La madrugada que entré al cuarto de mi hermano
Aquella semana se nos había metido el calor en los huesos. Era enero del año en que cumplí veintidós, y en el barrio ya no quedaba ni una corriente de aire fresca después de las nueve de la noche. Mis padres habían apagado el aire del living para no oírlo zumbar, y la casa entera respiraba ese silencio viscoso que se queda flotando entre las paredes cuando el verano no afloja.
Damián había vuelto a casa por las vacaciones. Llevaba seis meses viviendo en la capital, en un departamento alquilado con dos compañeros de la facultad, y mi madre lo había recibido como si volviera de la guerra. Cocinó milanesas, sacó el postre que él prefería desde chico, y durante toda la cena no le quitó los ojos de encima. Yo lo miré de reojo. Estaba más flaco. La barba un poco más cerrada. Y la voz se le había puesto grave de una manera que no recordaba.
O quizá yo no había prestado atención antes.
Esa tarde, después del almuerzo, lo había ayudado a desarmar unas cajas que había traído del departamento. Cosas tontas: una guitarra que ya no tocaba, libros que no entraban en su biblioteca de allá. Estábamos los dos arrodillados en el piso de su cuarto, ordenando, cuando nuestras manos se rozaron al estirarnos por el mismo cable de auriculares. No fue nada. Un milisegundo. Pero ninguno de los dos retiró la mano enseguida, y ese «no enseguida» se me quedó clavado en algún lugar de la cabeza el resto del día.
Lo recordé en la cama, ya pasada la medianoche, cuando la sábana se me había convertido en un nudo entre las piernas y los grillos del jardín no me dejaban dormir. Lo recordé con una claridad que me molestaba. Como si el calor del verano hubiera hecho transparente algo que llevaba meses, quizá años, escondido en un rincón al que yo nunca había querido mirar de frente. Sin darme cuenta, mi mano ya estaba entre mis muslos, apretando la tela húmeda del calzón contra un coño que latía como un segundo corazón. Estaba empapada. Empapada pensando en mi hermano, y esa certeza me quemó más que el calor de enero.
Me senté en la cama.
El reloj del pasillo marcaba la una y veinte. Mis padres dormían al final del corredor, detrás de su puerta cerrada, y la única luz que se filtraba era la del aviso del semáforo de la esquina, que entraba por la persiana entrecerrada y dibujaba franjas amarillas sobre las baldosas.
Me dije que iba a la cocina por agua.
Es lo que se dice una cuando ya sabe perfectamente adónde está yendo y necesita una excusa interna que la deje seguir moviéndose. Bajé los pies al suelo. El piso estaba frío contra el calor que tenía encima, y eso bastó para que el cuerpo terminara de despertarse. Caminé descalza por el pasillo, despacio, evitando las dos baldosas que crujen cerca del baño porque mamá las marcó hace años con una pequeña cruz de cinta azul.
La puerta del cuarto de Damián estaba entreabierta. Apenas un dedo, lo justo para que el aire circulara. Una invitación involuntaria. O eso quise creer.
Empujé sin hacer fuerza.
La penumbra se abrió delante de mí como un agua tibia. Él dormía de lado, dándole la espalda a la ventana, con la sábana caída hasta la cintura. La camiseta blanca se le había subido un poco y se le veía la franja de piel sobre la cadera, ese hueco suave donde la espalda baja se curva. La luz amarilla del semáforo le pintaba rayas sobre el hombro. Y más abajo, bajo la sábana, se le marcaba con nitidez el bulto de la polla contra la tela del bóxer, un contorno grueso y evidente que me hizo apretar los muslos parada ahí en el umbral.
Me quedé en el umbral más tiempo del que hubiera reconocido en voz alta.
Si me iba en ese momento, todavía no había pasado nada. Podía cerrar la puerta, volver a mi cuarto, esperar a que el calor del cuerpo se me bajara y a la mañana siguiente reírme sola del impulso. Eso era lo razonable. Eso era lo que iba a hacer.
No me fui.
Entré con esa lentitud absurda con la que se entra a los lugares prohibidos, como si moverme despacio fuera a borrar la responsabilidad. Cerré la puerta detrás de mí con dos dedos, sin que el picaporte hiciera ruido. Me senté en el borde de la cama. El colchón se hundió apenas, y aun así fue suficiente para que él cambiara el ritmo de la respiración.
No abrió los ojos. No se dio vuelta.
