Le conté a Lucía la fantasía que me obsesionaba
Lucía apagó la luz del techo y dejó solo la lamparita de la mesa de noche encendida. Esa luz amarilla, tibia, era nuestra cómplice en las noches que importaban. Llevábamos casi tres años juntos y yo ya sabía leer cada gesto de su cuerpo: cuándo estaba cansada, cuándo quería que la abrazara sin más, cuándo tenía ganas de hablar de cosas que solo se hablan a oscuras.
Esa noche tenía ganas de hablar.
Me deslicé bajo el edredón y la rodeé con un brazo. Ella apoyó la cabeza en mi pecho y se quedó un rato escuchándome respirar. Tenía el pelo todavía húmedo de la ducha y olía a su champú de coco.
—Te conozco —dijo sin levantar la vista—. Algo te está dando vueltas.
—Algo me está dando vueltas, sí.
—¿Y me lo vas a contar o tengo que sacártelo?
Me reí un poco, nervioso. Llevaba semanas pensando en cómo decírselo. Lo había ensayado en la ducha, camino al trabajo, mientras lavaba los platos. Y siempre me parecía que sonaba ridículo, que ella se iba a ofender, o que algo de lo nuestro se iba a romper si lo decía en voz alta.
Pero esa noche, con la lamparita amarilla y su mano dibujándome círculos en el pecho, me pareció que era el momento.
—Tengo una fantasía —dije—. Y necesito contártela antes de que se me pudra dentro.
Lucía levantó la cabeza despacio. No dijo nada. Solo me miró con esa cara suya de mujer que sabe escuchar de verdad.
—Cuéntame.
Y le conté.
***
«Imagínate que estamos así, igual que ahora. La luz baja, tú en el centro de la cama, yo besándote despacio, sin apuro, dejando que la calma nos vaya acelerando. Llevamos un rato largo así, calentándonos sin hacer nada todavía. Tú sabes que esa parte es la que más me gusta: la antesala, lo que viene antes de que pase nada».
Ella se acomodó mejor contra mi cuerpo. Me escuchaba sin interrumpir.
«Pero esta noche es distinta. Esta noche estamos esperando a alguien. Alguien que elegimos juntos, alguien con quien hablamos largo, alguien en quien confiamos. Sabemos que va a venir, sabemos a qué viene, y los dos lo queremos. Eso es lo que más me calienta: que seas tú la que también lo está esperando».
«Se abre la puerta del cuarto. Entra él. Sin prisa, sin palabras. Se queda un segundo en el umbral, mirándonos. Y nosotros no nos separamos. Seguimos besándonos, pero distinto: ahora hay alguien viendo, y eso te empuja a darme un beso más profundo, más lento, como si quisieras mostrarle cómo besas cuando estás de verdad».
«Tomás, así se llama él. Camina hasta la cama y se sienta al borde. No te toca todavía. Te mira. Tú sigues en el centro, con esa camisola corta que tanto me gusta, la que te queda dos tallas más grande y se te resbala por el hombro. Solo eso. Y la tanga negra, la de tiras finas que se pierden en tus caderas».
«Recién entonces sus manos empiezan a moverse. Te recorre la espalda con la palma abierta, despacio, midiendo cómo reaccionas. Las mías bajan por tu cintura. Y de repente todo se mezcla: sus dedos en tus caderas, los míos subiendo por tus costados, y tú respirando más rápido porque sientes que somos dos, no uno, los que estamos pendientes solo de ti».
«Te arqueas cuando mis manos llegan a tu tanga, rozándote por encima de la tela, dibujando círculos lentos justo donde más se siente. Yo siento cómo te humedeces, cómo la tela se va volviendo otra cosa entre mis dedos. Tú cierras los ojos y dejas escapar un suspiro corto, ese que solo te sale cuando ya no quieres esperar más».
