La hermana de mi compañero me estrenó en la playa
Mi primera experiencia sexual completa llegó a los diecinueve años, de una manera que nunca habría podido imaginar.
En la universidad compartía departamento con mi primo Andrés y con Mateo, un compañero que vino a cubrir la tercera habitación cuando necesitábamos bajar los gastos. Mateo era de Mazatlán y tenía esa energía fácil de quien creció cerca del mar. Cuando llegó el verano, los dos me invitaron a pasar tres semanas en su ciudad.
La primera semana fue tranquila. Mateo tuvo que salir de viaje y mi primo y yo nos quedamos en casa de su familia sin muchos planes. Pero cuando Mateo regresó el segundo fin de semana, las cosas cambiaron de ritmo de inmediato.
El viernes por la noche propuso salir con su hermana Valeria y la mejor amiga de ella, Sofía. La idea era simple: cervezas y pizza en la playa.
Valeria me sorprendió desde el primer momento. Era delgada, morena, con una cintura que parecía imposiblemente fina sobre unas caderas perfectamente proporcionadas. Se había puesto un conjunto de playera ajustada y short elástico color crema, y cada vez que caminaba se le marcaba el culo redondo bajo la tela, dos tetas firmes empujando el algodón sin sostén, los pezones dibujándose apenas cuando el aire de la costa la rozaba. Luego supe que tenía veinticuatro años, aunque aparentaba bastante menos. Lo que no esperaba era que fuera tan seria conmigo. Casi no me miraba. Respondía con monosílabos cuando le hablaba.
Compramos las cervezas mientras ellas recogían las pizzas. Caminando de regreso al coche, Mateo me explicó en voz baja que tenía un asunto pendiente con Sofía de hacía años, que Valeria le había dicho que a Sofía todavía le gustaba, y que por su parte no había ningún problema con que yo me acercara a Valeria. Iba a terminar la frase cuando ellas llegaron corriendo con las cajas y él se calló.
***
Llegamos a la playa y buscamos el rincón más libre que encontramos, aunque había varios grupos dispersos a lo largo de la orilla. La luna estaba llena y alumbraba el agua con tanta claridad que no hacía falta ninguna otra luz.
Abrimos las cervezas antes que las pizzas. Valeria, que había estado callada durante el trayecto, de pronto comenzó a hablar conmigo. Me preguntó por mis estudios, por la ciudad donde vivía, por mi familia. Yo empezaba medicina ese año y ella se interesó genuinamente, o al menos lo pareció. Me contó que a los quince años había tenido una cirugía de urgencia que le había dejado daños que probablemente le impedirían tener hijos. Lo dijo con una calma que me pareció más pesada que cualquier tristeza.
Mateo y Sofía se fueron descalzos hacia el agua. Dijeron que iban a ver cómo estaba el mar.
Valeria y yo nos quedamos solos. Le dije que hacía tres años que no veía el océano.
—Eso tiene solución —dijo, y empezó a quitarse las sandalias.
Me levanté el pantalón hasta las rodillas y la seguí.
***
Caminamos por la orilla mojada, donde la arena cambia de textura con cada ola. La luna seguía arriba, muy blanca, iluminando todo. Mateo y Sofía habían desaparecido en algún punto de la playa. La gente que quedaba cerca de los coches hablaba cada vez menos.
—La gente empieza a hacer sus cosas —dijo Valeria en voz baja.
Escuchar aquello, con el agua fría entre los dedos y ella caminando a medio paso de mí, me provocó un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. Se me empezó a poner dura dentro del pantalón sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
Nos metimos en el agua hasta los tobillos. Luego hasta las espinillas. En algún momento una ola más grande nos sorprendió y la tomé de la mano para que no perdiera el equilibrio. Y ya no me soltó.
Seguimos así un rato, con los pies en el agua y las manos entrelazadas, hablando de cualquier cosa. Entonces llegó una ola que nos empapó hasta la cintura de golpe. Ambos nos movimos al mismo tiempo buscando apoyo y terminamos con su cara a centímetros de la mía.
Se quedó ahí. Sin moverse. Mirándome.
Yo me acerqué para besarla. Pero ella fue más rápida: me jaló hacia ella con la mano que tenía libre y metió su lengua en mi boca antes de que yo llegara. Me la clavó adentro, gruesa y caliente, buscando la mía con hambre real, y mientras lo hacía pegó su coño mojado contra el bulto de mi pantalón con una urgencia que no dejaba lugar a interpretaciones. Sentí las tetas duras aplastarse contra mi pecho, los pezones erectos atravesando la tela mojada, y su mano libre bajó de un tirón hasta agarrarme la verga por encima del pantalón y apretarla.
—Estás durísimo —me murmuró en la boca, sin dejar de restregarse.
Duramos quizás un minuto así, con el agua hasta la cintura y la luna encima de nosotros, ella moviendo la cadera contra mi polla como si ya estuviéramos follando con la ropa puesta. Luego Valeria se separó y dijo, con una naturalidad que me desconcertó, que mejor íbamos por otra cerveza.