Pero supe en ese instante que estaba despierto.
Si está despierto y no me echa, es porque también lo pensó.
Esa idea me golpeó con una fuerza que no esperaba. Me dejó la boca seca. El corazón me empezó a latir en sitios donde no se debería sentir el corazón: en el cuello, en las muñecas, en los pezones que se me habían puesto duros bajo la camiseta, en el coño mojado que ya no podía disimular. Me incliné un poco. Apenas para ver mejor su perfil contra la almohada. Tenía las pestañas largas, igual que cuando éramos chicos. Esa fue la única cosa de la infancia que pensé en ese momento, y enseguida la enterré.
Mi mano se movió sola.
Le toqué el brazo, primero. Apenas un roce con la punta de los dedos, desde el codo hasta el hombro, recorriendo el vello rubio que tenía erizado por la noche. La piel le ardía. Quemaba. Damián no se movió, pero la respiración se le aceleró un escalón. No fue dramático. Fue ese pequeño cambio que solo se nota cuando se está prestando atención al detalle. Yo estaba prestando atención al detalle.
—Damián —dije bajísimo. No fue una pregunta. Fue un anuncio.
Él tardó un segundo. Después se giró lentamente, sin abrir del todo los ojos, y me miró desde abajo, desde la almohada, con esa expresión de alguien que ya sabe lo que está pasando y decide no pelear con eso. Tenía una arruga apenas marcada entre las cejas, como si le doliera estar despierto.
—¿Qué haces aquí? —preguntó. La voz le salió rasposa.
—No podía dormir.
—Vuelve a tu cuarto.
Pero lo dijo sin convicción. Lo dijo como quien repite una frase que sabe que ya no se sostiene. Y mientras la decía, su mano subió y se quedó apoyada en mi muñeca. No me empujó. No me apartó. Me sostuvo.
Me quedé.
El tiempo en esa habitación se volvió raro. Se estiraba entre cada gesto. Me incliné un poco más, apoyé la frente contra la suya y nos quedamos respirando el mismo aire durante lo que pudieron ser diez segundos o diez minutos. Su mano subió por mi brazo, despacio, como midiendo si de verdad estaba pasando lo que estaba pasando. Cuando me llegó al codo, lo apretó, como si confirmara algo.
—Esto no se puede —murmuró.
—Ya lo sé.
—Mañana no vamos a poder ni mirarnos.
—Ya lo sé.
—¿Estás segura?
Esa fue la única pregunta de verdad que me hizo, y la hizo con los ojos. Yo no contesté con la voz. Bajé la cara y le besé el costado del cuello, ahí donde se le marcaba el latido. Lo sentí tragar contra mis labios. Después bajé la mano por su pecho, por el vientre plano, y la metí bajo la sábana. Encontré su polla dura contra la tela del bóxer, gruesa, caliente, palpitando bajo mis dedos. La apreté por encima de la ropa y él soltó un gemido corto, contenido, que le vibró en la garganta contra mi boca.
—Puta madre —susurró—. Puta madre, hermanita, no…
Pero ya estaba abriendo las piernas debajo de la sábana.
Después de eso, dejamos de hablar.
***
Lo que pasó esa noche tuvo una calidad que no se parece a nada de lo que viví antes ni después. No fue impetuoso. No hubo arrebato ni violencia. Hubo una lentitud minuciosa, casi ceremonial, como si los dos supiéramos que cada movimiento era una decisión que íbamos a cargar para siempre, y eligiéramos cargarla con cuidado.
Me acosté de costado a su lado, todavía vestida con la camiseta gris larga y la ropa interior con la que dormía. Él me miró un rato así, sin tocarme, con la mano apoyada en mi cadera por encima de la tela. Como si necesitara darse permiso. Como si comprobara que yo no me iba a echar atrás.
—Empieza tú —dijo. Y entendí lo que me pedía sin que tuviera que explicarlo: que yo siguiera moviéndome. Que la responsabilidad no fuera solo suya. Que hiciéramos esto juntos, paso a paso, sin que después nadie pudiera decir que el otro arrastró.
Le subí la camiseta. Él levantó los brazos. La piel del torso le brillaba apenas por el sudor del verano, y le apoyé la palma abierta sobre el centro del pecho, sintiendo cómo le golpeaba el corazón debajo. Latía rapidísimo. Tanto como el mío. Bajé la mano por el vientre, siguiendo la línea de vello rubio que descendía desde el ombligo, y le enganché el elástico del bóxer con dos dedos. Lo tiré hacia abajo, despacio, y la polla le saltó afuera, dura, marcada de venas, con la punta ya mojada de líquido preseminal que se le había juntado por la excitación. Era más grande de lo que hubiera imaginado nunca, y esa constatación me hizo apretar los muslos con fuerza.
