Lo que Darío me enseñó detrás del pabellón
Darío es moreno de pelo y de piel, de ese tono cálido que parece guardar el verano incluso en los días más grises de enero, cuando entrenamos con los dedos entumecidos y el aliento se convierte en vapor dentro del pabellón municipal. Tiene los labios carnosos, siempre levemente húmedos, como si acabara de beber agua fría. El cuerpo depilado, sin un solo pelo que interrumpa la línea nítida de sus músculos. Compacto, sólido, diseñado para saltar más alto que los demás, para absorber los golpes sin ceder, para avanzar aunque haya tres rivales colgándose de él. A sus veintidós años es lo más parecido a un dios que he visto dentro de una cancha.
No lo digo en voz alta. Casi nunca lo formulo con palabras completas, porque cuando lo hago siento algo parecido al vértigo. Como si me asomara desde un tejado demasiado alto y tuviera que dar un paso atrás.
Yo no soy como Darío. Yo soy el que llega siempre medio paso tarde en los sprints. El que se mira lo justo en los espejos del vestuario. El que ha aprendido demasiado bien a disimular. Soy el que observa a Darío cuando nadie me ve.
Jugamos en el mismo equipo de baloncesto desde hace dos temporadas. El gimnasio huele a goma de zapatilla y a suelo barnizado, las voces rebotan contra las paredes de ladrillo y todo suena más urgente ahí dentro, más real. Darío juega de alero. Potente. Seguro. Preciso. El tipo de jugador al que el entrenador pone como ejemplo cuando quiere que el resto entendamos algo.
Darío es hetero, lo tenía clarísimo. Su forma de hablar, de moverse, esa voz que ya de joven sonaba grave y directa. No había ninguna duda. O eso me decía.
Aquel martes llegué tarde al vestuario. El preparador físico me había retenido para repasar una posición defensiva en la pizarra, y cuando por fin crucé la puerta, el vapor de las duchas todavía flotaba en el ambiente, caliente y denso, mezclado con olor a jabón barato y desodorante de bote.
El sonido del agua resonaba en los azulejos. Entré con la bolsa colgada del hombro, todavía acelerado por el entrenamiento. Y entonces lo vi. No del todo. Solo lo suficiente.
Darío salía de las duchas con una toalla enrollada al cuello, el pelo oscuro pegado a la frente, la piel todavía brillante por el agua. Las gotas resbalaban por su pecho y bajaban lentamente por cada uno de sus abdominales, como si buscaran quedarse ahí más tiempo del necesario. Se inclinó hacia su taquilla. La toalla cayó un poco.
Y ahí estaba. Desnudo del todo durante un segundo eterno. La polla le colgaba pesada entre los muslos, gruesa incluso en reposo, con el glande a medio descubrir asomando entre el prepucio. Los huevos apretados, tensos por el agua fría, colgando bajo esa verga que parecía diseñada para que cualquiera se la quedara mirando. La piel del pubis lisa, sin un pelo, todo a la vista, todo obsceno de lo perfecto que era. Se me secó la boca de golpe.
Para cuando levanté la vista del todo ya se había puesto los calzoncillos. Negros. Ajustados. Ceñidos en todos los sitios donde debían serlo. El bulto marcado, la tela tirante sobre esa polla que acababa de ver un segundo antes, dibujando la silueta del glande contra el algodón.
La sangre me subió de golpe, y sentí cómo se me endurecía la mía dentro del pantalón antes de que pudiera hacer nada al respecto. Se me hinchó rápido, apretada, incómoda, empujando la tela.
Me quedé un segundo de más mirando. Entonces Darío giró la cabeza y sus ojos oscuros encontraron los míos con una precisión que me dejó sin aire. Aparté la vista de inmediato. Demasiado rápido. Demasiado evidente. Sentí el calor subir desde el cuello hasta las orejas. Me agaché fingiendo buscar algo en la bolsa, aunque no necesitaba nada en absoluto. Aproveché para reacomodarme la polla contra el muslo, rezando para que nadie más entrara en ese instante.
Cuando levanté la cabeza otra vez, Darío ya tenía el pantalón del chándal puesto. Cerró su taquilla sin decir nada. Salió.
