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Relatos Ardientes

Tres apuestas perdidas y el precio del orgullo

4.2 (5)

Sebastián y yo llevábamos diez años siendo amigos. De esos amigos que se dicen todo sin anestesia, que saben exactamente cómo se toma el café el otro y que pueden insultarse en la cara sin que ninguno guarde rencor. Compartimos la carrera, varios trabajos de grupo, dos mudanzas y más partidos de fútbol gritados desde sofás distintos de lo que cualquiera podría contar. Lo que nunca habíamos compartido era una cama. Ni el pensamiento de compartirla.

Ese sábado de noviembre empezó como todos: yo llegué a su departamento en Palermo con una bolsa de nachos y la certeza absoluta de que Argentina le iba a ganar a Senegal sin sudar. Él abrió la puerta con dos cervezas ya en la mano y esa sonrisa torcida suya que significaba que tenía alguna teoría absurda lista para defender.

—Senegal va a dar pelea —dijo, pasándome la botella.

—Claro que sí —respondí, con el sarcasmo más educado que pude—. Y yo soy la reina de Inglaterra.

Se rio. Nos instalamos en el sofá, los nachos entre nosotros como una frontera neutral, y empezó el partido.

A los veinte minutos ya íbamos dos cervezas adentro y él seguía defendiendo su teoría de que Senegal tenía el equipo para sorprender. Fue entonces cuando soltó:

—Te apuesto.

—¿Qué quieres apostar?

—Si Senegal gana, me haces una mamada.

Casi escupo la cerveza.

—¿Perdiste la cabeza?

—Tú estás segura de que Argentina gana. Si estás tan segura, no hay riesgo. —Hizo una pausa—. ¿Y si gana Argentina?

—Te pago el cine y la cena un mes entero.

Lo miré. Era lógico, en el sentido retorcido de la lógica de Sebastián. Argentina era el favorito indiscutible. No había forma de perder.

Choqué mi botella contra la suya.

—Trato hecho.

Argentina dominó durante veinte minutos largos, creando situaciones que me tenían sonriendo con superioridad. Pero en el minuto cuarenta y dos, un contragolpe rápido de Senegal terminó en gol. Me quedé quieta, la botella a mitad de camino hacia la boca. Sebastián no gritó. Solo me miró de reojo con una ceja levantada.

—Todavía falta —dije.

Faltó. Y en el tiempo de descuento llegó el segundo gol. Senegal 2 - Argentina 1. El pitido final resonó en el departamento como un disparo. Sebastián apagó la tele con calma exasperante.

—Perdiste, Camila.

Me quedé sentada procesando. El orgullo me ardía en el pecho como una quemadura. Odiaba perder. Odiaba más todavía quedar mal.

—Lo sé —dije al fin—. Una apuesta es una apuesta.

Me levanté, caminé hacia él y le hice un gesto para que se acomodara en el sofá. Se quitó el pantalón de entrenamiento sin dramatismo, sin palabras. Y ahí estaba.

No me lo esperaba así. Era la primera vez que lo veía de ese modo: grueso, con venas marcadas bajo la piel tensa, la cabeza ya brillante de excitación. Diez años de amistad y nunca había pensado en él de esa manera. Me arrodillé entre sus piernas. El suelo frío me mordió las rodillas. Él no dijo nada; solo me miró, con los brazos apoyados en el respaldo del sofá.

Lo tomé con la mano. Estaba ardiendo. La piel suave y tensa cedió bajo mis dedos mientras subía y bajaba una vez, solo para calibrar la textura. Acerqué la boca despacio. Primero solo el aliento caliente contra la cabeza, lo vi contraerse levemente. Luego la lengua: plana, ancha, desde la base hasta la punta en un lamido lento y deliberado. El sabor era salado, ligeramente amargo, con un fondo almizclado que se me quedó pegado en el paladar.

Lo envolví con los labios. Succioné la cabeza con fuerza, la lengua girando rápido contra el frenillo sensible. Luego bajé centímetro a centímetro hasta que lo sentí rozar la garganta. Me detuve. Nariz pegada a su pubis, el olor denso llenándome los pulmones. Contraje la garganta a su alrededor, una, dos veces. Oí cómo se le cortó la respiración. Empecé a moverme: arriba y abajo, ritmo constante y profundo, el sonido húmedo y obsceno llenando el silencio del departamento.

