Aquel camionero paró tres tardes en mi parada
Camila lo vio entrar al parador con la última luz de la tarde, cuando el aire empezaba a oler a polvo y a aceite del freidor. Hacía siete años que no se cruzaba con ese hombre, pero la silueta no podía confundirse con ninguna otra. Alto, ancho de pecho, la piel oscura como tierra mojada, una argolla dorada atravesándole el tabique nasal y una cadena gruesa apoyada sobre la camisa estampada. Vaqueros que ajustaban demasiado. Botas de punta cuadrada. Kembo Naluá. El mismo de siempre.
—¿Lo conoces? —preguntó Yael desde la barra, secándose las manos con el delantal de cuadros.
—Lo tengo visto —respondió Camila.
—Mírale el paquete que marca, mujer. Una amiga me dijo una vez que no podía morirme sin haber probado uno así.
Camila no contestó. Conocía esa frase y conocía al hombre. Y conocía la cuenta pendiente que él arrastraba desde aquellos negocios con Heriberto, el ganadero del norte. La historia había terminado mal, y los rumores que circulaban entre paradas de carretera no son de los que se olvidan fácil.
—Tampoco te conviene —murmuró, más para sí misma que para Yael.
—¿Por qué no?
—Porque ese tipo no deja a nadie como lo encuentra.
Yael se rio sin entender, y siguió pasándose la mano por el pelo cada vez que cruzaba con él la mirada. Era un baile viejo y conocido. Camila ya no tenía edad ni energía para detenerlo.
***
El barman llevaba dos semanas con la espalda lesionada. Esa noche solo quedaban Yael en la barra, Camila en la oficina, Leandro en la cocina y dos camioneros que masticaban en silencio una mesa del fondo. Kembo se había sentado junto a la ventana. Removía un café sin probarlo y miraba a Yael cada vez que pasaba.
Cuando dieron las once, cerraron. Camila mandó a Leandro temprano, despidió al otro mesero por horas y se retiró a su pequeño piso en el ala lateral. Sabía perfectamente lo que iba a ocurrir arriba. Sabía que Yael vivía en el altillo desde que ella misma había llegado al pueblo, y sabía que la chica no iba a dejar pasar la ocasión.
Lo que Camila no esperaba era el WhatsApp de las dos y media de la madrugada.
YAEL
Una foto suya, semidesnuda, con un rastro denso atravesándole el cuello y la clavícula. Al lado, sobre las sábanas, un envase vacío de preservativo XL. Al fondo, Kembo dormido bocarriba con la cadena de oro todavía colgada al cuello.
—No me lo creo, Yael —escribió Camila.
—NO ME ARREPIENTO PARA NADA, JEFA. QUÉ GUSTAZO. ESTOS TIPOS SON OTRA COSA.
—Te dije que no.
—DÉJATE DE BOBADAS. TIENES QUE PROBAR ALGO ASÍ ANTES DE MORIR.
Camila apagó la pantalla y miró el techo. Hacía siete años que ella había probado algo así. Solo que en su caso no había sido un buen recuerdo, y la persona que se lo había arruinado todavía vivía a doscientos kilómetros, gordo y satisfecho en su finca.
***
Kembo volvió la tarde siguiente, recién duchado, oliendo a colonia barata y con una camiseta negra ajustada que le marcaba todo el torso. Pasó al lado de Yael sin mirarla. Se sentó en una mesa del rincón y pidió que le sirviera Leandro.
—Hijo de puta —susurró Yael, apretando una bandeja contra el pecho.
—Es como es —respondió Camila.
—¡Ni me ha saludado!
—Ya, Yael. Tampoco te debe nada.
Leandro tenía veintiún años, era flaco como un pajarito y se movía como si tratara de ocupar el menor espacio posible en el mundo. Cara fina, pelo recogido en una coleta, sin un solo vello en la barbilla. Le brillaron los ojos cuando vio el camión aparcado afuera, y por eso le sirvió lento, demorando la cuenta más de la cuenta.
—Bonita máquina —dijo, retirando los platos.
—Scania de setecientos setenta —contestó Kembo, hinchando el pecho—. ¿Te gustan los camiones?
—Mucho.
—No pensaba que a los chicos guapos como tú les gustaran los camiones. Pensé más bien los camioneros.
