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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mis dos profesoras antes de irse

Me llamo Daniel, tengo 41 años y ahora vivo en Múnich. Lo que voy a contar pasó en Valencia, en el verano de 2002, cuando tenía 18 años recién cumplidos y acababa de aprobar las pruebas de acceso a la universidad. Me había matriculado en Química, mi carrera soñada. Pero esas pruebas las había superado con esfuerzo: las matemáticas y el inglés siempre se me habían atravesado, y para sacarlas adelante necesité dos profesoras particulares durante casi dos años.

Con 18 años yo era el chico más tímido de mi promoción. Nunca había rozado la mano de una compañera, ni por accidente. No iba a discotecas, no salía de fiesta, no me atrevía a sostener una mirada más de tres segundos. Mis amigos bromeaban con que iba a llegar virgen al doctorado.

Mi profesora de matemáticas se llamaba Helena. Tenía 31 años, era rubia, de ojos muy claros, y tenía un pecho enorme que yo no sabía hacia dónde mirar cada vez que se inclinaba sobre mis ejercicios. Cuando me dio la noticia de que se marchaba a Boston a un puesto de investigación, sentí algo entre alivio y pena. Quedamos en que vendría a despedirse a casa el sábado siguiente, antes de coger el vuelo.

Le había comprado un perfume y unos pendientes con mis ahorros del verano anterior. Mis padres habían salido a comer con unos amigos. Yo estaba en el salón cuando sonó el timbre.

—No tenías que haberte molestado —dijo Helena al ver el regalo. Sonrió de un modo que yo nunca le había visto en clase—. Pero yo también te traje algo.

Se desabrochó el pañuelo del cuello.

—Sé que no has parado de mirármelas todos estos meses, Daniel —dijo, sin reproche, casi con ternura—. Así que hoy vas a verlas como Dios manda.

Se quitó la sudadera y debajo apareció un sujetador rosa que parecía aguantar a duras penas. Se lo desabrochó. Y entonces vi por primera vez en mi vida un par de tetas reales, no en una revista ni en una pantalla. Enormes, blancas, con los pezones rosados y duros como piedras. Me quedé sin saber qué hacer con las manos.

—Puedes tocarlas —me dijo, y se acercó.

Las toqué con la torpeza de quien afina un instrumento sin saber leer música. Le pesaban en las palmas, la piel caliente, los pezones clavándoseme en los dedos. Se los pellizqué sin pensar y ella soltó un gemido corto. Le agarré una teta entera con la boca y empecé a chuparle el pezón como si de eso dependiera mi vida. Helena cerró los ojos y me sujetó la nuca. Después de unos minutos, los abrió de golpe, miró hacia abajo y se le escapó una carcajada.

—¿Y eso? —dijo, señalándome la entrepierna.

Yo no me había dado cuenta. Tenía un bulto que tiraba de la tela del pantalón hacia delante. Helena no me preguntó si quería: me desabrochó el cinturón, el botón, la cremallera, y me bajó pantalón y calzoncillo de un solo tirón hasta los muslos.

—Daniel, por Dios, ¿cómo puedes ser tan tímido si tienes esta polla?

Se la quedó mirando un segundo, como quien evalúa un premio, y me la agarró con la mano. Empezó a masturbarme despacio, subiendo y bajando la piel, y con la otra mano me acariciaba los huevos. Yo me apoyé contra la pared porque las piernas se me iban. Se arrodilló delante de mí sin dejar de mirarme, me sacó la lengua y me lamió la punta como si probara un helado. Le vi el hilo de saliva colgando entre su boca y mi glande. Después me la metió en la boca despacio, como quien prueba algo caliente, y bajó hasta la base. La sentí golpearle el fondo de la garganta. Me la sacó, la ensalivó entera con la lengua plana, se la volvió a meter y empezó a mamármela con una cadencia que subía y bajaba, chupando fuerte al retirarse, con las mejillas hundidas, haciendo un ruido húmedo que llenaba el salón.

Lo que sentí no se parecía a nada de lo que había imaginado solo en mi habitación. No era únicamente el placer. Era ver su cabeza moverse entre mis muslos, su pelo rubio cayéndole por la cara, el balanceo de sus tetas gigantes con cada movimiento, los pezones rozándome los muslos cada vez que bajaba. Le agarré la cabeza con las dos manos y ella me dejó hacer: me follé su boca con embestidas cortas, y ella no se resistió, respiraba por la nariz y aceptaba cada empujón hasta el fondo. Eso era el morbo del que hablaban mis amigos, y hasta ese día yo no había entendido a qué se referían.

Estuvo así un rato largo. Se sacó la polla de la boca con un chasquido, escupió sobre el glande y siguió con la mano, mirándome a los ojos. Yo, que solía correrme en cinco minutos cuando estaba solo, no tenía ni la sensación de que fuese a llegar. Helena se incorporó de golpe, con la respiración entrecortada y la barbilla brillante de saliva.