Lo miré en todo momento. Ojos clavados en los suyos, desafiantes, sin sonrisa. Vas a sentir cada segundo de esto. Su mano se cerró en mi pelo sin empujar, solo aferrándose. Gemidos graves salían de su pecho como corriente eléctrica.

—Camila… me corro… —su voz era un ronquido roto.

No me aparté. Bajé hasta el fondo una última vez y contraje todo lo que pude. El primer chorro llegó caliente y espeso, golpeándome la garganta. Tragué sin pensar, el sabor salado inundándome, persistente. Seguí succionando hasta la última pulsación, la lengua presionando por debajo para exprimir cada gota. Solo entonces lo saqué despacio. Me limpié la comisura con el dorso de la mano.

—Apuesta saldada —dije, con la voz más ronca de lo normal.

Sebastián estaba desplomado, pecho subiendo y bajando rápido, ojos vidriosos.

—Joder, Camila —fue lo único que salió de su boca.

—No digas nada —lo corté—. Somos amigos. Fue por la apuesta. Punto final.

Fui al baño a enjuagarme la boca. El sabor persistió de todas formas. Cuando volví, él ya tenía una cerveza nueva en la mano y el televisor mostraba el próximo partido del día: Francia contra Marruecos.

***

—¿Revancha? —preguntó, con un tono tan casual que parecía que acabáramos de discutir sobre quién pedía la pizza.

El orgullo me dolió como un puñetazo en el estómago. Dos derrotas en el mismo día, no. No podía.

—Francia gana —dije, cruzándome de brazos—. Es favorita de sobra. Marruecos lleva semanas sorprendiendo, pero hasta aquí llega.

Sebastián asintió despacio.

—Otra apuesta, entonces. Si Francia pierde, quiero tu culo, Camila. Anal. Completo.

El aire se me congeló en los pulmones.

—Estás loco.

—Tú estás segura de que Francia gana. O ya no estás tan segura. —Se encogió de hombros—. Elige.

Me hervía la sangre. Tenía razón, en su lógica retorcida. Y además, Francia era favorita. Era imposible perder dos veces seguidas. Nunca lo había hecho por atrás: mis ex siempre me lo habían pedido y yo siempre me había negado, por miedo, por tabú, por la certeza de que dolería demasiado. Pero Francia era favorita.

—Trato hecho —escupí.

Marruecos jugó como si tuviera algo que demostrarle al mundo. Francia atacó, tuvo ocasiones, pero el portero marroquí parecía tener cuatro brazos. En el minuto ochenta y siete, un contraataque fulminante terminó en gol. El televisor mostró el marcador: Marruecos 1 - Francia 0.

Me quedé mirando la pantalla sin ver nada.

El silencio en el departamento era denso, casi físico. Sebastián apagó la tele.

—Perdiste.

—Ya lo sé —respondí, con la voz temblorosa de rabia conmigo misma—. Pero hazlo bien. No quiero que me rompas.

Se levantó. Me tomó de la muñeca, no con fuerza, sino con firmeza, y me llevó hacia la alfombra gruesa frente al sofá.

Me arrodillé, los antebrazos apoyados en el asiento del sofá, la falda subida hasta la cintura, el cuerpo expuesto. El aire fresco de la habitación me rozó la piel y me erizó la nuca. Temblaba. No solo de miedo: había algo más, oscuro y traicionero, que prefería no nombrar.

Sus manos grandes se posaron en mis caderas con una suavidad que no esperaba. Sentí el aliento caliente antes que la lengua: primero círculos lentos alrededor del anillo apretado, calor húmedo contra piel sensible. Luego lamidas largas y deliberadas, la lengua plana presionando contra mí, abriéndome despacio. Cada contacto enviaba una corriente eléctrica que me subía por la columna. Gemí bajo, el sonido ahogado contra el cojín del sofá.

—Respira hondo. Relájate —susurró, con la voz pegada a mi piel.

Luego los dedos: primero uno, lubricado, entrando despacio. Solo la primera falange, girando suave dentro de mí. El ardor inicial fue inmediato, quemante, pero Sebastián no tenía prisa. Otro dedo. Más lubricante. La lengua volvió, alternando calor con la presión de los dedos, distrayendo el dolor. El sonido era obsceno: mis jadeos entrecortados, el chapoteo húmedo de sus movimientos lentos.

Cuando me tuvo suficientemente abierta, se posicionó. La cabeza, gruesa y caliente, presionó contra mi entrada. Empujó despacio. El dolor fue agudo, una quemadura que me hizo aferrarme a la tela del sofá con las uñas.