Yo salí unos minutos después.
***
El aire frío me golpeó en la cara nada más cruzar la puerta del pabellón. El aparcamiento estaba casi vacío, las farolas dibujaban sombras largas sobre el asfalto mojado por la lluvia de la tarde. Emprendí el camino hacia casa intentando no pensar, concentrándome en el sonido de mis propias zapatillas sobre el suelo húmedo.
Entonces escuché su voz.
—Eh.
Me giré.
Darío estaba apoyado contra la valla metálica del aparcamiento, mirando hacia el sendero que llevaba al pequeño bosque que crecía detrás del pabellón. No parecía haberme esperado a propósito. O eso me dije.
—¿Vienes un momento? —señaló con la cabeza hacia los árboles—. Solo un momento.
No supe decir que no. Nunca había sabido decirle que no cuando se trataba de él.
Caminamos por el sendero en silencio. El suelo estaba cubierto de hojas oscuras que crujían bajo las zapatillas. El aire olía a tierra mojada, a resina, a frío de invierno que todavía no había terminado de instalarse. Yo llevaba en la cabeza la imagen del vestuario como una foto que no podía cerrar. Aquella polla colgando pesada. Aquel bulto marcado en los calzoncillos. Y la certeza incómoda de haber sido descubierto.
Darío se detuvo en un pequeño claro donde los árboles formaban un techo irregular. Metió la mano en el bolsillo del chándal y sacó un paquete de cigarrillos. Me quedé mirándolo. No encajaba en absoluto con la imagen que tenía de él.
—¿Fumas? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—No.
Sonrió apenas, una curva mínima en la comisura.
—Yo tampoco debería.
Sacó un cigarrillo y lo colocó entre los labios. Encendió el mechero. El chasquido metálico resonó en el silencio del bosque como algo definitivo.
Aspiró despacio. Muy despacio. El pecho se le hinchó ligeramente y luego soltó el humo con una lentitud que me obligó a mirar. La nube blanca salió de su boca y quedó flotando entre los dos antes de deshacerse en el aire frío.
—¿Quieres probar?
Me miró directamente.
Tragué saliva.
—Nunca he fumado.
—Siempre hay una primera vez —dijo.
Se acercó un paso. Luego otro. Me ofreció el cigarrillo. Lo tomé. Nuestros dedos se rozaron apenas, un contacto de décimas de segundo, pero suficiente para que algo cálido me recorriera el brazo y bajara directo hasta la polla, que se me volvió a poner dura como una piedra.
Llevé el cigarrillo a los labios. Inhalé torpemente. Tosí. Darío rió, una risa baja, casi sin abrir la boca.
—Despacio —dijo. Se acercó un poco más. Puso su mano sobre la mía, guiando el gesto—. Así.
Su voz sonó diferente. Más baja. Más cerca de mí que de cualquier conversación normal.
Aspiré otra vez, más lento. El humo salió sin prisa y quedó flotando entre los dos.
***
Entonces empezó algo que no supe cómo nombrar en el momento. Un juego silencioso. Darío tomó el cigarrillo entre los labios y aspiró sin apartar los ojos de mí. Sus ojos fijos en los míos como si esperara algo. Como si midiera.
Exhaló despacio, pero no hacia arriba. Hacia mí.
El humo avanzó lento, directo, envolviéndome antes de disiparse en el aire helado. Respiré parte de ese calor sin querer. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
Volvió a aspirar. Más profundo esta vez. Se inclinó un poco antes de soltar el humo, tan cerca que pude sentir el calor de su respiración antes de que la nube blanca saliera de su boca.
—Respira —dijo.
Obedecí. Inhalé despacio.
El olor del tabaco se mezcló con el olor de su piel. Me mareó ligeramente. El cigarrillo iba y venía entre nosotros como si marcara un ritmo propio, un pulso que no habíamos acordado pero que los dos seguíamos. A veces lo acercaba a mis labios sin tocarme. A veces lo retiraba en el último instante, como si disfrutara de esa distancia mínima. Como si jugara con ella.
El bosque estaba completamente en silencio salvo por el crujido ocasional de alguna rama lejana. No había nadie. Solo él y yo y el humo blanco entre los dos.
