Lo que Camila me enseñó una noche de invierno
Era un jueves de julio y hacía un frío que calaba los huesos. Llevaba tres meses buscando trabajo sin resultado: tenía veintiún años, un currículum que nadie leía y una novia, Valeria, que había partido a Europa con su familia como cada fin de año. Dos meses de viaje, dos meses en los que yo tendría que demostrar que valía algo. Antes de subir al avión me había dicho, muy seria, que no le importaba que yo no tuviera dinero, pero que nunca, jamás, se quedaría con un fracasado.
Esas palabras me rondaban la cabeza día y noche.
Un mediodía revisé mis bolsillos y encontré apenas lo suficiente para dos boletos de colectivo. Pensé en Marcos. Habíamos ido juntos a la secundaria, pero él la había dejado un año antes de terminar, peleó con su familia y se fue a vivir solo a una ciudad a treinta kilómetros. Ahora se llamaba Camila. Hacía tiempo que no hablábamos, pero sabía que si alguien conocía los trucos para sobrevivir sin nada, era ella.
Tomé el colectivo y llegué a su puerta pasadas las ocho de la noche. Toqué el timbre y me abrió como si nos hubiéramos visto la semana anterior, con un beso en la mejilla y un café ya puesto sobre el fuego.
—Entrá, no me avisaste pero no importa —dijo.
Me senté en su cocina y estuve dos horas contándole todo: el trabajo que no llegaba, el dinero que no había, las palabras de Valeria antes del vuelo. Camila me escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, se paró, me dijo que la esperara y volvió con cara de quien acaba de tomar una decisión.
—Hoy hay fiesta en el boliche de la ruta. Venís conmigo.
—¿A un boliche? No tengo un peso, Camila.
—Yo tampoco tengo mucho, pero el tanque está lleno y tengo para una botella. Y hoy entra gratis quien vaya disfrazado.
—¿Y yo de qué me disfrazo? —pregunté.
Sonrió de esa manera que tenía, entre pícara y cómplice.
—De mujer, obvio. Si somos casi iguales físicamente, te va a quedar todo perfecto. Va a ser divertido, te lo juro.
Me pareció absurdo. Me pareció imposible. Pero era jueves, no tenía trabajo, no tenía dinero y no tenía nada mejor que hacer. Dije que sí.
***
Camila me metió bajo la ducha, me prestó ropa interior, medias de red, una falda negra corta y un top ajustado. Me planchó el pelo, que en esa época lo usaba largo y claro, y me maquilló con una concentración de artista. Cuando me colocó frente al espejo, tardé varios segundos en reconocerme.
—Dios mío —dije.
—Dios mía —me corrigió, satisfecha.
Tenía razón. Soy completamente lampiño, delgado, y la ropa me quedaba mejor de lo que hubiera imaginado. Me sentí ridículo exactamente treinta segundos. Después algo cambió, aunque no habría podido explicar qué.
Llegamos al boliche cerca de las once. Entramos sin problemas; los de seguridad apenas nos miraron. Una vez adentro, la música era alta y las luces cambiaban de color cada dos segundos. Cruzamos la pista hacia la barra y en el camino sentí más de una mano rozarme la cadera, el brazo, una vez directamente el muslo. Se lo conté a Camila al oído.
—Bienvenida a mi mundo —respondió sin soltar la botella—. La mayoría te van a pedir que los cojas y después te van a decir que ellos no son así.
Tomamos algo fuerte y nos quedamos en la barra. A los pocos minutos Camila estaba hablando con dos chicos de nuestra edad que se habían acercado con pretextos transparentes. La vi reírse, inclinarse hacia uno de ellos, y entendí que la noche para ella empezaba bien.
Me aparté un poco para no estorbar. Fue entonces cuando lo noté.
Era un tipo de unos treinta y cinco años, bien vestido, camisa clara abotonada hasta arriba y el pelo oscuro peinado hacia atrás. Estaba junto a los dos chicos que hablaban con Camila, pero no participaba de la conversación. Me miraba a mí.
Desvié la vista. Tomé un sorbo. Volví a mirarlo. Seguía ahí.
Al rato se acercó, me puso una mano en la cintura con una calma que me desconcertó y me preguntó cómo me llamaba. Busqué un nombre y no encontré ninguno.
—Lucía —dije al fin—. Me llamo Lucía.
—Andrés —respondió él, y me tendió la mano como si estuviéramos en una cena de negocios. Su ropa olía a algo costoso. Tenía los ojos oscuros y una mandíbula que parecía esculpida.
Minutos después, Camila se me acercó al oído para decirme que se iba con los chicos al departamento de uno de ellos, a pocas cuadras. Se fue antes de que yo pudiera responder. No tenía dinero para volver a casa desde ahí. No me quedaba otra que seguir la corriente y ver cómo terminaba la noche.