***
Apenas llegamos a la arena seca nos volvimos a besar. Esta vez sin agua ni olas. Solo ella contra mí, con su cuerpo delgado presionando el mío y su respiración cada vez más rápida. Le metí las manos por debajo de la playera mojada y le agarré las tetas desnudas de una vez. Eran chicas, firmes, con los pezones tan duros que se me clavaban en las palmas. Le pellizqué uno y soltó un gemido corto que me hizo apretarla más fuerte contra mí.
Poco a poco comenzó a moverse. Un movimiento lento, rítmico, como si bailara con mi pierna. Me di cuenta tarde de lo que estaba pasando: Valeria se frotaba el coño contra mi muslo derecho con los ojos cerrados y la boca ligeramente abierta, ajena a todo lo que no fuera ese movimiento. El short elástico se le había pegado a la entrepierna y podía sentir el bulto húmedo restregándose sobre mi pierna cada vez con más fuerza.
Me concentré en sostenerla, en sentir la presión de sus manos en mis hombros, en ese sonido suave que hacía entre los labios cuando el roce era más intenso. El pantalón me quedaba demasiado ajustado para lo que mi cuerpo quería hacer; la verga se me había puesto tan dura que dolía contra la tela, pero no me moví.
A fuerza de moverse terminamos de rodillas en la arena. Ella no paró. Se sentaba a horcajadas sobre mi muslo y se restregaba el coño arriba y abajo con los ojos entrecerrados, dejándome una mancha húmeda en el pantalón que fue creciendo cada vez más. De vez en cuando me miraba como preguntándome si yo también lo sentía. Le agarré el culo con las dos manos, por debajo del short, la piel caliente y firme, y la ayudé a moverse más rápido apretándole las nalgas contra mi pierna.
Lo sentía. Claro que lo sentía.
—Chúpame las tetas —me pidió con la voz ronca, subiéndose la playera hasta el cuello.
Me agaché y le mamé un pezón oscuro, después el otro, chupando fuerte, mordiéndolos suave con los dientes mientras ella seguía moviendo la cadera. Se le escapaba un jadeo cada vez que le pasaba la lengua por el pezón. Me tiró del pelo hacia atrás y me estampó un beso lleno de saliva, con la lengua entera adentro.
Se dejó caer de espaldas sobre la arena con las rodillas dobladas. Me jaló hacia ella con una mano y con la otra empezó a subirse la playera por encima de la cintura. Luego hizo el gesto de bajarse el short.
Miré alrededor. La luna seguía iluminando la playa desde el lado del agua. Éramos perfectamente visibles para cualquiera que mirara.
—¿Aquí? —le dije al oído.
Asintió sin hablar. Solo jadeaba.
La ayudé a bajarse el short. La ropa interior se fue con él. El coño de Valeria quedó al descubierto bajo la luz de la luna: depilado, brilloso de tan mojado, con los labios hinchados y separados por la excitación. Puse la palma de mi mano sobre él, sintiendo el calor húmedo pegárseme a la piel, y le metí el dedo medio despacio, hasta el fondo. Estaba tan resbalosa que se me hundió de un solo movimiento.
—Ay, así —jadeó, arqueando la espalda.
Le metí un segundo dedo y empecé a moverlos adentro mientras le pasaba el pulgar sobre el clítoris hinchado. Ella se aferró a la arena con las dos manos, abriendo más las piernas, empujando la cadera contra mi mano. La besé en la boca sin dejar de follarla con los dedos.
Entonces escuché voces.
Mateo y Sofía volvían desde el agua.
Valeria se incorporó de golpe y se subió el short hasta los muslos, que fue todo lo que alcanzó antes de que ellos llegaran. Nos saludaron con normalidad, sin comentar nada, y siguieron caminando hacia el mar.
Nos levantamos los dos en silencio y fuimos al coche.
***
Sin decir una palabra, nos subimos al asiento trasero.
Valeria se me echó encima en cuanto cerré la puerta. La besé con más calma que antes, pero ella no quería calma. Se fue bajando el short y la ropa interior de un tirón mientras yo hacía lo mismo con mi pantalón, que apenas llegué a quitarme hasta las rodillas. La verga se me salió disparada, dura y palpitando, con la punta ya mojada de tanto aguantar.
Ella me miró. Miró hacia abajo. Se quedó unos segundos mirándomela y se lamió los labios.
—Qué polla más rica tienes —dijo, agarrándomela con la mano y apretándola en el puño.
Me la meneó dos, tres veces, subiendo y bajando el prepucio, esparciéndome el líquido de la punta por todo el glande. Después, sin preámbulos, se acomodó a horcajadas sobre mí, se separó los labios del coño con dos dedos y se guio la verga hasta la entrada. La sentí resbalar contra su carne mojada un momento y después se dejó caer de golpe, hundiéndosela entera de una sola sentada.
Sentí el calor primero. Luego la presión. Luego una sensación de ardor y estrechura que no sabía cómo describir porque no tenía nada con qué compararlo. El coño de Valeria me apretaba la polla desde todos lados a la vez, caliente, resbaloso, como si me la estuviera chupando por dentro.
