Mi entrenadora me citó en el vestuario antes de abrir
Eran las siete menos cuarto de un lunes de marzo y el gimnasio aún no había abierto al público. El olor a goma nueva de las colchonetas se mezclaba con el desinfectante con aroma a limón que el equipo de limpieza pasaba antes del amanecer. Solo estábamos la recepcionista del turno matutino, bostezando frente a la pantalla, yo y, claro, Yarissa.
Yarissa Aragones tenía treinta y un años, era dominicana de Santo Domingo Este y, según el ranking interno del centro, era la entrenadora personal con más sesiones reservadas del último trimestre. Medía un metro sesenta y nueve, tenía la piel oscura como caoba pulida, unos pectorales firmes que tensaban el top deportivo color vino y un trasero esculpido que parecía dibujado a propósito sobre los leggings negros. Llevaba el pelo en trenzas largas recogidas en una coleta alta, dos aros dorados pequeños en cada oreja y un tatuaje discreto sobre la costilla izquierda con la frase «Solo Dios sabe». Cuando hablaba, su acento dominicano lo invadía todo, denso y dulce, con un «papi» colado en cada tercera frase.
Yo me llamo Iván, tengo treinta y seis años y volví al gimnasio hace cinco meses, después de un divorcio que me dejó muy mal. Soy consultor financiero, vivo solo en un piso del centro y, antes de empezar las clases con Yarissa, hacía meses que no tocaba a una mujer. La primera sesión la reservé porque mi médico me dijo que necesitaba mover el cuerpo o iba a terminar peor. Las siguientes las reservé por ella.
Aquel lunes era nuestra octava sesión privada. Llegué con la ropa de siempre: camiseta gris ceñida, shorts azul marino, auriculares colgando del cuello y la sensación de que algo distinto iba a pasar. Lo notaba desde la sesión anterior, cuando Yarissa me corrigió la sentadilla con las manos pegadas a mis caderas un par de segundos más de la cuenta. Lo notaba, sobre todo, en cómo sonreía cuando me veía entrar.
—Buenos días, papi —dijo, sin levantar la vista de la tablet donde apuntaba mi rutina—. Hoy vamos directo a la prensa de piernas. Quiero que calentemos fuerte.
—Buenos días, Yarissa.
Caminé detrás de ella hasta la zona de máquinas. Las luces LED zumbaban encima de nosotros y los espejos de pared duplicaban su silueta a cada paso. Me acomodé en la prensa con las piernas en posición y empecé la primera serie. Ella se quedó de pie, observándome con los brazos cruzados.
—Más controlado en la bajada —me dijo—. No me sueltes el peso. Acompáñalo.
Hice tres series sin levantar la vista. En la cuarta, se inclinó delante de mí para corregir el ángulo de mis pies sobre la plataforma. Su trasero quedó a centímetros de mi cara y, con los muslos abiertos por la postura, el calor de su cuerpo me llegó como una bofetada. No pude evitarlo. Bajo el algodón liviano de los shorts se me marcó la erección en cuestión de segundos.
Mierda. Otra vez no.
Intenté incorporarme para taparme con la toalla. Ella se giró despacio, con la sonrisa apenas insinuada, los ojos negros brillando bajo la luz blanca.
—Ay papi, ¿qué tenemos por aquí? —dijo en voz baja, con ese arrastre dominicano que le hacía sonar todo como una caricia—. ¿Tan temprano un lunes y ya estás así? Si apenas hemos calentado…
—Perdón —murmuré, las orejas ardiendo—. No… no lo controlo. Disculpa, Yarissa, de verdad.
Ella negó despacio con la cabeza, sin dejar de sonreír. Se acercó hasta que el top deportivo casi rozó mi pecho. Bajó la voz hasta convertirla en susurro.
—No te disculpes, blanco. A mí me gusta. Me pone bien cachonda saber que te tengo así, todo apretado por una negra dominicana. —Hizo una pausa, me rozó el bulto con el dorso de los dedos, casi sin tocarlo—. ¿Sabes qué? Hoy te voy a dar una clase especial. Una que no aparece en el sistema. Una que solo doy a los alumnos que se portan muy bien… o muy mal. ¿Quieres?
Tragué saliva con dificultad. La cabeza me iba a estallar.
—¿Qué clase es esa?
—Una privada. En el vestuario de mujeres. A esta hora no entra nadie. Allí te enseño a entrenar de verdad, papi. A soltar todo lo que llevas guardado desde hace meses. Sin reglas, sin interrupciones. Solo tú y yo. Pero tienes que decirlo tú. Dime que quieres la clase especial.
El corazón me golpeaba contra las costillas. Asentí antes de pensarlo.
—Quiero la clase especial.
