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Relatos Ardientes

Cómo enseñé a mi amiga a cobrar por placer

Habían pasado apenas cuatro días desde nuestra noche con Javier y Luciana, el encuentro que marcó el debut bisexual de las dos, y ya me llamaban por separado para decirme lo mismo: que había sido increíble, que querían repetir, que no podían dejar de pensar en eso.

Javier, en particular, tenía un objetivo claro para la siguiente vez. Quería que Luciana pudiera disfrutar el anal sin sufrimiento ni tensión. Llevaban meses intentándolo, pero su tamaño convertía cada intento en un esfuerzo más que en placer. Me pidió ayuda sin rodeos. Confió en mí, y yo acepté.

Vivían en Mar del Plata, a más de cien kilómetros de Buenos Aires. El fin de semana ya lo tenía ocupado con clientes propios —dos mañanas y dos tardes reservadas con semanas de anticipación—, así que los invité un jueves a la noche. Primero cenaríamos afuera y luego lo que todos imaginaban.

Elegí un restaurante que conozco bien: iluminación cálida y discreta, mesas con espacio entre ellas, una carta de vinos decente. Llegamos a las ocho, pedimos lugar en el fondo y nos instalamos con tiempo.

La conversación fluyó fácil. Les conté algo que pocos sabían: que tenía pensado dejar la firma consultora donde trabajaba para armar mi propio estudio, orientado a empresas del exterior que necesitaban informes estratégicos. Ya tenía puesta la vista en un departamento con la planta baja ideal para atender clientes de ambos tipos de negocio. Mi doble vida, ordenada y discreta, bajo un mismo techo.

Mientras hablábamos, noté que en una mesa cercana dos hombres solos —corbatas flojas, conversación que parecía de trabajo— nos miraban con esa discreción que en realidad no es discreción. Éramos cuatro personas, dos mujeres vestidas de manera sugerente pero sin exagerar, y ellos no podían evitarlo.

Le susurré a Luciana:

—¿Los ves? Un lugar así, bien elegido, un jueves a la noche, es exactamente el tipo de ambiente donde podés encontrar el tipo de hombre que vale la pena. Profesional, probablemente casado, discreto por necesidad.

—Cada vez me resulta más tentadora la idea —respondió ella, girando la copa entre los dedos.

—Si querés, al final de la cena Diego y yo salimos primero. Te doy un beso en la boca al levantarme, para que no haya dudas sobre la dinámica entre nosotras. Javier puede fingir que va al baño unos minutos y dejarte sola. Discreta, sin prisa. Si alguno se acerca, ya sabés qué decirle.

Le entregué dos tarjetas de contacto —solo el número de teléfono, sin nombre ni empresa— para que las tuviera a mano llegado el momento.

Seguimos cenando sin apuro. Le expliqué qué hacer si alguno de los dos se acercaba: que fuera simpática, que insinuara que buscaba darle algo de picante a su matrimonio, que quizás consideraría una propuesta que la motivara de verdad. Nada explícito. Si llamaban después, yo haría de intermediaria al principio.

—Lo que importa —le dije— es que no tengas que decir nada difícil. Solo dejá que ellos lleven la conversación. Una sonrisa, unas palabras ambiguas, y la tarjeta sobre la mesa al irte. Eso es todo.

—¿Y si me preguntan cuánto?

—Eso lo hablás por teléfono, nunca en persona la primera vez. Les decís que te llamen.

Llegado el final de la cena, dejamos nuestra parte del dinero sobre la mesa. Diego y yo nos pusimos de pie, saludamos. La besé brevemente en la boca, le abrí un botón más de la blusa con toda naturalidad, y le sonreí. Javier salió unos minutos después con la excusa del baño.

Esperamos en la vereda. Encendí un cigarrillo que no terminé.

***

Estábamos a mitad de camino a casa cuando me sonó el teléfono. Número desconocido. Atendí.

El hombre se presentó como Marcos. Dijo que nos había visto cenar esa noche y preguntó si yo era «la señora que se había quedado sola al final».

