Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que no entendí de mamá y su mejor amiga

Tengo veintidós años y llevo meses dándole vueltas a estas escenas. No porque me persigan ni me incomoden, sino porque cada vez que aparecen en la memoria vienen con más detalle del que tenían cuando las viví. Como si el cerebro las hubiera archivado en algún lugar y ahora, con más años y más contexto, decidiera mostrarlas en alta definición.

Son tres momentos. Inconexos, separados por semanas o meses. Sueltos, cada uno por su lado. Pero cuando los pongo uno al lado del otro, la historia que cuentan es bastante clara.

Mi mamá se llama Susana, aunque todos le dicen Susi. Tiene cuarenta y ocho años, es profesora de lengua en un colegio secundario y tiene esa clase de belleza tranquila que no necesita esfuerzo: ojos oscuros, rulos castaños, la piel siempre un poco bronceada incluso en invierno. Marcela es su mejor amiga desde antes de que yo naciera. Se conocieron en la facultad, compartieron departamento durante tres años y desde entonces son inseparables. Marcela es más alta, de pelo liso y oscuro, con una sonrisa que siempre parece guardar algo que no dice. Siempre me cayó bien. La quiero como a una tía.

Empiezo a escribir esto sin saber bien para qué. Supongo que para ordenarlo. Para entenderlo mejor. Para que alguien lo lea y me confirme si estoy interpretando de más, o si lo que vi es exactamente lo que creo que fue.

***

La primera vez fue un martes de octubre, cuando tenía quince años.

Habían suspendido la última hora de clase porque la profesora de historia estaba de licencia. Caminé sola las ocho cuadras hasta casa escuchando música, sin apuro. Cuando llegué, la puerta de calle estaba entornada, cosa que pasaba cuando mamá estaba en casa y esperaba visita. El living estaba vacío pero se escuchaban voces apagadas desde el fondo del pasillo, mezcladas con el olor dulce del aceite de almendras que mamá usaba a veces para masajes.

Caminé sin hacer ruido, por pura costumbre. La puerta de la habitación de mis viejos estaba entreabierta.

Me asomé.

Marcela estaba acostada boca abajo en la cama matrimonial, la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados. Solo llevaba un corpiño negro de encaje desabrochado en la espalda, y la piel le brillaba con el aceite. Mamá estaba sentada sobre sus caderas, con las manos abiertas sobre los omóplatos de su amiga. Sus dedos se movían despacio, amasando los músculos de los hombros con una presión que hacía que Marcela soltara un sonido suave cada vez que los pulgares encontraban el punto exacto.

—Ay, Susi… ahí, justo ahí —murmuró Marcela, la voz ronca y lenta.

Mamá se inclinó un poco hacia adelante. Su blusa de algodón estaba desabotonada hasta la mitad y el escote se abría con el movimiento. Los rulos le caían sobre la cara y los apartaba con el antebrazo sin despegar las manos de la piel de Marcela.

En ese momento me vieron.

—¡Caro! —exclamó mamá, sin levantarse ni sacar las manos de donde estaban—. ¿Qué hacés acá? ¿Pasó algo?

—No, nada —dije—. Faltó la de historia.

Marcela levantó apenas la cabeza. Tenía las mejillas coloradas y el pelo revuelto sobre la almohada.

—Hola, preciosa. ¿Ya te liberaron? —preguntó, con esa voz suave que siempre usaba conmigo.

—Solo por hoy. —Me encogí de hombros—. ¿Qué hacen?

—Marcela tiene la espalda destruida del fin de semana —explicó mamá con toda naturalidad, empezando a bajar las manos hacia los riñones—. Estuvo cargando cajas en la mudanza de su hermana. ¿Querés merendar? En un rato terminamos y merendamos las tres.

Dije que sí y fui a la cocina a agarrar algo. No me pareció raro. Las había visto mil veces en corpiño o en toalla después de la pileta del club, y mamá siempre le hacía masajes a Marcela cuando venía. Era parte de la dinámica entre ellas, algo de siempre.

Pero ahora, escribiendo esto con veintidós años, recuerdo algunos detalles que en ese momento no registré:

La forma en que los pulgares de mamá se demoraban exactamente en el punto donde la espalda de Marcela se hundía antes de llegar a la cintura.

El suspiro de Marcela que duró tres segundos, cuatro, como si no quisiera que terminara.

