Crucé la ciudad entera para perderme en un parque oscuro
Conduje durante cuarenta minutos sin encender la radio. El silencio dentro del coche era lo único que me sostenía. Si ponía música, si dejaba que cualquier estímulo externo entrara, sabía que perdería el coraje o —peor— admitiría lo que estaba haciendo de verdad.
Me llamo Lucía. Tengo treinta y nueve años, un piso amplio en una urbanización del norte de la ciudad, un marido que me habla como si fuera su socia de negocios y un armario lleno de ropa que ya no me quito delante de nadie. Esa noche llevaba una blusa de seda oscura que me compré por impulso en una tienda del centro. Escote profundo, botones delicados. No era ropa para ir a ninguna parte. Era ropa para sentirme algo.
El GPS marcaba dieciocho minutos hasta el barrio de Los Rosales. Yo ya lo había buscado antes en el mapa, tres o cuatro veces, siempre de madrugada, siempre después de terminar de masturbarme sin conseguir nada que me dejara satisfecha.
Solo voy a ver. Nada más. Paso por ahí, miro y me vuelvo.
Esa frase me la repetía desde que arranqué el coche. La repetía con la disciplina de alguien que sabe que está mintiendo pero necesita la mentira para no derrumbarse.
***
El barrio empezó a cambiar cuando dejé atrás las rotondas iluminadas y los edificios de cristal. Los bloques se volvieron grises, las persianas de los comercios estaban bajadas y las farolas alumbraban a medias. Había hombres en las esquinas, en grupos de tres o cuatro, sentados en bancos o apoyados contra las paredes. Voces en idiomas que no entendía. Risas lejanas. El sonido de un teléfono reproduciendo música a volumen bajo.
Aparqué en una calle lateral, cerca de la entrada del parque grande. Apagué el motor y el silencio me golpeó como un puñetazo. De pronto todo era real. El volante, mis manos apretándolo con fuerza, el anillo de casada brillando débilmente bajo la farola medio rota.
Bajé la ventanilla sin pensarlo. El aire de la noche entró cargado de olor a tierra húmeda y a comida lejana.
¿Por qué he bajado la ventanilla? Tengo aire acondicionado. ¿Qué estoy haciendo?
Pero ya lo sabía. La había bajado porque quería que el exterior entrara. Que me vieran. Que el aire del barrio me tocara primero.
Llevaba la blusa pegada a la piel por el sudor nervioso. El escote dejaba ver más de lo necesario. Debajo solo tenía un tanga fino y una falda que se subía al sentarme. No era un accidente. Nada de esa noche era un accidente.
***
Los vi pasar a unos diez metros del coche. Tres hombres jóvenes caminando despacio. Uno de ellos giró la cabeza y me miró directamente. Sus ojos se detuvieron en la ventanilla abierta, en mí, en el escote que brillaba bajo la luz escasa.
No aparté la mirada. No pude.
Me quedé quieta, respirando agitada, con las manos temblando sobre el volante. Sentía el calor subiéndome desde el vientre, el pulso latiéndome entre las piernas.
El hombre dijo algo a sus compañeros en voz baja. Los tres frenaron el paso. Y él se separó del grupo y empezó a caminar hacia mi coche.
Era alto, de hombros anchos, con la piel morena y una barba corta bien cuidada. Llevaba una camiseta oscura ajustada y unos vaqueros limpios. No parecía un desconocido peligroso. Parecía alguien que había visto algo interesante y quería comprobarlo.
Intenté subir la ventanilla. Pulsé el botón una, dos, tres veces. El coche estaba apagado. Las ventanillas eléctricas no respondían.
—Mierda —susurré entre dientes.
Llegó hasta la ventanilla y se inclinó apoyando una mano en el techo del coche. Olía a colonia fresca. Su presencia llenaba el espacio.
—¿Estás perdida? —preguntó con acento marcado y una voz grave, más tranquila de lo que esperaba.
—N-no… solo estaba… descansando un momento.
Levantó una ceja. Sonrió. Sus ojos bajaron sin disimulo hacia mi escote.
—¿Descansando? Aquí no se viene a descansar con un coche así. Y vestida así.
Me miró la blusa y luego directamente a los ojos.
