Mi novia no sabe que también me follo a hombres
Llevo tres meses con Carolina y soy capaz de decir, sin mentir del todo, que la quiero. Es lista, paciente, se ríe de mis chistes malos, y cuando duerme en mi pecho me invade una calma que hace mucho no sentía. Por eso lo que voy a contar pesa tanto. No estoy escribiendo esto para justificarme. Lo escribo porque necesito sacarlo de dentro y porque, si soy honesto, algo en mí también quiere que esté en algún sitio, aunque sea en una pantalla anónima.
Hagamos las cosas claras desde el principio. No me gustan los hombres. Nunca me ha llamado la atención un torso peludo, ni una mandíbula marcada, ni la voz grave de un tipo. Los hombres como cuerpo me dejan indiferente. Lo que me gusta, lo que de verdad me hace perder la cabeza, son las pollas. Suena raro escrito así, lo sé. Pero es la única forma honesta de decirlo. Una polla dura, gruesa, con esa vena marcada por debajo, me hace salivar como si llevara días sin comer.
De hecho, si tuviera que dibujar mi fantasía perfecta, no dibujaría a un hombre. Dibujaría a una chica trans. Tetas pequeñas y firmes, caderas estrechas, y entre las piernas algo que la mayoría no esperaría. Para mí ese es el cuerpo más completo que existe. Lo demás, los hombres puramente hombres, son solo el medio para llegar a lo que me gusta.
Carolina no sabe nada de esto. Carolina cree que soy un chico tirando a tradicional, un poco soso quizá, que la quiere comer el coño cinco noches a la semana y dormir abrazado. Y todo eso es verdad. Lo que hago con ella no es una mentira sobre el placer; me gusta cómo huele, me gusta cómo gime, me gusta sentir cómo se le tensa el muslo cuando le paso la lengua despacio. Me corro cuando follo con ella. Es satisfactorio, no voy a quitarle valor a eso.
Pero satisfactorio no es lo mismo que devastador.
***
El primero, en orden cronológico, es Octavio. Cuarenta y muchos, casado desde antes de que yo cumpliera veinte. Dos hijas adolescentes, hipoteca, una casa en las afueras y un trabajo en una empresa de seguros que odia. La primera vez que coincidimos fue en un bar de hotel al que entré solo para huir de la lluvia. Él estaba en la barra mirándome por encima de la copa con esa cara que conozco bien: la del hombre que lleva años intentando no mirar a otros chicos y ya no aguanta.
Octavio no es atractivo en el sentido convencional. Tiene unos kilos de más, el pelo encanecido en las sienes, y se afeita mal. Pero tiene algo que me gusta: un hambre contenida durante demasiado tiempo. Cuando estamos solos, esa hambre sale de golpe. La primera tarde que subimos a su habitación de hotel, no llegamos ni a desnudarnos. Le bajé el pantalón en la entrada, me arrodillé sobre la moqueta y me pasé un cuarto de hora largo con su polla en la boca antes de que pudiéramos hablar de algo coherente.
—Joder —me dijo después, sentado en el borde de la cama, todavía con la camisa puesta—. Joder, llevo veinte años sin que nadie me lo haga así.
Su mujer, igual que Carolina, es de las que entienden el sexo como una rutina cómoda. Beso, un poco de juego, postura del misionero, fin. Octavio no se queja de ella en voz alta nunca; los pocos comentarios que hace son cariñosos. Pero a la hora de la verdad, cuando estamos los dos en una habitación con las cortinas corridas, lo único que quiere es que alguien le coma la polla durante mucho tiempo, que después le abra las piernas, y por último que se la metan despacio. Eso es lo que su matrimonio nunca le va a dar.
Nos vemos tres o cuatro veces al mes. Siempre en hoteles, siempre en horario de oficina. Él dice a su empresa que tiene una visita comercial; yo tengo flexibilidad y nadie me pregunta. Las habitaciones siempre huelen a producto de limpieza barato y la luz suele ser amarillenta. No es romántico. Pero el momento en que cierro la puerta detrás de mí y lo veo ahí parado, en calzoncillos, esperando, es uno de los pocos momentos en los que siento que no estoy actuando.
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El otro se llama Iván.
Iván es más joven que yo. Veintiséis, veintisiete como mucho. Trabaja en una librería de barrio, vive solo en un piso minúsculo lleno de plantas y de discos, y no esconde absolutamente nada. La primera vez que quedamos para tomar algo, le pregunté, con prudencia, si en su trabajo lo sabían. Se rio.
—¿Que me gustan los tíos y las tías? Claro que lo saben. ¿Por qué iba a esconderlo?
—Por nada —contesté, y noté el calor en las orejas como si el avergonzado fuera yo.
Iván es lo opuesto a Octavio en casi todo. Octavio carga con una culpa que pesa toneladas. Iván vive como si la culpa fuera un invento al que él no se apuntó. Por la mañana puede haber estado con una chica del barrio y por la tarde estar conmigo, y lo cuenta como quien cuenta lo que ha desayunado. Al principio me ponía nervioso esa naturalidad. Después entendí que era exactamente lo que yo necesitaba.
Y luego está su polla.
