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Relatos Ardientes

El comandante que rompió mis votos esa noche

Llevaba seis años en el convento de San Cipriano cuando volví a verlo. Seis años rezando para olvidarlo, ayunando para que el deseo se me secara como una flor entre las hojas de un libro. Seis años fingiendo que mi vocación había sido un llamado del cielo y no una huida.

El convento estaba en la falda de una sierra boscosa, lejos del pueblo más cercano. Las paredes eran de piedra gris y las ventanas tan estrechas que apenas dejaban pasar la luz de la luna. Mi celda tenía un crucifijo, un camastro, un altar pequeño con una vela y una ventana que daba al patio interior.

Aquella noche había estado rezando hasta tarde. Era octubre, y el aire entraba helado por debajo de la puerta. Yo, arrodillada frente al altar, vestía el hábito negro hasta los pies y el velo blanco sobre el cabello castaño. Tenía las manos juntas y los ojos cerrados, pero el rosario me temblaba entre los dedos.

Sabía que él iba a venir.

Me lo había escrito tres semanas antes, en un sobre sin remitente que la madre superiora me entregó sin hacer preguntas. Una sola línea, con letra grande y firme: «En octubre paso por el convento. Espérame». Y yo, en lugar de quemar la carta como hubiera debido, la guardé bajo el colchón y la leí cada noche antes de dormir, mientras entre los muslos se me despertaba una humedad tibia que ningún rezo lograba secar.

La puerta crujió. No tuve que girarme para saber que era él.

—Hermana Lucía —dijo con aquella voz grave que recordaba en cada uno de mis pecados.

Damián entró cerrando la puerta a sus espaldas. Llenaba el espacio. Medía casi metro noventa, ancho de hombros, con un cuerpo macizo de hombre que ha mandado a otros hombres durante demasiados años. Tenía la piel morena, el bigote espeso con algunas canas, los ojos oscuros bajo cejas pobladas. Llevaba el uniforme de gala del partido: chaqueta caqui con botones de bronce, pantalones oscuros y las botas todavía húmedas del rocío del patio.

—Sabía que vendrías —murmuré sin levantarme.

—Y aun así rezas.

—Por las dos cosas.

Damián se rió bajo, una risa que era casi un gruñido. Avanzó tres pasos y se detuvo detrás de mí. Sentí el roce de la tela de su pantalón contra mi hombro, el calor de su cuerpo contra mi nuca cubierta por el velo. Me apoyó una mano grande en la cabeza, sobre el lino blanco, como si fuera un padre bendiciendo a una hija. La mano se quedó allí. No se movió.

Yo cerré los ojos. Que no me toque más, Señor. O que me toque entera de una vez. Pero no esto.

—Levántate —dijo en voz baja.

Me levanté. Cuando me giré hacia él, la diferencia de tamaños me golpeó como las dos veces que lo había visto antes. Yo era pequeña, delgada, con la cintura que él una vez había rodeado con una sola mano y se había reído. Él me miraba desde arriba como si yo fuera una cosa frágil que pudiera romperse de mirarla muy fijo.

—¿Cuánto hace? —preguntó.

—Siete años desde el funeral. Seis años, dos meses y once días desde que entré aquí.

—Los has contado.

—Cada uno.

Me puso dos dedos bajo la barbilla y me levantó la cara. Tenía las manos ásperas, callosas en los nudillos, manos de hombre que ha hecho muchas cosas que no me contaría nunca a una monja. Me miró sin hablar durante mucho rato. Yo le sostuve la mirada porque sabía que si la apartaba, me echaría a llorar.

—Tu boca es exactamente como me la imaginé —dijo.

—Mi boca no ha besado a nadie. Nunca.

—Lo sé. Por eso vine.

Damián me besó.

No fue un beso suave. Fue un beso que llevaba siete años de espera, los suyos y los míos, un beso que olía a tabaco y a ron añejo y al pinar de la subida. Me metió la lengua entera hasta el fondo de la boca, sin pedir permiso, y me la enredó con la mía hasta que dejé de saber respirar. Me agarró de la cintura por encima del hábito y me apretó contra él, y yo sentí lo que el hábito había estado escondiéndome de mí misma todo aquel tiempo: que mi cuerpo todavía sabía exactamente qué hacer con el suyo, aunque nunca antes lo hubiese tocado. Contra el vientre, a través de las capas de lana y algodón, se me clavó la polla dura de Damián, gruesa y caliente incluso por encima de la ropa, y a mí se me escapó un gemido que le fue directo a la boca. Mis manos subieron solas hasta su pecho. Por debajo de la chaqueta caqui, el corazón le latía fuerte y rápido, como el mío.

