Tres apuestas que no debí hacer esa tarde de fútbol
Era un domingo de Champions que yo no tenía previsto ver. Diego llamó a las cinco de la tarde para decirme que había comprado nachos y que si no aparecía me iba a odiar para siempre. No era la primera vez que usaba esa amenaza y tampoco era la primera vez que funcionaba.
Su piso quedaba a diez minutos caminando del mío, en un bloque sin ascensor que él subía sin quejarse porque decía que así no necesitaba ir al gimnasio. Era mentira: iba al gimnasio tres veces a la semana y se notaba. Diego tenía treinta años, era delgado con esa musculatura discreta que da el entrenamiento constante, barba corta y unos ojos claros que siempre parecían a punto de reírse de algo que solo él sabía. Era absolutamente gay. Declarado, tranquilo, sin dramas al respecto. Llevábamos cinco años siendo amigos sin que entre nosotros hubiera pasado nada que no fuera una amistad sólida y mucho sano picoteo cuando apostábamos.
Yo tenía veintiséis años y era Valentina: latina, morena, delgada de cintura estrecha y piernas largas. Operada hacía dos años, porque era la persona que siempre debí haber sido y el cuerpo necesitaba ponerse al día con eso. Sin dramas tampoco. Era simplemente yo.
Nos conocíamos desde la universidad. Habíamos pasado juntos rupturas, mudanzas, trabajos que no duraron y proyectos que quedaron a medias. Éramos el plan de siempre: cerveza fría, tele encendida y la costumbre de picarnos el uno al otro por cualquier cosa. Esa tarde no iba a ser diferente. O eso pensaba yo.
—Esta noche gana el Nápoles —solté, quitándome la chaqueta y dejándola en el respaldo del sofá—. Tienen la mejor delantera de la temporada.
Diego levantó una ceja sin apartar los ojos de la pantalla.
—El Nápoles está en baja forma desde enero.
—Llevan tres victorias seguidas.
—En partidos de bajo nivel. Hoy es distinto.
—Pues yo digo que ganan. Por más de dos goles.
—¿Apostamos?
—No tengo pasta hasta el viernes —admití—. Estoy tiesa.
Diego me miró de reojo. Esa expresión suya, la de cuando estaba calculando algo y todavía no había decidido si soltarlo o guardárselo.
—Entonces ofrecemos otra cosa —dijo despacio.
—¿Qué tienes en mente?
Se rascó la mandíbula un momento.
—Si el Nápoles pierde, me haces una mamada. Completa, sin parar a mitad.
Me eché a reír. Con ganas, de verdad, tanto que tuve que apoyar la botella en la mesita para no derramarla.
—Diego, eres gay. No te gustan las mujeres. No vas a querer cobrar eso jamás.
—Exactamente —dijo, encogiéndose de hombros—. Apuesta segura para ti. Y si gano yo, me debes doscientos euros cuando cobres.
Tenía lógica aplastante desde mi perspectiva. Era gay. Nunca iba a querer reclamar eso. Era una broma más de nuestro repertorio, lo mismo que apostar los últimos nachos o quién pagaba la siguiente ronda.
—Hecho —dije, y chocamos botellas.
El Nápoles jugó fatal. Perdió por tres goles. Un desastre que era evidente en el primer tiempo y que el segundo no hizo más que confirmar con crueldad.
Cuando el árbitro pitó el final, Diego apagó el volumen y me miró sin decir nada. El silencio duró varios segundos. Me subió el calor por el cuello moreno.
—Perdiste —dijo.
—Joder.
—Cumplo lo que acordé.
—También yo —respondí—. Dame un momento.
Me puse de rodillas frente a él en la alfombra del salón. Diego se desabrochó el pantalón con calma, sin prisa, sin teatralidad. Lo que salió me sorprendió: más grande de lo que había imaginado para su cuerpo delgado, semierecto, con la cabeza ya brillante. Lo tomé con la mano y sentí cómo latía, cómo se endurecía poco a poco bajo mis dedos.
—Está caliente —murmuré.
—Hace tiempo que no —dijo él, voz baja.
