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Relatos Ardientes

Lo que me ofreció la esposa del cónsul

Llevar mi carrera hacia la diplomacia había sido un plan de años. Cuando finalmente conseguí el puesto en el consulado, creía que empezaría despachando papeles y aprendiendo protocolos. Lo que no esperaba era que todo se torcería antes de que terminara mi primera semana.

La encargada de Recursos Humanos, Carmen, me recibió con la eficiencia fría de alguien que ha visto pasar demasiados recién llegados. Sesenta años bien llevados, traje oscuro y la sonrisa justa para el formulario de bienvenida.

—Bienvenido, señor Aldana. Su oficina está en el tercer piso. La doctora Irene lo estará esperando.

Irene era mi nueva jefa. Había llegado al país en misión consular años atrás, se había quedado, y ahora lideraba la oficina de servicio comercial con la autoridad tranquila de quien conoce cada rincón del sistema. Rondaba los cincuenta, pelo castaño cortado a la altura del mentón y una mirada que evaluaba mientras saludaba.

El equipo era pequeño y eficiente. Me presentaron a todos en diez minutos. Creí que tendría una semana entera para entender los procedimientos antes de que me lanzaran al agua.

No fue así.

***

El viernes por la mañana, el cónsul Rodrigo Santillán apareció en la oficina de Irene con el ceño fruncido y una urgencia que cortaba el aire. Cuarenta y cinco años, traje gris marengo, el porte de alguien que ha aprendido a ocupar cada habitación que pisa sin hacer esfuerzo aparente.

—Necesito que resuelvan esto hoy, Irene. Hoy.

En el fondo del problema había una caja de productos gourmet enviada desde Europa en valija diplomática, retenida en el aeropuerto por un permiso fitosanitario que nadie había tramitado a tiempo. Esa noche el cónsul ofrecía una cena de gala en su residencia para cuarenta invitados, y el chef había construido el menú entero alrededor de esos ingredientes.

Irene me miró apenas el cónsul salió.

—Usted tiene contactos en alguna parte, Aldana. Úselos.

Tomás había estudiado conmigo en la facultad y ahora trabajaba en el ministerio que supervisaba los controles de aduana. Lo llamé sin rodeos.

—Tomás, necesito un favor urgente. Hay una caja retenida en el aeropuerto. Valija diplomática, permiso fitosanitario pendiente. Esta noche hay una cena y si no llega, hay quilombo.

—¿Cuándo no? —respondió, con el tono de quien ya sabe cómo termina la historia—. Dame una hora.

La hora se convirtió en dos. A las cuatro de la tarde, Tomás llamó para decirme que el problema había sido un inspector que interpretó los códigos de origen de manera creativa. Con la intervención del jefe de Tomás y la promesa de resolver el malentendido por vías formales, las cajas salieron del depósito y una camioneta refrigerada estaba en camino a la residencia del cónsul.

Llamé a Irene. No estaba en la oficina. Respondió con la voz tensa de quien estaba gestionando cuatro cosas a la vez.

—¿Lo resolviste?

—La camioneta está en camino a la residencia.

Escuché que alejaba el teléfono del oído y le decía a alguien: «Rodrigo, las cajas están llegando.» Después hubo un silencio breve.

—Bien hecho —dijo Irene antes de cortar.

Esa tarde, mientras terminaba de armar una presentación, entró Irene a la oficina. Detrás de ella venía el cónsul Santillán.

—Quería agradecerte en persona —dijo él, con una cordialidad que no sonaba protocolar sino genuina—. Esta noche, a las ocho, en mi residencia. Vestimenta formal.

Se dio vuelta y se fue antes de que yo pudiera responder.

Irene me miró con algo parecido a la advertencia.

—No faltes. Sería peor que si no hubieras resuelto nada.

***

La residencia del cónsul estaba en una zona arbolada al norte de la ciudad. Llegué a las ocho en punto y encontré el jardín trasero convertido en un salón al aire libre: carpa blanca, mesas con manteles de lino, y cerca de cien personas moviéndose entre copas de champán y bandejas de canapés.

El cónsul recibía a los invitados junto a la entrada. A su lado había una mujer que me detuvo la vista sin querer.

