Mi compañera de piso me siguió hasta la rave
Era finales de marzo de 2019, y Madrid empezaba a oler a primavera todas las noches. Llevaba tres semanas sin volver a verlo, desde aquella vez en Mondo, y aunque intentaba mantener la rutina —clases, exámenes, café con leche en el bar de la esquina—, la cabeza se me iba siempre al mismo sitio. A esa polla absurda. A cómo me había abierto contra el lavabo. A cómo había salido del baño con las piernas temblando y la sensación de no ser la misma chica que había entrado.
Mi compañera de piso se llamaba Lucía. Tinerfeña, veinticuatro recién cumplidos, morena del color del caramelo, pelo negro liso casi hasta la cintura, ojos grandes y oscuros que parecían pensar siempre dos cosas a la vez. Era flaca, casi quebradiza: cintura mínima, piernas largas y finas, pechos pequeños que apenas le levantaban la camiseta. Vestía oscuro, holgado, como si quisiera que no se la mirara. Hablaba poco. Observaba mucho. Cuando se reía lo hacía bajito, casi pidiendo perdón. Pero las pocas veces que la había visto soltarse —en una boda, en una fiesta de piso— se transformaba. Había roto con su novio del instituto cuatro meses antes, y desde entonces miraba el móvil más de la cuenta, abría Tinder, lo cerraba, y volvía a su libro.
Aquella noche, en el balcón de nuestro piso de Lavapiés, le solté todo. Sin filtro. Tres botellines de Mahou en la mesa y la verdad sobre la mesa también. Le conté lo del baño. Cómo me había follado la boca. Cómo me había roto contra el lavabo. Cómo había sentido los chorros calientes dentro y había caminado con el muslo pegajoso hasta la parada del autobús nocturno. Lucía me escuchaba con las mejillas encendidas, el labio inferior entre los dientes, los hombros un poco encogidos.
Cuando terminé, tardó en hablar.
—Joder —dijo, mirando el patio interior—. Yo nunca he sentido eso. Ni de lejos.
La miré fija.
—Pues vente esta noche. Hay una rave en un almacén de Vallecas. Dark techno hasta que salga el sol. Si aparece el brasileño, te lo presento. Y si no, nos buscamos la vida.
Se quedó callada un buen rato. Yo me liaba un cigarrillo despacio, sin meterle prisa. El cielo de Madrid estaba naranja por la contaminación. Por fin asintió, sin mirarme.
—Vale. Pero no me dejes sola mucho rato.
***
Nos arreglamos juntas, escuchando música a medio volumen para no despertar a los vecinos. Yo fui directa: body negro de encaje transparente, pezones marcados, piercing del ombligo a la vista, minifalda vaquera deshilachada que apenas me cubría las nalgas, botas altas hasta la rodilla, eyeliner corrido a propósito. Lucía dudó mucho frente al armario. Sacaba prendas, se las colocaba sobre el cuerpo en el espejo y volvía a colgarlas. Al final eligió un vestido negro ajustado pero largo hasta medio muslo, manga larga, cuello alto, con la espalda casi descubierta. Se dejó el pelo suelto, se pintó los labios con un brillo discreto, se puso unos tacones bajos que casi nunca usaba. Cuando se giró para mirarse en el espejo, vi cómo la tela le marcaba los huesos de la cadera y supe que íbamos a romper algo aquella noche.
Cogimos un Cabify hasta Vallecas. La cola del almacén era corta pero intensa: cazadoras de cuero, máscaras, vinilo, cadenas, gente con la cara cubierta y olor a porro mezclado con sudor. Cuando entramos, el bajo nos golpeó en el estómago. Dark techno industrial, kicks que vibraban contra el esternón. La pista era un mar de cabezas oscuras y luces estroboscópicas blancas.
Yo bailé desde el primer segundo. Brazos en alto, caderas sueltas, el sudor empezando a brillarme en el escote. Lucía al principio se quedó dos pasos atrás, moviendo apenas las caderas, observando todo con esos ojos enormes. Pero la música tiene su forma de meterse en el cuerpo, y poco a poco se fue acercando. Al cabo de media hora bailábamos pegadas, su muslo entre los míos, su mano en mi cintura, riéndonos bajito cada vez que cruzábamos una mirada con alguien.
