Me llamó perra y decidí darle la razón a su esposa
Empezaré siendo directa: tengo cuarenta años, una hija en la universidad y un cuerpo que me ha costado sudor y constancia durante más de una década de entrenamiento. No me disculpo por eso. Las caderas anchas, las piernas firmes y el trasero que cargo son el resultado de años de esfuerzo, y si la gente me mira cuando entro a un lugar, ya aprendí a no prestarle más atención de la necesaria.
Trabajo como asistente administrativa en una empresa mediana del sector logístico. Mi jefe directo se llama Rodrigo: cuarenta y cuatro años, casado, con dos hijos en el colegio y una esposa que lo vigilaba como si el edificio entero fuera a seducirlo colectivamente. Desde el primer día que me asignaron a su área, ella empezó a aparecer por la oficina con alguna excusa. Un café que le traía. Un documento que necesitaba firmar. Nada que no pudiera resolverse por teléfono.
No le guardaba rencor. Entendía la inseguridad. Pero tampoco era mi problema.
Rodrigo era respetuoso en lo profesional, aunque no siempre en los detalles. Tenía esa costumbre de acercarse un poco más de lo necesario cuando revisábamos algo juntos en pantalla. Comentarios que rozaban el límite pero nunca lo cruzaban abiertamente. Una mirada que duraba dos segundos más de lo que debería cuando me levantaba de la silla. Nada que yo no supiera ignorar con años de práctica.
Y así habría seguido todo si no hubiera ocurrido lo del martes.
Rodrigo había salido a una reunión en otra planta y me dejó su teléfono encima del escritorio porque el cargador estaba conectado en el mío. Cuando empezaron a entrar mensajes de su mujer, los vi por el bloqueo de pantalla sin querer. Uno decía su nombre. El siguiente decía el mío.
Debí haberlo dejado ahí.
No lo dejé. Destranqué la pantalla —sin contraseña, confiaba demasiado— y leí la conversación entera. Su mujer hablaba de mí con una precisión descarnada: perra, puta, zorra, la palabra que se le ocurriera. Y Rodrigo no la contradecía. Respondía con emojis cómplices, con comentarios que confirmaban cada insulto, con risas que no merecía.
Guardé el teléfono donde estaba y seguí trabajando.
Por fuera, nada cambió. Terminé los informes del día. Respondí correos. Firmé las guías de despacho. Pero por dentro algo había cambiado de lugar, como cuando mueves un mueble pesado y el cuarto entero parece distinto aunque no hayas tocado nada más.
Si creían que era una perra, iban a tener la versión completa.
***
Esperé a que la oficina se vaciara. No fue difícil: los viernes la gente sale rápido, y yo me aseguré de que cualquiera que quisiera quedarse encontrara una razón para irse. A las siete de la tarde solo quedábamos Rodrigo y yo.
Él seguía frente a la pantalla, terminando algo que ya no importaba. Yo me acerqué por detrás sin hacer ruido, me incliné hacia su oído y hablé en voz baja.
—Si tu esposa piensa que soy una perra, hoy le vamos a dar la razón entre los dos.
Se quedó inmóvil. No dijo nada durante tres segundos completos. Podía sentir cómo procesaba lo que había escuchado, verificando si era real o si lo había imaginado. Entonces deslicé la mano por su hombro hasta su pecho y lo sentí respirar distinto.
—¿Leyste los mensajes? —preguntó, y en su voz no había culpa sino algo parecido al alivio.
—Sí. Y decidí que ella tiene razón.
Rodeé la silla hasta quedar frente a él. Me arrodillé despacio, sin apuro, mirándolo a los ojos mientras le desabrochaba el cinturón. Rodrigo apoyó las manos en los apoyabrazos como si necesitara sujetarse a algo.
—¿Ya se fueron todos? —preguntó.
—Yo misma me encargué de eso.
Soltó el aire de golpe cuando lo tomé en la mano. Ya estaba duro antes de que lo tocara. Eso me dijo más que cualquier comentario que hubiera hecho en meses: llevaba tiempo pensando en esto, conteniéndose, acumulando.
Qué desperdicio.
Lo masturbé despacio, estudiándolo, aprendiendo el ritmo que lo hacía cerrar los ojos. Cuando calculé que estaba a punto de pedirme algo, me lo metí en la boca hasta el fondo.
Rodrigo soltó un sonido que no era exactamente un gemido ni exactamente una palabra. Puso la mano en mi cabeza, no para guiarme sino como si necesitara comprobar que yo era real.
Me lo chupé con calma y con ganas, sin fingir nada. Lo saqué para mirarlo a los ojos.
—No te vengas todavía. Quiero más que eso.
—Dios —dijo él, y no como blasfemia sino como constatación.
—¿Tu mujer hace esto?
Negó con la cabeza.
—¿Y lo otro?
Tardó un segundo.
