Cómo me despidieron mis dos maestras particulares
Me llamo Iván y vivo en Múnich desde hace casi dos décadas. Voy a contar lo que me pasó en el verano de 2003, en Valencia, cuando tenía dieciocho años y acababa de aprobar la selectividad. Faltaban pocas semanas para mudarme a la residencia universitaria. Mi padre repetía a todas horas la misma frase: «Por fin un Marín en la facultad».
Yo había sacado las notas necesarias para entrar en Bioquímica, pero hubo dos asignaturas que no habría aprobado sin clases particulares: Física e italiano. Cada una tenía su profesora. Y a las dos las recuerdo con una nitidez que asusta.
Helena daba Física los martes y los jueves. Tenía treinta y tres años, el pelo rubio recogido en una coleta y una manera de inclinarse sobre mi cuaderno que me obligaba a contar baldosas para no mirarla. Yo era extremadamente tímido. Hasta esa primavera no había rozado la mano de una chica ni en los autobuses llenos. Mis amigos me arrastraban a discotecas y yo encontraba pretextos para volverme antes del primer paso de baile.
Helena lo notaba. Algunas tardes, cuando yo me trababa con una integral, ella me sonreía y decía: «Iván, respira». Y yo respiraba, claro, pero el aire me llegaba con dificultad, sobre todo cuando ella cruzaba las piernas debajo de la mesa y yo me imaginaba lo que había ahí arriba, entre esa falda y ese ombligo que asomaba cada vez que se estiraba para alcanzar un libro.
A finales de junio me anunció que se iba a Boston. Le habían ofrecido un puesto en un laboratorio de dermatología y partía el primer sábado de julio. Le pedí permiso para invitarla a mi casa esa misma mañana, antes del vuelo. Quería darle un regalo: un perfume y unos pendientes pequeños que había estado eligiendo en una joyería del centro durante una semana entera.
Mis padres habían salido de fin de semana. Helena llegó dos horas antes de su avión, con la maleta apoyada en el pasillo y un pañuelo verde alrededor del cuello. Le ofrecí un café que ninguno de los dos llegó a beber.
—Iván, lo que me has comprado es precioso —dijo, mientras desenvolvía el paquete—. Me lo voy a poner ahora mismo. Pero yo también quiero darte algo.
Lo soltó así, mirándome desde el sofá, como si me estuviese preguntando una fórmula. Me ardió la cara. Pensé que sacaría un libro, una libreta, cualquier cosa. Lo que sacó, en cambio, fue el pañuelo del cuello, lentamente, con la sonrisa de quien acaba de decidir algo.
—Sé que llevas todo el año mirándome de reojo —dijo, y se tocó el escote—. Hoy te toca verlas sin disimular.
Se quitó la sudadera. Debajo llevaba un sujetador rosa de encaje. Lo soltó por delante con dos dedos y las tetas se le derramaron pesadas, blancas, con los pezones ya duros apuntando hacia arriba. Yo había visto pechos en revistas y en la pantalla del ordenador, pero nunca a un metro, sin filtro, oliendo a perfume nuevo.
—Puedes tocarlos —dijo—. No muerden.
Acerqué la mano como si la metiera en agua hirviendo. Los toqué con las yemas, despacio, casi sin apoyar el peso. Ella me cogió las dos manos y me las apretó contra la carne, obligándome a hundir los dedos, a sentir el peso, a rozarle los pezones con las palmas.
—Así, tonto. No las vas a romper. Chúpame uno. Me muero por que me chupes uno.
Me incliné y me metí un pezón en la boca. Estaba tibio, salado por el sudor de la mañana, duro contra mi lengua. Ella me cogió de la nuca y me apretó más. Le oí soltar un gemido corto, sorprendido, como si no hubiese esperado que me atreviese tanto.
Llevaba menos de cinco minutos así cuando ella miró hacia abajo y abrió mucho los ojos.
—Iván… ¿todo eso es tuyo?
Ni siquiera me había dado cuenta. La tenía dura contra la bragueta, marcándose en el pantalón como un bulto que me llegaba casi hasta el bolsillo. Helena se sentó a mi lado, me desabrochó el cinturón y bajó la cremallera con una calma que yo no era capaz de imitar. Cuando me bajó los calzoncillos y la polla saltó fuera, dura, gorda, pegándome contra el vientre, soltó un suspiro entre risa y sorpresa.
