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Relatos Ardientes

Lo que mi amigo y yo hicimos mientras ella dormía

Hace poco más de tres años, Valentina y yo nos instalamos en una ciudad que ninguno de los dos conocíamos. Habíamos aceptado un contrato temporal que nos alejaba de casa, y la idea era simple: aguantar el tiempo que hiciera falta, ahorrar, y volver.

Fue entonces cuando retomé el contacto con Rodrigo. Nos habíamos conocido en el instituto, hacía ya quince años. Compartimos clase durante varios cursos, algún viaje de fin de año y ese tipo de amistad adolescente intensa que se diluye cuando cada uno toma su propio camino. Desde entonces, solo algún mensaje suelto en fechas señaladas.

Pero vivía a poco más de hora y media en coche de donde nos habíamos mudado. Demasiado cerca como para seguir diciéndonos «ya quedamos un día».

El primer encuentro fue extraño, como suele pasar cuando ves a alguien después de mucho tiempo. Buscas al chico que recuerdas y encuentras a un hombre que hace los mismos gestos. Pero la incomodidad duró poco. En dos horas ya hablábamos como si nada hubiera cambiado.

Las visitas se volvieron habituales. Venía cada par de semanas, primero para pasar el día y luego para quedarse el fin de semana entero. El piso no daba para más que un colchón hinchable en el salón, pero a ninguno parecía importarle. Rodrigo y Valentina congeniaron desde el principio: entre los tres no había temas vedados. Hablábamos de trabajo, de relaciones, de dinero, de sexo. Rodrigo tenía esa facilidad para decir las cosas directamente, sin drama.

Un sábado por la tarde, tomando algo en un bar del barrio, la conversación derivó hacia experiencias personales. Con la misma naturalidad con que hubiera pedido otra ronda, Rodrigo mencionó que en algún momento había estado con un hombre. Un par de encuentros, nada serio. Lo dijo y siguió hablando.

Valentina y yo nos miramos un segundo. Después el tema cambió solo.

***

Esa noche volvimos al piso más tarde de lo previsto. Habíamos bebido más de lo habitual y el ambiente tenía esa ligereza que produce el alcohol mezclado con el cansancio de una tarde larga. Pusimos algo en la tele, lo primero que apareció, y sin que nadie lo decidiera terminamos instalados en el sofá: Rodrigo en un extremo, yo en el medio, Valentina apoyada en mi hombro con los ojos ya pesados.

Apagamos la lámpara del salón. Solo quedaba la luz parpadeante de la pantalla.

Valentina trajo una manta del dormitorio porque hacía frío. Nos cubrimos los tres con ella, con esa informalidad que da la confianza de meses compartidos.

Yo estaba a punto de dormirme. La película seguía, pero yo ya no la seguía.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que sintiera la mano.

Fue lento. Una presión sobre mi muslo que empezó suave y fue subiendo con una dirección clara. Abrí los ojos. Valentina tenía los suyos cerrados, la respiración pausada. Dormida.

Miré de reojo hacia Rodrigo. Tenía la vista fija en la pantalla, con esa expresión neutral que puede significar cualquier cosa. La mano no se detuvo.

Esto está pasando.

No dije nada. No aparté la mano. Me quedé quieto mientras notaba cómo la situación me afectaba físicamente, cómo mi cuerpo respondía antes de que yo tomara ninguna decisión consciente.

Rodrigo tanteó el elástico del pantalón, se abrió camino dentro y me envolvió con la mano. Ya estaba duro. Empezó a moverla despacio, con una calma que me resultaba increíble dado lo que estaba ocurriendo.

Cerré los ojos.

El placer era real y concreto, y estaba mezclado con algo más difícil de nombrar: la conciencia de que quien me hacía eso era mi amigo de quince años, en el sofá de mi salón, con mi pareja dormida a treinta centímetros.

Me giré hacia Valentina y la besé en el cuello. Ella murmuró algo y se movió levemente. La besé en la boca. Respondió todavía a medias dormida, con ese automatismo del cuerpo que reacciona antes que la mente.

—¿Qué hora es? —dijo sin abrir los ojos.

—Tarde —respondí, y la seguí besando.

Deslicé una mano bajo su camiseta y la encontré cálida. Sus labios empezaron a responder con más convicción. Rodrigo seguía con la mano en mí, mirando lo que pasaba sin interrumpir.

Valentina fue despertando poco a poco. Sus dedos buscaron los míos, los guiaron. Yo moví la mano hacia abajo por su vientre, y cuando llegué donde quería llegar la encontré húmeda. Llevábamos semanas con el ritmo plano de la costumbre, y sin embargo aquella noche su cuerpo no necesitó preámbulos. Empezó a gemir muy bajito. Se quitó la camiseta.

Yo no sabía ya qué parte de lo que sentía era por ella y qué parte era por todo lo demás.

***

No recuerdo con exactitud cómo llegamos al colchón de Rodrigo en el rincón del salón. En algún momento el sofá quedó atrás. La habitación estaba completamente oscura; solo entraba un hilo de luz de la calle por debajo de la persiana.

Valentina se tumbó de espaldas. Rodrigo se puso entre sus piernas antes que yo.