—Me has puesto cachondísima —dijo, y se pasó dos dedos entre las piernas por encima del pantalón para que yo notara la humedad—. Llévame a tu cuarto.

***

En la habitación se puso de rodillas en mi cama y se bajó los pantalones y las bragas de un tirón. Le vi el coño por primera vez: rasurado, hinchado, brillante. Yo tartamudeé que no tenía preservativos.

—Yo me encargo —dijo—. Hoy no pasa nada. Métemela ya.

Le hice caso. Me arrodillé detrás de ella, le agarré una nalga con cada mano y traté de encontrar el sitio a ciegas. Ella misma se llevó una mano por debajo, me cogió la polla y se la guio hasta la entrada. Cuando empujé y sentí cómo se abría, cómo lo caliente que estaba por dentro me apretaba entero, casi me corro ahí mismo. Empecé sin ritmo, sin saber qué hacer con las caderas, con la torpeza absoluta de quien lo hace por primera vez. Me sorprendió todo: que ella gritara —joder, joder, sigue, sigue así— como si yo supiese lo que estaba haciendo, que pasaran los minutos sin que me corriera, que su culo chocara contra mi vientre haciendo un ruido de palmada que llenaba el cuarto, que sus tetas se balancearan colgando debajo de ella con cada embestida. Le tiré del pelo sin darme cuenta y a Helena le dio un espasmo entero.

—Fuerte, más fuerte —jadeaba con la cara contra la almohada—. Rómpeme el coño, Daniel, no seas tímido conmigo ahora.

La agarré por las caderas y empecé a follármela a golpes secos, hundiéndosela hasta los huevos. Cada vez que salía casi entera y volvía a metérsela hasta el fondo, ella pegaba un grito ahogado. Le vi el coño abriéndose y cerrándose alrededor de mi polla, brillante de sus jugos, y me pareció la imagen más obscena y más hermosa que había visto en la vida.

—Para, para, para —me dijo de pronto, jadeando—. Ahora me toca a mí.

Me hizo tumbarme boca arriba. Se subió encima de espaldas a mí, se guio la polla otra vez con la mano y se la clavó de una sola sentada. Se le escapó un gemido gutural. Agarró las sábanas con las dos manos y empezó a moverse arriba y abajo, cabalgándome, dando saltos cortos y luego bajadas lentas hasta el fondo. Yo veía su nuca rubia, su espalda arqueada, sus medias grises hasta medio muslo, su culo blanco tragándose mi polla entera cada vez que se sentaba, y los espejos del armario devolviéndome la escena triplicada: sus tetas colgando, su cara concentrada, mi polla entrando y saliendo brillante. Empezó a tocarse el clítoris con dos dedos sin dejar de moverse. Era demasiado. Cuando le avisé de que me iba a correr, me dijo, todavía sin parar:

—No, espera. Quiero probarlo.

Le dio tiempo a darse la vuelta, arrodillarse entre mis piernas y abrir la boca. Le acerqué la polla y ella la agarró con las dos manos y me la sacudió con fuerza, con la lengua fuera, esperando. Pero fue tanto que se le escapó por las comisuras: el primer chorro le dio en la mejilla, el segundo en la lengua, el tercero le resbaló por el cuello y aterrizó sobre uno de sus pechos. Se lamió lo que le llegaba a la boca sin dejar de bombearme la polla hasta que ya no salía nada.

—Madre mía, Daniel —se reía, con un hilo de semen colgándole del pezón—. Aguantas como un campeón y descargas como una manguera. Mira que llegas tarde a esto.

Se vistió sin limpiarse. Se subió las bragas, los pantalones, el sujetador y la sudadera por encima de lo que le había caído.

—Me lo llevo así puesto a Boston —dijo—. De recuerdo.

No me besó en ningún momento. En la puerta se giró.

—Empieza a salir, Daniel. Ya no tienes excusa.

Y se fue. No volví a verla. Hoy es una dermatóloga conocida en Estados Unidos. Aunque haya vuelto a España alguna vez, no me ha buscado, ni yo a ella. Es un recuerdo, y los recuerdos hay que dejarlos donde están.

***

Dos días después fui a despedirme de Chiara, mi profesora de inglés. Era italiana, de Turín, y también se marchaba: tenía una oferta para volver a su ciudad. Tenía la misma edad que Helena, 31, pero era otra clase de mujer. Más alta, más delgada, con la boca muy grande y unas piernas larguísimas que siempre llevaba al aire bajo unos vestidos que parecían pensados para hacerle perder la concentración a un alumno de 18 años.