—No —respondí—. Esa es una amiga mía. En un rato la encontrás en mi casa. Y si te dejó caer la tarjeta, seguramente fue sin querer.

—Me gustó mucho —dijo—. ¿Podría llamarla?

—Podés llamar a este mismo número en una hora. Ella va a estar.

—¿Es casada?

—Sí. Casada y quizás en busca de algo en especial.

—Casada y discreta es exactamente lo que busco.

Colgué. Diego no dijo nada, pero sonrió.

Cuando llegamos a casa, Javier y Luciana llegaron minutos después. Los puse al tanto de la llamada. Javier se rió con ganas. Luciana se quedó callada un segundo y luego preguntó si realmente iban a llamar.

—Ya llamaron —dije.

Sugerí que ella misma tomara la iniciativa: que llamara, negociara, fijara algo para el día siguiente antes de que volvieran a Mar del Plata. Era mejor ahora, con el ánimo encendido, que mañana con el miedo encima. Asintieron los dos.

Llamé primero desde mi teléfono, por precaución. Respondió Marcos. Le pasé el aparato a Luciana.

Lo que siguió fue una negociación larga y cuidadosa. Luciana tenía timidez auténtica, y Marcos tenía la prudencia de un hombre que no quiere meterse en problemas. Mientras tanto, Diego y Javier me desnudaron despacio en el sofá del living, sin prisa, dejándola hablar.

Diego me sacó el vestido por la cabeza y me dejó en ropa interior, arrodillada entre los dos. Javier me manoseó las tetas por encima del corpiño, apretándolas con las dos manos, pellizcándome los pezones hasta que se me pusieron duros contra la tela. Diego me bajó la bombacha hasta las rodillas y me metió dos dedos en el coño de una, sin preámbulo, buscando el punto justo con la yema. Ya estaba mojada. Se rió bajito cuando notó lo empapados que le quedaron los dedos, y me los pasó por los labios para que se los chupara. Los limpié con la lengua mientras Javier me sacaba el corpiño y me chupaba una teta entera, mordiéndome el pezón lo justo para que se me escapara un gemido que tuve que tragarme para no arruinar la llamada de Luciana.

Luciana explicó que éramos dos parejas muy amigas, que yo era «la más atrevida», que incluso aceptaba que los caballeros me hicieran regalos. La pregunta inevitable llegó.

—¿Y usted aceptaría algo así?

Luciana dudó. Me miró. Yo tenía la verga de Javier en la boca en ese momento, entrando y saliendo despacio, y aun así logré asentir con la cabeza sin soltarla. Ella entendió.

—Hace tiempo que lo pienso —dijo—. Me cuesta dar el paso. Aunque mi marido me apoya si realmente me atrae la idea. Y la verdad es que... me atrae.

Acordaron una cifra. Importante. Menor que la mía, lo cual era esperable para una primera vez, pero muy digna. Marcos insistió en tener alguna prueba de que lo hablado era real.

Luciana me extendió el teléfono sin decir nada. Entendí lo que me pedía.

Le dije a Marcos que esperara diez minutos. Si estaba solo o en buena compañía, volveríamos a llamar. Cortó la comunicación.

Los hombres dejaron de tocarme y desnudaron a Luciana con la misma calma con que me habían desvestido a mí. Le sacaron la blusa, la pollera, la dejaron en tanga negra frente a los dos. Javier le abrió las piernas ahí mismo, en el sofá, y le comió el coño con la boca abierta, chupándole el clítoris hasta que ella arqueó la espalda y le agarró la cabeza con las dos manos. Diego se puso detrás de él, contra su espalda, la verga dura contra el culo de Luciana como avisando lo que venía.

Volví a marcar, esta vez por videollamada. Cuando Marcos atendió, Luciana ya se estaba montando sobre Diego, empalada hasta el fondo, moviendo las caderas en círculos lentos con la cabeza tirada hacia atrás. Filmé desde atrás, sin enfocar caras: el arco de su espalda, la verga de Diego entrando y saliendo entre sus nalgas, sus tetas rebotando cuando giró la cabeza. Diez segundos. Corté.