—Dios —susurré—. Damián.
—Tócamela —me pidió con la voz quebrada—. Por favor, hermanita, tócamela.
Le cerré la mano alrededor. Le abarqué el grosor y bombeé despacio, de arriba abajo, sintiendo cómo la piel se le corría sobre esa dureza de piedra. La punta le brillaba mojada bajo la luz amarilla del semáforo. Él dejó caer la cabeza hacia atrás en la almohada y me mordió el hombro para no gritar. Le pasé el pulgar por el glande, esparciendo la humedad que le salía, y él arqueó las caderas contra mi mano.
Después me la sacó él a mí. La camiseta, con las dos manos, con cuidado, como quien desenvuelve algo que se puede romper. Cuando me quedé sin la tela arriba, no me cubrí. No me dio vergüenza. Me dio otra cosa, un peso adentro, una certeza absurda de que estaba haciendo algo que iba contra todo lo que me habían enseñado y que, sin embargo, no me equivocaba. Mis tetas quedaron a la vista, los pezones duros como piedras rosadas apuntándole a la cara, y él se quedó mirándomelas un segundo largo, con una expresión que no le había visto nunca.
—Sos hermosa —dijo—. Sos jodidamente hermosa, no debería estar viéndote así.
—Cállate y chúpamelas.
Se me tiró encima con la boca abierta y me atrapó un pezón entre los labios. Lo chupó con hambre, tirando con los dientes, haciéndome enroscar los dedos en su pelo para pedirle más. Cambió al otro. Los lamió alternando, mordiéndomelos hasta ponerlos casi morados, y yo tuve que morderme el dorso de la mano para no aullar. Sentía cada tirón de sus labios directo en el coño, como si tuviera un cable tendido entre las tetas y el clítoris que él estaba pulsando con la lengua.
Nos besamos por primera vez en serio en ese momento.
El primer beso fue raro. Demasiado consciente. Los dos sabíamos quién era el otro y eso pesaba. Pero después del segundo, después del tercero, pesó menos. Empezó a pesar otra cosa: las ganas. La forma en que me apretaba la nuca para que no me apartara. La forma en que yo le pasaba una pierna por encima de la cadera y lo sentía duro contra mí, contra la tela fina del calzón, latiendo casi con su propio pulso. Nos besamos con lengua, sucio, mezclando salivas, mientras él me metía la mano por dentro del calzón y me encontraba el coño mojado con dos dedos.
—Estás empapada —murmuró contra mi boca—. Puta madre, hermanita, estás chorreando por mí.
—Sí —jadeé—. Sí, para vos, para vos.
Me metió los dos dedos de una vez. Hasta el fondo. Yo arqueé la espalda y me clavé las uñas en el hombro. Empezó a moverlos adentro, curvándolos hacia arriba, mientras con el pulgar me frotaba el clítoris en círculos lentos que me hacían temblar. La cama crujió apenas y los dos nos congelamos un segundo, escuchando. Silencio en el pasillo. Silencio en el cuarto de nuestros padres. Solo los grillos afuera y mi propia respiración que ya no podía controlar.
—Baja la voz —me pidió. Y me di cuenta entonces de que estaba haciendo ruidos sin querer, exhalaciones, pequeños gemidos que se me escapaban por la nariz y que en una casa de noche se escuchan más de lo que parece. Le metí la cara en el hueco del cuello. Mordí la sábana. Lo que hizo falta para no despertar a nadie.
Él siguió metiéndomelos, cada vez más rápido, mientras yo le agarraba la polla y le hacía la paja con la mano llena, apretándosela, girando la muñeca en la punta como me habían enseñado que a los hombres les gusta. Damián respiraba como si le doliera. Me mordía la clavícula. Me susurraba porquerías al oído.
—Qué apretado lo tenés, hermanita. Qué caliente. Se me va a partir la polla adentro tuyo.
—Sacame el calzón —le pedí—. Sacámelo ya.