—No deberías estar aquí —susurré contra sus labios.

—No deberías haberme escrito tampoco.

—No te escribí.

—Me escribiste cada noche, hermana. Yo te oía.

Damián me subió el hábito con una sola mano, arremangándomelo hasta la cintura, y me metió la otra entre los muslos por encima de las bragas gruesas del convento. Ahí paró un instante. Encontró la mancha empapada en el algodón y soltó un gruñido bajo, satisfecho, casi cruel.

—Estás chorreando, hermana. Debajo de todo este luto estás chorreando por mí.

—No hables así, por Dios.

—Voy a hablarte peor, niña. Voy a decirte todo lo que llevo siete años queriendo decirte.

Me apartó las bragas a un lado con dos dedos y me metió uno entero de un empujón. Yo di un salto y me agarré a las solapas de su chaqueta. Nunca me había metido nadie nada, ni siquiera yo misma me había atrevido a hurgarme allí en la oscuridad. El dedo grueso de Damián me abrió por dentro, exploró despacio, encontró un punto que me hizo doblar las rodillas.

—Cerrada como una virgen —murmuró contra mi oreja—. Porque eso eres, ¿verdad? Todavía.

—Sí.

—Dilo bien.

—Soy virgen. No me ha tocado nadie. Solo tú.

—Buena chica.

Sacó el dedo empapado y se lo llevó a la boca delante de mí, chupándolo entero, sin apartar los ojos de los míos. Yo sentí que se me abría un vacío entre las piernas donde había estado su dedo. Lo quería otra vez. Lo quería todo. Lo quería a él entero dentro de mí, aunque me partiera en dos y me condenara para siempre.

Damián se sentó en el borde del camastro. Las cuerdas viejas crujieron bajo su peso. Yo me quedé de pie frente a él, las manos colgando a los lados, el velo todavía perfectamente puesto y el hábito bajado otra vez, como si nada hubiera pasado. Él se quitó la gorra y la dejó en el suelo. Después me hizo un gesto con un dedo: ven aquí.

Me arrodillé delante de él. La piedra del suelo me dolía en las rodillas a través del hábito, pero no me importó. Damián me acarició el velo con una ternura que me desarmó.

—No te lo voy a quitar —dijo—. Quiero recordarte así. De rodillas y con el velo, mamándome la polla como la monja más puta del mundo.

Me temblaron los dedos al oír aquella palabra en su boca. Pero no aparté la cara. Le desabroché el cinturón con dedos torpes. Llevaba toda la vida sin desabrochar nada que no fuera mío y, aun así, las manos sabían. Le bajé los pantalones hasta las rodillas y la ropa interior de algodón, y él apareció ante mí, ya despierto, grueso, oscuro como toda su piel, con las venas marcadas a lo largo del tronco y el glande ancho y brillante de una gota que le colgaba de la punta. Lo miré un segundo y se me llenaron los ojos de lágrimas que él no entendió.

—No llores, niña —dijo bajito.

—No es de tristeza. Es de no poder creérmelo. Es de que es más grande de lo que había rezado.

—¿Rezabas por esto?

—Rezaba por esto. Cada noche. Perdóname.

—Perdonada.

Lo tomé con la mano y bajé la cabeza. Le besé primero la punta, despacio, como a algo sagrado, y probé aquella gota espesa y salada que me dejó la lengua ardiendo. Damián cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Le oí soltar el aire entre los dientes.

—Hermana… —dijo, y la palabra se le partió en la garganta.

Le lamí toda la polla desde la base hasta el glande, despacio, aprendiendo cada vena con la lengua. Le besé los cojones pesados, uno y otro, y me los metí en la boca por turnos porque él, con la mano encima del velo, me guió hasta allí sin decir palabra. Damián respiraba fuerte, con la boca abierta, y de vez en cuando dejaba caer una palabra sucia entre dientes que a mí me apretaba algo en el vientre.

—Ábrela más, niña. Mételo entero. Toda esa boca de virgen para mí.

Lo tomé en la boca. Despacio al principio, después con más confianza, dejando que el ritmo lo marcara la respiración de él. Una mano subía y bajaba con mis labios, la otra se la apoyé en el muslo grueso, sintiendo cómo se le tensaba bajo la tela. Damián me puso la mano sobre el velo. No me apretó, no me forzó todavía. Solo me acarició la cabeza como se acaricia a algo que se ama y se sabe que se va a perder.