—Para… duele mucho… —sollocé, lágrimas calientes rodándome por las mejillas.

—No te muevas. Empuja hacia afuera, como si quisieras sacarme —dijo, sin avanzar más, manteniendo la presión constante.

Lo hice. Empujé. La cabeza entró con una sensación que se sintió en todo el cuerpo. El anillo se estiró al límite alrededor de su grosor. Las lágrimas corrían libres ahora, mezcladas con el sudor. Siguió entrando centímetro a centímetro, lento, implacable, hasta que sus caderas tocaron mis nalgas. Se quedó quieto. Todo adentro. Palpitando dentro de mí. Mi cuerpo contrayéndose a su alrededor de forma involuntaria, como si quisiera expulsarlo y retenerlo al mismo tiempo.

Respiré. El dolor seguía ahí, punzante, quemante, pero debajo empezó a crecer otra cosa: un calor profundo, una presión interna diferente que me hacía jadear de un modo que no reconocía. Sebastián empezó a moverse. Salidas lentas que dejaban un vacío ardiente, entradas suaves que me llenaban otra vez. El ritmo fue aumentando.

—No pares —sollocé, sorprendiéndome de mis propias palabras—. Más fuerte.

No paró. Sus manos me aferraron las caderas con fuerza, tirándome hacia él. El sonido era salvaje: piel húmeda contra piel húmeda, mis gemidos convirtiéndose en algo que no reconocía como mío. El dolor y el placer se mezclaron hasta que no supe distinguirlos.

El orgasmo llegó como un latigazo. Brutal. Inesperado. Todo mi cuerpo se tensó, contracciones violentas que lo atraparon dentro de mí. Grité su nombre sin darme cuenta. Él siguió, más profundo, más rápido, y el segundo orgasmo llegó aún más intenso, empezando desde lo más hondo y explotando hacia afuera. Sentí cómo él se tensaba también, un gruñido grave desde su pecho, y luego el calor espeso inundándome por dentro, pulsación tras pulsación.

Se retiró despacio. Caí hacia adelante, los antebrazos hundidos en el sofá, el cuerpo temblando. El ardor residual palpitaba, vacío ahora pero recordando. Me quedé así unos segundos, solo respirando.

—No digas nada —le corté antes de que abriera la boca—. Solo quédate callado.

Nos quedamos en silencio en la alfombra, respiraciones sincronizándose poco a poco. El departamento olía a nosotros, a lo que acabábamos de romper sin haberlo planeado.

Y lo peor era que no me arrepentía.

***

El tercer partido del día era España contra Japón. Me senté en el sofá con una cerveza nueva, el cuerpo todavía dolorido, pero el orgullo seguía siendo más terco que cualquier otra cosa. Había visto de reojo en mi teléfono que España ganaba por dos goles en el marcador parcial. Era matemáticamente imposible perder.

Sebastián me miró con esa calma que ya empezaba a ponerme los nervios de punta.

—¿Otra apuesta?

—Si Japón gana —empezó, voz baja—, te quedas a dormir aquí. En mi cama. Y mañana me despiertas con la boca.

—¿Y si gana España?

—Te pago el almuerzo dos meses seguidos y no volvemos a hablar de esta tarde nunca más.

Tragué saliva. España estaba ganando. Era una apuesta segura. Absoluta. Imposible de perder.

Choqué mi botella contra la suya.

—Trato hecho.

Japón metió dos goles en siete minutos en el segundo tiempo. El televisor mostró el marcador final: Japón 2 - España 2. Empate, pero Japón clasificaba. España quedaba afuera.

La cerveza se me quedó paralizada a mitad de camino hacia la boca.

Tres partidos. Tres apuestas. Tres veces que el orgullo me pasó factura.

—España empató —dije, con voz ronca—. No perdió exactamente…

—Quedó eliminada. Las condiciones eran «si Japón gana», y Japón clasifica. Perdiste, Camila.

No respondí. Porque tenía razón. Y porque, en algún lugar donde prefería no mirar, ya sabía que iba a perder desde el momento en que choqué la botella.

Me llevó a su habitación. La luz de la lámpara pintaba sombras suaves en las paredes. Nos desnudamos en silencio, casi con la naturalidad de algo que debería haber pasado antes. Nos metimos bajo las sábanas. Su cuerpo caliente se pegó al mío por detrás: pecho contra mi espalda, brazo pesado alrededor de mi cintura, la respiración lenta en mi nuca. Dormí en intervalos cortos, el sueño mezclado con el calor de su piel y el recuerdo de todo lo que había pasado en ese sofá.