Le llevé un perfume y un colgante. Ella me los agradeció, me hizo pasar al salón y, sin más preámbulo, me dijo:

—Tengo una mala noticia y otra buena. La mala ya la conoces: me voy. La buena te la voy a enseñar.

Me dio un beso pequeño en la boca. Después otro, más largo, metiéndome la lengua hasta el fondo. Después su mano subió por mi pierna hasta la bragueta y me apretó la polla por encima del pantalón. Aquel día estaba tan caliente la casa que las paredes parecían sudar y ella, en lugar de abrir las ventanas, me fue desnudando despacio, sin parar de besarme.

—Hoy te voy a enseñar dos cosas —me dijo al oído, mordiéndome el lóbulo—. A saber si una mujer tiene ganas de ti. Y a follártela cuando las tiene.

Me sentó en una silla de madera, se quitó el vestido por la cabeza y no llevaba nada debajo. Tenía las tetas más pequeñas que Helena pero los pezones oscuros y muy largos, y entre las piernas un triángulo de vello negro perfectamente recortado. Se acomodó frente a mí, subió los pies al borde de la silla, se abrió el coño con dos dedos y me lo enseñó por dentro, rosa y brillante.

—Mira, Daniel. Esto es una mujer con ganas. Cuando veas esto, no preguntes: come.

Y me guio la cabeza hacia abajo. Me explicó, con una calma que todavía me impresiona, qué tenía que hacer con la lengua y con los dedos. Que empezara por los muslos, sin tocarle el coño, hasta que ella lo pidiera. Que le lamiera los labios enteros, de arriba abajo, y que dejara el clítoris para el final. Que le metiera dos dedos y los curvara hacia arriba mientras le chupaba el capullo. Como si me estuviera repasando un examen. Yo obedecía cada instrucción y ella me corregía en voz baja: —Más despacio. Ahí. Con la punta, no con toda la lengua. Ahora sí, mételos hasta el nudillo—. Dos años de clases de inglés terminaron con la lección más útil que recibí en toda mi adolescencia.

Le noté el coño hincharse contra mi boca, los muslos temblarle a los lados de mi cara, la mano agarrarme el pelo. Cuando se corrió, me apretó la cabeza tan fuerte contra su coño que no podía respirar, y lo dijo en italiano: —Cazzo, cazzo, mi vengo—. Sentí en la lengua cómo se contraía por dentro alrededor de mis dedos. Después me empujó a un lado, se puso de rodillas en la silla con las manos en el respaldo y me ofreció su espalda y su culo respingón.

—Adelante. Y no tan rápido como me imagino que estás pensando.

Me acerqué por detrás y le froté la polla por el coño empapado antes de meterla. Cuando empujé, entró entera de un solo golpe y ella dejó salir un —sì— largo, resbaladizo. La agarré por las caderas, tal y como Helena me había enseñado dos días antes, y empecé a metérsela con calma, midiendo cada embestida. Ella me miraba por encima del hombro con la boca abierta.

—Bravo. Así. Fuerte pero lento. Que se sienta cada centímetro.

Aquella tarde hicimos casi todo lo que cabe en un cuerpo de 18 años recién estrenado. Probó conmigo posturas que yo solo había visto en pantallas: ella encima de espaldas cabalgándome con la mano en mis huevos, ella encima de cara clavándome las uñas en el pecho, ella subida a la mesa del escritorio con las piernas abiertas y yo de pie metiéndosela hasta el fondo, ella boca abajo con una almohada bajo las caderas pidiéndome que le diera azotes mientras la sujetaba por la nuca. Cada palmada le dejaba una marca roja en la nalga blanca y ella gritaba más fuerte. Me hizo escupirle en el coño y frotárselo con el glande antes de metérsela otra vez. Me hizo lamerle un pezón mientras se tocaba el clítoris con mi polla dentro. Cada vez que yo creía que se cansaba, era ella la que me ponía en la siguiente postura, como una directora de orquesta paciente con un alumno torpe.

Cuando le avisé de que iba a correrme, me hizo levantarme y se arrodilló delante de mí. Me agarró la polla con una mano y los huevos con la otra y empezó a mamármela con la boca muy abierta, sacando la lengua entre embestida y embestida. No llegué a meterme del todo en su boca: me corrí antes, sobre su cara, su cuello, su pelo castaño. Un chorro le entró directamente en la boca abierta y ella se lo tragó sin dejar de mirarme. Otro le cayó sobre el labio de arriba y le colgó de la barbilla. Ella se reía, limpiándose con la palma de la mano y chupándose los dedos.

—Esto en Italia se llama tener suerte —dijo.

Había llegado a su casa a las cinco. Salí a las once de la noche. Cuando me despedí en la puerta, sentí que estaba cerrando un país en el que había vivido un día entero.