Empecé con la lengua, despacio. Plana, desde la base hasta la punta, recogiendo el presemen salado que se acumulaba allí. El sabor era intenso, ligeramente amargo, pero no desagradable. Envolví la cabeza con los labios y succioné suave, la lengua girando en círculos alrededor del frenillo. Diego dejó escapar un sonido que no parecía del todo voluntario: un gemido corto, casi de sorpresa. Bajé más, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la cabeza me rozaba el paladar, cómo las venas se marcaban contra mi lengua.
Lo metí profundo, la saliva chorreando, el sonido húmedo llenando el salón silencioso. Subí y bajé con ritmo constante, succionando fuerte cada vez que llegaba al fondo. Su mano se posó en mi pelo, los dedos enredados sin empujar, solo aferrándose como si necesitara sujetarse a algo.
—Valentina —gruñó—. Así, no pares.
Aumenté el ritmo. Mano izquierda en sus testículos, rodándolos con cuidado mientras la boca seguía trabajando sin parar. Se tensó entero, las piernas rígidas, el abdomen contraído. Gruñó mi nombre y se corrió: oleadas calientes y espesas, abundantes, golpeando mi garganta. Tragué sin parar, succionando hasta que las pulsaciones fueron apagándose una a una, hasta que lo sentí ablandarse despacio en mi boca.
Me senté a su lado en el sofá. Los labios hinchados. La barbilla húmeda. Él respiraba agitado, los ojos fijos en el techo.
—No me lo esperaba —dijo después de un rato—. Se siente diferente. Más cálido.
—No sigas —le corté—. Fue por la apuesta.
—Sí —dijo—. Fue por la apuesta.
Ninguno de los dos lo creímos del todo.
Bebimos en silencio durante un rato. La tele seguía con análisis del partido. A los veinte minutos pusieron en diferido un clásico sudamericano que había dado sorpresa esa semana.
—El favorito gana de calle —solté, sin poder evitarlo.
Diego tardó en contestar.
—Tienen lesiones en la defensa. Yo digo que pierde.
—Apostamos.
—¿Qué ofreces?
Pensé un segundo. Seguía sin pasta. Eso no había cambiado en las últimas dos horas.
—Si pierdo… me follas por detrás. Una vez. Sin prisas, con cuidado.
Diego me miró fijo. Más tiempo del que tardó la primera vez. El silencio fue distinto a los anteriores: más denso, con algo dentro que no terminaba de identificar.
—Soy gay, Valentina.
—Lo sé. Por eso es apuesta segura para mí. Si gano, me pagas trescientos euros cuando puedas.
Hubo una pausa. Diego cerró los ojos un momento. Los abrió.
—Hecho.
***
El favorito perdió. En la prórroga, para rematar. Lo vi venir en el minuto ochenta y dos y no dije nada porque hubiera sido admitir algo que todavía no quería admitir.
Diego apagó la tele esta vez.
—Segunda derrota —dijo.
—Ya lo sé.
Me temblaban un poco las manos mientras me levantaba. Lo noto siempre en los dedos, aunque intente que no se vea desde fuera.
—Con lubricante —dije—. Y despacio. Si en algún momento digo que pares, paras sin discutir.
—Claro que sí.
Me llevó al dormitorio. Era la primera vez que entraba. La cama era grande, con sábanas oscuras, ordenada. Me puse a cuatro patas sobre el colchón con la espalda arqueada. Escuché el clic del tapón de un bote, el sonido de sus manos frotándose.
—Respira —dijo desde atrás.
Respiré.
Primero fueron sus dedos, con una paciencia que no esperaba de él. Abriendo espacio despacio, con cuidado, el lubricante frío calentándose enseguida. Gemí un poco, más de nervios que de otra cosa. Luego la presión aumentó, centímetro a centímetro, y el dolor inicial fue diluyéndose en algo diferente: calor, plenitud, una sensación que no reconocía del todo pero que no quería que terminara.
—¿Bien? —preguntó.
—Sigue.
Aceleró de forma gradual. Lo sentía entero, profundo, llenándome de una manera que no había experimentado antes con nadie. Sus manos firmes en mis caderas. Su respiración agitándose al ritmo de la mía. Yo tenía los dedos aferrados a las sábanas y la frente apoyada en el colchón y ya no pensaba en apuestas ni en equipos de fútbol ni en nada que tuviera palabras.