—Despacio… así, niña… —murmuró—. Aprende sin prisa.

Me atreví a bajar más. La punta me tocó el fondo de la garganta y me hizo toser. Se me saltaron las lágrimas y me chorreó saliva por la barbilla hasta caer sobre el hábito negro, pero no me aparté. Volví a bajar. Y otra vez. Damián soltó un juramento en voz baja y me apretó el velo con más fuerza.

—Joder, hermana. Joder. Quién iba a decir que Dios había guardado esa boca para mí.

Yo estaba empapada bajo el hábito negro. No me había tocado, no me hacía falta. La voz de Damián, las manos de Damián en mi velo, el sabor a sal y a piel que me llenaba la boca: aquello era suficiente. Apreté los muslos y sentí cómo el coño me palpitaba a solas contra la tela áspera. Bastó con eso. Con eso y con el gusto amargo de él en la lengua. Cuando él tensó las piernas y me apretó un poco más fuerte la cabeza, guiándome, marcándome el ritmo por primera vez, supe que estaba a punto. Yo también lo estaba, sin que nadie me hubiera tocado, solo con el roce de mis muslos cerrados bajo el hábito y los pezones duros contra el lino del camisón interior.

—Trágatelo, niña —jadeó—. Todo. No se derrama nada.

Damián gimió grave, profundo, un sonido que rebotó en las paredes de piedra y que yo escondí dentro del velo como si pudiera apagarlo. Su polla se hinchó una última vez contra mi lengua y estalló. El primer chorro me golpeó el paladar caliente y espeso, el segundo la garganta, y yo tragué obediente, tragué todo lo que pude, mientras seguía chorreándome por las comisuras. Su calor me llenó la boca y la garganta. Yo lo recibí entero, sin apartarme, mientras mi propio cuerpo temblaba como un junco. Apreté los muslos, mordí el labio inferior para no gritar, y me corrí allí de rodillas, con la boca llena de él y sin haberme tocado ni una vez. El coño me latía dentro del hábito como un segundo corazón. La vela del altar pareció oscilar.

Después hubo un silencio largo. Damián respiraba con la cabeza hacia atrás. Yo tenía la frente apoyada en su muslo, los ojos cerrados, todavía temblando, con un hilo blanco escapándoseme por la comisura que me limpié con el dorso de la mano y me chupé sin pensar.

—Ven aquí —dijo al fin, con la voz ronca.

Me hizo levantarme y me sentó sobre sus rodillas como si fuera una niña. Me besó la frente por encima del velo, después la nariz, después los labios. No le importó el sabor. Me chupó la boca despacio, buscándose a sí mismo en mi lengua, y gimió bajo cuando me encontró.

—Todavía no he terminado contigo, hermana —murmuró contra mi oído—. Esto ha sido solo para calmarme. Ahora te voy a comer entera antes de meterme en ti.

***

—¿Hay agua caliente en este sitio? —preguntó.

—Hay un lavabo al fondo del corredor.

—¿Pasa alguien a estas horas?

—Nadie pasa por aquí desde maitines.

Me llevó en brazos hasta el lavabo común, sin importarle que yo todavía pesara mucho menos de lo que él hubiera podido cargar. La habitación tenía una bañera vieja de hierro fundido y una llave que tardaba en dar agua caliente. Damián abrió la llave y esperó, abrazándome desde detrás, con el bigote rozándome la sien y una mano metida por debajo del hábito, apretándome una teta pequeña por encima del camisón.

—Me prometí no volver a buscarte —murmuró.

—Yo me prometí lo mismo.

—Dos promesas rotas en una noche. Mal empezamos.

Me reí por primera vez en seis años. Una risa pequeña, contenida, casi un suspiro. Damián sonrió contra mi pelo y me pellizcó el pezón entre dos dedos, sin dejar de reírse él tampoco, hasta que se me endureció como una piedrecita y le arranqué un gemido con la mordida que le di en la mano libre.

Cuando el agua salió caliente, él me desabrochó el hábito. Lo hizo con una paciencia que me dolió en el estómago. Botón a botón, cinta a cinta, hasta que el hábito negro cayó al suelo como un saco vacío. Después el escapulario, el cíngulo, el camisón blanco que había llevado debajo durante años. Por último, con un cuidado casi religioso, me quitó el velo. Mi pelo castaño cayó hasta los hombros. Hacía seis años que no lo veía nadie.