—Te tiemblan las manos —observó en voz más baja.
Era verdad. Me temblaban tanto que las apreté contra los muslos para controlarlo.
—¿Cómo te llamas?
Mi mente gritaba que arrancara el coche, que subiera el cristal, que me fuera. Pero mi cuerpo no obedecía. Sentía una humedad caliente entre las piernas y una vergüenza brutal al mismo tiempo.
—Lucía —respondí casi sin voz.
Saboreó mi nombre repitiéndolo en voz baja. Después me preguntó con tono directo:
—¿Has venido a buscar algo o solo a mirar?
No contesté. Solo respiraba con la boca entreabierta. Él esperó unos segundos y dijo con calma:
—Si no dices nada, voy a pensar que quieres que me quede.
Me quedé callada. Bajé la mirada hacia mis propias manos en el regazo. Ese gesto de rendición bastó.
***
Extendió la mano por la ventanilla y me acarició la mejilla con el dorso de los dedos. Me estremecí pero no me aparté. La caricia fue suave al principio, casi tierna. Después su mano bajó por mi cuello hasta el escote de la blusa. Metió la mano dentro y me abarcó un pecho con toda la palma, apretándolo con firmeza. Solté un jadeo ahogado pero no dije nada.
Me manoseó con más confianza: amasó mi pecho, pellizcó el pezón endurecido, lo estiró entre sus dedos. Con la otra mano bajó directamente entre mis piernas, por debajo de la falda. Sus dedos rozaron el tanga empapado y presionaron contra mi sexo hinchado.
Yo miraba. Miraba fijamente su mano morena desapareciendo bajo mi falda, la otra sobándome el pecho con descaro. No decía una palabra. Solo respiraba entrecortadamente mientras él exploraba mi humedad sin pedir permiso.
—Estás empapada —murmuró con satisfacción—. Buena chica.
Sacó la mano brillante de mis fluidos, se la miró un segundo y se la limpió en mi falda.
—Baja del coche. Ahora.
Su tono era firme pero extrañamente delicado, como si hablara con algo frágil que no quería romper todavía. Dudé un segundo. Después, como en trance, abrí la puerta y bajé. Las piernas me temblaban tanto que tuve que apoyarme en el coche. Él me tomó del brazo y cerró la puerta.
—Ven.
***
Me llevó caminando por el parque en silencio. Yo iba con la cabeza ligeramente baja, la blusa medio abierta, los pezones visibles bajo la seda húmeda. Atravesamos una zona de césped hasta un rincón donde la luz de las farolas apenas llegaba.
Allí había otros dos hombres esperando en un banco de piedra. Cuando me vieron llegar, se levantaron despacio.
Los tres me rodearon.
El que me había traído se colocó detrás de mí. Otro, más delgado y con barba más larga, a mi izquierda. El tercero, más joven y musculoso, se quedó enfrente, mirándome de arriba abajo.
Yo estaba en el centro. El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en los oídos. Tenía las manos pegadas a los costados, la mirada baja, la respiración agitada. No decía nada.
El primero se inclinó sobre mi oído:
—Si quieres que paremos, solo dilo.
Hizo una pausa.
—Pero si no dices nada, vamos a usarte.
Me quedé en silencio absoluto.
Sonrió detrás de mí. Sus manos me abrieron los botones restantes de la blusa de un tirón suave. La seda se abrió dejando mis pechos al aire en la oscuridad del parque. Los otros dos se acercaron más. Uno me subió la falda hasta la cintura. El otro se agachó y pasó los dedos por encima del tanga empapado, presionando contra mi clítoris hinchado.
Yo seguía callada. Solo respiraba. Solo sentía cómo aquellas manos desconocidas empezaban a tocarme, apretarme y explorarme en la oscuridad.
El primero me pellizcó ambos pezones con fuerza y me susurró al oído:
—Vas a ser una buena perra esta noche, ¿verdad?
No contesté. Solo cerré los ojos y dejé escapar un gemido ahogado mientras tres pares de manos me usaban sin prisa.
***
Me sentaron en el banco de piedra. La blusa ya estaba completamente abierta, mis pechos expuestos al frío de la noche. Me subieron la falda y me arrancaron el tanga de un tirón.
