Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Cobré por sexo durante meses y nadie lo sabe

Solo una persona en el mundo conoce esto. Y ni siquiera fue porque yo se lo contara, sino porque se enteró de casualidad años después. A veces, cuando estoy a solas y vuelve el recuerdo, pienso si debería haberlo hablado con alguien más. Otras veces agradezco no haberlo hecho.

Tenía veintidós años y llevaba casi tres con Inés. La primera vez que vi cómo me miraba, supe que iba a perder la cabeza por ella. No me equivoqué. Lo que no calculé fue cuánto me iba a costar perderla.

Inés era de las que no tenían filtro. Probaba cosas, pedía cosas, decía en voz alta lo que cualquier otra novia hubiera callado. Aprendí más sobre el sexo con ella en seis meses que en toda mi vida anterior. Y aprendí también que ese tipo de intensidad no se vuelve a encontrar, o al menos no a esa edad.

Cuando me dejó, lo hizo por mensaje. Tres líneas. Que no era yo, que lo había pensado mucho, que no la buscara. Tardé días en levantarme de la cama. A los amigos les dije que estaba bien. A mi madre le dije que estaba bien. Hasta a mí mismo me lo decía cada mañana frente al espejo, y cada mañana me costaba un poco más creérmelo.

Pasaron tres meses. Lo justo para empezar a salir otra vez, para reírme con cosas tontas, para pensar que ya estaba saliendo del pozo. Y entonces la vi.

Estaba en un bar del centro, uno al que ella nunca iba conmigo cuando estábamos juntos. Yo había entrado con dos compañeros de piso a tomar algo rápido antes de seguir a otro sitio. La vi en el fondo, apoyada en la barra, riéndose con un chico al que no conocía. No reía con educación. Reía como reía conmigo. Después él la besó, y ella cerró los ojos.

Algo se me partió por dentro de una forma muy concreta, muy física, como si me hubieran soltado un peso en el estómago.

Salí sin decir nada a nadie. Caminé sin rumbo durante una hora y acabé en una zona del centro donde nunca había estado. Entré en el primer bar que tenía música y luces. Tardé diez minutos en darme cuenta de que era un bar de ambiente. Tardé otros diez en pedir el tercer trago.

El chico que se acercó a hablarme no me gustaba. Era mayor que yo, tenía la barba descuidada y un perfume demasiado dulce. Pero sonreía, y me ofreció otra copa, y me preguntó si estaba bien. Le dije que no, que estaba fatal, que llevaba tres meses fatal. Se rio. Me dijo que conocía esa cara. Me invitó a su casa.

Dije que sí porque me daba lo mismo todo. Eso es exactamente lo que pensé mientras subía al taxi: me da lo mismo todo, que pase lo que tenga que pasar.

En su piso le hice una mamada que no quería hacer y dejé que me follara mientras yo miraba al techo. No sentí nada. Ni placer, ni asco, ni excitación. Solo una distancia rara conmigo mismo, como si estuviera viendo a otro tipo hacer aquello. Cuando él terminó, me vestí, le dije que tenía que irme y bajé las escaleras de dos en dos.

En la calle vomité contra una pared. No fue por el alcohol. Fue por la forma en la que me había convertido en alguien que no reconocía en menos de seis horas.

***

Lo lógico hubiera sido parar ahí. Lo lógico hubiera sido llamar a un amigo, pedir ayuda, ir al psicólogo. No hice nada de eso. Hice exactamente lo contrario.

Durante las semanas siguientes me convencí a mí mismo de una idea que ahora suena estúpida: si todo me daba igual, si ya no podía sentir nada, lo único que tenía sentido era llevarlo al extremo. Convertir el sexo en algo mecánico. Despojarlo de cualquier rastro de emoción. Si Inés podía irse así, si yo podía acostarme con un desconocido sin pestañear, entonces nada significaba nada y daba igual lo que hiciera con mi cuerpo.

Y pensé también que necesitaba dinero. Esa fue la coartada que usé para no enfrentarme a la verdadera razón.