«Tomás, por detrás, te acaricia las nalgas. Apenas con la yema del dedo, te recorre el contorno, baja, vuelve a subir. Te roza la entrada de atrás, sin presionar. Solo despertando esa zona que te pone tan nerviosa cuando alguien la encuentra. Te oigo gemir bajito, te oigo apretar las caderas contra los dos al mismo tiempo».
«Yo me deslizo hasta quedar entre tus piernas. Te bajo la tanga despacio, sintiendo la humedad en mis dedos antes de sacarla del todo. La tiro a un lado de la cama, la dejo enredada en las sábanas. Y vuelvo, te abro despacio, y te entro. Lento. Bien lento. Lo justo para que sientas cada centímetro y para que yo sienta cómo me aprietas de a poco».
«Tú gimes contra mi boca. Tomás sigue detrás, todavía sin meter ningún dedo, solo presionando con la yema, haciéndote ese cosquilleo que te sube por la columna. Cada vez que él te roza ahí, tú te contraes alrededor mío y me aprietas más. Es algo eléctrico, lo siento yo también, como si los tres estuviéramos conectados por la misma corriente».
«En algún momento Tomás se saca lo único que tenía puesto, un bóxer blanco. Tú no le quitas los ojos de encima. Lo miras sin disimular, y a mí me gusta verte mirar. Me gusta que te calientes con él enfrente mío. Me gusta que no haya secretos en esa cama, que no estemos haciendo nada a escondidas. Lo estamos haciendo juntos».
«Nos sincronizamos los tres. Yo te entro despacio, profundo, sintiendo cómo te contraes cada vez que él te presiona el ano. Él hace círculos cada vez más amplios, te excita hasta que tu cuerpo tiembla entre nosotros. Y tú eres la que mandas. Cuando quieres más rápido, aprietas las caderas contra mí. Cuando quieres bajar el ritmo, nos frenas con la mano. Nos guías con el cuerpo y con la voz, y nosotros te seguimos».
«En un momento veo que estiras la mano y le agarras una nalga. La aprietas. Después subes la mano y se la rodeas. Sientes lo dura que está, sientes cómo late en tus dedos. Y a mí me encanta verte hacer eso. Me encanta verte tomar lo que quieres sin pedir permiso».
«Y entonces nos cambiamos de lugar. Me hago a un lado, te beso largo y le hago un gesto a él. Tomás se acomoda entre tus piernas. Lo que un segundo antes tenías entre los dedos te entra despacio. Tú te arqueas, gimes hondo, y yo me quedo a tu lado, abrazándote como puedo, mordiéndote suave el cuello».
«Bajo la mano hasta tus nalgas. Te acaricio igual que te acariciaba él hace un rato, presionando suave, haciendo círculos lentos, sin entrar. Solo rozando esa zona que te enloquece. Mientras tanto, sientes a Tomás moviéndose adentro tuyo, profundo, firme. Y mis dedos por fuera, justo en el punto que te hace temblar».
«Me llevo un dedo a la boca para humedecerlo. Vuelvo despacio y te lo entro apenas, hasta la primera falange. Tú gimes fuerte. Estás llena por delante, abierta por atrás, y no paras de moverte entre los dos. Tu cuerpo entero se vuelve un solo músculo que pide más».
«En el medio de todo eso, tú me miras con esa sonrisa tuya, esa media sonrisa que solo pones cuando vas a decir algo que sabes que me va a hacer perder la cabeza. Me besas fuerte y me susurras al oído: "Quiero verte a ti también. Quiero ver cómo te lo hacen mientras me lo haces a mí"».
Lucía se separó un milímetro de mí. La sentí tragar saliva contra mi pecho. No me interrumpió. Solo dejó que siguiera.
«Le hago caso. Me acomodo de nuevo entre tus piernas, te entro otra vez, lento y profundo. Tomás se pone detrás de mí. Me lubrica con cuidado, primero con los dedos por fuera, círculos lentos para que me relaje. Yo no había estado nunca con un hombre, pero en la fantasía sé exactamente cómo respirar, cómo aflojar, cómo dejarme hacer. Porque tú me estás mirando, y eso me da el coraje que no tendría solo».