Fuimos todos juntos caminando. Una vez en el departamento quedó claro que Andrés conocía a los otros dos, porque se sirvió una cerveza de la heladera como si fuera su casa. Estuvimos un rato sentados, tomando, hablando de nada. Después Camila se levantó, me guiñó un ojo y desapareció en la habitación con los dos chicos.
Andrés y yo nos quedamos solos.
Luego de un silencio breve, se levantó y dijo que nos dejaba descansar. Me ofrecí a salir con él. Caminamos hasta la calle y ahí le expliqué que no tenía cómo volver a casa.
—Te llevo yo —dijo.
—Está lejos. Más de treinta kilómetros.
Me miró y consideró la situación.
—Tomé bastante y no estoy para manejar así. Si querés podés quedarte en mi casa y mañana te llevo. Te prometo que no te va a pasar nada.
No tenía mejor plan. Acepté.
***
Su departamento estaba a tres cuadras. Era un lugar ordenado, silencioso, con los libros alineados y la cocina sin una mancha. Me ofreció el sillón del living, me trajo una manta y se fue a su cuarto sin decir nada más. Tardé bastante en dormirme.
A la mañana me despertó el olor a café. Lo encontré en la cocina, ya duchado y vestido. Me sirvió una taza sin preguntarme si quería y estuvo un momento callado, de espaldas, mirando por la ventana. Luego se dio vuelta.
Tenía un billete en la mano.
—Cien dólares —dijo—. Si me dejás que te haga sexo oral.
Escuché las palabras, entendí cada una por separado, pero el conjunto no me entraba.
—Yo no puedo. No soy lo que pensás. Esto es un disfraz, para entrar gratis al boliche.
Su cara no cambió. Sacó otro billete del bolsillo y lo colocó sobre el primero.
—Doscientos si me dejás hacerte el amor acá en el sillón.
Algo en mí se movió. No supe si era miedo u otra cosa.
—No, Andrés. En serio. No me gustan los hombres.
Él asintió, guardó los billetes, me dijo que terminara el café y me llevó a casa de Camila sin decir una palabra en todo el trayecto. Cuando llegamos y antes de que bajara del auto, me puso su tarjeta en la mano.
—Por las dudas —dijo—. Que te vaya bien, Lucía.
***
Camila llegó media hora después que yo, con el pelo revuelto y una sonrisa de oreja a oreja. Cuando le conté lo que había pasado con Andrés, la sonrisa se hizo más amplia todavía.
—Sos una idiota —me dijo, con todo el cariño del mundo—. Andrés es un bombón. Pulcro, amable, y tiene plata. Y se fijó en vos, no en mí. ¿Sabés lo que hubiera hecho yo en tu lugar?
—No me interesa.
—Con doscientos dólares le hacés creer a Valeria que encontraste trabajo por lo menos un mes más. Eso es tiempo, y el tiempo ahora mismo vale oro.
Me quedé callado.
—¿Y si duele? —pregunté después de un momento.
—Si estás bien preparada, no duele nada —respondió—. Anoche me dieron entre dos y acá estoy, impecable y con una sonrisa. Dejame mostrarte todos los trucos, y después si no querés no lo llamás. Nadie te va a obligar a nada.
Tomé una decisión ahí, sentado en su cocina con una taza vacía entre las manos. Era curiosidad. Era necesidad. Era algo más que no tenía nombre todavía.
—Dale —dije.
Estuvimos casi dos horas. Camila fue paciente, metódica, casi didáctica. Cuando terminó, me prestó ropa limpia, me señaló el teléfono público de la esquina y se ofreció a acompañarme hasta la puerta.
Llamé a Andrés desde la cabina. Sonó dos veces.
—Venite ahora —dijo, y cortó.
***
Camila me dejó en la entrada del edificio. Subí las escaleras con las piernas que no me respondían del todo. Toqué el timbre y Andrés abrió la puerta y me besó antes de que yo dijera nada.
Me sorprendió. No la decisión de besarme, sino lo que sentí: sus labios eran carnosos y tenía el aliento limpio, y algo en mí, en lugar de retroceder, se inclinó hacia él. Sus manos me encontraron la cintura, me acercaron. Sentí contra el estómago que estaba duro, y eso me produjo un vértigo que se parecía demasiado al deseo.
Ahora o nunca. Si salgo por esa puerta no vuelvo.
No salí.
Me dio vuelta con suavidad y me apoyó sobre el sillón, con la cadera sobre el apoyabrazos y el cuerpo inclinado hacia adelante. Entonces se arrodilló detrás de mí, corrió mi ropa a un costado y hundió la cara entre mis glúteos.