La manera en que mamá apoyó brevemente la frente contra la nuca de su amiga, solo un instante, antes de incorporarse cuando me vio.

Yo agarré una fruta y me fui a mi cuarto. Desde ahí escuché que las dos se reían bajito durante un rato más. Una risa tranquila, cómplice, que no era para mí.

***

La segunda situación fue en julio del año siguiente.

Papá estaba de viaje de trabajo y mi hermana Romina se había quedado a dormir en casa de una amiga. Mamá invitó a Marcela a ver películas, como hacían seguido cuando tenían la casa para ellas. Yo me sumé al principio, tirada en el sillón grande con una manta, pero a los cuarenta minutos ya me había quedado sin interés. Era una de esas películas románticas lentas, con mucho diálogo y música de piano, que a ellas les encantaban y a mí me daban sueño.

—Me voy a dormir —dije, bostezando.

Mamá me dio un beso en la frente. Marcela me revolvió el pelo.

—Descansá, nenita.

Subí a mi cuarto y me dormí casi enseguida.

Me desperté cerca de las tres de la mañana con ganas de ir al baño. La casa estaba en silencio, pero desde la planta baja llegaba la luz azulada del televisor todavía encendido. Bajé descalza, sin hacer ruido para no asustarlas si estaban dormidas, y me asomé desde el último escalón.

Ahí estaban las dos.

Dormían en el sillón grande, tapadas con la misma manta de lana gruesa que usamos en invierno. Marcela estaba de costado, de cara al respaldo, y mamá se había acomodado detrás de ella, en cucharita. El brazo de mamá rodeaba la cintura de Marcela por debajo de la manta, apretado, pegado a su espalda como si fuera la posición más natural del mundo. La cabeza de mamá descansaba en la curva del cuello de Marcela, y el pelo de las dos se mezclaba sobre el almohadín.

No pensé nada. Eran las mejores amigas del mundo, hacía un frío miserable esa noche, y se habían quedado dormidas durante la película. Era completamente lógico.

Bajé a apagar el televisor antes de subir al baño. Pero antes de presionar el botón las miré un segundo más. La manta se había corrido un poco en el hombro de Marcela y dejaba ver el bretél fino de su corpiño. La mano de mamá estaba abierta sobre la panza de su amiga, los dedos extendidos y relajados, como si incluso dormida quisiera cubrirla por completo.

Apagué la tele, subí al baño y me volví a dormir sin darle ninguna importancia.

Hoy me pregunto cuánto tiempo llevarían así antes de que yo bajara. Me pregunto si se habían dormido de verdad o si escucharon mis pasos en la escalera. Me pregunto si a mamá le importó que yo las viera o si simplemente confió en que no iba a entender lo que estaba mirando.

Tenía razón. No entendí nada.

***

La tercera situación es la que más me cuesta escribir. No porque sea más explícita, sino porque es la que menos puedo explicarme de otra manera.

Era una tarde de noviembre. Otra vez había faltado una profesora, otra vez volví antes a casa. Esta vez el living tenía la puerta abierta y se escuchaba música suave desde adentro, algo sin letra, con guitarra acústica.

Las vi antes de que me vieran.

Mamá estaba recostada a lo largo del sofá, con la espalda apoyada contra el apoyabrazos y las piernas estiradas sobre los almohadones. Llevaba una remera suelta de algodón y shorts cortos. Sus pies descalzos descansaban en el regazo de Marcela, que estaba sentada en el otro extremo del sillón con las piernas cruzadas.

Y Marcela le masajeaba los pies.

Eso solo no era raro. Lo raro era cómo lo hacía.

Sus pulgares recorrían el arco del pie derecho de mamá con una lentitud deliberada, de abajo hacia arriba, bajando despacio, volviendo a empezar. Cada vez que llegaba al empeine abría los dedos y los deslizaba entre los dedos del pie de mamá, separándolos uno por uno antes de volver a juntarlos. El aceite hacía que todo brillara bajo la luz de la tarde. Los pies de mamá siempre fueron bonitos, con un arco pronunciado y las uñas pintadas de un rojo oscuro que ese día parecía casi negro bajo la luz.

Mamá tenía los ojos entrecerrados. Cada tanto soltaba un sonido bajito, un suspiro que no terminaba de salir, que se cortaba antes de volverse demasiado evidente.

—Ay, Marcela… ahí, no pares —murmuró, con una voz que no usaba para hablar de cosas normales.