Llamé por voz un minuto después. Luciana cerró los detalles con la voz entrecortada, todavía sentada arriba de Diego, moviéndose apenas para no gemir en el teléfono: mañana a las diez, en un hotel que ella elegiría cerca de la terminal de Retiro. Marcos confirmaría el número de habitación por mensaje.

***

Esa noche fue larga y buena.

Nos pasamos al dormitorio los cuatro, ya sin ropa, con la piel caliente y la boca seca de las ganas. Luciana se subió sobre Diego mientras Javier me empalaba desde atrás, en cuatro patas, inclinada sobre ella para poder besarnos. Era una posición que exigía concentración, pero encontramos el ritmo. Javier me la metió hasta el fondo de una embestida, agarrándome de la cintura, y empezó a cogerme con esos golpes secos y profundos que le conocía desde la vez anterior. Yo sentía cada centímetro de su verga entrar y salir mientras la lengua de Luciana se enredaba con la mía. Cada empujón de Javier me tiraba hacia adelante y me hacía chocar los labios contra los de ella, y ella se reía dentro de mi boca y me chupaba la lengua.

Diego la agarraba de las caderas y la subía y bajaba sobre su verga, marcándole el ritmo. Luciana empezó a gemir fuerte, con la boca contra mi cuello, y yo sentí cómo el coño se le apretaba porque Diego bajó la mano y le buscó el clítoris con el pulgar. Se corrió así, temblando, con la verga de Diego adentro y mi teta en la boca. Un minuto después Diego acabó dentro de ella con un gruñido largo, hundiéndose hasta el fondo. Javier aguantó un poco más, siguió cogiéndome cada vez más rápido, hasta que me clavó los dedos en las caderas y se corrió adentro mío en tres chorros largos que sentí calientes contra la pared del coño. Se quedó ahí un momento, apoyado en mi espalda, respirando fuerte, antes de salir despacio y dejarme empapada, con el semen chorreándome por los muslos.

Los hombres nos dejaron solas un rato para recuperarse.

Hay algo que me resulta muy distinto con una mujer. No es mejor ni peor, simplemente diferente. Más lento, más atento. Luciana me acostó boca arriba y me abrió las piernas con las dos manos. Se agachó y me lamió el coño lleno de la corrida de Javier, sin asco, con la lengua plana y larga, subiendo desde la entrada hasta el clítoris. Nunca me habían hecho eso así, con esa calma. Me chupó el clítoris entre los labios y me metió dos dedos adentro al mismo tiempo, curvándolos, buscando ese punto que la mayoría no encuentra. Lo encontró. Le agarré el pelo con las dos manos y le apreté la cara contra mí, corriéndome en su boca con un grito que se me escapó sin darme cuenta.

Después le devolví el favor. La puse sobre almohadones, con las piernas bien abiertas, y le comí el coño con la boca llena de saliva y el gusto de Diego todavía en la lengua. Le chupé el clítoris, se lo mordí suave, le metí la lengua adentro tan hondo como pude. Ella me tiraba del pelo, se retorcía, decía mi nombre. Nos tomamos tiempo. Nos reímos una vez, sin ningún motivo, y eso también formó parte.

Cuando los hombres descansaron, volvieron al dormitorio con otro propósito. Era lo que habíamos planeado desde el principio: prepararla para lo que Javier llevaba meses queriendo lograr sin conseguirlo.

Los dos se dedicaron a Luciana juntos. Primero lengua en el culo, mucho tiempo, alternándose entre los dos, con la lengua puntuda de Diego entrando y saliendo del esfínter mientras Javier le chupaba el coño desde arriba. Después dedos: uno primero, después dos, con abundante lubricante, hasta que los músculos de su cuerpo se relajaron de verdad y ella empezó a empujar contra la mano de Diego, pidiendo más.

