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Relatos Ardientes

La confesión del viaje a Brasil que me cambió

Decidí irme solo a Brasil después de tres años sin moverme de casa. La separación me había dejado seco por dentro, sin ganas de nada, y un amigo me dijo que un cambio de aires me vendría bien. Reservé dos semanas en un pueblito de la costa de Bahía, sin compañía, sin planes y con el bolsillo lleno.

Los primeros días fueron raros. Caminaba por la playa al amanecer, comía mariscos en cualquier chiringuito y volvía al hotel con el cuerpo cansado y la cabeza dándome vueltas. Buscaba algo y no sabía qué.

Una tarde entré en un bar de la avenida principal, uno con terraza al mar, y pedí una caipirinha. La luz de las cinco golpeaba la madera oscura del mostrador y a mí ya me había entrado ese sopor tibio del calor.

Entonces la vi.

Se llamaba Beatriz y se sentó dos taburetes a mi izquierda. Treinta y tantos largos, piel trigueña, ojos negros y una manera de mover la cabeza al hablar que me cortó la respiración. Pidió una cerveza y miró alrededor con una sonrisa tranquila, como si supiera exactamente para qué estaba ahí.

—¿Te aburres solo? —me preguntó sin rodeos, en un español con acento dulce.

—Más bien me aburría —contesté.

Ella se rio. Tenía una risa ronca, de mujer que ya había vivido lo suficiente como para no perder el tiempo con tonterías.

Hablamos casi una hora. Era de allí, había trabajado en hoteles, ahora se buscaba la vida como podía. En algún momento me dejó claro lo que ofrecía y cuánto costaba. No me molestó. Llevaba años sin sentir que una mujer me miraba como ella me miraba.

—Vamos —le dije—. Si tienes la tarde libre.

—Tengo todo el día y la noche, si me invitas —respondió.

Pagué la cuenta y caminamos juntos los cuatro bloques hasta mi hotel. Ella me llevaba del brazo como si fuéramos novios viejos. La gente nos miraba. A mí, por primera vez en mucho tiempo, no me importó.

***

Cerré la puerta de la habitación y, antes de que pudiera decir nada, Beatriz me empujó contra ella y me besó. Un beso largo, hondo, sin prisa. Olía a coco y a sol y a algo que no supe nombrar entonces y que después me acompañó cada vez que recordaba el viaje.

—Tranquilo —me susurró cuando intenté apresurarla—. Esta noche tú no decides nada.

Me llevó hasta la cama y me hizo sentarme en el borde. Se quedó de pie delante, se quitó la falda y la blusa con una calma que me ponía las palmas húmedas. Llevaba un sujetador color crema y unas bragas del mismo tono, sencillas, sin trampa, y a mí me pareció que ninguna mujer de revista podía con ella.

Se arrodilló entre mis piernas. Me bajó los pantalones despacio, me besó la cara interna del muslo, subió hasta el bajo vientre. Cuando por fin me tomó con la boca, lo hizo sin teatro, sin acelerar, succionando suave y soltando, como si quisiera que entendiera que ahí no se iba a perder ni un minuto.

Cerré los ojos y dejé de pensar. Hacía tanto que no me dejaba llevar así por nadie.

Cuando notó que empezaba a perderme, se levantó, se quitó lo que le quedaba y me empujó para que me tumbara. Se subió encima y bajó despacio, con las manos apoyadas en mi pecho, los ojos clavados en los míos. Empezó a moverse a su ritmo, sin prisa, encontrando el ángulo en cada vuelta de cadera. Tenía los pechos llenos, naturales, y se le movían suaves con cada subida.

—Mírame —me dijo cuando intenté apartar la cara—. No cierres los ojos, mírame.

La miré. Y mientras la miraba se vino encima de mí, despacio, sin grito, solo apretando mucho los labios y agarrándose a mi pecho con las uñas. Yo aguanté, no sé cómo, y dejé que terminara antes de soltarme.

Después se quedó tumbada a mi lado, con la cabeza apoyada en mi hombro, callada un rato largo.

—No eres como los que vienen aquí —dijo al fin.

—¿Por qué?

—Porque me has mirado a la cara.

***

Beatriz se quedó dos noches. Comimos langostinos junto al mar, paseamos descalzos a la luz de las farolas, dormimos abrazados con el ventilador zumbando. Al tercer día, en el desayuno, me agarró la mano por encima de la mesa.

—Tengo que irme un par de días, asuntos míos. Pero no quiero dejarte solo con ese cuerpo entero por descubrir.

—¿Qué cuerpo? —me reí.

—El tuyo. Tú tampoco te conoces, querido. —Sonrió—. Voy a mandarte a una amiga. Confía en mí. Y abre la cabeza.

No entendí del todo lo que quería decir, pero acepté. Esa misma tarde llamaron a la puerta. Eran dos mujeres.

La primera se presentó como Camila. Alta, del nordeste, pelo rizado oscuro, una boca grande y una manera de inclinar la cabeza que ya prometía. La segunda dijo llamarse Yara: más bajita, mestiza, con unos ojos rasgados y una sonrisa muy quieta, como de quien escucha más de lo que habla.

—Beatriz nos mandó —dijo Camila—. Dice que te tratemos bien y que te explique Yara lo que te quiere explicar.

Todavía no sabía dónde me estaba metiendo, pero las dejé pasar.

***

Pedí champán a la habitación, tres copas. Hablamos un rato como si fuéramos amigos viejos, riéndonos de cosas tontas, del calor, de cómo en mi pueblo nadie sabe lo que es una caipirinha de verdad. Camila se fue desnudando casi sin que me diera cuenta, primero los zapatos, después la blusa, como quien se acomoda en su propia casa. Yara se mantuvo más tiempo vestida, observando.

