de libros que nadie pedía.
Lo esperé de pie, con la mochila en el hombro y el corazón un poco más acelerado de lo que hubiera querido admitir. Tenía las bragas empapadas de tanto pensar en lo que iba a pasar.
Llegó a los diez minutos. Saludó a la bibliotecaria en la entrada como si viniera a buscar una referencia cualquiera, y caminó hacia mí con paso tranquilo. Se detuvo a medio metro.
—Puedes irte si quieres —dijo—. Nadie te obliga a estar aquí.
—Ya lo sé.
—¿Y?
—Ya lo sé, y estoy aquí de todas formas. Quiero que me folles, Torres.
Asintió. Dio un paso hacia mí y me tomó de la cintura con las dos manos. No con brusquedad, sino con la firmeza de alguien que lleva semanas pensando exactamente en ese momento y ya sabe lo que quiere.
Me besó en el cuello. Despacio, sin apuro. Con la boca abierta y el aliento cálido contra mi piel, mordiéndome apenas debajo de la oreja. Su mano bajó por mi espalda hasta el culo, me lo apretó fuerte por encima de la falda, y sentí cómo pegaba su cadera contra la mía. La verga se le marcaba dura contra mi vientre.
—Llevas semanas volviéndome loco —dijo contra mi oído.
—Lo sé —admití.
—¿Lo hacías a propósito?
—¿Tú qué crees?
Se separó lo suficiente para mirarme a la cara. Sonrió por primera vez en todo el tiempo que lo conocía fuera del contexto del aula. Fue una sonrisa pequeña y un poco cansada, como de alguien que lleva demasiado tiempo resistiendo algo que ya sabe que es inevitable.
—Eres una persona muy complicada, Valentina.
—Usted también, profesor.
Nos reímos. Y eso rompió algo, porque después de reírnos fue todo mucho más fácil.
***
Encontró una colchoneta enrollada detrás de los estantes —nunca supe por qué estaba ahí y tampoco me importó— y la extendió en el suelo del pasillo. Me recosté. Él se arrodilló entre mis piernas y me subió la falda hasta la cintura con las dos manos, sin prisa. Me miró un largo rato así, con las piernas abiertas y las bragas empapadas y su semen seco pegado a la tela.
—¿Son las mismas? —preguntó con la voz ronca.
—Las mismas.
Algo en su cara cambió. Se volvió más intenso, más concentrado. Metió la nariz entre mis muslos y me olió el coño por encima de la tela. Después me arrancó las bragas hacia un costado con los dedos y me abrió los labios con los pulgares. Se quedó mirándomelo un momento, con los ojos oscuros detrás de los anteojos.
—Tienes el coño mojadísimo —dijo.
—Llevo semanas así por tu culpa.
Bajó la cara y me lamió de abajo hacia arriba, una sola vez, larga y lenta, deteniéndose apenas rozándome el clítoris con la punta de la lengua. El sonido que salió de mi boca fue involuntario y completamente honesto. Me mordí el antebrazo para controlarlo.
Después dejó de contenerse. Me devoró el coño como si llevara siglos con hambre. Me chupaba el clítoris con los labios, con la lengua plana, y de repente me lo apretaba entre los dientes con una suavidad calculada que me hacía arquear la espalda contra la colchoneta. Me metió dos dedos y los curvó buscando ese punto adentro, y encontró exactamente lo que buscaba. Me los movía despacio, hacia adelante y atrás, mientras seguía chupándome sin parar.
—Callate —me susurró cuando se me escapó un gemido más alto—. La bibliotecaria está a treinta metros.
Me tapé la boca con las dos manos. Él siguió. Me metió un tercer dedo, me abrió más, me lamió el culo también, subiendo y bajando la lengua desde ahí hasta el clítoris con una destreza que me hizo pensar por un segundo en cuánto tiempo llevaba fantaseando con hacerme exactamente eso.
Me corrí contra su boca casi sin aviso, apretándole la cara con los muslos, temblando entera. Él no se apartó hasta que dejé de contraerme, y cuando se levantó tenía la barbilla y los labios brillando con mi humedad.
Cuando recuperé un poco de aire me incorporé y me puse de rodillas frente a él. Le desabroché el pantalón. Tenía las manos un poco temblorosas, no de miedo sino de impaciencia. Le bajé la ropa interior y la polla le saltó afuera, dura, gruesa, con la punta ya húmeda de las ganas acumuladas.
—Joder —dije en voz baja, casi sin darme cuenta.
La tomé con la mano primero. Se la masajeé despacio, de arriba abajo, mirándolo a la cara. Recogí con el pulgar la gota transparente que le brotaba de la punta y me la llevé a la boca. Él tragó saliva.
Después me la metí entera.
Escuché cómo cambiaba su respiración. Lo sentí apoyar una mano en mi cabeza, sin presionar, solo descansándola ahí como si necesitara anclarse a algo. Le chupé la polla con toda la atención que sabía dar. Se la envolvía con la lengua, se la sacaba entera para lamerle la punta en círculos, se la tragaba hasta el fondo de la garganta hasta que me lloraban los ojos. Le agarré los huevos con la otra mano, se los apreté despacio, se los masajeé mientras subía y bajaba la boca por toda la longitud.