—Eres un tímido con armamento pesado —dijo—. ¿Cómo no se te ha lanzado nadie todavía? Joder, Iván, si tienes una polla de caballo.
Me la rodeó con la mano y no le llegaban los dedos a cerrarse del todo. Empezó a moverla arriba y abajo, mirándome la cara mientras lo hacía, como estudiándome. Con la otra mano me acariciaba los huevos, pesándomelos, apretándolos suave. Yo estaba a punto de correrme solo con eso.
Se arrodilló entre mis piernas y se inclinó. Me pasó la lengua desde la base hasta la punta, lenta, aplastando la lengua contra la vena que tenía abajo. Después me chupó el glande sola, con los labios apretados alrededor, sacándomelo con un pop obsceno y volviéndomelo a meter. Lo que vino después no se parecía a nada de lo que yo había imaginado en las noches solas. La temperatura de su boca, la lentitud, la forma en que levantaba los ojos para comprobar mi cara. Me la tragó hasta la mitad, se atragantó un poco, y volvió a subir con un hilo de saliva colgándole del labio.
—Está buenísima —dijo con la voz ronca—. Buenísima, joder.
Y volvió abajo. Se la metió otra vez, más profundo esta vez, hasta que le noté la garganta cerrándose sobre la punta. Escupió sobre el glande y la usó para lubricar, deslizando el puño arriba y abajo mientras me la chupaba solo por la mitad. Pensé que iba a terminar enseguida, como me pasaba siempre en la ducha, en cinco pajas de mi mano. No terminé. Ni a los cinco minutos, ni a los diez. Helena paraba, sonreía, me apartaba un mechón de la frente y volvía a empezar, y yo entendía que aquella mujer sabía exactamente cuándo frenar para que no me corriese, cuándo apretar la base con dos dedos, cuándo dejarme respirar.
—Me has puesto cachondísima, Iván —dijo de pronto, sentándose sobre los talones, con los labios brillantes y la barbilla mojada—. Estoy chorreando, mira.
Se abrió los vaqueros, se metió la mano dentro y sacó los dedos brillando. Me los pasó por los labios y me los metió en la boca. Sabían a algo que yo no conocía, ácido y dulce a la vez.
—Vamos a tu cuarto. No me hagas suplicar. Necesito que me folles ya.
Le dije que no tenía preservativos. Me dijo que su novio se encargaba siempre de eso, que no había riesgo, que confiase. Yo confiaba en cualquier cosa que saliera de su boca esa mañana.
En mi habitación se arrodilló de espaldas, sobre la colcha, y se bajó los vaqueros y la ropa interior justo lo necesario. Le vi el culo blanco, redondo, y el coño rosa entre los muslos, ya brillante, con un mechón de vello rubio recortado encima. Me acerqué por detrás y le pasé la polla por la raja, arriba y abajo, empapándomela en su humedad antes de empujar. La penetré con torpeza, sin saber dónde poner las manos, atento al espejo del armario para verle la cara. Helena se mordía los nudillos.
—Más despacio… más despacio… me la vas a partir dentro… —pidió al principio, apretando la mandíbula—. Métemela poco a poco, Iván, coño…
Sentí cómo su coño me iba tragando de a un centímetro, apretándome tanto que a los dos nos costaba respirar. Cuando estuve entero, me quedé quieto, jadeando encima de su espalda, sintiendo cómo latía por dentro. Ella se movió primero, un balanceo pequeño, y yo entendí que ya podía. Empecé a embestir despacio, sacándola casi entera, metiéndola hasta el fondo. Le veía en el espejo la boca abierta y los ojos cerrados, y las tetas colgándole y meciéndose con cada golpe.
La estuve embistiendo más tiempo del que mi cabeza pudo medir. Le agarré la coleta rubia y tiré, y ella soltó un gemido que se le rompió en la garganta. Le clavé los dedos en las caderas y aceleré, chocándole el vientre contra el culo, escuchando el sonido húmedo, obsceno, de mi polla entrando y saliendo de su coño empapado. Me sorprendía a mí mismo. Mis amigos hablaban de aguantar dos minutos como si fuese una hazaña, y yo llevaba veinte. Cuando Helena se giró para mirarme, vi que tenía los ojos brillantes, casi llorosos, y los dientes apretados. Más tarde entendí lo que estaba viendo: una mezcla de placer y de incomodidad que se confunden cuando algo es demasiado nuevo, y cuando lo que te están metiendo dentro es más grande de lo que sueles aguantar. Yo, en ese momento, solo entendía la respiración entrecortada, el olor a colonia mezclado con sudor, y el sabor a sal de la piel de su espalda cuando me incliné a lamerla.