—Dios —dijo Damián. Y no lo dijo como una blasfemia, sino como un rezo.

Se quedó mirándome desnuda un rato largo, sin tocarme, como si fuera un cuadro. Los pechos pequeños con los pezones oscuros y erectos, el vientre cóncavo del ayuno, la mata de pelo castaño entre los muslos, mojada y aplastada contra la piel. Me pasó un dedo por el esternón, bajó por el ombligo, se detuvo justo antes del pubis.

—Nunca te ha visto nadie así.

—Nadie.

—Bendita seas.

Me metió en la bañera. El agua estaba demasiado caliente, pero él la mezcló hasta dejarla bien. Se arremangó la camisa caqui hasta los codos y se arrodilló al lado de la bañera. Con un trozo de jabón duro y áspero, me enjabonó la espalda, los brazos, los pechos pequeños, el vientre plano, los muslos delgados. Me lavó con una concentración de hombre que ha tenido muy pocas oportunidades en la vida de hacer las cosas bien. Cuando llegó entre las piernas, no fingió que era una parte más. Me abrió los muslos con la mano libre, dejó el jabón a un lado, y me pasó los dedos enjabonados por los labios del coño, adelante y atrás, despacio, hasta que se me escapó un gemido que rebotó en los azulejos.

—Chist. Que te van a oír, monjita.

—Me da igual.

—A mí no. Todavía tengo mucho que hacerte y no quiero que nadie nos interrumpa.

Me metió dos dedos dentro, esta vez sin la barrera de la ropa, y los curvó buscando ese punto de antes. Yo me agarré al borde de la bañera con las dos manos. El agua se me metía por la espalda cada vez que él movía la muñeca. Con el pulgar me buscó el clítoris y lo encontró sin dudar, como si supiera de memoria un mapa que yo misma acababa de descubrir.

—Estás más delgada que la última vez.

—El convento no es famoso por la cocina.

—Voy a hacer que te alimenten. Y ahora te vas a correr en mi mano, hermana. Aquí, en el agua, sin hacer ruido.

—No puedo…

—Puedes. Mírame.

Lo miré. Tenía el bigote húmedo de vapor y los ojos negros clavados en los míos. Sus dedos me abrían por dentro con un ritmo lento y firme, mientras el pulgar me daba vueltas al clítoris como si le sacara brillo. Yo empecé a temblar. El agua se me chapoteaba entre los pechos. Me mordí el labio hasta el sabor a hierro.

—Buena chica. Así. Ahora.

Me corrí en su mano con una sacudida larga que me arqueó la espalda dentro de la bañera. No hice ruido. Solo abrí la boca y le clavé las uñas en el antebrazo mientras el orgasmo me subía desde los pies hasta la coronilla, y él seguía apretando y curvando adentro hasta el último temblor. Cuando por fin sacó los dedos, se los llevó a la nariz, los olió, y sonrió como un lobo.

—Puedo hacer cualquier cosa, hermana. Llevo veinte años haciendo lo que me da la gana. Lo único que no he podido hacer es venir antes a buscarte.

Yo lloré sin hacer ruido bajo el agua. Damián hizo como que no se daba cuenta y siguió pasándome la esponja por los hombros.

***

De vuelta a la celda, me secó él mismo con una toalla bien grande que había sacado de su petate. Me puso un camisón blanco limpio, fino, suave, que no era mío. Se me marcaban los pezones a través de la tela y él se demoró un instante mirándomelos, pasándome el pulgar por encima hasta que se me pusieron duros otra vez. Después se desnudó sin pudor, dejándose solo la ropa interior, y yo vi por primera vez el cuerpo entero de aquel hombre: la espalda ancha con dos cicatrices viejas, el vello negro del pecho, el vientre firme, y una nueva erección empujando la tela de la ropa interior como si no hubiera acabado hace media hora.

—Quítamela tú —dijo.

Lo hice. Le bajé la ropa interior con las dos manos y le dejé la polla al aire otra vez, aún más gruesa a esta luz gris, apuntándome. Damián se metió en mi camastro, que era estrecho para los dos pero que aceptó su peso sin quejarse, y tiró de mí encima. Yo me acurruqué contra su pecho como había soñado tantas noches, con el camisón subido hasta la cintura y su polla dura clavándoseme en el vientre. La piel olía a jabón ahora y al sudor de antes. El bigote me hacía cosquillas en la frente.

—Ábrete —susurró.