Lo que siguió no lo esperaba.
No esperaba esa presión cálida y húmeda, ni la forma en que mi cuerpo respondió sin consultarme. Valeria nunca me había hecho algo así. Yo nunca se lo había hecho a nadie. Y sin embargo ahí estaba, apretando los dedos contra el cuero del sillón, dejándome invadir por una sensación que no tenía nombre en mi vocabulario de entonces.
Cuando me levanté de golpe fue porque no podía aguantar más la quietud. Me di vuelta, lo miré. Vi su erección marcada a través del pantalón y no pensé: simplemente actué. Le abrí el cinturón, le bajé el pantalón, me puse de rodillas.
Lo tomé en la boca sin dudar.
Sentí cómo se le tensaban los muslos, cómo contenía la respiración. Alcé los ojos y lo vi mirándome desde arriba, quieto, con los brazos cruzados. Algo en esa imagen me encendió todavía más. Seguí durante varios minutos hasta que se vino, y me lo tragué porque quería sentir mejor sus labios cuando me levantara. Nos besamos y en ese beso había algo que no era solo cuerpo.
Se separó un poco, me sostuvo la cara con las dos manos.
—Lástima, me hubiera gustado cogerte —dijo—. Pero un trato es un trato.
Sacó los doscientos dólares del pantalón tirado en el piso y me los puso en la mano.
—Imagino que ya querés irte.
Me quedé mirando el dinero. Después lo miré a él.
—Me quedo —dije—. Sin plata de por medio. Y si me chupás como antes te dejo que me cojas.
Tardó un segundo en reaccionar. Luego vino lo de la ducha.
Me metió bajo el agua con la ropa puesta y la sacó él mismo, pieza por pieza, sin apurarse. Se desnudó. Me enjabonó la espalda, las caderas, los muslos. Yo hice lo mismo con él y sentí cómo se endurecía de nuevo entre mis manos. Cuando me arrodillé por segunda vez, lo hice porque quise.
La segunda vez que se lo chupé no hubo temblor en las manos. Fue directo, seguro, y a los pocos minutos Andrés me levantó casi en el aire y me llevó al sillón del living. Me acomodó boca abajo. Volvió a hacer con la boca lo que me había hecho antes, durante lo que me pareció una eternidad, hasta que yo ya no pude más y le dije en voz alta que dejara de hacerme esperar.
—¿Querés que te haga el amor o querés que te rompa el culo? —preguntó al oído.
—Haceme el culo —respondí.
—Más fuerte, que no te escucho.
—¡Rompeme el culo de una vez! —grité, y no reconocí mi propia voz.
Me tomó de la cintura y entró despacio, aguardando que mi cuerpo cediera a su ritmo. El primer instante fue intenso. El segundo también. Pero después el dolor se fue y lo que quedó fue otra cosa: una presión que llenaba algo que yo no sabía que tenía.
Cogió durante mucho tiempo, con un ritmo regular y sostenido, y en algún momento noté el espejo grande de la pared lateral. Ahí estábamos: él de pie, con las manos en mis caderas; yo inclinado sobre el apoyabrazos, con la falda levantada, mirando cómo me penetraba sin pausa. Veinte minutos, o quizás más.
Cuando terminó, se vino adentro. Sentí el calor, la pulsación. Caí de costado sobre el sillón y tardé varios segundos en volver a respirar con normalidad. Andrés se sentó a mi lado. Ninguno habló.
Me duché de nuevo. Al salir, él estaba en la cocina y había preparado algo para comer. Me senté y comí sin decir nada. Después estuvimos dos horas hablando, y en algún momento le conté todo: la búsqueda de trabajo, Valeria, las palabras antes del vuelo. Me escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, los dos nos quedamos callados un momento.
Al levantarme para irme, me detuvo en la puerta.
—Necesito una persona de confianza —dijo—. Alguien que maneje mi agenda, me acompañe en los viajes de trabajo y sea discreta. Mil dólares por mes.
Lo miré.
—Y otros mil si de vez en cuando te vestís de Lucía para mí. Un auto de la empresa a disposición. Todo pago en los viajes. Además, seguís con Valeria si querés; eso no me importa.
Lucía, pensé. Un nombre que me inventé en treinta segundos en un boliche.
Pensé en el currículum que nadie leía. Pensé en las palabras de Valeria antes de subir al avión. Pensé en los doscientos dólares que tenía en el bolsillo y en la cara que iba a poner Camila cuando se lo contara.
—Sí —dije.
***
Trabajé para Andrés dieciocho años. Viajé con él, gestioné su agenda, dormí en su cama más veces de las que podría contar. Me casé con Valeria. Ella nunca supo nada, y esa es otra historia.