«Después mete un dedo. Despacio. Lo gira para abrirme de a poco. Después dos. Y en algún momento se acomoda atrás de mí y me entra él. Y yo te entro a ti. Y la cadena se cierra: él me mueve a mí, yo te muevo a ti, y tú eres el centro de todo. Cada vez que él me empuja, yo te empujo más profundo. Cada vez que tú te aprietas, yo me aprieto contra él».
«Tú lo ves todo. Ves cómo se me tensa la espalda, cómo se me cierran los ojos, cómo tiemblo. Y eso te calienta más que cualquier otra cosa. Te oigo gemir más fuerte, te oigo decir mi nombre y el de él, mezclados. Nos guías con la voz: más rápido, más despacio, así, ahí, no pares».
«Y cuando ya no podemos más, llegamos los tres casi al mismo tiempo. Él se viene primero, dentro de mí, y eso me hace explotar a mí, dentro de ti. Y tú te vienes contra los dos, apretándome con todo, temblando, mirándolo a él con la cara enrojecida y mordiéndome a mí el hombro».
«Nos quedamos quietos un rato largo. Los tres jadeando, sudados, todavía pegados unos a otros. Después él se va sin hacer ruido, como había venido. Y volvemos a quedarnos tú y yo. Solos. Abrazados. Como si no hubiera pasado nada y como si hubiera pasado todo. Y nos miramos, y nos reímos bajito, y tú me dices algo que ni yo sé qué es. Eso te lo dejo a ti».
«Esa es la fantasía».
***
Me quedé en silencio. Había estado hablando casi diez minutos seguidos sin saber muy bien qué cara estaba poniendo Lucía contra mi pecho. Se podía oír el ronroneo de la nevera desde la cocina. La regla del cuarto era simple: si decías algo así, te aguantabas el silencio que viniera después.
Lucía se quedó un buen rato sin hablar. Sentí que respiraba más rápido. Su mano, que antes me dibujaba círculos en el pecho, había bajado un poco y descansaba ahora contra mi vientre.
—¿Hace cuánto que piensas eso? —preguntó en voz baja.
—Mucho. No sé. Empezó como un pensamiento suelto y se fue armando solo.
—¿Y por qué un hombre? Pensé que ibas a decir otra mujer.
Me lo había preguntado mil veces. La respuesta no la tenía clara, pero le dije lo que se me había ocurrido en algún insomnio.
—Porque cuando te imagino con otra mujer me siento afuera. Te imagino disfrutando de algo que yo no puedo darte y me pongo raro. En cambio, cuando te imagino con un tipo, no sé, es otra cosa. Me imagino a mí también ahí. Me imagino haciéndolo yo, no solo mirándolo.
Ella asintió despacio.
—¿Querrías hacerlo de verdad?
Me reí un poco.
—No sé. No sé si quiero que pase o si solo me gusta pensarlo. Por eso te lo conté. Antes de hacer nada. Antes de mover algo en silencio.
Lucía se quedó callada otro rato. Después levantó la cabeza y me miró. La luz de la lamparita le caía justo en un lado de la cara. Tenía una sonrisa pequeña, contenida, esa sonrisa de cuando ya decidió algo pero todavía no lo dice.
—¿Sabes que también me pones cuando te pones vulnerable? —dijo.
—No.
—Bueno. Ya lo sabes.
Y me besó. Despacio al principio, como si me estuviera respondiendo algo que yo no había terminado de preguntar. Después más fuerte. Y en algún momento, entre el beso y mi mano subiendo por su muslo, me dijo al oído algo que no esperaba.
—Vuelve a contarme la parte del principio. Pero más despacio.
Y ahí entendí que la noche, en realidad, recién empezaba. Que esa fantasía iba a vivir entre nosotros, hablada o no, y que esa misma noche íbamos a usarla como una banda sonora propia. Que iba a haber Tomás invisibles en muchas noches por venir, sin que viniera nunca ninguno a la puerta. Que a veces alcanza con poder decirlo.
Después, ya veríamos.