Entré en una página que me había mencionado un compañero de la facultad medio en broma meses atrás. Subí dos fotos sin cara. Escribí una descripción corta. En tres días tuve mi primer cliente.

Era un hombre de unos cincuenta años, casado, con una alianza que ni siquiera se había molestado en quitarse. Quedamos en un hotel de las afueras. Olía a colonia cara y a miedo. Me pagó por adelantado, me pidió que no le besara en la boca y me folló durante veinte minutos sin decir una sola palabra. Cuando terminó, se vistió en silencio, me dejó un billete extra en la mesilla y se fue.

Esa noche no vomité. Esa noche conté el dinero dos veces, lo guardé en un sobre dentro del armario y me dormí.

***

Los meses siguientes fueron una colección de habitaciones de hotel, pisos prestados, coches aparcados en zonas oscuras. La mayoría de mis clientes eran hombres mayores. Casados que no se atrevían a decir en voz alta lo que les gustaba. Solteros que vivían encerrados en armarios construidos hacía décadas. Bisexuales que tenían novia y querían algo distinto un martes por la tarde.

Pocos me gustaban físicamente. Casi ninguno, en realidad. Aprendí a desconectar. Aprendí trucos que ahora no me enorgullecen: pensar en otra cosa mientras hacían lo suyo, fingir entusiasmo con un repertorio limitado de gemidos, mirar al espejo del techo y contar las baldosas. Aprendí también qué tipo de hombre paga por qué tipo de cosa, y aprendí a cobrar más cuando intuía que se podía.

Tuve también algunas mujeres. Pocas. Casi todas eran mayores, separadas o viudas, que llevaban años sin tocar a nadie y que pagaban por sentirse deseadas un rato. Con ellas era distinto. Con ellas me costaba menos disimular, no sé por qué. Quizá porque eran más amables, o porque me recordaban a otra cosa.

Y luego estuvo Lucía.

***

Lucía me escribió un jueves por la tarde. El mensaje era torpe, lleno de comas mal puestas, y hablaba en condicional. Que si estaría disponible un sábado. Que si la primera vez podía hacerlo conmigo. Que si me importaba que ella no tuviera ninguna experiencia.

Tuve que leerlo dos veces para entender lo que me estaba pidiendo. La llamé. Hablamos casi una hora. Tenía diecinueve años, era de un pueblo a setenta kilómetros, había venido a la ciudad a estudiar y nunca había estado con nadie. Me dijo que había leído cosas en internet, que tenía miedo, que prefería que la primera vez fuera con alguien que no fuera a juzgarla y que no la fuera a buscar después.

Le pregunté si lo había pensado bien. Me dijo que llevaba meses dándole vueltas. Le pregunté si tenía a alguien que pudiera hacerle ese favor sin cobrarle. Me dijo que precisamente por eso, porque no quería deberle nada a nadie, prefería pagar.

Acepté. No por el dinero. Acepté porque me dio una ternura que llevaba meses sin sentir.

***

Quedamos en un piso que yo alquilaba para los encuentros, en un barrio tranquilo. Le abrí la puerta y la vi pequeñita, con el pelo recogido en una coleta baja y una mochila cruzada al pecho. Llevaba una sudadera gris y unos vaqueros. No iba arreglada. Eso me gustó.

—Pasa —le dije—. ¿Quieres beber algo?

—Agua, por favor.

Le serví un vaso. Le dije que se sentara en el sofá. Le hablé durante veinte minutos de cualquier cosa: de la facultad, del pueblo del que venía, de un grupo de música que ella seguía. Le toqué la rodilla solo cuando vi que ya se había reído tres veces. Le dije que íbamos a ir muy despacio. Le dije que en cualquier momento podía pedirme que parara, que podía cambiar de idea, que podía irse y yo no le iba a pedir el dinero.

—No quiero irme —dijo.

La besé en la mejilla primero. Después en el cuello. Después en la boca. Lucía temblaba. No de frío.