***
Yarissa me agarró de la muñeca y tiró de mí hacia el pasillo del fondo. Me llevó hasta la puerta del vestuario de mujeres, la abrió con su tarjeta de personal, comprobó con un vistazo que estaba vacío y echó el pestillo desde dentro. La luz era cálida, casi dorada. El olor era distinto al de fuera: jabón floral, vainilla del ambientador colgado en una taquilla, una pizca de sudor limpio. Bancos de madera clara, taquillas grises ordenadas en dos filas, espejos largos al fondo y, más allá, las duchas con cortinas blancas medio corridas.
Esto no está pasando. Esto no me pasa a mí.
—Quítate todo —dijo ella, plantada frente a mí—. Quiero verte desnudo antes de empezar.
Obedecí temblando. La camiseta primero, los shorts después, los calzoncillos en último lugar. Me quedé delante de ella con la polla totalmente dura, pegada al vientre, latiendo. Yarissa me miró de arriba abajo sin prisa, como quien revisa una pieza nueva. Asintió despacio.
—Mira lo que me tenías guardado, papi.
Se quitó el top de un solo movimiento y dejó al aire dos pechos grandes y firmes, los pezones oscuros y duros, la piel todavía brillante por el sudor del calentamiento. Después, con la misma soltura, se bajó los leggings y la ropa interior negra hasta los tobillos. Su sexo estaba completamente depilado, los labios gruesos ya brillantes de humedad. Se sentó en el borde del banco y abrió las piernas.
—Arrodíllate, alumno —ordenó—. Primera lección: comer bien. Empieza por aquí.
Caí de rodillas sobre las baldosas frías. La cogí por las caderas y enterré la cara entre sus muslos sin pedir permiso. Pasé la lengua de abajo hacia arriba, entera, despacio, sintiendo cómo se le erizaba la piel. Después me concentré en el clítoris hinchado, lo chupé, lo bordeé con la punta de la lengua, lo solté para volver a tragarlo. Ella me cogió la cabeza con las dos manos y me empujó más a fondo.
—Así, papi… come tranquilo… mete la lengua hasta el fondo… chúpame el clítoris… eso, eso… ahora dos dedos dentro… curva los dedos hacia arriba… toca ahí… ay coño, justo ahí…
Le metí dos dedos sin dejar de lamerla. Notaba cómo su sexo se cerraba alrededor, cómo el muslo derecho le temblaba ligeramente. Yarissa empezó a mover las caderas contra mi cara, sin pudor, marcándome el ritmo.
—Ahora tres —jadeó—. Ábreme bien, papi… mete los tres dedos… eso… métemelos hasta el nudillo…
Cumplí. Tres dedos dentro, lengua girando sobre el clítoris. Ella se mordió la mano libre para no gritar.
—Segunda lección —me dijo cuando recuperó el aire—. El culo. Lámeme el culo también. Quiero sentir tu lengua ahí.
Le levanté las piernas hasta apoyárselas sobre mis hombros y bajé la lengua hasta el ano, presionando la punta despacio, abriéndola. Ella gimió largo, sin disimular.
—Más profundo… méteme un dedo también… despacio… sí, papi… gira el dedo… ahora dos… fóllame el culo con los dedos mientras me sigues comiendo el coño…
Le metí dos dedos con cuidado, los giré, los abrí. Subí otra vez al clítoris. Yarissa se corrió encima de mi cara con un temblor que le sacudió el cuerpo entero, las piernas apretándome las orejas, una oleada caliente bajándome por la barbilla.
—¡Me vengo, cabrón! —gritó en voz baja, ahogada—. ¡Me vengo en tu boca! ¡Trágatelo todo!
***
Tardó un par de segundos en recuperarse. Después me empujó por los hombros, se levantó del banco y me acorraló contra la fila de taquillas. El metal estaba helado contra mi espalda. Yarissa pegó su cuerpo al mío, me besó con violencia y me mordió el labio inferior.
—Tercera lección —susurró—. Follar duro. Date la vuelta.
Me hizo girarme contra el metal y se colocó delante, apoyando las palmas en una taquilla, arqueando la espalda y sacándome el trasero a la altura justa. Me miró por encima del hombro, con las trenzas cayéndole sobre la espalda sudada.
—Métemela en el coño primero. Duro. Quiero sentir cómo me abres entera, papi. Sin miedo.
La penetré de una sola embestida y la sentí entera alrededor: caliente, apretada, todavía contrayéndose por el orgasmo anterior. Yarissa soltó un gemido grave que rebotó en las baldosas.
—Ay coño… eres más grande de lo que me imaginé… sigue así… más rápido, cabrón… fóllame como se folla a una de verdad… ¡rómpeme!
Empecé a embestirla con fuerza, las manos clavadas en sus caderas anchas, las trenzas balanceándose con cada golpe. El sonido de la carne contra la carne resonaba contra el metal de las taquillas. Yarissa empujaba hacia atrás cada vez, los pechos rebotando, los pezones rozando el frío del metal. Me agarré de su coleta y tiré ligeramente para arquearle más la espalda.