En un momento aspiró profundo y, en lugar de soltar el humo al aire, acercó su boca a la mía. Muy despacio. Tan despacio que tuve tiempo de apartarme y no lo hice. No llegó a tocarme, pero estuvo tan cerca que pude sentir el calor de sus labios sin llegar a rozarlos. Y entonces soltó el humo. Directamente hacia mí. Entró en mi boca antes de que pudiera reaccionar. Lo respiré por puro reflejo.
El corazón me latía en la garganta. Y la polla me latía dentro del pantalón, palpitando contra la tela, tan hinchada que empezaba a doler.
—¿Ves? —murmuró. Su voz era casi un susurro ahora, algo que pertenecía solo a ese espacio entre los dos—. Así.
Volvió a hacerlo. Otra vez. Cada vez más cerca. Cada vez con menos espacio entre su boca y la mía. El cigarro se consumía entre sus dedos mientras el aire entre nosotros se hacía más cálido a pesar del frío.
En un momento tomó mi mano. La levantó. Colocó el cigarrillo entre mis dedos. Sus dedos cerrándose sobre los míos, guiando el gesto.
—Ahora tú.
Aspiré. Cuando solté el humo, lo dirigí hacia él. Darío no se apartó. Respiró despacio, como si recogiera exactamente el aire que yo acababa de expulsar, como si quisiera quedarse con algo mío.
Nuestras caras estaban tan cerca que podía ver cada detalle de la suya. La curva precisa de sus labios. La humedad en la comisura. El brillo oscuro de sus ojos fijos en los míos. El humo yendo y viniendo entre nosotros como un hilo invisible que nos ataba a ese momento sin darnos cuenta.
Y entonces cerró la distancia. Tiró el cigarrillo al suelo, lo aplastó con la punta de la zapatilla, y me agarró de la nuca con esa misma mano que un segundo antes había estado guiando la mía. Su boca cayó sobre la mía sin preguntar. Los labios calientes, húmedos, sabiendo a tabaco. La lengua entró directa, buscando la mía, empujando, y yo abrí la boca por instinto, dejándome invadir. Me besó como si llevara meses queriendo hacerlo. Con hambre. Con rabia. Con la certeza de alguien que ya no piensa parar.
Se me escapó un gemido que no supe controlar. Darío lo tragó y siguió, mordiéndome el labio inferior, chupándomelo despacio antes de volver a meterme la lengua hasta el fondo. Mientras me besaba, su otra mano bajó por mi torso, empujó por debajo de la sudadera y me arañó la piel del abdomen, subiendo, buscando los pezones. Cuando encontró uno lo pellizcó y yo se lo gemí en la boca.
—Llevo toda la temporada pensando en esto —murmuró contra mis labios—. Toda la puta temporada mirándote y haciéndome pajas por la noche.
Se me aflojaron las piernas al oírlo. Su mano bajó más, encontró el bulto que se me marcaba en el pantalón y lo apretó por encima de la tela.
—Joder —dijo, apretándomela con la palma abierta—. La tienes durísima.
—Cállate —pude decir, con la voz rota.
—No pienso callarme.
Me empujó contra el tronco de uno de los árboles del claro. La corteza áspera se me clavó en la espalda a través de la ropa. Se pegó a mí, todo su cuerpo contra el mío, y sentí perfectamente su polla dura empujando contra mi cadera a través del chándal. Gruesa. Insistente. Reclamándome.
Me bajó la cremallera del pantalón sin apartar la boca de la mía. Metió la mano por dentro del calzoncillo y me la sacó de un tirón. El frío del bosque me golpeó la polla ardiente durante medio segundo antes de que su mano cerrada la envolviera. Cerró el puño con fuerza y empezó a menearme despacio, subiendo hasta el glande y bajando hasta la base, apretando cada vez que llegaba arriba.
—Mírala qué bonita —dijo, mirando hacia abajo—. Se te está cayendo la baba por la punta.
Yo no podía hablar. Solo podía respirar entrecortado contra su cuello, agarrado a su sudadera, empujando la cadera contra su mano para que me la siguiera meneando.