Yo abrí las piernas encima de él y me quedé quieta, montada sobre sus caderas, con el coño empapado apoyado sobre la base de su polla. Damián me agarró las nalgas con las dos manos y empezó a moverme adelante y atrás, deslizándome por encima de él, sin metérmela todavía. Cada vaivén me arrastraba el clítoris por toda la longitud caliente y dura, y yo tuve que morderle el hombro para no gritar.

—Suave —murmuró—. Voy a ser tu primero, hermana. Y voy a hacerlo despacio, aunque me muera.

—Métemela ya. Por favor. Damián, por favor.

—¿Así lo pides?

—Métemela. Fóllame. Lo que quieras. Pero ya.

Le oí reírse bajo, satisfecho, contra mi cuello. Me levantó unos centímetros, se agarró él mismo la polla con una mano, y me guio hasta que el glande grueso me tocó justo en la entrada. Yo bajé la cadera un dedo. Se detuvo. Bajé otro. La cabeza me abrió despacio, ancha, insoportable, y solté un gemido largo que se me quebró en la garganta.

—Chist. Baja tú. A tu ritmo. Yo no muevo.

Bajé más. Me ardía por dentro. Me estaba partiendo. Y aun así seguí bajando, un centímetro y otro, mientras Damián me clavaba las uñas en las caderas y respiraba entre dientes debajo de mí, tenso como una cuerda. Cuando llegué al fondo y sentí su vello contra el mío, me quedé quieta unos segundos, temblando, con él enterrado hasta el fondo.

—Buena chica. Bendita chica. Ya está.

—Duele.

—Ya lo sé. Ya va a pasar. Respira.

Respiré. Poco a poco el dolor se convirtió en otra cosa. Empecé a moverme yo, con las manos apoyadas en su pecho, subiendo y bajando despacio, redescubriendo cada centímetro cada vez. Damián me miraba desde abajo con la boca entreabierta, sin tocarme más que en las caderas, dejándome hacer, dejándome aprender. La celda se llenó del ruido húmedo de él entrando y saliendo de mí, y de mi respiración cortada, y del roce del camastro contra la piedra.

—Mírate —murmuró—. Mírate, hermana Lucía. Cabalgándome como si hubieras nacido para esto.

—Damián…

—Dilo.

—Nací para esto. Nací para ti.

Me agarró de la nuca y me tumbó de espaldas sin salir de mí. En un movimiento me quedé debajo, con las piernas abiertas y él encima, apoyado en los codos, mirándome desde arriba con los ojos negros brillantes. Empezó a moverse él ahora, despacio al principio, después más profundo, después más fuerte, marcando cada embestida contra la pared con un golpe seco del camastro. Yo le rodeé la espalda con los brazos y las caderas con las piernas y le dejé que hiciera lo que quisiera conmigo.

—Aprieta —jadeó—. Ciérrame ahí dentro.

Apreté todo lo que pude. Damián soltó un juramento contra mi cuello y clavó más fuerte. Cada empujón me hundía la cabeza en la almohada, y yo sentía cómo me llenaba entera, cómo me tomaba centímetro por centímetro un espacio que había sido solo mío durante seis años. Me subió una mano por el costado, me agarró un pecho, me pellizcó el pezón con los dedos ásperos.

—Otra vez, niña. Córrete otra vez para mí. Con mi polla dentro esta vez.

Bastó con eso. Con esas palabras sucias en mi oído y con él enterrado hasta el fondo y golpeándome ahí dentro un punto que no sabía que tenía. Me corrí gritando bajo, con la boca pegada a su hombro para tragarme el grito, y se me contrajo el coño entero alrededor de él. Damián gimió como un animal.

—Joder. Joder, hermana. Me vas a hacer que me corra dentro.

—Sí —le dije, y me sorprendió mi propia voz—. Dentro. Todo dentro. Que se me quede.

—Que Dios nos perdone.

—Que no perdone nada.

Se hundió una vez más, hasta el fondo, hasta que sentí sus caderas contra las mías y sus dientes en mi hombro. Y entonces se corrió dentro de mí con un gemido grave y prolongado, chorro a chorro, caliente y espeso, mientras me abrazaba tan fuerte que me sacó todo el aire. Yo lo sentí llenarme, desbordarme, escurrirse ya entre mis muslos cuando aún estaba latiendo dentro. Me quedé debajo de él temblando, con las lágrimas cayéndome por las sienes hasta la almohada, y con una sonrisa idiota que no me cabía en la cara.