Diego la penetró primero por el culo —su tamaño era manejable, cómodo— y Luciana lo recibió bien, con una respiración controlada y los hombros sueltos. Fue avanzando sin apuro, centímetro a centímetro, hasta quedar entero adentro. Empezó a cogerla despacio, con movimientos largos, y ella gemía bajito, sorprendida de estar disfrutándolo. Le acabó adentro después de un rato largo, dejándole el culo lubricado desde adentro con su corrida.

Pero eso no era suficiente para prepararla para Javier. Hacía falta algo más.

Salí del dormitorio sin decir nada.

Cuando volví, traía algo que ninguno de los tres esperaba ver. Era un dildo de silicona negra, largo y grueso, que no requería arnés. Se fijaba solo mediante dos protuberancias internas que se alojaban en el cuerpo y mantenían todo el aparato completamente firme. Lo había comprado en una tienda especializada de Berlín el año anterior y no había tenido la ocasión adecuada para estrenarlo.

Me lo introduje ahí mismo, delante de ellos: la parte corta me entró en el coño y en el culo con un empuje firme, y una vez alojada quedó como si fuera mía. Me paré frente al espejo grande del armario. Me miré: rubia, pechos al aire, esa erección oscura saliendo de mí, dura, obscena, tan grande como la de Javier o más. La imagen era completamente inesperada y, debo reconocerlo, me encantó. Moví las caderas y la verga se movió conmigo. Me la agarré con la mano y la bombeé un par de veces, como haría un hombre. Los tres me miraban en silencio.

Luciana me miraba con los ojos muy abiertos desde la cama.

—¿Me vas a hacer eso? —preguntó.

—Te voy a preparar para que puedas disfrutar a tu marido de verdad —respondí—. Los dos se lo merecen.

Le apliqué gel anestésico en el esfínter con cuidado, esperé que hiciera efecto, embadurné el dildo con lubricante hasta que quedó brillante. La puse en cuatro, con la cabeza apoyada en la almohada y el culo levantado. Le abrí las nalgas con las dos manos y con la punta le froté el agujero despacio, en círculos, hasta que ella empezó a empujar hacia atrás buscándome. Guié la punta con la mano. Empujé muy despacio. La cabeza del dildo entró y ella respiró hondo, concentrada. No había tensión en su cuerpo esta vez. Seguí empujando, centímetro a centímetro, viendo cómo la silicona negra desaparecía dentro de ella.

Cuando la vi sonreír levemente contra la almohada, empujé hasta el fondo, hasta que mis caderas chocaron contra sus nalgas.

—Sí —dijo—. Sí, más.

No había más. Estaba toda adentro.

Empecé a cogerla. Al principio despacio, sacándola casi entera y volviéndola a meter con calma, mirando cómo el esfínter se estiraba alrededor del dildo negro. Después más rápido, agarrándola de las caderas como había visto hacer a los hombres tantas veces. Luciana gemía cada vez más fuerte, empujando el culo hacia atrás contra mí, pidiendo más. Javier y Diego miraban desde el costado, las vergas duras otra vez, sin decir nada. La cogí así un rato largo, hasta que ella se corrió con el dildo adentro del culo y los dedos de Javier en el coño, temblando y gritando.

La saqué despacio. El esfínter le quedó abierto, ganado, listo.

Javier no esperó: se subió a la cama, la agarró de las caderas y la penetró de una vez, hasta el fondo. No hubo grito, no hubo resistencia. Solo un gemido largo, sorprendido, genuinamente satisfecho de sentir por fin a su marido entero adentro sin dolor.

La cogió con fuerza, despacio al principio y luego con toda la convicción de quien finalmente puede. Le agarró el pelo y tiró, le mordió la nuca, le clavó la verga hasta el fondo una y otra vez, escuchando el chasquido húmedo de sus caderas contra las nalgas de ella. Luciana empujaba hacia atrás con las manos apoyadas en la cabecera, gimiendo cada embestida, pidiéndole más fuerte, más profundo. Cuando Javier acabó, se hundió hasta el tope y se quedó ahí, gruñendo, vaciándose dentro de ella con la frente pegada a su espalda. Luciana sollozaba y reía al mismo tiempo, con la cara hundida en la almohada, con la corrida de su marido chorreándole por dentro del culo por primera vez.