—Ahora el culo —me ordenó entre jadeos—. Métela en el culo. Quiero que me duela rico. Escupe primero.
Saqué la polla del coño, escupí en el ano apretado y presioné la punta. Entré despacio, milímetro a milímetro, sintiendo cómo el esfínter se abría a regañadientes alrededor del grosor. Cuando estuve dentro hasta la base, Yarissa soltó un gemido largo y profundo, casi animal.
—Joder… sí… rómpeme el culo, papi… métela toda… dale duro, no te frenes ahora… ¡fóllame el culo como nadie me lo ha follado!
Empecé a moverme con fuerza, alternando empujones cortos y secos con embestidas lentas y profundas. Le pasé una mano por debajo y le froté el clítoris en círculos rápidos. Con la otra le tiré de las trenzas para arquearle más la espalda. Yarissa se corrió por segunda vez en cuestión de minutos: el ano apretándose en oleadas alrededor de mí, una corriente caliente bajándole por la cara interna del muslo, los gritos ahogados contra el dorso de su mano.
—¡Me vengo otra vez! ¡Me vengo con tu pinga en el culo! ¡No pares, papi, no pares!
Aceleré el ritmo. Sentí ese tirón conocido en la base de la columna, el aviso que ya no se podía detener.
—Voy a correrme —jadeé—. ¿Dónde quieres?
Yarissa se separó de golpe, se giró, cayó de rodillas frente a mí y se llevó la polla a los labios sin dudarlo.
—En la cara —dijo, mirándome desde abajo, sacando la lengua—. Píntamela. Quiero ver cómo te corres por mí.
Me masturbé un par de veces más sobre ella. Me corrí en chorros gruesos: en la mejilla, en la nariz, en los labios entreabiertos, en el cuello, deslizándose por las trenzas y la curva de los pechos. Yarissa cerró los ojos, sonrió y se lamió lo que le había caído cerca de la boca.
—Qué rico… qué bueno… papi… ay, qué bueno te corriste…
***
Se levantó con calma, todavía temblando ligeramente. Me cogió del antebrazo y me llevó hasta la zona de duchas comunes del fondo del vestuario.
—Última lección del día, alumno —dijo mientras abría el grifo de agua caliente—. La ducha de cierre. Ven aquí.
El vapor empezó a llenar el espacio en cuestión de segundos. Yarissa se metió bajo el chorro, se dejó empapar entera, dejó que el agua le bajara por la cara y por el pecho y se llevara el rastro de semen. Después me miró y señaló las baldosas a sus pies.
—Arrodíllate aquí, papi. Esta parte es la más privada de la clase especial. Quiero marcarte. Quiero que te lleves algo mío todo el día.
Me arrodillé bajo el agua caliente. Yarissa se colocó delante, abrió ligeramente las piernas, se separó los labios con dos dedos. Su sonrisa era distinta ahora, más calmada, casi cómplice.
—Mira bien lo que te doy al final del entrenamiento. Abre la boca si quieres probar.
Abrí la boca sin pensar. Yarissa relajó el cuerpo y soltó un chorro tibio y dorado directo sobre mi cara, mi pecho y mi lengua. El líquido cálido bajaba mezclándose con el agua de la ducha, deslizándose por mi piel como otra capa más. Ella gemía bajito mientras lo hacía, controlando el chorro, repartiéndolo despacio.
—Así, papi… traga un poquito… siente cómo te marco… eres mío hasta el viernes… qué rico…
Cuando terminó, me miró desde arriba con una sonrisa satisfecha. Cerró el grifo, cogió una toalla limpia de la balda y se secó sin prisa. Se vistió delante de mí mientras yo seguía bajo el agua, todavía temblando, sin saber exactamente qué decir.
Antes de salir del vestuario, se acercó, me dio un beso corto en la frente y me apretó la nuca con una mano.
—Clase terminada, alumno. Lávate bien antes de salir. Y descansa esta semana, porque esta clase no se repite todos los lunes. Para que la valores.
Se fue. La puerta del vestuario se cerró suavemente detrás de ella. Me quedé un buen rato debajo del chorro caliente, con el sabor de Yarissa todavía en la boca, los músculos vibrando, la cabeza completamente hueca. Cuando por fin salí, la recepcionista me saludó como si nada, las luces principales del gimnasio ya estaban encendidas y los primeros usuarios empezaban a entrar con sus mochilas.
Pagué la sesión a la salida, como cualquier otro día. Ella, desde el otro extremo del local, levantó dos dedos en el aire como saludo y sonrió. Caminé hasta el coche con las piernas todavía pesadas, el polo del trabajo pegado a la espalda y la certeza absoluta, sin discusión posible, de que ese lunes a las siete menos cuarto de la mañana algo había cambiado dentro de mí para siempre.