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Relatos Ardientes

Me prostituí por despecho durante mi peor año

Solo un amigo lo sabe, y no porque yo se lo contara. Lo descubrió por casualidad, una noche en que bebimos demasiado y bajé la guardia. Mateo nunca volvió a mencionarlo, ni siquiera cuando se lo conté entero al día siguiente, ya sobrio. Me miró con esa cara que pone cuando algo le supera, y luego cambió de tema. A veces pienso que es la mejor forma de cuidarme: no obligarme a hablar de aquello.

Pero a ti te lo voy a contar entero.

Cuando estaba terminando la carrera, salía con una chica que se llamaba Carolina. Era intensa en la cama de una manera que yo no había conocido antes; le gustaba probar, jugar, no tenía pudor. Hicimos cosas que ni siquiera había imaginado, y por un tiempo pensé que ese sería el modelo de pareja que tendría siempre. Cuando me dejó, le dije que lo entendía, que no me dolía tanto, que estaba bien. Mentí en las tres cosas.

Pasaron tres meses. Tres meses de no comer bien, de mirar el teléfono, de fingir que la vida seguía. Tres meses en los que conté los días sin saber para qué los contaba.

Y entonces la vi.

Fue en un bar del centro, uno al que nunca íbamos juntos. Estaba con un tipo más alto que yo, con barba recortada, riéndose de algo que él había dicho. Tenía una mano apoyada en su pierna y la otra en la nuca de él, como si llevara meses haciendo ese gesto. Lo besó en la boca delante de mí, sin haberme visto. Cuando levantó la cabeza y me reconoció al fondo del local, no apartó la mano del cuello del otro. Solo asintió, una vez, como saludando a alguien que no le importa demasiado.

Salí del bar sin pagar. Caminé tres calles. Vomité contra una pared.

Y luego me emborraché yo solo en una terraza vacía, con esa furia callada de quien ya no quiere arreglar nada.

***

No sé cómo terminé en aquel local. Estaba en una bocacalle estrecha, con una bandera arcoíris descolorida sobre la puerta. Nunca había estado en un bar de ambiente, nunca me había planteado entrar, pero esa noche todo me daba lo mismo. Quería romper algo, y como no quería pegarle a nadie, decidí romperme yo.

Un chico se acercó al cabo de un rato. No me gustaba, ni siquiera estoy seguro de recordar su cara con precisión. Era mayor que yo, con el pelo corto y unos ojos cansados. Me ofreció una copa, le dije que sí. Hablamos cinco minutos de nada. Me preguntó si quería ir a su casa, le dije que sí. No por deseo. Por castigo.

Me la chupó primero, y luego se la chupé yo. Le pedí que me follara. Lo hizo. No disfruté ni un segundo. Pensaba en Carolina, en cómo se había reído en aquel bar, en cómo había dejado la mano en la pierna de aquel hombre como si nunca me hubiera tocado a mí. Cuando aquel chico se corrió, me vestí en silencio y me fui sin despedirme. En la calle volví a vomitar, esta vez de asco hacia mí mismo.

Pensé que sería un episodio aislado. No lo fue.

***

A los pocos días empecé a buscar la forma de seguir haciéndolo, pero cobrando. Si iba a destruirme, al menos quería que pagara la destrucción. No lo voy a justificar mejor de lo que era: quería sentir que mi cuerpo no me pertenecía, que cualquiera podía usarlo, que ya no quedaba nada sagrado en aquello que Carolina había tocado.

Me anuncié en un par de webs. Puse un nombre falso, fotos parciales, sin cara. La primera semana ya tenía clientes.

La realidad fue muy distinta a lo que había imaginado. No vinieron jóvenes guapos en busca de aventura. Vinieron hombres maduros, casados en su mayoría, muchos de ellos sin nada físicamente atractivo. Vinieron solteros que llevaban veinte años escondidos en el armario. Vinieron bisexuales que querían probar lo que su mujer no les permitía. Vinieron parejas que buscaban un tercero al que dirigir como a un actor.

Algunos eran amables, casi tímidos. Otros eran maleducados, exigentes, agresivos en la cama de un modo que rozaba lo desagradable. Aprendí a leerlos en los primeros cinco minutos, a saber con cuál podía relajarme y con cuál tenía que estar atento. Aprendí a fingir entusiasmo sin que se notara que estaba fingiendo. Aprendí también a poner límites: nada sin condón, nunca a domicilios sin dirección comprobada, nunca con alguien que llegara borracho.