—Para —dijo de pronto—. Túmbate. Ahora me toca a mí.
Se quitó los vaqueros del todo, dejó las medias grises a la altura del muslo y se sentó encima de mí dándome la espalda. Vi su nuca, sus hombros pecosos, el lunar que tenía bajo el omóplato izquierdo. Me cogió la polla, se la colocó en la entrada y bajó de golpe, empalándose entera. Soltó un grito que le vibró en el pecho. Se quedó unos segundos así, quieta, respirando fuerte, acostumbrándose. Después empezó a moverse: subía casi hasta la punta y bajaba otra vez, apoyándose en mis rodillas, arqueando la espalda para que yo le viese entrar y salir mi polla brillante entre sus nalgas.
Cuando empezó a moverse más rápido, comprendí por primera vez que el sexo no era lo que yo creía, que tenía partes lentas, partes rotas, partes que daban risa, y que casi nada se parecía a las películas. Le puse las manos en las caderas y la ayudé a bajar más fuerte, empujando yo hacia arriba cada vez que ella caía. El culo se le puso rojo del golpeteo. Ella se llevó dos dedos al coño y empezó a frotarse el clítoris con círculos rápidos mientras yo la empalaba desde abajo. Le vi el brazo temblar, y después toda la espalda temblarle, y sentí cómo el coño se le cerraba a espasmos sobre mi polla, apretándome tanto que casi me arranca la corrida ahí mismo.
—Quiero probar a qué sabes —me dijo en algún momento, todavía jadeando—. No te corras hasta que yo te avise. Aguanta, Iván, aguanta.
Se levantó, se giró y volvió a bajarse sobre mí, ahora de frente, con las tetas colgándome delante de la cara. Yo se las agarré, me metí un pezón en la boca y lo chupé fuerte mientras ella me cabalgaba. Duramos así otro rato largo, hasta que ella se separó, se dejó caer de rodillas al lado de la cama y me hizo levantarme.
—Ven. En la boca. Todo lo que tengas.
Abrió la boca y sacó la lengua. Me cogió la polla y empezó a masturbarme rápido, pegándome el glande contra los labios, contra la lengua, contra los dientes. Me corrí cuando ella decidió. No fue un detalle: hubo más cantidad de la que cualquiera de los dos había previsto, y le llené la lengua y el paladar del primer chorro, y del segundo, y del tercero, y una parte le bajó por la barbilla y por el pecho en lugar de quedarse donde ella esperaba. Le vi la corrida cayéndole entre las tetas, resbalándole hasta el vientre. Helena se rio, una risa franca y corta, cerró la boca, tragó, y se limpió el resto con una toalla del baño.
Volvió a vestirse sin ducharse.
—Así me llevo el recuerdo a Boston —dijo, y antes de cerrar la puerta añadió—: Iván, sal con chicas. No te encierres. Ya sabes lo que tienes para ofrecer.
Nunca me besó en la boca, ni en la frente, ni en la mejilla. Cerró la puerta y oí cómo arrastraba la maleta hasta el ascensor. Hoy, veintidós años después, me sigue pareciendo una despedida casi cruel y casi perfecta. Helena terminó siendo una dermatóloga conocida en Nueva Inglaterra. La sigo por internet, aunque nunca le he escrito.
***
Dos días más tarde tenía cita con Letizia, mi profesora de italiano, en el ático que alquilaba cerca del río. Letizia era de Bolonia, hablaba castellano, italiano e inglés, y vestía siempre con minifaldas que mi madre habría llamado «un escándalo». Tenía la misma edad que Helena y, aunque era menos espectacular, tenía una boca enorme y unas piernas que, según mis amigos, deberían venir con aviso al consumidor.
Le llevé un perfume y un colgante de plata. Me abrió la puerta con un vestido corto azul oscuro que dejaba ver los tirantes del sujetador.
—Iván, tengo dos noticias —dijo, mientras me acompañaba hasta el salón—. Una buena, una mala. La mala es que vuelvo a Italia el domingo. Me han ofrecido un puesto en una editorial de Florencia y no puedo negarme.
—¿Y la buena?