***

La luz del sol se filtraba entre las persianas cuando me deslicé bajo las sábanas sin hacer ruido. Él dormía profundo, respiración lenta y pesada. Su erección era evidente bajo la tela, gruesa y curvada. Me quedé mirándola un momento. El sabor de la noche anterior todavía me rondaba en algún lugar de la memoria.

Lo tomé con la mano. Ardiendo, venas gruesas latiendo bajo mis dedos. Empecé con la lengua: desde la base hasta la punta, un lamido largo y lento, saboreando el líquido preseminal espeso que ya asomaba en la punta. Lo envolví con los labios, succionando suave al principio, luego más profundo. La garganta se abrió para recibirlo. La saliva chorreó por el tronco. Sebastián se removió con un gemido grave desde el fondo de su pecho.

Subí y bajé con ritmo constante, mirándolo desde abajo cuando abrió los ojos. Los suyos, vidriosos, se clavaron en los míos. Aumenté el ritmo. Más profundo, más rápido, mi mano izquierda masajeando sus testículos, apretando con suavidad creciente. Él se tensó entero.

—Camila… —su voz era apenas un ronquido—. Me corro.

No me aparté. Tragué cada pulsación, el sabor salado inundándome la boca otra vez, persistente, denso. Lo limpié despacio con la lengua hasta que el último estremecimiento pasó. Salí de debajo de la sábana, labios hinchados, barbilla húmeda.

—Buenos días —dije, con la voz todavía ronca.

Él me miró unos segundos en silencio. Luego:

—Date la vuelta.

No era parte de la apuesta. Los dos lo sabíamos. Me puse en cuatro sobre la cama de todas formas, las manos hundidas en las sábanas, el cuerpo ya respondiendo antes de que me tocara. Sus dedos me prepararon con más tiempo esta vez, con más lubricante, con la lengua que volvió a trazar círculos calientes sobre mi piel. Cuando entró, entró con más facilidad. El estiramiento seguía siendo intenso, la sensación de llenura abrumadora, pero el dolor había bajado de tono. Ahora era solo una textura más dentro del placer.

Empezó a moverse. El ritmo fue aumentando hasta volverse feroz, sus caderas golpeando contra mis nalgas con sonidos secos y resonantes, mis gritos roncos contra la almohada. El orgasmo me llegó desde lo más hondo, una explosión que me recorrió entera y me dejó sin voz durante varios segundos. Él se corrió poco después, profundo y caliente, palpitando dentro de mí.

Caí sobre las sábanas, el cuerpo deshecho. Él se desplomó a mi lado. El silencio que siguió era diferente al de la noche anterior: más tranquilo, menos cargado de vergüenza.

—¿Cómo te sientes? —preguntó al rato.

—Cansada —dije—. Y con el cuerpo destrozado.

Se rio. Una risa real, de las nuestras, sin tensión ni incomodidad.

—Esta tarde hay más partidos —murmuró, con esa sonrisa torcida de siempre.

Lo miré fijo.

—Ni se te ocurra.

Pero los dos sabíamos, sin necesidad de decirlo en voz alta, que si Sebastián proponía una cuarta apuesta antes del mediodía, yo iba a chocarle el vaso sin pensarlo demasiado.

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4.2 (5)

Comentarios (8)

stahl79

Excelente!!! me enganche desde la primera linea, no pude parar

Valentina_R

Por favor continualo, quede con ganas de saber como termino todo. Tremendo comienzo

Lectora77

Lo lei dos veces. El orgullo nos lleva a lugares que no esperamos, lo contas muy bien

lagarto46

jajaja las apuestas siempre traen consecuencias... muy bueno

Morbologo

Me recordo a una noche con amigos donde tampoco supe decir que no a tiempo. Muy real el relato, gracias por compartirlo

RobertoBA

Me gusto como esta construido, se siente autentico. La tension del principio esta muy bien lograda, uno ya sabe que algo va a pasar pero igual sigue leyendo. Esperando la segunda parte si es que hay!

Nocturna_33

Cuando dice 'no lo hice' ya sabia que esto iba a estar bueno. No decepciono

CarlosM84

Corto pero intenso. Mas por favor!!!

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