En alguna ocasión, las menos, también vinieron mujeres. Casi todas maduras, casadas, aburridas, con maridos que no las miraban hacía años. Con ellas era más fácil, porque casi siempre lo que buscaban era ternura disfrazada de sexo. Pero hubo una clienta que no encajaba con ninguna otra. Y de ella sí me acuerdo de cada detalle.

***

Se llamaba Marina. Tenía veintidós años cuando me contactó. Lo primero que me llamó la atención fue el mensaje: muy escrito, con disculpas, con preguntas concretas. Decía que era virgen, que llevaba meses pensando en hacerlo así, con alguien a quien pagar para no tener que dar explicaciones, ni gestionar después una conversación incómoda, ni sentir el peso de un primer amor que no quería. Me pidió disculpas dos veces por molestarme con algo «tan poco interesante».

Le contesté que no era poco interesante en absoluto. Quedamos para una semana después.

Cuando la vi entrar al hotel donde la había citado, me sorprendió. Era guapa de un modo que ella misma no parecía notar. Tenía el pelo largo recogido en una cola, una camisa sencilla y unas zapatillas blancas. Llegó cinco minutos antes, sentada en el sofá del vestíbulo con las manos juntas sobre el regazo. Cuando me vio, sonrió como si pidiera permiso para sonreír.

—Soy Marina —dijo—. Espero no llegar tarde.

—Llegas a tiempo —contesté.

Subimos a la habitación sin hablar mucho. Ya en el cuarto, me senté en el borde de la cama y le pedí que se sentara a mi lado. Le pregunté si estaba segura. Me dijo que sí, pero le temblaban las manos.

—No tenemos que hacer nada todavía —le dije—. Si quieres, podemos hablar primero. O no hacer nada hoy. Esto lo decides tú.

Asintió. Estuvimos hablando casi media hora. Me contó por qué había llegado hasta ahí. Era muy tímida, le costaba interactuar con chicos, le costaba dejarse tocar por desconocidos en discotecas, le aterraba la idea de que su primera vez fuera con alguien que luego presumiera de ello en un grupo de WhatsApp. Necesitaba un trato profesional, dijo. Necesitaba a alguien que no la conociera y que no fuera a conocerla nunca.

La miré con calma. Le dije que no me iba a comportar como un cliente. La iba a tratar como si fuera mi pareja durante una hora. Me lo agradeció con un gesto que no supe leer del todo.

***

Empecé por las manos. Le acaricié los dedos, los nudillos, las muñecas. La besé despacio, primero en la mejilla, luego en la comisura de los labios, luego en la boca. No tenía prisa. No quería que la tuviera ella tampoco.

La fui desnudando sin desnudarla. Le quité la camisa, le besé los hombros, le besé los pechos por encima del sujetador. Cuando intenté quitárselo, se tensó. Paré. Volví a las caricias. Volví a sus labios. La sentí relajarse otra vez.

Cuando le pedí permiso para bajar, me dijo que sí en voz muy baja. Le bajé los pantalones con cuidado, la dejé en ropa interior, me tumbé entre sus piernas y le besé los muslos por encima de las bragas. Tardé un buen rato antes de quitárselas. Le pregunté otra vez si quería seguir. Me dijo que sí, ahora con más seguridad.

Su sexo era pequeño, de un rosa claro, sin vello. Le pedí permiso para usar la boca y aceptó. Empecé despacio, sin tocarla con la lengua del todo, solo respirando cerca, dejándola sentir el calor. Luego la lamí muy suave, casi sin moverme, hasta que la sentí abrirse. Subí el ritmo poco a poco. La oí respirar más fuerte, la oí soltar algo parecido a un gemido que ella misma no esperaba. Le hice un orgasmo largo, controlado, que la dejó temblando con los muslos cerrados sobre mis hombros.

Cuando subí, la encontré con los ojos cerrados y una sonrisa que no había tenido en el vestíbulo.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Mejor que bien —dijo.

***

Le ofrecí guiar yo lo que faltaba o que ella marcara el ritmo. Me dijo que prefería que la guiara. Le tomé la mano y la dirigí hacia mi sexo. Le enseñé a moverla, a apretar más o menos, a girar la muñeca. Luego, sin presión, le pregunté si quería usar la boca. Me dijo que sí.