—Joder, Valentina —susurró—. Se siente distinto.
No contesté. No tenía palabras disponibles en ese momento.
Se corrió dentro. Lo sentí todo. Luego se derrumbó a mi lado en el colchón y ninguno de los dos dijo nada durante un rato que fue largo y estuvo bien que fuera largo.
Me quedé boca arriba mirando el techo hasta que la respiración de Diego se acompasó. A los diez minutos se levantó a buscar agua y volvió con dos vasos. Nos sentamos en la cama bebiendo sin hablar. A veces no hace falta. Eso también es algo que aprendes con los años junto a una persona.
***
El sábado siguiente Diego me llamó para decirme que había un partido en diferido que quería ver. No hablamos de lo que había pasado entre medias. Simplemente volvimos a estar en el sofá, cervezas frías, la tele encendida, la costumbre de siempre como si nada hubiera cambiado, que quizás era la manera de reconocer que todo había cambiado.
—El equipo local tiene ventaja de campo —solté en el primer tiempo.
—El visitante tiene mejor media esta temporada.
—Apostamos.
Diego me miró. Esta vez tardó menos en preguntar.
—¿Qué pones?
—Si pierdo, duermo aquí esta noche. Y mañana te despierto con la boca.
Hubo una pausa. Larga.
—¿Y si ganas?
—Me debes cuatrocientos euros.
Otra pausa. Más corta que la anterior.
—Hecho.
El equipo local perdió por un gol en el último minuto. Desde luego.
Esa noche dormimos en la misma cama sin tocarnos. El colchón olía a su colonia y a algo que no supe identificar pero que me resultó cómodo, familiar de una manera nueva. Me quedé despierta un rato escuchando cómo su respiración se acompasaba y pensando que ninguna de las dos personas en esa habitación había previsto estar ahí cuando empezamos la tarde. Que los planes más honestos son siempre los que nadie dice en voz alta.
A las ocho de la mañana me deslicé bajo las sábanas sin hacer ruido.
Diego dormía boca arriba. Empecé despacio: lengua plana desde la base, sintiendo el cambio gradual bajo mi boca, el calor acumulado, el sabor salado. Diego se removió pero no despertó. Seguí: labios apretándose alrededor de la cabeza, succión suave que fue haciéndose más firme, un ritmo lento que fue acelerando sin que yo lo decidiera del todo.
—¿Valentina? —murmuró desde algún punto entre el sueño y la vigilia.
No contesté. Lo metí más profundo.
Él exhaló despacio. Eso fue lo último que dijo antes de despertar del todo, y cuando lo hizo ya tenía los dedos en mi pelo y los ojos entrecerrados y la única voluntad de no moverse para no interrumpir lo que estaba pasando.
Aumenté el ritmo. Mano izquierda trabajando al mismo tiempo, la boca sin parar, el sonido húmedo llenando el dormitorio en silencio. Se corrió con un gruñido ronco que le salió del pecho. Tragué todo, succionando suave hasta que las últimas pulsaciones se apagaron y lo sentí ablandarse poco a poco entre mis labios.
Salí de debajo de las sábanas y me senté a su lado con los labios hinchados y la expresión de quien acaba de saldar una deuda. Diego me miraba desde la almohada, los ojos todavía vidriosos, el pecho subiendo y bajando.
—Valentina.
—Ya —dije—. Saldado.
Me levanté a buscar la ropa. El jersey estaba en el salón, las botas junto a la puerta de entrada. Cuando pasé por delante del dormitorio para despedirme, Diego seguía en la misma posición, mirando el techo.
—La semana que viene hay Copa —dijo sin mirarme.
Me puse la chaqueta.
—No voy a apostar más —dije.
Una pausa.
—Ya —dijo él.
Cerré la puerta con cuidado. Bajé las escaleras del bloque contando los peldaños como hacía siempre. Fuera hacía frío y la calle estaba todavía tranquila a esa hora de la mañana. Caminé los diez minutos de vuelta a mi piso pensando que ninguna de las tres apuestas había sido realmente una apuesta desde el principio.
Y que eso lo sabíamos los dos. Simplemente era más fácil así.