—¿Te la quieres correr aquí, contra el árbol, como un guarro? —me susurró al oído mientras me pajeaba más rápido—. ¿O prefieres que primero te la chupe?
La sola palabra me tensó todo el cuerpo. Antes de que pudiera contestar Darío ya estaba de rodillas sobre las hojas oscuras del suelo, la cara a la altura de mi verga. Me miró desde abajo con esos ojos oscuros y sacó la lengua. Me lamió la punta muy despacio, recogiendo la gota de líquido que ya me estaba resbalando. La saboreó como si fuera lo primero decente que probaba en semanas.
Después abrió la boca y se la metió entera. Hasta el fondo. De golpe. Sentí cómo mi polla chocaba contra el fondo de su garganta y él no se apartó, aguantó, tragando alrededor, apretándome con la lengua. Cuando la sacó, un hilo de saliva le quedó colgando de la barbilla a mi glande.
—Joder, Darío… —fue lo único que me salió.
Volvió a metérsela. Y otra vez. Y otra. Con un ritmo brutal, chupando fuerte al subir, empujándose la cabeza contra mí al bajar. Los mofletes se le hundían cada vez que succionaba. Los labios carnosos, esos que llevaba dos temporadas mirando de reojo, ahora estirados alrededor de mi polla, brillantes de saliva. Se metió una mano en el chándal y empezó a menearse a sí mismo mientras me la seguía chupando.
Le agarré la nuca con las dos manos. Empecé a follarle la boca sin pensar, empujando la cadera, y él lo aceptó todo. Los ojos se le llenaron de lágrimas pero no se apartó, gemía con la boca llena cada vez que le llegaba al fondo de la garganta.
—Me voy a correr —conseguí decir—. Darío, joder, me voy a correr.
La sacó de golpe. Se limpió los labios con el dorso de la mano y me sonrió desde abajo, con las mejillas rojas y la barbilla brillante.
—Todavía no.
Se levantó. Me giró contra el árbol de un movimiento. Ahora yo tenía la cara contra la corteza y su cuerpo pegado a mi espalda. Me bajó el pantalón del chándal y el calzoncillo hasta los muslos de un tirón. El culo desnudo al aire helado del bosque.
Escuché el sonido de su cremallera bajando. Después el crujido de un envoltorio. Se estaba poniendo un condón. El tío llevaba un puto condón encima.
—¿Lo llevabas preparado? —pregunté, con la voz temblando.
—Desde el primer día que te pillé mirándome en el vestuario —dijo, pegando la boca contra mi oído.
Sentí la punta de su polla resbalar entre mis nalgas. Gruesa. Caliente incluso a través del látex. Se escupió en la mano, se la pasó por encima, y después me embadurnó la entrada con el dedo, empujando despacio hasta que el nudillo cedió y me lo metió hasta el fondo. Gemí contra la corteza.
—Relájate —murmuró—. Que ya estás listo. Estás abriendo la boca por mí, joder.
Metió el segundo dedo. Los abrió dentro. Empujó otra vez. Yo apretaba la mandíbula intentando no hacer ruido y él me lamía la nuca mientras me seguía dilatando.
—Voy a metértela ya.
Sacó los dedos. Colocó la punta contra mí. Empujó despacio, con las manos agarrándome las caderas, y sentí cómo el glande gordo me abría hasta que el aro cedió y entró de golpe. El grito se me quedó atascado en la garganta. Ardía. Ardía como si me hubieran metido una brasa. Pero al mismo tiempo mi propia polla, aplastada contra la corteza del árbol, latió con una fuerza que nunca había sentido.
—Joder qué apretado estás —jadeó él contra mi oído—. Joder, joder, qué bien te entra.
Se quedó quieto un momento. Después empezó a moverse. Al principio despacio, hasta la mitad, dejándome tiempo para acostumbrarme. Después más profundo. Más profundo. Cuando notó que yo empujaba el culo hacia atrás buscándolo, empezó a follarme en serio.
Las embestidas hacían un sonido húmedo, obsceno, entre el crujido de las hojas bajo nuestros pies y su respiración pesada contra mi cuello. Cada vez que entraba hasta el fondo yo notaba sus huevos apretados chocando contra los míos. Me agarró del pelo con una mano, tirando hacia atrás, obligándome a levantar la cabeza mientras me la clavaba.