—Joder, Valentina —dijo con la voz rota—. No pares. Así, así.
Se la mamé más rápido. Le clavé las uñas en el muslo. Le sentí las piernas tensarse debajo de mí y supe que si seguía así se iba a correr en mi boca, pero él tenía otros planes. Me agarró del pelo y me la sacó suavemente. Tenía la punta hinchada y morada, la respiración descontrolada.
—Acuéstate —me ordenó.
Le obedecí.
Se acomodó sobre mí. Me apartó otra vez las bragas hacia un lado y se pasó la punta de la polla por todo el coño, arriba y abajo, empapándose con mi humedad. Me rozó el clítoris con la cabeza y yo levanté las caderas buscándolo, desesperada.
—Pídemelo —dijo.
—Por favor.
—Por favor qué.
—Fóllame ya. Métemela.
Empujó despacio. Sentí cómo me iba abriendo centímetro a centímetro, cómo me estiraba, cómo el coño se le cerraba alrededor apretándolo. Cuando la tuvo entera adentro los dos exhalamos al mismo tiempo. Se quedó quieto un momento, sostenido sobre los brazos, mirándome desde arriba con una expresión que no le había visto nunca.
—Estás apretadísima —murmuró.
—Muévete.
Le rodeé los hombros con los brazos y enterré la cara en su cuello para ahogar cualquier sonido que no pudiera controlar. Empezó despacio, con embestidas largas y profundas, sacándomela casi entera antes de volver a hundírmela hasta el fondo. Cada vez que llegaba al final me golpeaba algo adentro que me hacía ver luces.
—Más fuerte —le pedí contra la piel.
Fue acelerando. Me agarró una pierna y me la subió sobre su hombro, y desde ese ángulo me la clavaba todavía más profundo. Yo también, contra él, con él, siguiendo algo que no era exactamente un ritmo sino más bien una conversación donde los dos íbamos haciendo preguntas y respondiendo al mismo tiempo. La colchoneta chirriaba contra el piso de madera. El sonido de nuestras pieles chocándose me parecía obscenamente alto en aquel silencio de biblioteca.
Me la sacó de repente y me giró boca abajo sobre la colchoneta. Me levantó el culo, me abrió las piernas con la rodilla, y me la volvió a meter desde atrás de un solo empujón. Se me escapó un grito que ahogué contra la manga de la blusa.
—Shhh —me dijo, agarrándome del pelo y tirando apenas hacia atrás—. Aguántate. No hagas ruido.
Me folló así, con una mano en mi pelo y la otra apretándome la cadera. Me llegaba hasta el fondo con cada embestida. Me metió el pulgar en la boca y yo se lo chupé mientras me la clavaba, y después me lo bajó al culo y me lo empezó a mover en círculos ahí, apretando apenas. Me corrí una segunda vez, mordiendo la tela para no gritar, sintiendo cómo se me contraía todo alrededor de su polla.
El timbre de salida de la facultad sonó en algún momento lejano. Ninguno de los dos nos detuvimos.
—Me voy a correr —jadeó contra mi nuca.
—Adentro. Córrete adentro.
Aceleró. Me clavó los dedos en la cadera con fuerza. Sentí cómo se le hinchaba la polla dentro de mí una fracción de segundo antes de sentir el primer chorro caliente estrellarse contra el fondo. Se quedó quieto, apretado contra mi culo, respirando roto, mientras me llenaba entera. Sentí cada latido de su verga vaciándose adentro mío. Cuando por fin dejó de moverse, me la sacó despacio, y sentí cómo su semen empezaba a chorrearme por los muslos.
***
Se separó de mí y se sentó en el suelo con la espalda apoyada contra los anaqueles, liguísimamente sin aliento. Tenía la polla todavía brillante y a medio bajar. Guardó silencio durante un momento que se me hizo largo pero no incómodo.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí.
—¿De verdad?
—De verdad, Torres.
Fue la primera vez que lo llamé por su apellido sin el «profesor» delante. Ninguno de los dos lo comentó, pero los dos lo notamos.
Me subí las bragas empapadas, sintiendo cómo su corrida me seguía escurriendo entre las piernas y se mezclaba con la tela. Me arreglé la falda, me puse la mochila, y antes de irme me volví hacia él.
—¿El próximo viernes? —pregunté.
Se quedó callado un momento. Uno largo.
—El próximo viernes —dijo al final.
Salí de la biblioteca. Me uní al flujo de estudiantes que salían por el portón principal como si acabara de venir a consultar un libro de historia colonial. Nadie me preguntó nada. Nadie notó nada. Nadie vio la corrida de mi profesor bajándome por la cara interna del muslo con cada paso.
Caminé hasta casa con esa sensación rara de haber cruzado algún tipo de línea y no estar del todo segura de si eso era inteligente o no, pero saber con absoluta certeza que no lo lamentaba.
Esa noche dormí de un tirón por primera vez en semanas.