—Nunca me ha dejado.
Sonreí.
—Pues hoy es tu día de suerte, Rodrigo.
***
Me levanté, lo tomé de la mano y lo llevé al fondo de la sala, donde había una mesa grande de reuniones que nadie usaba los viernes por la tarde. Me quité la blusa. Él se quedó mirando como si no supiera por dónde empezar.
—No te quedes parado —le dije.
Eso lo sacó del trance. Se acercó, me desabrochó el sujetador con menos torpeza de lo que esperaba, y bajó la boca a mi cuello mientras sus manos aprendían mi cuerpo. No era inexperto. Solo estaba contenido, como alguien que ha aprendido a moverse dentro de un espacio pequeño y de repente le abren una habitación enorme.
Me quitó la falda. Se quedó un momento quieto.
—Siempre lo supe —murmuró, con la mano abierta sobre mi cadera.
—¿Qué supiste?
—Que debajo de esa ropa de oficina había algo así.
No respondí. Lo empujé suavemente hacia la mesa para que se sentara en el borde y me puse de espaldas a él, apoyando las manos en la superficie. Escuché cómo contenía la respiración.
—Cómeme —dije, sin más explicación.
Tardó exactamente cero segundos en entender.
Lo que hizo después fue una combinación de urgencia y atención que no esperaba de alguien tan controlado en el día a día. Se tomó su tiempo, aprendiendo, respondiendo a lo que yo le indicaba sin palabras. Se notaba que tenía ganas acumuladas y que no pensaba desperdiciar la oportunidad.
—Más —le dije cuando llegó al lugar correcto.
Obedeció.
Estaba mojada desde antes de que empezara, pero no iba a decírselo. Algunos detalles es mejor que los descubran solos.
—Ya —dije cuando sentí que no quería esperar más—. Quiero que me lo metas. Atrás.
Se incorporó.
—¿Estás segura?
—No te lo preguntaría si no lo estuviera.
Tomé su mano y la guié, mostrándole el ritmo, la presión, el ángulo. Rodrigo siguió las instrucciones con una concentración que me resultó casi tierna. Cuando entró, lo hizo despacio, pendiente de mi respuesta.
—Así —le indiqué.
Avanzó un poco más.
—Así.
Cuando lo tuve del todo adentro, apoyé la mejilla en la mesa fría y cerré los ojos un momento. La combinación de sensaciones era exactamente lo que necesitaba: presión, llenura, la temperatura de sus manos aferradas a mis caderas.
Cuánto tiempo sin esto.
Empezó a moverse y encontró el ritmo rápido, más rápido de lo que habría esperado de alguien que recién empezaba. Se notaba que lo había imaginado muchas veces. Que tenía una idea clara de cómo quería que fuera.
—¿Cuántas veces entraste al baño a pensar en esto? —le pregunté, con la voz más tranquila de lo que me sentía.
Se rió, un sonido bajo y sin vergüenza.
—Demasiadas.
—Hoy no hace falta.
Acceleró. Yo respondí moviéndome hacia él, marcando el ritmo que quería, sin esperar a que lo adivinara. El primer orgasmo llegó antes de lo que calculé, sacudiéndome los muslos, y Rodrigo lo notó porque frenó instintivamente.
—No pares —dije.
No paró.
El segundo tardó más, construido en capas, con él hundiéndose hasta el fondo en cada embate y yo mordiéndome el labio para no gritar en una oficina que, aunque vacía, tenía paredes delgadas. Cuando llegó, fue largo y profundo, y apoyé la frente en la mesa y respiré con los ojos cerrados mientras terminaba de recorrerme entera.
Rodrigo llegó poco después, aferrándose a mis caderas con los dedos blancos, soltando el aire en un sonido que no era precisamente silencioso. Se quedó quieto un momento antes de separarse.
***
Nos vestimos sin hablar demasiado. No había mucho que decir que no fuera redundante. Recogí mis cosas, revisé que la sala quedara en orden y me puse el abrigo.
—Esto no puede repetirse —dijo él, aunque no con convicción.
—Ya lo sé.
Lo miré un momento. Tenía el cabello ligeramente revuelto y una expresión que mezclaba satisfacción con algo que tardaría días en procesar.
—Dile a tu esposa que saludos —dije, y salí sin esperar respuesta.
En el ascensor, sola, me permití sonreír. No por haber ganado algo ni por haber demostrado nada. Sino porque llevaba dos meses de sequía absoluta, había estado ovulando desde hacía dos días y el cuerpo tiene sus propias razones, más honestas que cualquier historia que nos contemos después.
Rodrigo me saludó el lunes siguiente con una normalidad tan estudiada que casi era cómica. Yo le devolví el saludo con la misma neutralidad y seguí con mis informes.
Su esposa no volvió a aparecer por la oficina.
No sé si fue coincidencia. No me importó averiguarlo.