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Relatos Ardientes

Cuando volvió de viaje, yo ya tenía un plan

Andrés llegó del viaje de caza un jueves por la tarde, con la camioneta sucia de barro y esa sonrisa de hombre que llevaba cinco días sin ver a su mujer. Yo lo esperé en la sala, apoyada en el marco de la puerta, con solo un conjunto de encaje negro y el vaso de whisky con hielo que sé que le gusta. Lo vi frenar en seco antes de entrar. Me miró de arriba abajo, despacio, y casi se le cayó la bolsa de la mano.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—Bienvenido a casa —dije, y le entregué el vaso.

Esa noche tuvimos sexo tres veces. La primera fue casi inmediata, contra la pared del pasillo antes de llegar siquiera al dormitorio. La segunda fue más lenta, en la cama, con las luces encendidas porque a los dos nos gusta mirarnos. La tercera fue entrada la madrugada, cuando él se despertó y me encontró leyendo, y simplemente me quitó el libro de las manos sin decir nada.

Pero yo tenía un plan que iba más allá de esa noche.

***

Andrés tiene una fantasía que llevamos años rondando sin terminar de concretar: la de encontrarnos como desconocidos, fingir que no nos conocemos, empezar desde cero. A veces lo hacemos en bares, a veces en el lobby de algún hotel cuando viajamos. Me gusta ese juego porque lo veo con otros ojos, porque siento algo parecido a los nervios de la primera vez, esa mezcla de deseo e incertidumbre que uno pensaba que no volvería.

Esa semana decidí mantenerlo en ese estado de tensión permanente. No por crueldad, sino porque sabía lo que quería pedirle al final, y necesitaba que llegara ahí con el deseo acumulado, sin defensas.

El viernes me presenté en su oficina sin avisar. Entré como si fuera a dejarle un documento, me incliné sobre su escritorio para firmarlo, y cuando nadie miraba deslicé mi tanga en su mano y salí sin decir nada. Él me mandó un mensaje diez minutos después. Solo decía: Vas a pagar esto.

El sábado le mandé fotos desde el baño mientras él cortaba el pasto en el jardín. Me las tomé despacio, eligiendo los ángulos, buscando lo que sabía que a él le gustaba ver. Tardó exactamente cuatro minutos en entrar a la casa.

El domingo le hice una videollamada desde el dormitorio. Me masturbé despacio frente a la cámara, mirándolo a los ojos, sin apurarme, sin dejar que terminara nada. Solo dejarlo ver, solo mantenerlo al borde. Cuando cortó la llamada me mandó un audio que no decía palabras, solo un silencio de dos segundos y después el ruido de una puerta cerrándose.

El lunes le conté una fantasía que tenía guardada hace tiempo, con detalles concretos, con nombres inventados, con una situación que sabía que lo iba a encender. El martes le pedí que me contara algo que nunca me había contado. Me estuvo hablando una hora.

Todo tenía un propósito.

Yo quería que aceptara algo que le había propuesto antes y él había esquivado: tener sexo con otra pareja. No con extraños de internet ni con desconocidos, sino con gente de confianza, con alguien con quien pudiéramos compartir algo sin que se convirtiera en un problema al día siguiente.

El sábado anterior, mientras Andrés estaba de viaje, yo ya había tenido una primera sesión con Sebastián y Valentina. Los dos solos, un ensayo de lo que quería que fuera algo más. Sebastián me había pedido que fuera sumisa, que dejara que él llevara el ritmo, y yo había descubierto que eso me encantaba más de lo que esperaba. Pero lo que quería era que Andrés estuviera ahí. Quería verlo, que él me viera a mí, que los dos fuéramos parte de algo al mismo tiempo.

***

Marcos trabajaba en el mismo edificio que mi esposo. Los dos se conocían de vista, de esos saludos de ascensor que nunca terminan en nada. Su pareja se llamaba Lorena, tenía el pelo corto y una manera de mirar a los ojos cuando hablaba que hacía que uno quisiera saber exactamente en qué estaba pensando.

Un lunes por la mañana, Marcos se acercó al escritorio de Andrés y los invitó a los dos a una cena pequeña por su cumpleaños. Era el martes siguiente, en su departamento, algo sin pretensiones: unos tragos, algo de comer, la excusa para conocerse mejor.

Fuimos.

Al llegar había más gente de la que esperábamos: familia de Marcos, un par de amigos de la infancia, dos compañeras de trabajo de Lorena. La conversación giró por los temas de siempre, fue todo normal al principio. Pero yo fui notando cómo Andrés empezaba a relajarse, cómo encontraba ritmo con Marcos, y sobre todo cómo sus ojos se demoraban unos segundos más de lo necesario en Lorena cada vez que ella hablaba o reía.

Lo vi y pensé: bien.

Lorena me cayó bien de entrada. Era directa sin esforzarse en serlo, tenía sentido del humor sin necesidad de que nadie le riera las gracias, y en algún punto de la noche me hizo preguntas que una persona normal no hace en una primera cena. No de manera incómoda, sino con una franqueza que yo entendí perfectamente, porque yo hacía exactamente lo mismo cuando quería conocer a alguien de verdad.

Antes de que nos fuéramos, Lorena y Andrés intercambiaron números. Ella sugirió armar un grupo de los cuatro para coordinar una salida. Lo armó mientras todavía estábamos en el ascensor bajando del piso de ella, el teléfono en la mano, sin preguntarle a nadie si estaba bien.