—Ven —me dijo Camila, palmeando el colchón—. Hoy tú te dejas.

Me tumbé entre las dos. Camila me besó largo, con lengua, mientras Yara me iba quitando la camisa y, poco a poco, todo lo demás. Tenían las manos calientes. Las dos sabían cómo acariciar sin hacer cosquillas, presionando justo donde había nudo. Me iba aflojando como un trapo viejo.

Camila se subió encima y me montó como había hecho Beatriz, pero con otra cadencia, más juguetona, riéndose si yo hacía ruido, mordiéndome el labio si me ponía serio. Yara se quedó al lado, primero solo mirándonos y acariciándome el pelo, y de a poco bajando la mano por el pecho, por el vientre, hasta los muslos.

—¿Te puedo enseñar una cosa? —me preguntó al oído cuando Camila ya respiraba fuerte encima de mí.

—Lo que quieras —dije, y lo dije en serio.

Yara sonrió. Se levantó, fue al baño y volvió con una toalla pequeña y un frasco de aceite que sacó de su propio bolso. No dijo nada más. Camila siguió moviéndose suave, manteniéndome al borde sin dejarme caer, mientras Yara se acomodaba entre mis piernas abiertas.

Lo primero fue el aceite tibio en sus manos, frotándome los muslos por dentro, despacio, hasta que se me empezó a olvidar el sitio donde terminaba mi cuerpo. Después subió. Me masajeó el bajo vientre con la palma abierta, presionando profundo, como quien sabe dónde está cada cosa por dentro. Y bajó otra vez, más al fondo, al perineo, justo en ese punto que nunca había sabido que tenía nombre.

Apreté los dientes. No de incomodidad. De sorpresa.

—Tranquilo —murmuró Yara—. No voy a hacer nada que no quieras. Pero respira. Suelta el aire.

Solté el aire. Camila bajó el ritmo encima de mí, casi parándose, y me besó hondo para que me concentrara en su boca y dejara de pensar.

Yara siguió. Con un dedo, despacio, me empezó a recorrer un camino que yo desconocía. No se metió de golpe. Rozó, frotó, masajeó por fuera, esperó a que se me fuera el reflejo de cerrarme. Cuando sintió que ya no me defendía, entró un poco. Solo un poco.

Solté un sonido que no me pertenecía.

—¿Vas bien? —preguntó suave.

—Sigue —contesté sin mirarla.

Empujó un poco más. Encontró algo dentro y, con la yema, presionó con un movimiento pequeño y circular, casi como quien afina una cuerda.

Lo que sentí no se parece a nada de lo que había sentido antes. No era solo placer en un sitio. Era una ola gruesa que subía desde abajo, me llenaba el vientre, me hacía vibrar las piernas. Camila notó el cambio y volvió a montarme con más fuerza, riéndose bajito al ver mi cara. Yara seguía con su ritmo lento y exacto, sumando presión a cada empujón de Camila.

Aguanté lo que pude. Cuando empecé a temblar, los dos movimientos —el de Camila desde fuera, el de Yara desde dentro— se sincronizaron sin que ninguna lo dijera. Yo ya no era el que dirigía nada.

Me corrí con un sonido largo y ronco que me salió del fondo del estómago, no de la garganta. Y siguió. Yara no paró, Camila no se bajó. Me siguió viniendo como si fueran dos olas seguidas, una detrás de otra, hasta que me costó respirar. Cerré los ojos y vi puntos blancos. Tenía la cara mojada y no entendí por qué hasta que noté que estaba llorando un poco, sin aspaviento, como si me hubiera salido eso también junto con todo lo demás.

***

Cuando volví a mí, Camila me tenía la cara contra el pecho, acariciándome despacio. Yara estaba a mi lado, vestida ya con una bata, sirviéndose otra copa de champán.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—No sé —dije—. Sí. Creo que sí.

—Es normal. La primera vez sale así.

Estuvieron las dos hasta el día siguiente. No volvió a pasar nada igual; charlamos, dormimos, desayunamos en el balcón con la fruta que yo mismo había pedido. Cuando se fueron, Yara me besó en la frente como si me conociera de toda la vida.

—Ya no eres el de hace dos días —me dijo.

Y tenía razón.

***

Beatriz volvió la noche siguiente, como si nada. Me preguntó si me había gustado lo que me había mandado. Le dije que sí, sin entrar en detalles. Ella asintió, satisfecha, como quien hace un regalo y sabe que ha acertado.

Pasé el resto de las dos semanas con ella. No he vuelto a verla desde entonces, ni a Camila, ni a Yara. No sé si son sus nombres reales. No sé si querría saberlo.

Solo sé que de aquel viaje volví distinto. Más callado, más entero, menos asustado de lo que mi propio cuerpo todavía podía decirme. Esto que cuento aquí no se lo he contado a nadie en voz alta. Lo escribo porque hay confesiones que se quedan dentro pudriéndose si uno no las saca, y porque a lo mejor alguien que lee esto está, como yo entonces, a punto de subirse a un avión sin saber que vuelve siendo otro.

Y si es así, que vaya. Que se atreva.

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Comentarios (6)

Jinzo87

increible relato!! me dejo con ganas de mas

Viajero_BA

Por favor que haya segunda parte! quede enganchado desde las primeras lineas

Carlos_Mza

Me recordo a un viaje que hice solo hace unos años. Esas semanas lejos de todo te cambian de una manera que es dificil de explicar. Muy buen relato!

Rebe2024

Se hizo cortisimo, queria mas :)

Roxana_M

Una curiosidad: eso paso de verdad o es ficcion? porque suena tan real que cuesta creer

Martin_BA

Buenisimo como lo narraste, se nota que fue algo que te marco de verdad. Las confesiones reales tienen otro sabor. Esperando mas relatos asi!

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