Esto está pasando de verdad.
Valeria apoyó las manos en mis hombros y comenzó a moverse. Despacio al principio, subiendo hasta dejarme la punta metida y bajando de nuevo hasta el fondo, luego con más fuerza, cabalgándome con la cadera entera. Yo intenté quitarle la blusa, desabrocharle el sostén, pero ella ignoraba mis manos o se alejaba antes de que yo llegara a nada, concentrada en su propio ritmo, en cogerse mi verga como si fuera lo único que existiera.
Me di gusto tocando sus pechos por encima de la tela y después metiendo las manos por debajo para agarrárselos desnudos mientras ella se movía sobre mí con los ojos cerrados y la cabeza ligeramente echada hacia atrás. La besé en el cuello, le lamí la clavícula, le mamé los pezones cuando se agachaba lo suficiente para dármelos en la boca. De vez en cuando bajaba y me besaba en la boca, rápido, como para confirmar que yo seguía ahí. Cada vez que me montaba hasta el fondo, sentía la punta de la polla chocar contra algo dentro de ella y le arrancaba un jadeo largo.
Yo no iba a ir a ningún lado.
—Fóllame más fuerte —me pidió, agarrándose de mi cuello.
La agarré del culo con las dos manos y empecé a empujar desde abajo, clavándosela con toda la cadera cada vez que ella bajaba. El sonido húmedo del coño tragándose la verga llenaba el coche. Los muelles del asiento crujían. Los cristales del coche comenzaban a empañarse. Valeria respiraba cada vez más fuerte, con pequeños sonidos que se me quedaron grabados mejor que nada del resto de esa noche.
—Me voy a correr, no pares —gimió pegándose a mi oreja—. No pares, no pares, así, ahí, ahí...
De pronto se dejó caer sobre mí con todo su peso, empujando hacia abajo con fuerza, y se quedó completamente quieta mientras algo recorría su cuerpo en oleadas que yo podía sentir desde adentro. El coño le pulsaba alrededor de mi polla en espasmos, apretándomela y soltándomela rítmicamente, chorreando tanto que se me escurría por las bolas hasta el asiento.
Luego se apartó.
Se sentó a mi lado, se acomodó el short y se apoyó en mi hombro con una ligereza que contrastaba con todo lo que había pasado treinta segundos antes.
—¿Terminaste? —me preguntó.
—No.
—Pobrecito —dijo, y sin más preámbulos me tomó la verga con la mano y empezó a moverse, meneándomela con el puño de arriba abajo, apretando fuerte, haciendo un ruido húmedo por todo lo que le había quedado impregnado de su propio coño.
Se inclinó hacia abajo, me lamió la punta una vez con la lengua plana y después se la metió entera en la boca. Sentí el calor de su garganta, la lengua rodeándomela, los labios cerrándose apretados alrededor de la base. Me la chupó fuerte, subiendo y bajando la cabeza, con una mano siguiéndole el ritmo por el tallo y la otra masajeándome las bolas.
La saqué un momento de la boca y ella me miró de abajo hacia arriba, con la polla apoyada en la mejilla, y me preguntó en voz baja:
—¿Quieres correrte en mi cara?
Aquello fue automático. No hubo tiempo para procesar la pregunta ni para responderla. Le agarré la cabeza y me la volví a meter en la boca dos o tres veces más, y al sentir que ya no aguantaba se la saqué y empecé a meneármela sobre su cara con el puño cerrado. El primer chorro de semen le cayó atravesado en la frente y el pómulo. El segundo le entró en la boca abierta y en la lengua que ella sacó para recibirlo. Los siguientes se le derramaron por la barbilla, por las tetas, por el escote de la playera. Ella no cerró los ojos ni una vez, con más intensidad que cualquier cosa que hubiera imaginado antes.
Cuando terminé, se pasó dos dedos por la cara recogiendo la corrida y se los metió en la boca, chupándolos limpios sin dejar de mirarme.
Nos limpiamos con lo que encontramos en el coche. Me vestí lo más rápido que pude porque Valeria decía que Mateo y Sofía ya debían estar cerca. Quería que bajáramos antes de que llegaran. No quería que su hermano tuviera que confirmar lo que probablemente ya sabía.
Bajamos del coche. Ellos llegaron dos minutos después.
Nadie dijo nada.
***
De regreso en casa de mi primo, ya de madrugada, me di una ducha larga. Fue entonces cuando lo encontré: arena. En los pliegues de la ropa, entre los dedos, en sitios donde no debería haber arena de ninguna manera.
Me reí solo bajo el agua.
Me habían estrenado sin pedirme permiso, en una playa iluminada por la luna llena, sin ningún plan ni ningún protocolo. Valeria tomó lo que quería, me dio más de lo que esperaba, y al día siguiente desayunó con toda la familia como si no hubiera pasado nada.
Mateo nunca tocó el tema. Ni esa semana ni en los semestres que nos quedaban compartiendo departamento.
Hay cosas que se resuelven solas cuando nadie las nombra.