La llevé al dormitorio cogida de la mano. Le quité la sudadera y vi que llevaba debajo una camiseta de tirantes blanca. Tenía el cuerpo de alguien que aún no se ha acostumbrado a que la miren. Pasé mucho rato solo besándola, acariciándole la espalda por debajo de la tela, hablándole al oído, riéndome con ella cuando se ponía nerviosa.

—¿Te puedo bajar los vaqueros? —le pregunté.

Asintió.

Le besé el vientre, las caderas, el interior de los muslos. Le pedí permiso antes de cada cosa. Cuando le pregunté si quería que la besara entre las piernas, cerró los ojos un segundo y volvió a asentir.

Pasé un rato largo allí. Sin prisa. Sentí cómo se le iba relajando el cuerpo, cómo dejaba de apretar las piernas, cómo respiraba más hondo. Cuando se corrió por primera vez en su vida, lo hizo en silencio, con la espalda muy arqueada y las manos hundidas en las sábanas.

Después se quedó muy quieta, mirándome, como si estuviera procesando lo que acababa de pasar.

—Quiero hacerte algo a ti —dijo.

Le enseñé. Le cogí la mano y le mostré el ritmo. Le expliqué dónde apretar más y dónde menos. Después se inclinó por su cuenta y lo intentó con la boca, con esa torpeza dulce de las primeras veces, y yo le acaricié el pelo y le dije que no se preocupara, que lo estaba haciendo bien.

Cuando llegó el momento, fui más despacio aún. Le pregunté si seguía queriendo hacerlo. Me dijo que sí, que sí, que por favor sí. Puse lubricante. Puse el preservativo. Entré milímetro a milímetro, atento a su cara, parando cada vez que veía una sombra de duda. Resopló, apretó los ojos, me clavó las uñas en la espalda. Y después abrió los ojos y me sonrió.

Fue un polvo lento, callado, lleno de miradas. No fue el mejor sexo de mi vida, ni de lejos. Pero fue, sin discusión, el más bonito.

Cuando estaba a punto de terminar, le pregunté dónde quería. Me dijo que sobre el pecho. Me quité el preservativo a tiempo y todo cayó donde ella había pedido. Después le limpié con cuidado, la abracé un rato y le pregunté si estaba bien.

—Estoy más que bien —dijo.

Me dio las gracias varias veces. Le dije que las gracias se las daba yo. Por un momento me planteé devolverle el dinero, pero entendí que eso era algo que ella necesitaba dejar pagado, así que acepté el sobre.

***

Lo de Lucía fue un oasis en mitad de un desierto. Después seguí trabajando otros cuatro o cinco meses, y casi todo lo demás volvió a ser lo de siempre. Hombres casados que querían probar el sexo anal porque sus mujeres no les hacían eso. Solteros que pagaban por compañía más que por sexo. Gente rota, como yo, intentando llenar huecos que no se llenan así.

Lo dejé el día que entendí que ya no estaba haciendo aquello para olvidar a Inés. Lo estaba haciendo porque se había convertido en costumbre, y la costumbre es una trampa peor que el dolor.

De aquella época me quedan dos cosas. Una mala y otra buena. La mala es saber que durante meses me traté a mí mismo como si valiera muy poco. La buena es Lucía, y la sensación de haber sido, al menos una vez, exactamente el hombre que alguien necesitaba que fuera.

Valora este relato

Comentarios (7)

confesor77

que relato tan real, se me paso volando. gracias por animarte a contarlo

SofiaBaires

Me senti bastante identificada con algunos momentos, aunque yo lo vivi diferente. Muy bien contado.

Rodrigo_SF

tremendo!!! quede con muchas ganas de saber como termino todo. segunda parte por favor!!

Mia_lectora

me pregunto si fue algo que hiciste una sola vez o siguio mucho mas... el final deja con intriga

LorenaC_BA

buenisimo!!! de lo mejor que lei aca

LectorBA_77

Relato muy bien desarrollado, se nota que es real y no inventado. Me gusto mucho la forma en que lo fuiste contando, sin rodeos pero con detalle. Espero que vuelvas con mas historias.

NocheEnPaz

la parte del principio me engancho de entrada, no pude soltar el celular hasta terminar jaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.