Alta, morena, el pelo negro y liso cayéndole hasta la cintura. Un vestido azul oscuro que parecía diseñado para ella, o quizás ella parecía diseñada para el vestido. Era el tipo de presencia que hace que la gente en una sala sienta que alguien importante acaba de llegar, aunque esa persona no haya dicho una sola palabra.

—Señor Aldana, gracias por venir —dijo el cónsul—. Ella es Valentina, mi esposa. Valentina, este es el muchacho que salvó la cena.

Valentina me tendió la mano y sonrió con la seguridad de alguien que no necesita hacer esfuerzos para ser recordada.

—Muchas gracias. Luego hablamos, ¿sí?

Encontré a Irene con su marido cerca del bufé. Hablamos un rato. Me preguntaron si había llegado solo. Les dije que sí. La cena fue exactamente lo que prometían los ingredientes que casi no llegaron: mariscos de primera, vino que no perdonaba y una sobremesa que fue estirándose sola. Era el mejor vino que había probado fuera de una carta de precios intimidantes.

Estábamos en los postres cuando uno de los hombres de seguridad se acercó y me pidió en voz baja que lo acompañara.

Lo seguí hacia el jardín. Más allá de los rosales había una pequeña pérgola con iluminación tenue, y ahí estaba Valentina con cuatro mujeres de su edad, todas elegantes, todas con esa facilidad de las personas que han aprendido a moverse sin esfuerzo en cualquier ambiente.

—Este es el muchacho del que les hablaba —dijo Valentina.

Una de ellas, rubia con cara de pocos amigos, me miró con una sonrisa irónica.

—Si no llegan los mariscos, la cena no es la misma. Tendrías que agradecérselo mejor, Val.

—Eso estoy pensando —dijo Valentina, mirándome de una manera que no era exactamente ambigua.

El grupo se dispersó de vuelta hacia las mesas con sus risas y sus copas, y Valentina me pidió que la acompañara. Caminamos por el sendero de piedra que rodeaba la casa principal hasta llegar a una construcción separada: el gimnasio privado de la residencia.

***

Adentro hacía frío. Valentina abrió la puerta del vestuario y entró primero.

—Cerrá —dijo.

Lo cerré.

Se apoyó contra los casilleros y me miró con esa misma calma de antes, sin apuro, como quien ya sabe el resultado de la conversación.

—Quiero agradecerte como corresponde. Y no me refiero a un discurso.

—No es necesario —dije, aunque mi voz ya no era muy convincente y la polla se me estaba empezando a marcar dentro del pantalón sin permiso.

—¿No te gusto?

No me tomó más de un segundo responder.

—Sos impresionante.

Se acercó y me dio un beso que no fue suave. Fue un beso de lengua, hondo, con hambre, uno de esos que dejan claro desde el primer segundo lo que va a pasar en el próximo. Sus manos fueron directas: una en mi nuca tirándome del pelo, la otra buscando debajo del saco y bajando hasta apretarme la verga por encima de la tela con un movimiento firme, sin pudor, como quien mide lo que va a usar. Yo no me quedé quieto. La agarré por la cintura, sentí el peso firme de su cuerpo contra el mío, y cuando mis manos bajaron hacia sus caderas y más abajo, hasta el culo redondo que se marcaba debajo del vestido, ella soltó un gemido corto contra mi boca y me mordió el labio.

—Así, dale, agarrámelo bien —murmuró—. No tengas miedo.

La besé en el cuello, ahí donde el perfume era más denso, y le lamí la piel hasta la oreja. Ella me aflojó la corbata de un tirón, la tiró al suelo y empezó a desabrocharme la camisa con una concentración que era, en sí misma, obscena, botón por botón, sin apurarse, mientras me miraba a los ojos. Cuando terminó, metió la mano bajo la camisa abierta y me pasó las uñas por el pecho, por la panza, hasta llegar al cinturón. Me lo desabrochó, me abrió la bragueta y me sacó la polla afuera de un solo movimiento.

—Mirá lo que tenés acá —dijo, apretándola en el puño y midiéndola con la mano como si me estuviera evaluando—. Se te va a agradecer bien esto.

La empezó a pajear despacio, con la muñeca floja, mientras seguía besándome. Yo le bajé los tirantes del vestido y encontré unas tetas firmes, más grandes de lo que el vestido dejaba adivinar, con los pezones ya duros y oscuros. Me agaché y le chupé uno, después el otro, mordiéndole apenas y tirando con los dientes hasta hacerla gemir. Ella me metió los dedos en el pelo y me apretó la cara contra sus tetas.