Leandro se quedó parado con la bandeja en la mano. Tardó tres segundos en recuperar el aire. Cuando volvió a la mesa con el café no dijo nada, pero Kembo sí.
—¿A qué hora sales?
—A las cuatro.
—Te llevo. Vives en Cerros Bajos, ¿no? Da igual. Te llevo.
***
Camila lo vio todo desde la ventana de la cocina. A las cuatro y cinco, Leandro salió con la mochila al hombro y unos pantalones cortos demasiado nuevos. Kembo le abrió la puerta del copiloto con un giro de muñeca chulesco y arrancó haciendo sonar la bocina dos veces.
—¡Lo va a partir en dos! —dijo Yael, asomada al cristal.
—Para esos, cualquier trinchera vale —contestó Camila.
Cuando Leandro volvió al día siguiente, caminaba como si llevara puesto un cilicio. Tardó una hora más de la cuenta en recoger las mesas. Camila no le preguntó nada. Él tampoco habló. Pero a media mañana lo descubrió mirando el móvil con una sonrisa que no le había visto nunca, y supo que también él se había llevado su pedazo de catástrofe.
***
Kembo paró en el parador una tercera vez al cabo de tres días. Era la noche de la fiesta de Cerros Bajos, ese pueblucho de casas bajas y plaza polvorienta donde Camila apenas tenía amigas. Entró con paso largo y mirada de mando, y un par de camioneros viejos murmuraron «ahí está el semental» sin disimular del todo. Le tocó atenderlo a la propia Camila.
—¿El menú?
—No como cerdo.
—Hoy hay pescado, ternera y cordero.
—Pescado.
Cuando ella le llevó el plato, él la miró fijo, con esa media sonrisa que la mujer conocía de antes.
—Te tengo vista —dijo.
—Puede ser.
—De hace mucho. Y con más glamour, creo.
—Puede ser.
—Entonces seguramente Leandro hoy tiene el día libre por preñamiento —se rio.
—No sé. Eso lo sabrás tú mejor. Y, por cierto, en el norte, Heriberto el ganadero te ha estado buscando.
La frase le borró la sonrisa de la cara antes de que pudiera taparla. Tardó un segundo en recomponerse. Camila se dio la vuelta y volvió a la barra sin esperar respuesta.
—¿Qué le has hecho al semental? —preguntó Yael.
—Le he recordado quién manda dónde.
—Pues nos lanza miradas asesinas.
—Que las lance.
Cuando Kembo vino a pagar, todavía tenía la mandíbula apretada.
—Tendríamos que hablar.
—Esta noche hay fiesta —contestó Camila—. Quiero salir.
—Allí estaré.
***
Camila tenía cuarenta y dos años. Pelo oscuro, ojos grandes, un cuerpo que mantenía a base de caminar al amanecer cuando no podía dormir. No había tenido hijos. Llevaba dos años en ese pueblo, dos años llevando un parador de carretera mientras pensaba cada noche en cómo salir de allí. La gente del lugar la consideraba altiva y zorra de cuidado, y probablemente tuvieran razón en lo segundo.
Se puso un vestido negro corto y bajó a la plaza. Había puestos de chocolate y churros, un escenario armado con tablones y una banda local desafinando boleros viejos. Kembo apareció a las once. Su Scania iluminó toda la callejuela cuando aparcó. Caminaba como si la plaza fuera suya. Cuando la vio, le brillaron los ojos. Y a pesar de todo lo que ella sabía de él, a pesar del recuerdo y de la deuda, a Camila también le brillaron los suyos.
Él se colocó al lado de la barra del bar improvisado.
—Por lo que veo, te han contado cosas —dijo.
—Quizás tenemos algo en común.
—¿Mala experiencia con ese hijo de puta?
—Negocios. Las consecuencias se pagaron con carne, sí.
—Y por eso terminaste atendiendo mesas en un sitio así.
—¿Me ves muy vieja?
—Te veo espléndida. Al menos vestida.
Camila le sostuvo la mirada. Pensó por un instante en despedirse, en subir sola al piso y olvidar la noche. Pero también pensó en los siete años. En la noche que cierta cuenta había quedado abierta y nunca llegó a cerrar. En el WhatsApp de Yael de la otra madrugada. En Leandro caminando con dolor. En que tal vez no eran cosas separadas.