Me lo bajó por las piernas de un tirón silencioso. Yo pateé la tela hasta el fondo de la cama y quedé desnuda, abierta, con las rodillas separadas, ofreciéndole el coño a mi propio hermano bajo la sábana pegajosa del verano. Él se puso de rodillas entre mis piernas y se me quedó mirando ahí abajo, respirando por la boca.
—No te voy a poder mirar mañana —dijo.
—Mañana es después. Cogeme.
Pero no me cogió enseguida. Bajó la cabeza y me pegó la boca al coño. Directo. Me dio un lametón largo, de abajo hacia arriba, terminando con la lengua enroscada alrededor del clítoris, y yo tuve que taparme la boca con las dos manos para no gritar. Empezó a chupármelo. Me lamió las labias, me metió la lengua adentro, me succionó el clítoris entre los labios como si fuera un caramelo. Le agarré el pelo con las dos manos y le apreté la cara contra el coño, moviendo las caderas contra su boca, follándole la lengua sin ningún control.
—Así, así, no pares, hermanito, no pares.
Me lo comió hasta que sentí el orgasmo subiéndome desde los talones. Cuando estaba por venirme, subió la cara empapada de mí y se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Todavía no —dijo—. Quiero que te vengas con mi polla adentro.
Se acomodó encima de mí. Me abrió las piernas con las rodillas, me agarró la polla con la mano y me la pasó por los labios del coño, arriba y abajo, empapándola en mi humedad. La punta se enganchó en la entrada y él se quedó ahí, presionando apenas, mirándome a los ojos.
—Última chance —susurró—. Si entro, ya no hay vuelta.
Le clavé los talones en las nalgas y lo empujé adentro.
Me la metió entera, de una embestida, y los dos ahogamos el grito contra la boca del otro. Se me abrió el coño alrededor de esa polla gruesa de mi hermano y sentí cómo me llenaba hasta el fondo, hasta un lugar donde nunca me había llegado nadie. Damián se quedó quieto adentro, temblando, con la frente apretada contra la mía.
—Puta madre —jadeó—. Puta madre, mi hermanita. Me la comés toda.
—Movete —le pedí—. Cogeme, Damián, cogeme fuerte.
Empezó a embestir. Despacio al principio, midiendo el crujido del colchón, marcando un ritmo que no llegara al pasillo. Sacaba la polla casi entera y la metía de vuelta con un empuje sordo que me sacudía las tetas contra su pecho. Yo le rodeé la cintura con las piernas y le clavé los talones para pedirle más. Él aceleró. La cama empezó a moverse apenas contra la pared y él me tapó la boca con la palma cuando yo no pude más.
—Callate, callate, callate —me susurraba pegado al oído mientras me la clavaba—. Van a oír, hermanita, van a oír cómo te cojo.
Le mordí los nudillos. Le clavé los dientes en la palma para no gritar el orgasmo que ya me estaba subiendo. Damián me la metía con golpes secos, midiendo, controlando, pero cada embestida me pegaba en un punto que me hacía ver blanco. Cambió de posición sin sacármela. Me puso de costado, me levantó una pierna sobre su hombro y me la clavó desde atrás mientras me chupaba las tetas de nuevo. En esa posición me tocaba más adentro y yo empecé a temblar sin control.
—Me vengo —le gemí en el oído—. Damián, me vengo, me vengo.
—Vení, hermanita. Vení en mi polla. Vení para tu hermano.
Me corrí en silencio, con la boca contra su hombro, mordiéndole la carne con los dientes. Sentí el orgasmo estallarme desde el coño hacia todos lados, largo, denso, apretándomele alrededor de la polla en oleadas que le arrancaron un gruñido contenido. Se me contrajo todo por dentro. Me temblaron las piernas. Le empapé la verga con el chorrito tibio que se me escapó.
Él aguantó un rato más, embistiéndome mientras yo bajaba del orgasmo, hasta que se le quebró la voz.
—Me voy a venir —dijo—. Sacámela, no puedo…
—Adentro no —susurré—. Adentro no, en la boca, dámela en la boca.
Salí de abajo suyo con el corazón pateándome en las costillas. Me tiré boca abajo entre sus piernas y le agarré la polla con las dos manos. Estaba brillante, empapada de mí, gruesa y a punto de reventar. Le hice la paja rápido, con la boca abierta encima del glande, y él se sentó apoyado en los codos, mirándome hacer, con la mandíbula apretada para no gemir. Le lamí la punta. Le chupé la corona. Me metí la mitad de la polla en la boca y le enrosqué la lengua alrededor mientras seguía haciéndosela con la mano.