Lo hizo con torpeza, claro. Era la primera vez. Pero lo hizo con concentración, como si quisiera aprender en directo, mirándome a los ojos para corregir lo que no iba bien. Le di un par de indicaciones y enseguida le cogió el punto. No me importaba que no fuera técnico. Lo que estaba pasando entre nosotros no tenía nada que ver con la técnica.

Cuando llegó el momento, la tumbé en la cama y volví a comerla un rato más, para asegurarme de que estaba lo bastante mojada. Le puse lubricante con cuidado. Me puse el preservativo delante de ella, despacio, para que viera el gesto. Le pregunté otra vez si quería seguir.

Me dijo que sí.

La penetré muy poco a poco. Le bastó la mitad para resoplar. Paré. Esperé. Le pasé el pulgar por la mejilla. Cuando me lo pidió, seguí avanzando. Tardé varios minutos en estar dentro del todo. Ella respiraba como si estuviera intentando memorizar la sensación.

No fue un polvo de revistas. Fue lento, bastante torpe en algunos momentos, con paradas, con susurros. Le pregunté tres veces si quería que parásemos. Me dijo que no las tres. Cuando empezó a moverse ella, lo hizo con una mezcla de sorpresa y orgullo, como si acabara de descubrir que su cuerpo podía hacer eso.

Antes de terminar, le pregunté dónde quería que me corriera. Lo pensó dos segundos.

—Sobre los pechos —dijo, y se rio bajito de su propia respuesta.

Me retiré, me quité el preservativo y me corrí sobre ella sin brusquedad, intentando no ensuciarle la cara. Después le acerqué una toalla que tenía preparada, la limpié yo mismo y me quedé tumbado a su lado un rato largo, abrazándola sin decir nada. Le besé el pelo. La sentí dormirse cinco minutos contra mi pecho.

Cuando se vistió para irse, me dio las gracias dos veces. Me dijo que no había imaginado que pudiera ser así, que pensaba que iba a sentirse usada y que se sentía exactamente lo contrario. Le contesté lo único que se me ocurrió, que era verdad: que aquella había sido la mejor cita de trabajo que había tenido nunca. No supo si tomarlo en broma. Yo tampoco.

***

No volví a verla. Era la regla, suya y mía. A veces, cuando me cruzo con alguna chica de su edad, pelo largo y zapatillas blancas, me pregunto qué habrá sido de ella. Espero que esté bien. Espero que aquella tarde le haya servido. Estoy casi seguro de que sí.

Aquel encuentro fue un oasis dentro de un desierto largo. Volví a las jornadas de hombres maduros sin atractivo, de casados que querían probar lo que su mujer les negaba, de tipos que llegaban borrachos pretendiendo que les rebajara la tarifa. Aprendí más sobre la condición humana en seis meses de los que aprendería en cinco años de cualquier otra cosa. Aprendí que la mayoría de la gente no busca placer cuando paga: busca permiso. Permiso para ser otra cosa durante una hora.

Lo dejé al cumplir el año. Carolina ya no me dolía. Marina, en cambio, sí me había marcado, aunque de un modo distinto, casi limpio. Me hizo entender que había una manera de cuidar a alguien dentro de un encuentro pagado, y que esa manera no era una excepción rara: podía ser una decisión consciente.

Mateo, mi amigo, lo descubrió un par de meses después de haberlo dejado, leyéndome un mensaje sin querer en mi teléfono. No me preguntó nada. Le conté yo, al día siguiente, todo lo que acabas de leer. Me escuchó hasta el final. Luego me dijo solo una cosa.

—Espero que no vuelvas a hacerlo por las razones por las que empezaste.

No he vuelto a hacerlo. Ni por esas razones ni por otras. Pero, a veces, todavía me pregunto qué habría sido de mí si Marina no hubiera entrado en aquel hotel.

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Comentarios (7)

LectorDeSombras

Que relato tan honesto, increible. De los mejores que lei en esta categoria

confesando_todo

Por favor continua!!! quede con ganas de saber como termino todo eso

PatriNoche

Me llego al alma. Ese tipo de despecho es real y poca gente se atreve a contarlo asi de frente

Mati_cordoba

el despecho nos hace hacer cosas que ni nosotros entendemos jaja pero que relato, me dejo pensando

Julia_BA

Me recorda a un momento oscuro mio tambien. A veces uno hace cosas que no comprende hasta mucho despues. Gracias por compartirlo

noche_loca22

y despues seguiste yendo a ese local o fue una sola vez? me quedo la duda

Pato_Salta

Muy bien escrito, se siente autentico. Espero que publiques mas relatos

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