Marcela no respondió con palabras. Solo sonrió. Una sonrisa lenta, con los ojos entrecerrados y un brillo travieso que yo no le había visto antes, o tal vez sí y nunca había sabido leerlo. Sus manos subieron un poco más, hasta el tobillo, masajeando con movimientos circulares que hacían que el aceite se corriera hacia los lados. Mamá soltó un suspiro más largo, más hondo, que no era de alivio.

Fue en ese momento cuando mamá abrió los ojos y me vio parada en la entrada del living.

—¡Caro! —dijo, sin sobresaltarse ni apartar los pies del regazo de Marcela—. ¿Ya llegaste, amor?

Marcela levantó la mirada. Siguió sosteniendo el pie de mamá entre las manos, sin soltarlo.

—Hola, preciosa —dijo con esa calma de siempre—. Tu mamá se compró sandalias nuevas y las estrenó todo el día. Le estoy descontracturando un poco para que no se le hinchen mañana.

La excusa era perfecta y la acepté sin dudar.

—¿Quieren que prepare mate? —ofrecí, dejando la mochila en el sillón chico.

—Sí, por favor —respondió mamá cerrando los ojos otra vez cuando los pulgares de Marcela volvieron al arco—. Y traeme agua fría también, ¿sí? Que estoy muerta de sed.

Fui a la cocina y empecé a calentar el agua. Tardé más de lo necesario buscando el mate y el termo. Desde ahí seguía llegando el sonido: los suspiros cortos de mamá, la risita suave de Marcela. Un idioma entre ellas que yo escuchaba sin entenderlo.

***

Ahora tengo veintidós años y pienso en esas tres escenas seguido.

No con incomodidad. Las pienso con una especie de admiración tardía, como si hubiera estado mirando un cuadro demasiado de cerca durante años y recién ahora me alejara lo suficiente para ver la imagen completa.

Sé lo que siento cuando me masajean los pies. Sé lo que le pasa al cuerpo cuando alguien te toca de esa manera, con esa lentitud específica, con esa atención que no es solo amabilidad. No es relajación solamente. Es otra cosa que sube por las piernas y se instala más arriba, más adentro, y que cuesta disimular cuando estás con alguien que te conoce bien.

Marcela sabía exactamente lo que estaba haciendo. Y mamá, con los ojos cerrados y esa voz que no usaba para otras cosas, también lo sabía.

Lo del masaje en la espalda podría explicarlo diferente si me esfuerzo. Lo de dormir abrazadas en el sillón también, si busco la justificación justa. Hace frío, son amigas desde hace treinta años, se quedaron dormidas viendo una película. Es posible.

Pero la sonrisa de Marcela esa tarde de noviembre, esa sonrisa que vi antes de que me vieran, antes de que hubiera ningún motivo para actuar con normalidad, esa no me la puedo explicar de otra manera. Era la sonrisa de alguien que tiene exactamente lo que quiere. Que sabe que lo tiene. Que disfruta de saberlo.

No sé si alguna vez voy a hablar con mamá de esto. No sé si debería. Son adultas, tienen sus vidas y su historia que viene de mucho antes de que yo existiera. Lo que haya pasado entre ellas no es asunto mío.

Solo sé que hay cosas que no se pueden desver una vez que las viste con los ojos correctos. Y que a veces los recuerdos de adolescencia guardan una densidad que solo la edad te permite leer bien.

Si alguien más reconoce algo de esto en su propia historia, me alegra que exista un lugar para contarlo.

Valora este relato

Comentarios (8)

Valentina_22

que relato!!! me dejo pensando todo el dia, de verdad

LectoraNocturna

Lo lei de corrido sin darme cuenta. Muy bien escrito, se siente muy real

AnaSol72

hay segunda parte? quede con muchas ganas de saber como sigue todo

PabloMdQ

Me encanto como lo contaste desde dos momentos distintos, el de los 15 y el de ahora. Le da una profundidad que no esperaba. Felicitaciones

shadoangel

excelente!!!

Nico_Cordoba

jaja me re sorprendio como va cambiando la perspectiva del personaje, tremendo relato. Saludos desde cordoba

RominaGV

que nostalgia transmite esto... pocas veces me pasa que un relato me llegue tan adentro

CarlaM77

Por favor seguilo, me quede con las ganas de saber mas sobre como se fueron dando las cosas. Espero la continuacion!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.