—Ahí va —jadeó—. Ahí va, hermanita, tragátela.
Se le contrajo el vientre y me llenó la boca de un chorro caliente y espeso, después otro, después otro. La corrida me golpeó contra el paladar, me llenó la lengua, me chorreó por la comisura. Me tragué todo lo que pude sin dejar de mamársela, sacándole hasta la última gota, hasta que él se dejó caer de espaldas jadeando bajito y me apartó la cabeza porque ya no aguantaba la punta sensible.
Subí gateando por su cuerpo. Le mostré la lengua manchada de él antes de tragar el resto. Damián me miró con algo que no era hermano en los ojos.
—Estás loca —susurró—. Estás loca y no quiero que pares.
Nos quedamos así, los dos de costado, mirándonos, durante un tiempo difícil de medir. Él me acariciaba el pelo de una forma que no era de hermano. Yo tenía todavía su sabor en la boca y el coño latiéndome. Afuera los grillos seguían como si no hubiera pasado nada. Adentro, el aire olía a sudor y a semen y a algo que se había roto para siempre.
—Estás temblando —dijo.
—Tú también.
Me acarició una teta con el dorso de los dedos, distraído, como si ya no supiera cómo tocarme sin desearme. Después bajó la mano al coño abierto y me pasó dos dedos por los labios hinchados, recogiendo la humedad mezclada que me chorreaba entre los muslos. Se los llevó a la boca. Los chupó mirándome a los ojos.
—No me voy a olvidar de esto nunca —dijo.
—Yo tampoco.
***
Volví a mi cuarto cuando empezó a clarear, con el cuerpo todavía caliente, las piernas flojas y una sensación rara, mezcla de alivio y de vértigo, instalada en algún lugar entre el estómago y la garganta. Me metí en la cama. La sábana se me pegó a la espalda húmeda. Entre los muslos todavía sentía el escozor de haber tenido a mi hermano adentro.
No me dormí enseguida. Me quedé con los ojos abiertos, mirando el techo, esperando que llegara algo: el arrepentimiento, la culpa, el miedo. No llegó. Llegó otra cosa. Llegó la certeza tranquila de que acababa de cruzar una línea que no se desanda y que, por primera vez en años, no quería desandarla.
Esa misma mañana, a las nueve, mamá nos llamó a desayunar. Bajé las escaleras con una camiseta vieja y el pelo todavía mojado. Damián ya estaba en la mesa, leyendo una noticia en el teléfono, con la cara recién lavada y una taza de café entre las manos. Cuando me senté frente a él, levantó la vista una fracción de segundo. Solo eso. Una mirada que duró menos de lo que dura un parpadeo.
Pero esa mirada lo dijo todo.
—Buen día —dijo, y siguió leyendo.
—Buen día —contesté, y agarré la jarra de jugo.
Mamá no notó nada. Papá menos. Esa mañana hablamos de la calefacción que se había roto, de un primo que se casaba en marzo, de si había que cambiar la rueda del auto. Cosas normales. Cosas de cualquier desayuno cualquiera.
Y así fue después también, durante todos los días que él se quedó en casa antes de volver a la capital. Hablamos como siempre, comimos juntos, miramos la televisión en el living con mamá entre los dos en el sillón. No nos buscamos otra vez. No hubo segunda noche. Tampoco hizo falta una conversación. Lo que sabíamos lo sabíamos los dos, y con eso bastaba.
Pasaron casi dos años desde aquella madrugada. Damián tiene novia ahora, una chica de su facultad que conoció en una materia de literatura y que vino a comer a casa el mes pasado. Yo me mudé sola a un departamento del centro y estoy saliendo con alguien que no le importa a nadie. La vida siguió, como sigue siempre, sin pedir permiso.
Pero a veces, cuando hace mucho calor en enero y los grillos arman su escándalo en el jardín, me despierto a la una y veinte de la madrugada con la boca seca y el coño mojado. Me siento en el borde de la cama. Me quedo escuchando el silencio de la casa, que ya no es la misma casa, y pienso en aquella puerta entreabierta, en aquella sábana caída hasta la cintura, en aquella polla gruesa que me llenó como nunca me llenó nadie, en aquella mano que me sostuvo la muñeca sin empujarme afuera.
Y entonces me meto la mano entre las piernas, sonrío sola en la oscuridad, y me hago venir pensando en mi hermano.