Aitor apareció a los veinte minutos. Madrileño, pelo largo recogido en un moño bajo, tatuajes negros subiéndole por el cuello, unos veintiocho años. Bailaba cerca de mí sin invadirme, rozándome el brazo, midiendo. Le seguí el juego. Lucía dio un paso atrás pero no se fue: se quedó mirando, mordiéndose el labio, con una cerveza en la mano.
Aitor me agarró por la cintura.
—Bailas como si quisieras que te miraran.
—Quiero que me mires —le dije, pegándome más—. Y algo más.
Sonrió, me miró la boca.
—¿Cuánto más?
—Todo.
Le dije a Lucía al oído que volvía en un rato, que se quedara cerca de la barra, que si me necesitaba me silbara o me escribiera. Ella asintió, tensa pero brillante, como si la noche le estuviera enseñando un idioma que no sabía que entendía.
***
Aitor me llevó detrás de unas cortinas de plástico negro, a una zona de sofás viejos forrados con sábanas. Me sentó. Me subió la falda. Me bajó las bragas despacio, mirándome a los ojos como si estuviera abriendo un paquete que llevaba meses esperando.
—Estás empapada —murmuró, metiendo dos dedos.
—Lo sé.
Bajó la cabeza. Lengua plana, ancha, presionando el clítoris en círculos, sin prisa. Me agarré al borde del sofá. Me corrí en menos de cinco minutos, apretándole la cabeza con los muslos, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar. Cuando levantó la cara tenía el mentón brillante y los ojos contentos.
Se puso de pie. Se bajó los pantalones. Polla gruesa, no demasiado larga, venosa, glande grueso. Me la metió en la boca y empezó a moverse despacio al principio, sujetándome la nuca, luego más hondo, hasta que sentí la garganta cerrarse. Me apartó antes de que pasara nada que ninguno de los dos quisiera.
Me puso a cuatro patas en el sofá. Una embestida. Dolió rico, ese dolor que en realidad es alivio. Me folló agarrándome las caderas, golpeando la pelvis contra mi culo con un ritmo seco.
—¿Te gusta?
—Sí…, más fuerte.
Se corrió dentro a los pocos minutos, gruñendo bajo, sin teatro. Cuando salió, me senté un rato en el sofá esperando que las piernas dejaran de temblarme. Me limpié con una servilleta de la barra. Volví a la pista buscando a Lucía con los ojos.
La encontré junto a una columna, con la cerveza casi llena, mirando todo con cara de no saber dónde meterse.
—¿Bien? —preguntó bajito cuando me acerqué.
—Rápido y lleno —contesté, riendo—. ¿Tú?
—Te he estado mirando —admitió, mirando al suelo—. Bueno…, no a ti, pero sabiendo que estabas ahí. Me he puesto fatal.
La abracé y le di un beso en la sien. Olía a su perfume y a humo de tabaco.
***
A las cinco y media de la mañana lo vi. Maycon. En el centro de la pista, bailando con esa soltura animal que ya conocía. Camiseta negra sin mangas, brazos tatuados brillantes de sudor, piel oscura reflejando los blancos de las luces. Levantó la vista como si llevara rato buscando, y se cruzaron nuestras miradas. Sonrió de lado, esa sonrisa torcida que me deshacía siempre.
Se acercó sin prisa.
—Olá, garota. Voltou.
—No podía no volver —contesté, acercándome a su pecho—. Y traje compañía.
Se giró hacia Lucía. La miró de arriba abajo, lento, con la calma de alguien que sabe que no le van a apartar la mirada.
—¿Y tú eres…?
—Lucía —dijo ella, casi sin voz—. La amiga.
Maycon sonrió más amplio.
—Mucho gusto, Lucía. ¿Bailas?
Ella tragó. Miró el suelo.
—Un poco… sí.
La cogió de la mano con suavidad, casi con respeto. A mí de la otra. Nos llevó a un rincón en la parte de atrás del almacén, junto a unas columnas de hormigón, donde el bajo todavía retumbaba pero las luces no llegaban. Pared fría. Humo denso. Olía a sudor, a tabaco, a caucho de cables.
Me besó a mí primero. Profundo, lengua entera, una mano en la nuca y otra en la cintura. Luego se giró hacia Lucía y le levantó la barbilla con dos dedos.
—¿Posso? —preguntó bajito.