No quiero entrar en concursos baratos, pero la polla de Iván es de esas que cuando la ves por primera vez te quedas un segundo callado. Larga, gruesa, con un glande limpio que parece tallado, y siempre, siempre dura como una piedra a los dos minutos de empezar. La primera vez que me la metí en la boca pensé honestamente que no iba a poder. Después pensé que no quería volver a probar otra cosa.
Lo veo una vez por semana, casi siempre los jueves por la tarde. Carolina cree que voy a entrenar al gimnasio. Y yo, los jueves, sí entreno. Entreno la mandíbula y la garganta. Llego a su piso, me siento en su sofá, hablamos quince minutos de tonterías, y entonces lo miro, él me mira, y todo lo demás se cae al suelo.
***
El último jueves fue particularmente intenso. Llegué con la cabeza saturada por una semana larga de trabajo y por una pelea idiota con Carolina sobre si íbamos a ir o no a la boda de su prima. Iván abrió la puerta en pantalón corto y camiseta vieja, me besó en la boca antes de que pudiera decir nada, y me llevó al sofá sin preguntar.
—Hoy no hablas —me dijo en voz baja—. Hoy no piensas. Hoy te callas.
Me arrodillé en el suelo, entre sus piernas, y le bajé el pantalón hasta los tobillos. Su polla salió ya medio dura, caliente, palpitando en mi mano antes de que tuviera tiempo de acercarla a la cara. La olí primero. Me gusta ese momento, el segundo previo. Después abrí la boca y empecé despacio, solo el glande, solo la punta, hasta que noté que se le aceleraba la respiración.
—Más adentro —dijo, sin tono de orden, solo con la urgencia de quien lleva pidiéndolo todo el día sin saberlo.
Le obedecí. Bajé la cabeza, sentí cómo el glande me tocaba el fondo de la garganta, y respiré por la nariz para no tener que parar. Sus dedos se enredaron en mi pelo y entendí, sin que dijera nada, que esa tarde íbamos a ir lejos.
Quince minutos después estaba bocabajo en su cama, con las rodillas separadas y la cara hundida en su almohada, mientras él se ponía aceite en las manos sin prisa. No hubo prólogo elegante. Me abrió con un dedo, después con dos, y cuando notó que ya no tensaba la espalda, se metió de un solo empuje firme. Apreté el almohadón contra la cara para no gritar y lo escuché reír contra mi cuello.
—Aguanta —me susurró—. Esto va a ser largo.
Y fue largo. Veinte minutos al menos. A veces despacio, a veces fuerte, a veces parando del todo para que respirara. Yo me corrí dos veces sin llegar a tocarme la polla. La primera fue casi un accidente; me asustó cómo me salió, sin aviso, solo de sentirlo dentro y de notar cómo se movía justo en el sitio que toca. La segunda fue cuando él, ya cerca del final, me sujetó las caderas y me embistió como si quisiera dejar marca. En ese momento perdí cualquier control que me quedara. Me vacié contra la sábana sin ni siquiera darme cuenta.
Después se corrió en mi boca, porque salió y le llegué con la cara antes de que dijera nada, y noté el latido de su polla contra mi lengua. Eso, ese latido en la boca, es lo que me tiene atrapado. No lo he sentido nunca, nunca, follando con una mujer. Y dudo que lo sienta.
***
Volví a mi casa con el cuerpo blando y la cabeza revuelta. Me duché dos veces, me cambié de ropa, comprobé que no tenía marcas. Carolina estaba en el sofá viendo una serie. Levantó la cara cuando entré, me sonrió, y me preguntó si había entrenado bien.
—Bien —dije—. Hoy he insistido con piernas.
—Pues mañana no te vas a poder mover.
—Ya lo sé.
Me senté a su lado, me apoyó la cabeza en el hombro, y seguimos viendo la serie en silencio. Le acaricié el pelo. Le besé la frente cuando hubo un anuncio. Pensé, otra vez, que la quería de verdad. Pensé también, otra vez, que esto no se sostiene para siempre.
***
Sé cómo termina esto. Termina mal. Termina con Carolina abriendo mi teléfono un día por casualidad, o con un encuentro accidental por la calle, o conmigo confesando un domingo por la noche porque ya no aguanto más. Cualquiera de las tres me da pánico. Las tres son posibles. Y aun así, mañana es jueves, e Iván me ha escrito hace dos horas para decirme que llegue media hora antes.
He pensado mil veces en dejarlo. En cortar con Octavio, dejar de contestar a Iván, comprometerme con Carolina del todo. Cada vez que lo pienso, dura un par de horas. Después abro el chat, leo una palabra cualquiera, y se me revuelve algo por dentro que es más fuerte que la culpa.
Quizá la verdad incómoda sea esa: que no quiero parar. Que escribir esto no es un ruego de ayuda. Es una manera de mirar de frente lo que soy y reconocerme. Soy un tío que quiere a su novia y que también quiere mamarla a otros dos. No es un drama, no es una tragedia, no es una enfermedad. Es lo que hay. Y mientras Carolina no se entere, voy a seguir.
El día que se entere, lo perderé todo. Lo sé. Y aun así, mañana llegaré a las seis y media a casa de Iván, no a las siete, porque me lo ha pedido. Y le diré que sí, que voy a llegar antes. Y volveré a casa con la boca lavada y la conciencia sucia, y me sentaré al lado de Carolina, y le sonreiré.
Y dormiré. Como cada jueves.