Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Confieso que no pude olvidar la sonrisa de Valeria

Llevaba varios días pensando en Valeria. En esa manera que tenía de aparecer en los sitios como si siempre hubiera estado ahí, sin hacer ruido, sin necesitar que nadie la presentara. La conocí a través de una amiga común en una de esas fiestas donde la gente bebe más de lo que habla, y desde esa primera noche me quedé con una idea clara: Valeria era de esas personas que hacen exactamente lo que quieren, sin pedir permiso y sin dar explicaciones.

Le mandé un mensaje esa tarde, un martes sin nada especial. Fui directo, sin rodeos. Ella tardó menos de diez minutos en contestar: «Mañana a las nueve. Dame la dirección.» Sin negociar, sin preguntar qué tenía pensado. Como si ya lo supiera.

Me pasé el resto del día esperando.

***

Llegó puntual, con una mochila pequeña colgada del hombro y sin abrigo a pesar del frío de octubre. Le abrí la puerta y entró como si mi piso fuera suyo: miró alrededor con curiosidad pero sin detenerse en nada, dejó la mochila junto a la pared del pasillo y fue directa al cuarto de baño.

—Dame un momento —dijo desde detrás de la puerta.

Escuché el ruido del agua corriendo, de cremalleras abriéndose, de telas cayendo al suelo de azulejos. Me senté en el borde de la cama y esperé. Diez minutos. Quince. Después el pestillo al abrirse.

Salió con una americana blanca que le llegaba a mitad del muslo. Solo la americana. La chaqueta le quedaba ajustada en los hombros pero se abría hacia abajo lo suficiente para insinuar sin mostrar del todo: un vislumbre de pecho pequeño y firme, el comienzo de un abdomen plano, nada más. Bajo el borde de la tela, las piernas largas y desnudas.

Tenía veintiún años. Era alta, fibrosa y atlética, con el pelo castaño recogido en un moño que ya empezaba a deshacerse desde los lados. Tenía el cuello fino, los brazos delgados con músculo sin exagerar, y en la cara una expresión difícil de clasificar: atenta, divertida, ligeramente burlona. Como si todo lo que estaba a punto de ocurrir le pareciera, al mismo tiempo, completamente normal y moderadamente gracioso.

Sacó un caramelo de no sé dónde, uno de esos rojos de fresa que tiñen los labios. Se lo metió en la boca y empezó a hacerlo rodar entre los dientes con una lentitud que era claramente deliberada. No apartó la vista de mí en ningún momento.

Me levanté de la cama.

***

Valeria no esquivaba las cosas difíciles. Cuando se encontraba con algo grande delante, lo miraba como si fuera un problema interesante, no un obstáculo. Esa actitud la hacía distinta: no había en ella ni rastro de la actuación que a veces se nota, esa urgencia de parecer más entusiasta de lo que se está. Lo que hacía lo hacía porque quería, y eso se veía en cada detalle, desde cómo se arrodilló cuando le puse la mano en el hombro hasta la manera en que cerró los ojos a medias cuando empezó.

Se dejó caer sobre las rodillas sin que yo tuviera que decir nada más. El caramelo desapareció de sus labios en algún momento que no registré.

Al principio lo hizo despacio, sin prisa, como quien explora antes de comprometerse. Los labios primero, después la lengua, después las dos cosas a la vez. La saliva se acumuló casi de inmediato y el sonido que produjo era húmedo y denso, un chapoteo rítmico cada vez que aumentaba el ritmo. No había en ello nada contenido ni decoroso: era ruidoso y real, y eso lo hacía mejor que cualquier otra cosa.

Cuando se encontró con el límite de lo que su boca podía contener, no lo aceptó sin más. Lo empujó, lo probó, volvió a intentarlo con más determinación. Las náuseas le llegaban desde abajo y ella las mantenía a raya con una concentración que le enrojecía las mejillas y le humedecía los ojos. Los dientes rozaban a veces sin querer. Entonces abría los ojos y me miraba, y en esa mirada no había disculpa sino pregunta.

¿Sigo?

Seguía.

Le coloqué las manos detrás de la cintura, cruzadas una sobre la otra, sin atarlas pero dejando claro que ahí debían quedarse. Valeria entendió sin que yo dijera nada. Se quedó así, quieta excepto por la cabeza y el cuello, y lo que siguió fue sin el apoyo ni el control que las manos habrían dado. Solo la boca. Solo el esfuerzo visible en su frente y en su garganta.

Me tomé tiempo. Ella también.

***

Le pedí que cambiara de postura cuando ya llevábamos un buen rato. Se apoyó sobre los codos con la espalda arqueada y el trasero levantado, sin necesitar que le explicara más. Desde esa posición la americana se abría por completo y podía ver la línea de su espalda descendiendo hasta la curva de las caderas, la forma de sus nalgas, la piel clara y uniforme.

Me quedé mirando un momento sin moverme. Ella esperó sin decir nada.

—¿Qué esperas? —dijo por fin, con voz tranquila, sin impaciencia. Y con risa. Siempre con risa.

Me arrodillé detrás de ella.

Lo que Valeria hacía con la lengua en ciertos sitios no era técnica aprendida sino instinto cultivado. Sabía dónde aplicar presión, dónde aflojar, cuándo mantener el ritmo sin variación y cuándo cambiar de ángulo para encontrar otro punto de resistencia. No había en ello experimentación ni tanteo: sabía lo que buscaba y lo encontraba. Me quedé inmóvil al principio, con una mano apoyada en la pared y la respiración más corta de lo que debería. Después empecé a moverme yo solo, despacio, sin que nadie me lo pidiera.