—Dime que te gusta —jadeó—. Dime que te gusta cómo te la meto.
—Me gusta —gemí—. Joder, Darío, me gusta cómo me la metes.
—Más alto.
—Me encanta —dije, y ya no me importaba nada—. Me encanta tu puta polla.
Se rió jadeando contra mi cuello y me la metió más rápido. La otra mano me rodeó por delante, encontró mi polla dura y empezó a pajeármela al mismo ritmo que me estaba follando. Cada empujón hacia dentro coincidía con un tirón hacia arriba en mi verga. Yo ya no controlaba nada. Los gemidos se me escapaban solos y a él le salía la respiración en jadeos rotos.
—Me estoy corriendo —dije—. Darío, me corro, me corro.
—Córrete —gruñó, meneándomela más rápido, follándome más fuerte—. Córrete para mí, va, córrete.
Exploté. Sentí cómo la corrida me subía desde los huevos y salía disparada contra la corteza del árbol en chorros calientes, mientras el culo se me apretaba entero alrededor de su polla. Los espasmos lo obligaron a apretar los dientes.
—Joder, joder, joder —gimió—. Ya, ya, yo también.
Me la clavó hasta el fondo, se quedó pegado a mí, y noté cómo la polla le palpitaba dentro descargando el semen dentro del condón. Un temblor largo le recorrió todo el cuerpo pegado a mi espalda. Gimió contra mi oreja con una voz rota que no le había escuchado nunca, ni en la cancha, ni en ningún sitio.
Se quedó dentro de mí unos segundos más, respirando pegado a mi nuca. Después salió despacio. Sentí el vacío como un tirón raro. Se quitó el condón, le hizo un nudo y lo guardó en un pañuelo del bolsillo. Ni siquiera lo tiró al suelo del bosque. Me hizo gracia esa parte, en medio de todo.
Me giré, todavía con la espalda contra el árbol, las piernas temblando. Darío tenía la cara roja, el pelo revuelto, los labios hinchados. Me sonrió apenas, esa curva mínima en la comisura, la misma de antes.
—Mañana, ¿quieres volver aquí después del entrenamiento? —dijo, casi en susurros.
—Sí —respondí, sin que mi cabeza participara demasiado en la decisión.
—Perfecto —dijo.
Y entonces, antes de que yo pudiera procesar lo que estaba pasando, se inclinó hacia mí y me dio un beso en la mejilla. Pero no exactamente en la mejilla. Más cerca de la comisura de mis labios que de cualquier otro sitio. El contacto duró apenas un segundo, pero bastó para que todo mi cuerpo respondiera de una forma que ya no podía ocultar.
Darío bajó la vista un instante. Sonrió levemente.
Luego se marchó por el sendero sin mirar atrás, las manos en los bolsillos, caminando con esa calma suya que yo nunca había conseguido entender del todo.
Me quedé solo entre los árboles durante varios minutos. El frío me entró de golpe ahora que él ya no estaba cerca. El humo había desaparecido hace rato. El cigarrillo consumido yacía en el suelo, junto a mis zapatillas. Y en la corteza del árbol, a la altura de mi cadera, un rastro pegajoso y blanco de mi propia corrida se estaba secando lentamente en el frío del bosque.
Pensé en la imagen del vestuario. En sus dedos sobre los míos. En su boca alrededor de mi polla. En su verga rompiéndome contra el tronco. En esa pregunta que había pasado toda la temporada haciéndome en silencio.
Darío no era hetero.
O quizá sí lo era. Quizá no lo era. Quizá esa categoría ya no me servía para entender nada de lo que acababa de ocurrir entre los dos.
Emprendí el camino de vuelta a casa con el culo todavía escociéndome de una forma nueva, con las manos todavía calientes donde él las había tocado, pensando en que mañana volvería a haber entrenamiento, y que después del entrenamiento habría un bosque, y que en ese bosque me estaría esperando alguien que sabía exactamente lo que yo no me había atrevido a decirme a mí mismo en meses.