***

Me equivocaba. Al día siguiente, a las siete y media de la tarde, llamaron al portero. Mis padres habían salido y no volvían hasta las nueve. Por la pantalla vi a Chiara con una gabardina larga.

—Sube —dije, sin pensarlo dos veces.

Cuando se quitó la gabardina en mi habitación, no llevaba absolutamente nada debajo. Solo unos tacones negros y el olor a perfume mezclado con el sudor del verano.

—Mañana cojo el avión —dijo—. Hoy no me vale con un recuerdo.

Aquella segunda vez fue distinta. Se me lanzó encima antes de que yo cerrara la puerta, me metió la mano en el pantalón y me la sacó ya dura. Se arrodilló ahí mismo, en el pasillo, y me la metió en la boca hasta la garganta, agarrándome el culo con las dos manos para clavarse la polla entera. Cuando conseguimos llegar a la habitación, ella ya tenía el coño empapado. Volvió a dirigirlo todo, pero con una urgencia que el primer día no había tenido. Se sentó sobre mí y se movía sin ritmo, buscando el suyo, apretándose el clítoris con la palma. No paraba de tocarse mientras yo la sujetaba por las caderas y le embestía desde abajo. Se corrió una vez encima de mí, mordiéndose el labio para no gritar, y siguió sin sacársela, todavía temblando.

Me hizo tumbarla boca arriba, se abrió de piernas y se llevó las rodillas al pecho para que yo se la metiera todo lo hondo que pudiera. Después me pidió que la pusiera a cuatro patas y le diera fuerte, sin miramientos. —Cógeme del pelo —me dijo, y yo le agarré la coleta y tiré hacia atrás mientras la follaba con toda la fuerza que tenía. Hizo posturas que ahora soy incapaz de recordar bien, porque las hizo demasiado rápido, una detrás de otra, como quien quiere agotar la lista. En un momento me pidió que le metiera un dedo en el culo mientras se la metía en el coño y le noté un temblor distinto, más largo, más ronco. Me hizo terminarle en la cara otra vez: yo de pie contra la pared, ella arrodillada abajo bombeándome con las dos manos y sacando la lengua. Cuando salió el primer chorro le cerró los ojos, cuando salió el último ya lo tenía todo por la barbilla y las tetas. Después se quedó un rato en el suelo de mi habitación, con los ojos cerrados y el semen resbalándole por el escote, antes de incorporarse.

Antes de irse me dejó una tarjeta con su número de Turín y su correo. Me dijo que la llamase si alguna vez pasaba por allí. No la llamé. Tampoco volvió ella. A veces pienso que aquella tarde fue su modo de no irse del todo: dejarme con la sensación de que la vida iba a ser así de generosa siempre.

***

No lo fue, claro. Lo que vino después fueron años normales: novias, errores, distancias, mudanzas. Acabé la carrera, hice una tesis, me ofrecieron Múnich, dije que sí. Aquí llevo doce años. He querido y me han querido. Pero a veces, cuando tengo que explicarle a alguien por qué dejé de ser tímido en aquel septiembre de 2002, no sé qué contestar.

La verdad es esta: dos mujeres que se iban del país decidieron, por motivos que nunca me han contado, que yo no merecía pasar a la edad adulta como había llegado a los 18, sin haber tocado a nadie. Y me regalaron, en una semana, lo que a mis amigos les costó conseguir en años. No creo que lo hicieran por bondad. Creo que cada una, en su despedida, necesitaba algo que solo se podía pedir a alguien que no iba a hablar.

Yo no he hablado en veintitrés años. Ahora lo escribo, con los nombres cambiados, porque ya no queda nadie a quien proteger. Mis padres no leerán esto. Helena tampoco. Chiara, si lo lee, sabrá que se trata de ella. Pero no me dirá nada. Aquellas dos mujeres me enseñaron, entre muchas otras cosas, que el silencio también es una forma de respeto.

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Comentarios(8)

Marcos_S

Increible. De los mejores que lei en mucho tiempo, muy bien contado!!

Rodrigo_LF

Y la otra profesora?? espero que haya segunda parte porque quede con ganas de mas

Pulpo_lector

Jajaja me mato la parte del perfume, que detallazo. Me recordo a una despedida parecida que tuve en la facu... esas cosas no se olvidan

lector77

excelente relato!!!

SantiagoK_77

Helena sabia exactamente lo que queria jajajaja. Muy bueno, se nota que es real

LauraG_75

Me encanto pero no podes dejarnos asi, necesito saber que paso con la otra!

MarceloReader

Lo leí de una sentada sin parar. Tiene ese tono de confesión real que se siente diferente a los inventados. Ojalá subas mas historias de esa epoca, se nota que tenia sus momentos.

Fermín_lector

genail, sigue subiendo relatos asi!!

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