Cuando cerramos las puertas del auto y nos quedamos solos, Andrés me miró.

—¿Puedo pedirte algo? —dijo.

—Sí —dije, aunque ya sabía lo que venía.

No terminó de decirlo. Me acerqué yo primero. Apagué el techo del auto y me incliné hacia él. Lo hice despacio, sin prisa, en el estacionamiento oscuro con los vidrios empañándose lentamente. Acabó con las manos enredadas en mi pelo y la respiración cortada. Cuando llegamos a casa me llevó al dormitorio sin soltar la mano, y esa noche fue diferente, más intensa, como si algo se hubiera abierto entre los dos sin que ninguno lo nombrara todavía.

***

Al día siguiente estaba en el trabajo cuando el grupo empezó a moverse. El primer mensaje fue de Lorena, algo inocente sobre una película que habían mencionado en la cena. Luego siguió la conversación de manera natural durante la mañana.

A media mañana me llegó un mensaje aparte, solo de ella.

Me decía que su auto había quedado cerca de la oficina de Andrés, que no arrancaba, que si él podía pasar a ver qué pasaba. Al mismo tiempo le escribió a él directamente.

Andrés fue. Intentó solucionar el problema del auto y no pudo. Se ofreció a llevarla y ella dijo que mejor esperaban juntos a que llegara la grúa. Entraron al auto de él y estuvieron un rato charlando. Lorena me mandó un clip corto, sin audio, solo para que yo supiera que estaban ahí.

Luego me llamó con él presente.

Me preguntó directamente, con Andrés escuchando, si yo quería que los cuatro nos juntáramos. No como una cena. Otra cosa.

Le dije que si él quería, yo también quería.

Hubo un silencio en la línea.

Lorena le dijo que se fuera, que lo pensara. Andrés bajó del auto confundido, o al menos eso me contó después, aunque cuando llegó a casa yo no vi confusión en su cara sino otra cosa que reconocí bien: era la misma expresión que ponía cuando le enviaba las fotos del sábado, cuando lo llamaba desde el baño y me masturbaba frente a la cámara.

Era deseo mezclado con algo que todavía no sabía cómo nombrar.

Esa tarde hablamos largo. Sin rodeos, sin juegos, sentados en la cocina con el café enfriándose sobre la mesa. Le pregunté qué quería él. Me dijo que quería ir a la casa de ellos el sábado siguiente, si yo estaba segura.

Le dije que llevaba semanas estando segura.

***

Pasaron cinco días.

Yo estaba más tranquila de lo que esperaba. No sentí celos ni esa angustia que a veces aparece cuando uno se acerca a una línea nueva. Lo que sentí fue algo parecido a la anticipación de cuando vas al aeropuerto a buscar a alguien que extrañabas: nervios, sí, pero del tipo que uno elige.

El miércoles por la noche, mientras cenábamos, Andrés me preguntó si tenía miedo.

—No —dije.

—¿Y tú? —le pregunté.

Tardó un momento. Dejó el tenedor sobre el plato y me miró.

—Un poco —admitió—. Pero del bueno.

Lo entendí perfectamente. Era el mismo miedo que yo había sentido la primera vez que propuse algo así, cuando todavía no sabía si era algo que podíamos compartir sin que cambiara lo que teníamos. Y lo que descubrí, con el tiempo, fue que no solo no lo cambiaba: lo abría.

El jueves hablé con Lorena a solas, sin Andrés ni Marcos de por medio. No sobre logística ni sobre reglas. Solo hablamos, como hablan dos personas que están decidiendo si se tienen suficiente confianza para algo que no tiene marcha atrás. Me contó cosas de ella, de cómo habían llegado hasta ahí con Marcos, qué habían aprendido en el camino, qué los había acercado y qué los había puesto a prueba. Yo le conté cosas mías. Al final de la llamada me dijo que se alegraba de que fuéramos nosotros.

Yo sentí lo mismo.

El viernes Andrés llegó temprano a casa. Trajo vino, preparó algo de cenar él, pusimos música y no hablamos del sábado en toda la noche. Fue una de esas noches tranquilas en las que uno está completamente presente, sin pensar en lo que viene ni en lo que fue.

El sábado nos duchamos juntos por la mañana. Andrés me lavó el pelo, yo le pasé la espalda con la esponja. Fue un momento quieto, de esos que uno recuerda después no por lo que pasó sino por cómo se sentía el aire, por la calma que había entre los dos.

A las ocho de la noche salimos de casa.

Yo llevaba puesto el mismo conjunto negro con el que lo había esperado el jueves de la semana anterior, cuando regresó del viaje de caza con la camioneta sucia y casi se le cayó la bolsa de la mano al verme en la puerta.

Él lo notó en cuanto salí del dormitorio.

—¿Es el mismo? —preguntó.

—Sí —dije.

No dijo nada más. Me tomó la mano mientras manejaba y la sostuvo todo el camino, sin soltarla, hasta que llegamos.

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Comentarios (4)

Lautaro_noche

tremendo relato!!! me dejaste con ganas de mas

MarcelaF_Cba

Por favor una segunda parte, quede muy enganchada con ese plan... necesito saber como termino todo

CeciliaRos

Me recordo a algo parecido que arme yo hace unos años jaja. Las mujeres cuando planificamos somos imparables

NachoPampero

Y salio todo como lo planeabas?? estoy intrigado

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