—La buena es que el aire acondicionado se ha estropeado esta mañana. Y como no quiero abrir las ventanas, vamos a tener que entretenernos sin ropa. Si estás de acuerdo.
No esperé a contestar. Me acerqué y la besé como pude, con los labios apretados, como un colegial. Letizia se rio, separó nuestras bocas con un dedo y me dijo: «Despacio, Iván, que no es un examen». Y entonces, sí, me enseñó a besar. Igual que me había enseñado el subjuntivo italiano. Me metió la lengua despacio, jugueteando con la mía, mordiéndome el labio inferior, y yo aprendí en dos minutos lo que en la selectividad me había costado meses.
Me desnudó como si me estuviera probando un traje. Cuando vio lo que ya había desconcertado a Helena, no dijo nada espectacular. Solo arqueó una ceja y comentó, casi profesional: «Madonna mia. Tendremos que ir con cuidado». Me cogió la polla con las dos manos, una encima de otra, y me la meneó lento, mirándola crecer entre sus dedos como quien pesa una fruta en el mercado.
Se sentó en una silla de respaldo alto, se subió el vestido hasta la cintura y se abrió de piernas. No llevaba bragas. Tenía el coño depilado, brillante, con los labios ya hinchados y separados. Levantó la pierna derecha sobre el reposabrazos y me pidió que me arrodillara delante.
—Con la lengua primero, hasta que yo te diga. Ancha y plana, no la punta. Empieza abajo y sube. Así. Bravo.
Me guio con la voz, corrigiéndome cada movimiento. Cuando yo me equivocaba, me cogía del pelo y me colocaba la cabeza donde ella quería. Aprendí a chupar el clítoris con los labios, a chuparlo con la lengua ancha, a bajar hasta la entrada y meter la lengua dentro, a subir otra vez. Aprendí a leerle la respiración.
—Después con el dedo del medio, despacio, así aprendes a notar las diferencias. Curva el dedo hacia arriba. Ahí. Ahí, Iván. No te muevas. Ahora un poco más rápido.
Lo hice como me indicaba, atento a su voz, atento a los gestos. Letizia daba clases también ahí. Le metí el dedo y le acaricié un punto rugoso arriba, mientras seguía chupándole el clítoris. Ella empezó a apretarme la cabeza contra el coño, meciéndome, ahogándome un poco, y yo no aparté la cara. Cuando se corrió, lo dijo en italiano. Vengo, vengo, cazzo, vengo. Yo nunca olvidé esa palabra. Le sentí el coño contrayéndose alrededor del dedo y todo el muslo temblarle contra mi mejilla.
Después se incorporó y se arrodilló sobre la silla, dándome la espalda. Se subió el vestido por encima de las caderas y apoyó las manos en el respaldo. No tuvo que pedírmelo. Esta vez yo entré sin titubeos, demasiado rápido, según ella. Se la clavé de una sola embestida y ella soltó un grito que rebotó en las paredes del ático.
—Más despacio, Iván… eres bestia… porca miseria…
No le hice caso. Sentí, por primera vez, una seguridad que no me reconocía. La embestí como si supiese lo que estaba haciendo, agarrándola de las caderas, hundiéndomela hasta los huevos con cada golpe, mirando cómo su culo se sacudía cada vez que chocaba contra mi vientre. Letizia, entre risa, queja y placer, me dejó. Le tiré del pelo hacia atrás y la obligué a arquear la espalda, y ella me lo agradeció con un gemido largo. Le metí un dedo mojado en saliva por el culo, muy despacio, y se le escapó una palabrota nueva que no había oído nunca.
Cambiamos cuatro o cinco posturas en treinta minutos. La tumbé boca arriba en el suelo, le puse los tobillos sobre mis hombros y la empalé desde arriba, viéndole las tetas rebotar y los ojos ponerse en blanco. La puse a cuatro patas sobre la alfombra y le fui alternando embestidas cortas y largas hasta que empezó a suplicarme en italiano. Recuerdo una en la que ella se apoyaba en el escritorio y yo le sujetaba la pierna derecha en alto, una postura que había visto en algún vídeo y que en la práctica resultaba mucho más incómoda que en pantalla, pero desde la que le veía el coño abrirse alrededor de mi polla cada vez que entraba.
Cuando estuve a punto de terminar, le avisé. Letizia se incorporó con prisa.
—Quiero saber a qué sabes tú también. En la boca, no me lo niegues. Dammela.