Nos dormimos así, abrazados, con la luna entrando oblicua por la ventana estrecha, él todavía dentro de mí durante un buen rato hasta que se salió solo y dejó un reguero tibio sobre las sábanas. La vela del altar se consumió sola en algún momento de la madrugada. Yo soñé con el mar, aunque nunca lo había visto.

***

Me desperté con la luz gris del amanecer y con su mano dibujándome círculos lentos en el costado, por encima de la cadera. Damián estaba despierto, mirándome. Tenía el bigote despeinado, los ojos un poco hinchados de sueño, la sonrisa pequeña. La otra mano me la había metido entre los muslos, sin apuro, y me estaba jugando con lo que él mismo había dejado allí la noche antes.

—Buenos días, hermana hermosa —murmuró.

—Buenos días, comandante.

—Comandante ya no, hace años.

—Para mí siempre.

Le besé el pecho, por encima del corazón, y me quedé un rato escuchándolo latir. Damián me acariciaba el pelo suelto con una delicadeza que no le pegaba al cuerpo, mientras con los dedos de abajo seguía embarrándome despacio el coño con su propio semen.

—Me gusta cómo me llamas —dijo.

—¿Cómo?

—Como si todavía mandara algo.

—Mandas en mí.

Damián se quedó callado un rato largo. Después me levantó la cara con dos dedos, como había hecho la noche anterior, y me besó muy despacio. Sin prisa. Con una dulzura que me partió en mil pedazos. Después me abrió las piernas otra vez, se puso encima, y me la metió sin decir palabra. Esta vez no dolió nada. Esta vez encajó sola.

Me folló despacio, largo, sin hablar apenas, mirándome a los ojos todo el rato como si quisiera aprenderme la cara de memoria antes del mediodía. Yo le contestaba con las caderas, subiéndolas para recibirlo cada vez, sintiendo el bigote rozándome los pezones, el aliento caliente contra la clavícula. La celda estaba fría pero nosotros ardíamos. El camastro crujía bajito, casi como un rezo. Cuando me corrí, lo hice en silencio, con las uñas clavadas en su espalda ancha. Cuando se corrió él, lo hizo sin sacarla, apretándome contra el colchón, murmurándome al oído palabras que no me atreví a repetir ni siquiera dentro de mi cabeza.

Después nos quedamos abrazados, con él encima, sin separarnos.

—¿Sabes lo peor, hermana?

—¿Qué?

—Que tú también mandas en mí. Y eso, en mi vida, no se lo había dejado a nadie.

Me hundí en su pecho. Hacía frío en la celda, pero él era una estufa de hombre que me cubría con sus brazos. Yo no quería levantarme. No quería que llegara el mediodía. No quería que volviera el rezo de tercia, ni la madre superiora, ni el resto de mi vida sin él.

—Damián.

—Dime.

—Si Dios existe, esto que hemos hecho, ¿es pecado?

—No tengo ni idea, niña.

—¿Y si no existe?

—Entonces no hace falta perdonarnos nada.

—Entonces que no exista —murmuré, y cerré los ojos.

Damián me besó la coronilla. Olía a noche, a piedra mojada, a humo lejano de un cigarrillo que no había encendido. Yo me quedé allí, abrazada a un hombre al que no debía haber querido nunca, en una cama en la que no debería haber dejado entrar a nadie, en un sitio que se suponía dedicado al silencio. Y por primera vez en seis años, dos meses y once días, no me arrepentí de nada.

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Comentarios(8)

Marisela_ok

Dios mio, ese primer parrafo me atrapo de golpe. Que inicio!!!

ViajeraNocturna

Necesito la segunda parte ya. No puede quedarse asi, quiero saber que paso despues de esa noche

ElisaLectora

Lo lei dos veces. Hay algo en esa tension del principio que no me soltó mas. Escribis muy bien, de verdad.

Rodrigo_22

buenisimo!!! uno de los mejores que lei aca

CandidaToledo

Me recordó a una novela que lei hace años, ese ambiente de culpa mezclada con deseo... tremendo. Saludos desde chile

moreno28

Pregunta sincera: esto es real o ficcion? porque se siente muy autentico, casi como un diario

Silvia_mp

Que forma de escribir. La tension que se siente antes de que él entre a la celda es increible, me transporté completamente. Espero que sigas publicando mas seguido

NachoRivero

jaja corto pero intenso, se nota que hay mucho detras de esa historia. Dale que queremos mas

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