El primero se sentó frente a mí, se bajó los pantalones y sacó su polla. Era gruesa y larga, más grande que la de mi marido, más grande que nada que hubiera visto de cerca.
—Chúpala —me ordenó.
Temblando, me incliné y abrí la boca. Apenas había empezado cuando me agarró el pelo y me empujó la cara hacia abajo, metiéndomela hasta la garganta. Tuve arcadas fuertes, los ojos se me llenaron de lágrimas.
Mientras se la chupaba, los otros dos me pusieron sus pollas en las manos. Ahora tenía tres rodeándome: una en la boca y dos en cada mano.
Esto fue un error. No debería estar aquí. Son tres. Son más fuertes que yo. No puedo parar esto.
Pero en el fondo sabía que no me iría.
Me follaba la boca sin piedad, empujando hasta el fondo y manteniéndome allí varios segundos.
—Mira esta señora fina —se burló—. Viene vestida de marca y resulta que chupa gratis. ¿Tu marido sabe que estás aquí de rodillas?
Los otros dos se rieron.
—Claro que no lo sabe. Esta viene sola a que la destrocen. Qué vergüenza.
Cada palabra me quemaba. La humillación era insoportable. Pero mi cuerpo reaccionaba de forma traicionera: cuanto más se burlaban, más mojada me ponía. Mi sexo palpitaba con fuerza.
El más joven se acercó y me metió los dedos. Con unos pocos movimientos certeros, un orgasmo rápido y vergonzoso me atravesó. Las piernas me temblaron violentamente y solté un gemido ahogado alrededor de la polla que tenía en la boca. Me corrí solo con la humillación, las pollas en mis manos y la suya en mi garganta.
Se dieron cuenta inmediatamente.
—¡Se ha corrido ya! —exclamó el primero sin sacármela de la boca—. Se corre solo con que le digamos que es una zorra. Qué vergüenza das.
—Qué fácil es esta —añadió el joven—. La humillamos un poco y ya se corre como una perra en celo.
Tenía la cara roja. Sabía que era verdad.
***
Me pusieron de pie, me giraron y me inclinaron bruscamente sobre el banco, con el culo en alto y la cara contra la piedra fría. La falda enrollada en la cintura, la blusa abierta colgando a los lados. Estaba completamente expuesta.
El primero se colocó detrás de mí y, sin aviso, empujó su polla gruesa dentro de mi sexo de un solo golpe. Solté un gemido ahogado. Me abrió mucho más de lo que mi marido jamás consiguió.
—Tu marido debe tenerla diminuta —gruñó mientras empezaba a follarme con embestidas fuertes y profundas—. Esto sí que te llena, ¿verdad?
Yo apretaba los dientes contra la piedra. A pesar del miedo, mi cuerpo me traicionaba. Cada embestida profunda hacía que mi clítoris rozara contra el banco y la humillación me inundaba como una ola caliente.
El delgado se puso delante de mi cara, me agarró el pelo y me metió la polla hasta el fondo de la garganta.
—Chúpala mientras te follan. No pares.
El tercero se arrodilló a un lado y empezó a prepararme por detrás. Metió dos dedos, luego tres, abriéndome sin cuidado.
—Esto también se va a llenar esta noche —dijo riendo.
El primero sacó su polla chorreante y la colocó contra mi culo. Empujó. Abrí mucho los ojos y tensé todo el cuerpo cuando la cabeza gruesa entró.
—Duele —gemí, incapaz de callarme.
—Cállate y aguanta —me contestó empujando lentamente hasta meterla casi entera—. Mira cómo traga por detrás. Qué vergüenza das.
Ahora me penetraban dos a la vez: uno por detrás con golpes fuertes, el otro en mi boca hasta la garganta. El tercero me metió los dedos en el sexo y empezó a moverlos con furia mientras me frotaba el clítoris con la otra mano.
Pasaron más hombres por el sendero del parque. Se detuvieron a mirar.
—¡Mirad eso! —dijo uno riendo—. Una señora de lujo a cuatro patas en el parque.
—¿Ves cómo se deja? Vestida con ropa cara y aquí dejando que le revienten. Seguro que su marido la tiene en un piso de lujo y ella viene a que la usen.
