Mi primera vez anal llegó tarde, pero llegó
Llevaba toda la vida diciendo que eso no era para mí. Una noche, después de cerrar el bar, un hombre me demostró cuánto me había equivocado.
Llevaba toda la vida diciendo que eso no era para mí. Una noche, después de cerrar el bar, un hombre me demostró cuánto me había equivocado.
Cuando la puerta violeta se cerró bajo mis pies, supe que ya no estaba en mi ciudad: aquí los hombres mandaban y ellas solo esperaban una orden.
Bailamos hasta que la casa quedó en silencio. Cuando ella abrió la puerta de mi cuarto y dijo que necesitaba un favor, supe que esa Navidad lo cambiaría todo.
Todos en la sala de espera nos miraron cuando entramos de la mano. Ninguno imaginaba el secreto que yo guardaba debajo de aquella tranquilidad mía.
Conduzco hacia el claro del bosque pensando lo mismo de siempre: amo mi trabajo. Él ya está esperando, nervioso, sin imaginar lo que viene.
Llevaban quince años casados y aún se sorprendían. Esa noche, en el despacho, ella entró vestida de rojo dispuesta a cumplir el juego más prohibido de los dos.
Salí del local colgada de su brazo, mareada y sin sujetador, convencida de que solo me acompañaba a casa. Esa noche perdí la cuenta de las cosas que dejé pasar.
Abrió una libreta y empezó a leer en voz alta: cada palabra mal dicha, cada burla, cada falta tenía un número. Y ese número eran azotes que pensaba cobrarme.
Cuando las luces se apagaron y quedamos suspendidos en lo más alto, mi prima dejó de fingir inocencia y me dijo exactamente lo que quería hacerme.
Sabía que los jueves tendía la ropa a la misma hora. Esa mañana decidí salir sin nada encima, solo para ver qué cara ponía. No esperaba que sonriera así.
Le dije que eligiera dónde ponerme la crema depilatoria. Jamás pensé que respondería señalando justo el lugar donde más me iba a doler.
—Esta noche no me sirves con las manos —dijo, subiéndose la falda mientras yo seguía de rodillas, esperando la única orden que de verdad importaba.
Mucha gente me pregunta de dónde viene mi fetiche por los guantes de goma. Casi nadie conoce la respuesta. Empezó un viernes, en la habitación de mi tía, con la puerta cerrada con llave.
Cada paso hacía sonar el metal escondido bajo su falda. Vera había aprendido a vivir mojada, al borde, esperando la próxima aguja que él hundiría en su carne.
Llegó al picadero como una semiprofesional de modales perfectos. Tres clases después, era ella quien me ponía la fusta en la mano y me pedía que no fuera flojo.
Nuria llegó a la consulta para que la curaran de su lujuria; salió habiéndole enseñado a la joven doctora que algunas calenturas no se curan, se obedecen.
Pulsé play creyendo que era una despedida cariñosa. A los dos minutos entendí que ella sabía todo lo que yo escondía, y que esa noche su voz mandaba sobre mí.
Cada noche bajo a las mazmorras con pan y agua. Anoche, la mujer encadenada a la columna me esperaba desnuda y con una orden en los labios que no podía desobedecer.
Crucé esa puerta convencida de conocer mis límites. Tres horas después entendí que apenas empezaba a descubrirlos, temblando entre el miedo y unas ganas que no sabía nombrar.
Tres días aguantando sus caprichos fueron suficientes: esta vez Renata no pensaba dejar pasar ni una más, y Daniela estaba a punto de descubrir hasta dónde llegaba su paciencia.