Valeria era de las que prefieren dar a recibir. En ese momento yo era el destinatario de toda esa energía concentrada, y ella lo sabía, y parecía satisfecha con eso.

Pasó un tiempo que no medí.

***

La tumbé de espaldas cuando estuve cerca del final. Tenía las mejillas encendidas y el moño completamente deshecho, el pelo esparcido sobre la almohada como si hubiera estado dando vueltas. Los labios hinchados. La americana entreabierta. Y la sonrisa. Todavía la sonrisa, incluso así, en ese estado.

Le coloqué las manos a los lados de la cabeza, no sujetándolas, solo poniéndolas ahí. Un límite que era también una pregunta. Ella las dejó exactamente donde yo las había puesto, sin intentar moverlas.

Terminé en su boca. Valeria lo recibió sin moverse, sin apartar la cabeza, sin ninguno de esos gestos que el cuerpo produce por instinto cuando no puede evitarlo. Cerró los ojos un segundo. Luego los abrió, y en ellos había algo que se parecía mucho a la satisfacción.

Lo que hizo a continuación no lo vi venir en absoluto.

Se incorporó sobre un codo, me miró con la misma expresión de siempre, y escupió en su propia mano. Despacio. Sin dejar de mirarme. Después se la pasó por la mejilla izquierda con una deliberación casi ceremonial, se la extendió por la frente, por el puente de la nariz. Se distribuyó el resultado por la cara entera con la serenidad de alguien que está haciendo algo perfectamente razonable. Y entonces se echó a reír. Una carcajada corta, genuina, sin artificio, la misma que le había escuchado antes cuando tropezó con el peldaño de la entrada al llegar.

—No me mires así —dijo, todavía riendo—. Es que me apetecía.

Es que me apetecía. Sin más explicación. Sin necesitar ninguna.

***

Se levantó a lavarse la cara con la misma calma con que había hecho todo lo demás. Volvió con el pelo recogido de nuevo, esta vez mejor que antes, y el caramelo rojo de vuelta entre los dientes. No sé de dónde lo había sacado. Se sentó en el borde de la cama, a mi lado, y miró hacia la ventana con esa expresión suya de estar en todos los sitios a la vez y en ninguno en concreto.

—¿Tienes hambre? —preguntó.

Tenía hambre.

Fuimos a la cocina y me preparó algo de comer con lo que había en la nevera: queso manchego, fiambre de pavo, una rebanada de pan grande. Lo hizo con la soltura de quien lleva años moviéndose en una cocina ajena, buscando el cuchillo en el cajón correcto a la primera, calculando las proporciones sin preguntarme qué quería. Comimos sentados en los taburetes de la barra, ella todavía con la americana puesta y el caramelo cambiando de un carrillo a otro entre bocado y bocado, yo todavía sin haber terminado de procesar nada.

—¿Siempre eres así? —le pregunté en algún momento.

Me miró. Se encogió de hombros.

—¿Así cómo?

No supe cómo terminar la pregunta. Así, a secas. Así de tranquila. Así de completamente ella misma en todos los momentos, incluso en los más absurdos. Así sin necesitar explicarse, sin pedir validación, sin la menor señal de que le importara lo que yo pensara de todo lo que acababa de hacer.

—Sí —dijo, como si hubiera leído la versión completa de lo que no pude decir—. Siempre.

***

En algún momento recogió la mochila, se puso los zapatos que había dejado junto a la puerta y me dio un beso en la mejilla al salir. No de los que son promesas de algo más. De los que son puntos finales limpios. La puerta se cerró y me quedé solo en el pasillo un momento, oyendo sus pasos bajando la escalera hasta que el sonido desapareció.

De esa noche no recuerdo tanto lo que pasó como la manera en que pasó. La facilidad. La ausencia de cualquier peso o dramatismo. Valeria hacía las cosas como si no tuvieran mayor importancia, y eso, paradójicamente, hacía que lo tuvieran toda.

La sonrisa que no desaparecía. Incluso cuando el cuerpo tenía motivos de sobra para no sonreír.

Eso es lo que no olvidé. No el caramelo rojo, no la americana blanca, no la carcajada con la cara todavía sucia.

La sonrisa.

Valeria siempre sonreía, pase lo que pasara.

Valora este relato

Comentarios (8)

NocheReader22

Que relato!! me encantó de principio a fin, de esos que no podés parar de leer

MarceloR88

Queremos segunda parte!!! no puede quedar así, que pasó con Valeria despues?

CarlosM_85

Me recordó a alguien que conocí hace años. Esas sonrisas que se te quedan grabadas para siempre... muy bien narrado, se siente real

DiegoNoc

tremendo relato, increible!!

VeroLectora

Es una historia real? se siente muy autentico, esos detalles tan precisos... muy bueno

Lau_Sur

Me encanta la categoría de confesiones y este tiene todo: emocion, nostalgia, suspenso. Sigue escribiendo por favor

PatriciaWW

La imagen de la sonrisa que jamas perdía... que detalle tan lindo. Muy bien escrito

SolBonaerense

jaja el cierre con "lo que vino despues tampoco lo olvidé" me mató, que manera de dejar al lector con ganas de mas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.