Antes de que pudiese arrodillarse del todo, se me adelantó el cuerpo. Le manché la cara, el cuello, la clavícula, y unos cabellos castaños que olían a champú de manzanilla. El primer chorro le salpicó la frente y la nariz, el segundo le entró en la boca abierta, el tercero y el cuarto le resbalaron por el mentón hasta las tetas. Letizia se rio, sacó la lengua para recoger lo que le colgaba del labio, y dijo algo en italiano que tampoco he olvidado.
—Eres un macho, Iván. Eso lo tenías que descubrir tú solo.
Llegué a su casa a las cinco. Salí a las once. Cinco veces, dos cuerpos, una habitación que olía a aire viejo, a desodorante, a coño y a corrida seca.
***
Al día siguiente mis padres salieron a cenar con sus amigos. A las siete y media sonó el portero. Por el visor, vi a Letizia con una gabardina larga y el pelo recogido. Pensé que venía a despedirse o a recoger algo.
Cuando entró y se quitó la gabardina en mi habitación, comprendí que no.
—No te dije anoche todo lo que quería decirte —murmuró, y dejó caer la prenda sobre la silla.
Debajo no había nada. Ni un sujetador, ni unas medias, ni siquiera el reloj. Solo Letizia, con los pezones duros, el coño depilado, y la sonrisa de quien ha tomado una decisión y la cumple.
Esa segunda vez ya no fue una clase. Fue otra cosa. Me arrancó la ropa en tres tirones y me empujó sobre la cama. Probamos el sesenta y nueve, que yo conocía solo por nombre. Se subió encima de mí al revés, me sentó el coño en la boca y se agachó a comerme la polla. La sentía moverse contra mi cara, restregándose el clítoris contra mi lengua mientras yo la agarraba del culo y le abría las nalgas para meterle la lengua más adentro. Ella me tragaba la polla hasta la garganta y me la sacaba babeada, escupiendo saliva encima y volviéndomela a meter. Nos corrimos casi a la vez: yo primero, en su boca, ella dos segundos después, empapándome la cara.
No paramos. Me montó otra vez, ahora de frente, y me cabalgó lento, besándome, dejándome chuparle las tetas mientras subía y bajaba. La puse boca abajo con una almohada bajo las caderas y se la metí desde atrás, echándome encima, mordiéndole la nuca. La besé en la nuca, en la espalda, en la cintura. Me besó la cicatriz que tengo desde los siete años en la rodilla y me dijo que las cicatrices de los hombres tímidos siempre tenían historia.
Terminamos con ella sentada al borde del colchón, abierta de piernas, masturbándose delante de mí mientras yo, de rodillas en el suelo, me hacía una paja mirándola. Me corrí sobre sus muslos y ella se untó mi corrida en el coño con dos dedos y se corrió otra vez, mordiéndose el labio, mirándome fijo.
Cuando terminamos, ella se sentó al borde de la cama, sacó una tarjeta del bolsillo de la gabardina y la dejó sobre mi mesilla.
—Mi número en Bolonia, mi correo y mi dirección. Cuando tengas ganas. Cuando seas valiente.
La besé en la boca. Esta vez sí, y largamente. Letizia se vistió con la gabardina, sin nada más debajo, y bajó la escalera con una calma idéntica a la del día anterior.
***
Han pasado más de veinte años. Vivo en Múnich, tengo familia, y casi nadie de mi vida actual sabe que existieron Helena y Letizia. A veces, cuando alguien menciona la palabra «despedida», me distraigo durante unos segundos. He guardado esa tarjeta italiana, sin escribir nunca a la dirección que tenía. Y aunque no soy de los que creen en momentos fundadores, sé que aquellas dos semanas de julio cambiaron al chico tímido que era.
Mis amigos, después, me dijeron que había tenido una suerte que no se repite. Yo, hoy, no estoy seguro de que fuese solo suerte. Helena y Letizia eligieron lo que hicieron. Eligieron despedirse así, en vez de un café o un apretón de manos. Y eligieron despedirse de mí.
A veces pienso que debería escribirles, a las dos. Y a veces pienso que es mejor dejar las puertas como las cerraron ellas. En silencio. Con la maleta lista. Sin un beso al final, o con uno solo, según la profesora.
—Iván, sé feliz —me dijo Helena.
—Iván, sé valiente —me dijo Letizia.
Y yo, casi siempre, he obedecido.