—Chupámelas —jadeó—. Fuerte, así, como estás haciendo.

Le subí el vestido por los muslos, largos y morenos, con la mano abierta y la palma bien pegada a la piel. Le agarré el culo por debajo del vestido, uno en cada mano, y la apreté contra mi verga. Ella se restregaba encima con un movimiento circular de caderas que dejaba en claro que sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

Fue cuando mis manos llegaron más abajo del vestido, buscándole el coño entre las piernas, que sentí algo que no esperaba.

Me detuve.

Valentina levantó la vista y me miró directamente a los ojos, sin esquivar, sin disculparse.

—¿Pasa algo?

—No lo sabía —dije.

—¿Querés irte?

La pregunta era simple. Sin drama, sin presión, sin trampa.

Pensé en lo que tenía delante: una mujer extraordinaria, con la boca todavía roja del beso, las tetas afuera, un cuerpo que me había despertado algo desde el primer momento en que la vi en el jardín, y la única sorpresa real era una polla también dura contra la mía por debajo del vestido, que —considerándola bien— cambiaba menos de lo que había pensado en el primer segundo de desconcierto.

—Para nada —respondí.

Y la besé de nuevo.

***

Le subí el vestido hasta la cintura y le vi por fin lo que escondía: una verga larga, delgada, dura, apuntando hacia arriba y ya con la punta mojada. Se la agarré con la mano, la sentí latir en la palma, y ella cerró los ojos y echó la cabeza atrás contra los casilleros.

—Así, dale, tocámela —jadeó—. Al final te iba a gustar, no me digas que no.

Le empecé a hacer la paja despacio, midiéndole el ritmo, mientras ella seguía masturbándome con una mano y con la otra me guiaba hacia el banco largo del vestuario. Me hizo sentar y se arrodilló frente a mí con una expresión que mezclaba placer y control en partes iguales. Me abrió las piernas, me sacó la polla del pantalón hasta la base, se pasó la lengua por los labios, y me la tragó entera de un movimiento hasta la raíz.

La cabeza se me fue para atrás sola. Sentí la garganta de Valentina apretándome la punta, la lengua envolviéndome, los labios subiendo y bajando por toda la longitud con un ritmo que sabía perfectamente dónde tocar. Sacaba la boca, me escupía encima, me la volvía a meter, mientras me pesaba las bolas en la palma de la mano y me las apretaba con la medida justa. Alternaba: chupada honda hasta el fondo, después vuelta a subir, un beso húmedo en la punta, la lengua girando alrededor del glande, y otra vez adentro hasta ahogarse un poco. Cuando me miraba desde abajo con la polla metida en la boca, con la saliva bajándole por la barbilla, era una imagen que se me quedó grabada como una fotografía.

—Puta madre, Valentina —jadeé—. Cómo la chupás.

Ella soltó una risa corta con la boca llena y aceleró el ritmo. Me llevó al borde en unos pocos minutos, me sintió temblar, y aflojó justo antes de que me viniera. Me pasó la lengua desde las bolas hasta la punta, muy despacio, como cerrando la primera parte del contrato.

—Todavía no —dijo—. Todavía queda mucho.

Cuando finalmente se puso de pie, yo tenía el aliento cortado y la mitad de la ropa en el suelo.

Ella se sacó el vestido por arriba de la cabeza y se quedó completamente desnuda, con la verga tiesa apuntándome, las tetas al aire, y el cuerpo de una mujer que sabía muy bien el efecto que producía. Yo también había dejado de fingir que la sorpresa era algo más que lo que era: una sorpresa, ya procesada, ya superada, y para el caso, aumentando el hambre en lugar de apagarla.

La tomé de los hombros, la giré con cuidado y me puse detrás de ella. Mis manos recorrieron sus caderas, sus muslos, su espalda, ese culo perfecto que me había llamado la atención desde el jardín. Ella apoyó los codos en el banco y arqueó la espalda para presentármelo, con una paciencia que era, en sí misma, una forma de provocación. Le abrí las nalgas con los pulgares y le encontré el agujero, apretado, oscuro, ya latiendo. Le escupí encima y se lo empecé a masajear con el pulgar, empujando despacio, entrando de a poco.