—Puedes acompañarme a casa —le dijo—. Mañana sales temprano.
—Veo que lo exiges, ni preguntas.
—No estoy preguntando.
***
El piso de Camila quedaba a tres calles de la plaza. Mientras subían la escalera, la música de la fiesta llegaba apagada por las ventanas. La banda mediocre tocaba un bolero antiguo. Cohetes esporádicos dibujaban relámpagos detrás de las persianas.
Apenas cerró la puerta, Kembo la empujó contra la pared de la entrada y la besó como si llevara meses esperándolo. Ella le mordió el labio inferior por instinto. Le quitó la camisa de un tirón y la dejó caer al suelo. Él le bajó los tirantes del vestido, le sostuvo los pechos en las manos un instante, como si los pesara, y se inclinó a morder uno por encima del sujetador.
—Al dormitorio —dijo Camila.
Él lo cumplió sin discutir.
El dormitorio estaba en penumbra. Camila encendió la lamparilla. Kembo se quitó los vaqueros y se quedó con un bóxer rojo que le marcaba lo que tenía por marcar. Tenía tatuada una serpiente entre los pectorales y una rosa en una de las nalgas. Camila se arrodilló y le bajó el bóxer con los dientes. Le sostuvo los testículos con una mano y, sin dejar de mirarlo, se metió en la boca todo lo que pudo. No era poco.
—Cabrona —murmuró Kembo, agarrándole la nuca con una mano, abierta, sin presionar todavía.
Ella no contestó. Estaba ocupada.
Subieron a la cama. Hicieron el sesenta y nueve un buen rato. Él tenía la lengua larga y sabía exactamente dónde colocarla. Ella tenía dos años de hambre acumulada y, por debajo, siete de rabia callada. Cuando él la puso bocabajo en el borde de la cama, Camila separó las piernas por sí misma. No le preguntó si quería preservativo. Ella no se lo ofreció. Él entró de un solo empuje firme, y a Camila se le escapó un grito que las paredes finas seguro filtraron al pasillo del edificio.
—¡Dame de una vez! —le pidió.
Kembo empezó a embestir con un ritmo que iba subiendo de revoluciones. Las palmadas en la cadera de ella resonaban tan fuerte como los cohetes que estallaban en la plaza. Le agarró el pelo, le tiró la cabeza hacia atrás y la obligó a mirar al techo. El cuerpo entero de Camila temblaba con cada empotrada. Ella gritaba en una lengua que ya no era suya, hecha de sílabas a medio formar y resoplidos. En algún momento perdió la noción del orden, del sitio, del nombre del hombre que tenía detrás. Solo quedaban un pulso animal, una urgencia compartida y la luz parpadeante de los cohetes filtrándose por la persiana.
Camila se corrió primero. Larga, mojada, gritando al techo. Él aguantó dos embestidas más, salió un segundo, escupió en la base de la espalda de ella y volvió a entrar más profundo. Cuando se vino, soltó un bramido grave que le caló los huesos a Camila. Después se quedó quieto, todavía dentro, respirándole el cuello.
***
Quince minutos más tarde, Kembo se vestía en la cocina, con la camisa por fuera, abierta. Mientras se ataba los cordones, la miró desde el umbral.
—Mañana a primera hora paso por el norte. Si tu cuenta con Heriberto sigue abierta, dilo ahora.
Camila lo pensó un segundo. Lo pensó bien.
—Está abierta.
—Entonces algún día, cuando vuelva a la zona, te paso una factura.
—Cuando vuelvas.
Bajó las escaleras sin volverse. Camila lo escuchó arrancar el Scania y hacer sonar la bocina larga, una sola vez, mientras se alejaba hacia la carretera. La plaza seguía con su música cutre. Los cohetes se iban espaciando. En el aire flotaba un olor amargo a pólvora y a humo.
Camila volvió a la cama, se tumbó sobre las sábanas revueltas y esperó a que el cuerpo dejara de latirle. Tardó. Yael le iba a escribir al día siguiente, lo sabía, con la curiosidad mal disimulada de las mujeres que necesitan saber si una compañera ha caído en la misma trampa. Le iba a contestar lo justo. Lo justo y nada más.
Algunas confesiones se cuentan completas. Otras se guardan para el día en que esa cuenta termine de saldarse. Y algunas, la mayoría, no se cuentan nunca.