Ella asintió, temblando un poco. La besó despacio, exploratorio, dándole tiempo. Lucía gimió contra su boca casi sin querer.
Maycon me miró por encima del hombro de ella.
—Tira o vestido.
Tardé un segundo en darme cuenta de que se lo decía a Lucía. Ella bajó las manos, agarró el bajo de la tela y se la sacó por la cabeza despacio. Quedó en tanga negro y sujetador a juego. Piel morena perfecta, costillas marcándose, un temblor leve en los muslos.
Maycon se bajó la cremallera. Sacó esa polla que yo había recordado durante tres semanas: larga, gruesa, ligeramente curva, venas marcadas, glande oscuro y brillante.
Lucía abrió mucho los ojos.
—Dios —susurró—. ¿Eso entra?
—Vai entrar —dijo Maycon, riendo bajito—. Vem cá.
Me arrodillé yo primero. La lamí despacio, saboreando el sabor salado en la lengua. Lucía se arrodilló a mi lado, dudando. La animé con la mirada. Lamimos juntas: lenguas rozándose alrededor del glande, besándonos sobre la piel caliente. Maycon dejó escapar un gemido bajo.
—Foda-se… as duas… assim mesmo.
Me levantó del suelo, me apoyó contra la pared, me subió una pierna a la altura de su cadera. Entró despacio, esta vez con el cuidado de quien ya sabe lo que provoca. Dejé escapar un gemido largo.
—Otra vez… me partes…
—Aguenta —murmuró—. Aguenta tudo.
Empezó a moverse profundo, sin prisa. Lucía se acercó por detrás, me besó el cuello, me pellizcó los pezones por encima del encaje. Luego se arrodilló entre nosotros y empezó a lamer donde estábamos unidos: mi clítoris, sus testículos, el punto exacto.
—Sabes a los dos —murmuró, con la voz ronca por primera vez en la noche.
Maycon aceleró. Me corrí contra la pared, los muslos cerrándose alrededor de su cadera, mordiéndole el hombro para no gritar.
Cuando me bajó al suelo, tardé un momento en sostenerme.
***
Le tocó a Lucía. La puso a cuatro patas contra la columna, le bajó el tanga hasta los muslos. Se acercó por detrás y se frotó primero, cubriéndose de mí. Empujó despacio, con la mano apoyada en su lumbar.
Lucía jadeó.
—Es… demasiado… despacio…
—Respira —dijo Maycon, entrando milímetro a milímetro—. Vai gostar.
Cuando estuvo dentro del todo, ella soltó un gemido largo, sin filtro, distinto a todo lo que le había oído antes.
—Joder, me llena entera.
Maycon empezó a moverse. Yo me coloqué delante, le metí la lengua en la boca a él mientras la follaba. Luego me senté en el suelo de espaldas a la columna, abrí las piernas frente a ella. Lucía bajó la cabeza y me comió el coño mientras Maycon la embestía por detrás. Cada empujón la hacía gemir contra mí, vibraciones subiéndome por la columna.
—Digam que são minhas. As duas.
—Soy tuya —jadeó Lucía contra mi pubis—. Fódeme más.
Se corrió apretándolo, con un grito ahogado contra mi piel. Maycon aceleró, me miró a los ojos por encima de su cuerpo, y se vació dentro de ella con un rugido bajo.
***
Al final volvimos conmigo. Me levantó del suelo, me sentó en su cadera con las piernas alrededor, me empujó contra la pared y me folló otra vez mientras Lucía, todavía temblando, lamía desde abajo. Me corrí gritando, sin filtro, sin cuidarme de nadie. Maycon se corrió dentro otra vez, chorros calientes desbordando.
Salimos los tres al amanecer, pegados, con la ropa mal puesta y el pelo apelmazado. Caminamos por la avenida vacía hasta que encontramos un bar que abría temprano para los albañiles. Pedimos cafés con leche y tostadas con tomate. Lucía me cogió la mano por debajo de la mesa, sin mirarme.
—Gracias —dijo bajito—, por traerme.
Maycon nos miró a las dos por encima de la taza.
—Próxima vez en mi casa. Cama grande. Sem pressa.
Yo asentí, con el cuerpo dolorido y lleno y la sensación de que aquella primavera de Madrid iba a ser larga.
—Hecho.