Me quedé un momento mirando, de pie en la oscuridad. Vi cómo se inclinaba sobre ella y la escuché reaccionar con un sonido suave y sostenido. No sé si Valentina era consciente de quién estaba con ella. Quizás no importaba. Quizás la oscuridad hacía que ninguno de los tres tuviera que responder de nada.

Rodrigo se apartó al cabo de un rato y me dejó el espacio libre.

Me coloqué entre las piernas de Valentina y entré en ella. Los dos empezamos a movernos juntos de una manera que hacía mucho no ocurría entre nosotros. La tensión acumulada de toda la noche lo hacía todo más intenso, más urgente. Valentina me rodeó con las piernas.

Entonces noté las manos de Rodrigo en mi espalda.

Bajaron despacio por mi columna. Me separó con cuidado y pasó la lengua por mi ano.

Me detuve en seco durante medio segundo, con todos los músculos del cuerpo en tensión. Luego seguí moviéndome, y la sensación se multiplicó de una manera que no tenía nombre previo para mí. Cada empuje hacia adelante cargaba ahora con dos planos distintos de placer: Valentina delante, Rodrigo detrás. Era demasiado para procesarlo.

Rodrigo dejó de usar la lengua. Sentí su cuerpo pegado al mío, su verga frotándose contra mí desde atrás sin llegar a entrar. No estaba completamente duro. La presión era suficiente. Yo seguí con Valentina sin detenerme.

Después un dedo. Lento, sincronizado con mis propios movimientos: cuando yo empujaba hacia ella, el dedo retrocedía; cuando me retiraba, el dedo avanzaba. Era una coordinación que nadie había planeado y que funcionaba con una precisión que me parecía casi irreal.

Aceleré el ritmo. No aguanté mucho más.

Me corrí dentro de Valentina con una intensidad que me dejó sin respiración durante varios segundos. Caí a un lado, con el corazón golpeándome fuerte y las piernas sin fuerza.

Valentina tardó un momento en moverse. Se incorporó a tientas, buscó su ropa en el suelo oscuro y fue hacia el baño caminando despacio. La puerta se cerró. El sonido del agua.

Me quedé tumbado boca arriba, con los ojos abiertos en la oscuridad.

Rodrigo se acercó en silencio y empezó a limpiarme con la lengua. Fue meticuloso y sin prisa, sin decir una sola palabra, hasta que no quedó rastro de nada.

—Me voy a dormir —dije al aire.

Llegué a la habitación como pude. Valentina ya estaba en la cama. Me tumbé a su lado y me dormí casi de inmediato.

***

El domingo fue diferente.

No hubo tensión abierta, no exactamente. Pero el silencio entre los tres era distinto al de siempre: más cuidadoso, como el silencio que rodea a las cosas que no se nombran porque nombrarlas las vuelve demasiado reales.

Rodrigo se fue antes del mediodía. Desayunamos con una normalidad que los tres sostuvimos con esfuerzo, hablamos de cosas sin importancia, y cuando recogió su bolsa dijo que tenía cosas que hacer. Le acompañé hasta la puerta. No se dijo nada que valiera la pena recordar.

Valentina tardó varios días en preguntarme. No de frente: primero fue una frase suelta, un «aquella noche fue rara, ¿verdad?», dicho mientras miraba por la ventana sin girar la cabeza. Luego otra frase. Luego varios días de silencios que se alargaban más de lo normal.

Yo esquivé todo lo que pude. No mentí exactamente; simplemente no respondí con precisión.

No creo que supiera qué había pasado en detalle. Pero sí que algo había ocurrido, y ese algo la incomodaba aunque no pudiera ponerle nombre. A mí también me incomodaba. Por razones distintas.

Durante casi un mes no hubo contacto con Rodrigo. Yo no llamé; él tampoco.

Cuando retomamos el contacto fue con esa normalidad forzada que adoptan dos personas que han acordado tácitamente ignorar algo. Las visitas continuaron, más espaciadas, con un tono que a veces se notaba y a veces no.

Valentina nunca preguntó directamente. Yo nunca se lo conté.

Hay cosas que ocurren en un momento específico, con unas condiciones específicas, y que después son difíciles de clasificar. No sé si aquella noche fue un error, un accidente o algo que los tres, de alguna manera, habíamos dejado que ocurriera. Lo que sí sé es que el tiempo pasa, y que ciertas noches se quedan pegadas a la memoria con una nitidez que tiene poco que ver con el arrepentimiento.

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Comentarios (6)

Juanpa_92

tremendo relato, me enganchó desde la primera línea hasta el final. de los mejores que lei acá

SilvinaBA

Por favor que haya segunda parte!!! quede con ganas de saber más

RamonLect

me recordo a algo que me pasó hace años... estas cosas pasan mas seguido de lo que uno cree jaja

NestoR_lector

¿y ella se enteró despues? eso es lo que quiero saber

LuciaFdz

increible!! 10 puntos

Partenon

Lo que mas me gustó fue el ritmo, como va creciendo la tensión sin apurarse. Se nota que sabés escribir. Espero el próximo relato.

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