Nos abrazamos los cuatro. Ducha rápida. Una hora más de cama, más tranquila, algo de vino, y el sueño nos ganó a todos.

***

Javier volvió a Mar del Plata de madrugada. Luciana se quedaría hasta después de su cita con Marcos.

Dormimos poco. A las ocho ya estábamos desayunando en la cocina, y en ese rato le fui dando todo lo que se me ocurrió.

Le dije que pidiera el dinero antes de empezar, sin disculpas ni rodeos. Que si algo la incomodaba tenía todo el derecho de levantarse y marcharse, y que ningún hombre que vale la pena iba a objetar eso. Que usara preservativo siempre, sin importar lo que él dijera o propusiera. Que eligiera una habitación con llave que pudiera manejar ella.

—¿Estás nerviosa? —le pregunté.

—Mucho —admitió.

—Bien. Eso significa que lo estás tomando en serio.

Hablamos también de lo que venía. Cuando yo tuviera el departamento listo, sería bienvenida cuando quisiera. Sin obligación, solo si ella tenía ganas. Además, un conocido mío —propietario de un campo en la provincia— había planteado hacía tiempo un encuentro que encajaba perfectamente con la fantasía que Luciana me había contado una noche, en voz baja, entre sábanas.

—¿Lo del campo abierto? —preguntó, algo colorada.

—Ese mismo. Cuando estés lista.

—A este paso voy a estar lista para todo antes de lo que imagino —dijo, y se rió de sí misma.

A las nueve la llevé en auto hasta la terminal de Retiro. Marcos la esperaba en la esquina de enfrente: traje oscuro, manos en los bolsillos, una mirada que recorrió la vereda dos veces antes de encontrarla. Cuando se vieron, él sonrió primero. Eso era buena señal.

La vi alejarse a su lado. Arranqué el motor y volví a casa.

***

Tres horas después me llegó el mensaje.

«En el bus de vuelta. Con el sobre en la cartera y todavía temblando un poco. Marcos se portó muy bien, pagó sin drama y quedó satisfecho. Gracias por todo. Sos mi ídola.»

Le pregunté cómo se sentía.

«Contenta. Realizada. Asustada de lo bien que salió.»

Le respondí que lo mejor estaba por venir, y era verdad. Había acordado con Marcos que la próxima vez sería sin preservativo, una vez que intercambiaran los análisis. Siguiendo mis consejos al pie de la letra. Era exactamente lo que yo habría hecho.

Guardé el teléfono y encendí la computadora. Tenía un informe estratégico que terminar antes de la tarde. Otro cliente, otra vida, el mismo escritorio.

Sonreí sola en la cocina vacía y pensé que, al final, enseñar también tiene su recompensa.

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Comentarios(9)

LectorBA22

Increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo.

mauro_bsas

Por favor que haya una segunda parte, quede con ganas de saber como le fue despues a Luciana con todo eso.

BuenosNights

Se hizo cortísimo, quiero masss

CarolaRdz

Me hizo acordar a algo que vivi en Buenos Aires hace unos años, esas noches que te cambian de una forma que no esperabas. Muy bien narrado, se siente real.

TormentaNocturna

Me gustó mucho como describiste los sentimientos de ella, ese mix de miedo y emocion que al final se convierte en algo completamente distinto. Eso le da autenticidad al relato, no parece inventado.

Ramiro07

Y como le fue despues? siguio en eso o fue solo esa noche?

Mabel_Kos

Buen relato, se nota que esta basado en algo real. Seguí subiendo por favor.

Camila_82

jaja la reaccion de ella al darse cuenta de todo... me lo imagino perfecto. Tremendo el final

andres_vela

Muy buen ritmo, no se hace pesado en ningun momento. Felicitaciones

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