—Metémela ya —jadeó ella—. No me hagas esperar. Me la metés hasta el fondo, ¿entendés? Toda.

Le apoyé la punta de la polla en el culo y empujé. Ella soltó un gemido largo, ronco, que le venía del pecho, y se abrió para dejarme entrar. Empecé despacio, media polla, viéndomela desaparecer entre esas nalgas, después saliendo, después otra vez adentro un poco más, hasta que estuve enterrado hasta las bolas y ella tenía el culo contra mi pelvis. Empecé a moverme, primero con embestidas cortas, después más largas, más profundas, agarrándola de la cintura y estrellándome contra ella con un chasquido de piel contra piel que llenaba el vestuario.

Fue ahí cuando se abrió la puerta.

***

El cónsul Santillán entró sin apresurar el paso. Evaluó la situación en menos de dos segundos —yo con la polla metida en el culo de su mujer, ella doblada sobre el banco, los dos desnudos— y luego, para mi absoluta sorpresa, sonrió.

—Sabía que tardarías, Val —dijo.

—Es que valía la pena tomarse el tiempo —respondió ella, sin moverse, con la voz medio cortada porque yo no había dejado de cogerla mientras hablaban.

Santillán se quitó el saco y lo colgó en un gancho como si fuera lo más natural del mundo. Después se aflojó la corbata, se desabrochó la camisa y empezó a bajarse el pantalón sin apuro.

—Siga, Aldana. No se interrumpa por mí.

No era exactamente lo que uno esperaría de una noche que había empezado con canapés y champán, pero en ese punto yo había dejado de esperar cualquier cosa en particular. Lo que había era esto: Valentina delante de mí, con mi polla en el culo, gimiendo cada vez que le pegaba con las caderas; el cónsul acomodándose desnudo, con la verga afuera, ya media dura, con los brazos cruzados y una copa que alguien había olvidado en el vestuario; y un silencio que no era incómodo sino cargado de algo que prefiero no ponerle nombre.

Continué.

Valentina me guiaba con la voz, con movimientos breves de cadera, con sonidos que no tenían nada de teatro. Me pedía más rápido, después más lento, después que le agarrara el pelo, que le apretara las tetas por debajo, que no me viniera todavía. El cónsul en algún momento dejó la silla y se acercó. Se paró delante de su mujer y le agarró la cara. Le pasó la polla por los labios y ella la abrió sin decir palabra y empezó a chupársela con la misma técnica con la que me había chupado a mí, mientras yo seguía cogiéndola por atrás.

—Así, mi amor —le decía él, agarrándola del pelo con las dos manos—. Mostrale al muchacho cómo la chupás.

La escena era demencial y perfectamente coordinada al mismo tiempo. Valentina apretada entre los dos, la boca llena por delante, el culo lleno por detrás, gemidos ahogados con la verga del marido en la garganta. Cada vez que yo la penetraba fuerte, la empujaba hacia adelante y ella se atragantaba un poco con la polla de Santillán, que soltaba una risa corta y le tiraba del pelo.

Lo que siguió fue una reorganización de posiciones que habría requerido coordinación explícita si no fuera porque los tres encontramos el ritmo de manera casi natural, como si los tres supiéramos de antemano cuál era el lugar de cada uno. En algún momento Santillán se sentó en el banco y ella se le sentó encima, con la polla de él en el culo, mientras yo me acomodaba adelante y le agarraba la verga tiesa con una mano y le empezaba a chupar los pezones. Después me arrodillé y la chupé a ella también, tragándomela como pude, mientras su marido la seguía cogiendo por atrás. Ella se aguantaba las ganas y me tiraba del pelo para que no aflojara.

—Uy, así no aguanto —jadeaba ella, con la voz temblándole—. Así no aguanto nada.

Hay momentos que no se narran bien porque las palabras los aplanan. Pero este los tres los aguantamos con una intensidad que me tenía la piel eléctrica de la nuca hasta las bolas.

Duró mucho más de lo que ninguno de los tres habría anticipado. En un momento el cónsul le pidió que se pusiera arriba de él en el banco, y yo me metí entre las piernas de los dos, y le seguí cogiendo el culo por debajo mientras él le lamía las tetas. En otro momento fui yo el que se acostó en el banco y ella me montó encima, y su marido se paró detrás de nosotros y la agarraba de las tetas por arriba mientras la miraba coger. La verga de Valentina rebotaba contra su propio vientre a cada envión, dura, mojándose sola, sin que nadie se la tocara. Yo se la agarré y se la pajeé al ritmo con el que ella me montaba.