Otro sacó el teléfono y empezó a grabar.
—Sonríe, guarra.
Cada palabra fue como un latigazo directo entre mis piernas. Un orgasmo brutal empezó a subir. Intenté negármelo pero no podía. La vergüenza, el miedo y la humillación me estaban llevando al límite.
El primero se dio cuenta y aumentó el ritmo.
—¡Mirad! ¡Se está corriendo otra vez! —gritó riendo—. Se corre solo con que la humillen. Qué zorra más fácil.
Temblé violentamente, con la cara aplastada, una polla en la boca, otra por detrás y las lágrimas cayéndome por las mejillas. El orgasmo me atravesó con una fuerza que no había sentido jamás. Mi culo se contrajo alrededor de la polla gruesa. Fue el mejor orgasmo de mi vida y eso me aterrorizó.
***
Me obligaron a ponerme de rodillas y los tres terminaron. El primero me agarró el pelo, se la sacó del culo y se corrió dentro de mí por detrás con chorros espesos y calientes.
—Toma toda la leche —gruñó con orgullo—. Leche buena y espesa para tu culo.
El delgado se la sacó de mi boca y se corrió abundantemente sobre mi cara y dentro de mi boca abierta.
—Abre bien. Trágala. Esto no es la leche floja de tu marido.
El tercero se masturbó rápido delante de mis pechos y se corrió con fuerza sobre ellos, dejando hilos gruesos que me caían por los pezones y la blusa.
Los tres se apartaron un poco para admirar su obra. Yo estaba destrozada: de rodillas, con el culo chorreando, la cara y la boca manchadas, los pechos cubiertos.
El primero sacó el teléfono y me hizo fotos desde todos los ángulos. Mi cara. Mis pechos. Mi culo abierto. Un primer plano de mi anillo de casada mientras tenía la mano apoyada en el suelo.
Después se agachó, me levantó la cara con fuerza y desbloqueó mi móvil poniéndomelo delante.
—Ahora dame la dirección de tu casa. Si no nos la das, estas fotos van directas a tu marido.
Aterrorizada, les di la dirección exacta de mi chalet en la urbanización.
—Muy bien. Ahora ya sabemos dónde vives. Cuando te llamemos, vas a venir corriendo. Si no vienes, todo el mundo va a ver cómo la señora fina se deja llenar como una perra.
El primero me dio una palmada fuerte en el culo y me dijo riendo:
—Vete a casa a limpiarte. Pero ya sabes, pronto vas a volver.
Los tres se alejaron caminando tranquilamente, charlando entre ellos como si nada hubiera pasado.
***
Me quedé sola en la oscuridad del parque.
Me senté despacio en el banco, con las piernas temblando. Tenía la mirada perdida. No lloraba, pero mis ojos estaban vidriosos. Me pasé una mano por la cara y sentí la humedad pegajosa en los dedos. Me miré la mano un segundo y la dejé caer.
¿Qué he hecho? Esto no puede estar pasando. Tengo que irme de aquí. Mi coche, ¿dónde dejé el coche? Si alguien me ve así… Mi marido, las tiendas, todo… ¿Por qué no puedo levantarme? Todavía me late ahí abajo. No, no pienses en eso ahora.
Me quedé varios minutos sentada, aturdida, respirando de forma irregular. Sentía el semen caliente todavía dentro de mí, bajándome lentamente por los muslos. El olor a sexo me llenaba la nariz. Cada vez que me movía, notaba cómo escurría más.
Intenté abrocharme la blusa con manos torpes, pero los botones no entraban. La tela estaba húmeda y pegajosa. Me bajé la falda como pude, aunque seguía arrugada y manchada.
Me levanté con dificultad. Las piernas me fallaban. Empecé a caminar despacio hacia donde había aparcado, con paso inestable, como si estuviera borracha.
Un solo pensamiento me daba vueltas en la cabeza mientras caminaba:
Esto no ha sido real. Esto no ha sido real. Tengo que llegar al coche. Tengo que llegar al coche.
Pero mi cuerpo seguía temblando, y entre las piernas sentía un calor húmedo y traicionero que no desaparecía.