El cónsul fue el primero en aflojar. Se corrió sobre la espalda de Valentina con un gruñido que no tenía nada de diplomático, dejándole chorreando de semen los hombros y la nuca. Se dejó caer en el banco con la respiración cortada.

—Yo ya está, muchacho. No aguanto más —dijo, rendido, con una sonrisa cansada—. Terminala tú.

Valentina me miró por encima del hombro y dijo «ahora vos y yo», y lo que siguió fue diferente: más lento, más concentrado, con una intensidad que venía de algún lugar que no era solo físico. La puse otra vez en cuatro sobre el banco, me arrodillé detrás y le volví a meter la polla en el culo, esta vez con toda la calma del mundo. Empujaba despacio hasta el fondo, la dejaba ahí un segundo, y salía casi entera, para volver a entrar. Ella se agarraba del borde del banco con los nudillos blancos y gemía con la boca abierta contra la madera.

—Así, así, dale así, no aflojes —jadeaba—. Voy a acabar, voy a acabar.

Le agarré la verga por debajo y se la empecé a pajear en el mismo ritmo con el que la cogía. Dos, tres, cuatro embestidas, y ella se sacudió contra mí con un gemido largo y sostenido, corriéndose sobre el banco en chorros que dejaron marca en la madera. Al sentirla apretarse alrededor de mi polla, yo tampoco pude más. Le clavé las caderas hasta el fondo una última vez y me vine dentro con un gruñido que me arrancaba del estómago. Terminé vaciado de una manera que hacía que la palabra «cansado» quedara completamente corta.

Salí despacio y vi cómo el semen le chorreaba a Valentina por el interior de los muslos, mezclándose con el sudor. Ella se dejó caer boca abajo sobre el banco, exhalando largo.

El cónsul, ya rendido en la silla, aplaudió dos veces con una ironía perfectamente calibrada.

—Bien hecho, muchacho —dijo—. Otra vez.

***

A medianoche, el cónsul llamó a su chofer para que me llevara a casa.

Me vestí en el vestuario del gimnasio con la ropa algo arrugada y la cabeza todavía sin terminar de aterrizar. Valentina me dio un beso breve en la mejilla antes de que saliera.

—El lunes hablamos con Rodrigo de lo de la secretaría —dijo.

—¿Qué secretaría?

—Necesito alguien en quien confiar. Alguien que sepa resolver problemas. —Hizo una pausa y me miró con esa calma de siempre—. Y que sepa callarse.

El auto del consulado me dejó frente a mi edificio. Subí, me quité el traje con cuidado de no mirarlo demasiado, y caí en la cama con el único pensamiento de que el lunes iba a ser un día muy particular.

Dormí hasta el mediodía.

Cuando desperté tenía cuatro llamadas perdidas de Irene y un mensaje que decía: «¿Estás bien? Llámame cuando puedas.»

No supe si lo que había pasado la noche anterior era un rito de iniciación, una prueba o simplemente algo que sucedía en ciertos círculos y que yo, hasta esa semana, no había tenido el mapa para navegar.

El lunes lo averiguaría.

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Comentarios(8)

LectorNocturno77

Que relato!! Me engancho desde la primera linea, increible.

Caro_BA23

Por favor necesito una segunda parte. No podes dejarlo ahi, quede con muchas ganas de saber como continua.

TabuFan

Buenisimo!!! Sigue escribiendo.

Fercho_G

Me recuerda a cuando trabaje en algo parecido, ese ambiente de lujo tiene algo especial. Muy bien narrado.

Lorena_256

Me encantan los relatos de confesiones como este, se siente tan autentico. El detalle del jardin crea una atmosfera que pocos logran. Espero que haya mas capitulos, quede con muchas ganas de saber como siguio todo.

HoracioT_lector

Y despues que paso con el consul? jajaja

AndresT_92

Que situacion tan inesperada... bien escrito y con mucho suspenso hasta el final.

PatriQ

Con aduanas yo siempre tengo problemas, pero nunca de este tipo jajaja. Excelente relato.

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