El comandante que rompió mis votos esa noche
Llevaba seis años en el convento de San Cipriano cuando volví a verlo. Seis años rezando para olvidarlo, ayunando para que el deseo se me secara como una flor entre las hojas de un libro. Seis años fingiendo que mi vocación había sido un llamado del cielo y no una huida.
El convento estaba en la falda de una sierra boscosa, lejos del pueblo más cercano. Las paredes eran de piedra gris y las ventanas tan estrechas que apenas dejaban pasar la luz de la luna. Mi celda tenía un crucifijo, un camastro, un altar pequeño con una vela y una ventana que daba al patio interior.
Aquella noche había estado rezando hasta tarde. Era octubre, y el aire entraba helado por debajo de la puerta. Yo, arrodillada frente al altar, vestía el hábito negro hasta los pies y el velo blanco sobre el cabello castaño. Tenía las manos juntas y los ojos cerrados, pero el rosario me temblaba entre los dedos.
Sabía que él iba a venir.
Me lo había escrito tres semanas antes, en un sobre sin remitente que la madre superiora me entregó sin hacer preguntas. Una sola línea, con letra grande y firme: «En octubre paso por el convento. Espérame». Y yo, en lugar de quemar la carta como hubiera debido, la guardé bajo el colchón y la leí cada noche antes de dormir.
La puerta crujió. No tuve que girarme para saber que era él.
—Hermana Lucía —dijo con aquella voz grave que recordaba en cada uno de mis pecados.
Damián entró cerrando la puerta a sus espaldas. Llenaba el espacio. Medía casi metro noventa, ancho de hombros, con un cuerpo macizo de hombre que ha mandado a otros hombres durante demasiados años. Tenía la piel morena, el bigote espeso con algunas canas, los ojos oscuros bajo cejas pobladas. Llevaba el uniforme de gala del partido: chaqueta caqui con botones de bronce, pantalones oscuros y las botas todavía húmedas del rocío del patio.
—Sabía que vendrías —murmuré sin levantarme.
—Y aun así rezas.
—Por las dos cosas.
Damián se rió bajo, una risa que era casi un gruñido. Avanzó tres pasos y se detuvo detrás de mí. Sentí el roce de la tela de su pantalón contra mi hombro, el calor de su cuerpo contra mi nuca cubierta por el velo. Me apoyó una mano grande en la cabeza, sobre el lino blanco, como si fuera un padre bendiciendo a una hija. La mano se quedó allí. No se movió.
Yo cerré los ojos. Que no me toque más, Señor. O que me toque entera de una vez. Pero no esto.
—Levántate —dijo en voz baja.
Me levanté. Cuando me giré hacia él, la diferencia de tamaños me golpeó como las dos veces que lo había visto antes. Yo era pequeña, delgada, con la cintura que él una vez había rodeado con una sola mano y se había reído. Él me miraba desde arriba como si yo fuera una cosa frágil que pudiera romperse de mirarla muy fijo.
—¿Cuánto hace? —preguntó.
—Siete años desde el funeral. Seis años, dos meses y once días desde que entré aquí.
—Los has contado.
—Cada uno.
Me puso dos dedos bajo la barbilla y me levantó la cara. Tenía las manos ásperas, callosas en los nudillos, manos de hombre que ha hecho muchas cosas que no me contaría nunca a una monja. Me miró sin hablar durante mucho rato. Yo le sostuve la mirada porque sabía que si la apartaba, me echaría a llorar.
—Tu boca es exactamente como me la imaginé —dijo.
—Mi boca no ha besado a nadie. Nunca.
—Lo sé. Por eso vine.
Damián me besó.
No fue un beso suave. Fue un beso que llevaba siete años de espera, los suyos y los míos, un beso que olía a tabaco y a ron añejo y al pinar de la subida. Me agarró de la cintura por encima del hábito y me apretó contra él, y yo sentí lo que el hábito había estado escondiéndome de mí misma todo aquel tiempo: que mi cuerpo todavía sabía exactamente qué hacer con el suyo, aunque nunca antes lo hubiese tocado. Mis manos subieron solas hasta su pecho. Por debajo de la chaqueta caqui, el corazón le latía fuerte y rápido, como el mío.
—No deberías estar aquí —susurré contra sus labios.
—No deberías haberme escrito tampoco.
—No te escribí.
—Me escribiste cada noche, hermana. Yo te oía.
Damián se sentó en el borde del camastro. Las cuerdas viejas crujieron bajo su peso. Yo me quedé de pie frente a él, las manos colgando a los lados, el velo todavía perfectamente puesto. Él se quitó la gorra y la dejó en el suelo. Después me hizo un gesto con un dedo: ven aquí.
Me arrodillé delante de él. La piedra del suelo me dolía en las rodillas a través del hábito, pero no me importó. Damián me acarició el velo con una ternura que me desarmó.
—No te lo voy a quitar —dijo—. Quiero recordarte así.
Le desabroché el cinturón con dedos torpes. Llevaba toda la vida sin desabrochar nada que no fuera mío y, aun así, las manos sabían. Le bajé los pantalones hasta las rodillas y la ropa interior de algodón, y él apareció ante mí, ya despierto, grueso, oscuro como toda su piel. Lo miré un segundo y se me llenaron los ojos de lágrimas que él no entendió.
—No llores, niña —dijo bajito.
—No es de tristeza. Es de no poder creérmelo.
Lo tomé con la mano y bajé la cabeza. Le besé primero la punta, despacio, como a algo sagrado. Damián cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Le oí soltar el aire entre los dientes.
—Hermana… —dijo, y la palabra se le partió en la garganta.
Lo tomé en la boca. Despacio al principio, después con más confianza, dejando que el ritmo lo marcara la respiración de él. Una mano subía y bajaba con mis labios, la otra se la apoyé en el muslo grueso, sintiendo cómo se le tensaba bajo la tela. Damián me puso la mano sobre el velo. No me apretó, no me forzó. Solo me acarició la cabeza como se acaricia a algo que se ama y se sabe que se va a perder.
—Despacio… así, niña… —murmuró—. Aprende sin prisa.
Yo estaba empapada bajo el hábito negro. No me había tocado, no me hacía falta. La voz de Damián, las manos de Damián en mi velo, el sabor a sal y a piel que me llenaba la boca: aquello era suficiente. Cuando él tensó las piernas y me apretó un poco más fuerte la cabeza, supe que estaba a punto. Yo también lo estaba, sin que nadie me hubiera tocado, solo con el roce de mis muslos cerrados bajo el hábito y los pezones duros contra el lino del camisón interior.
Damián gimió grave, profundo, un sonido que rebotó en las paredes de piedra y que yo escondí dentro del velo como si pudiera apagarlo. Su calor me llenó la boca y la garganta. Yo lo recibí entero, sin apartarme, mientras mi propio cuerpo temblaba como un junco. Apreté los muslos y mordí el labio inferior para no gritar. La vela del altar pareció oscilar.
Después hubo un silencio largo. Damián respiraba con la cabeza hacia atrás. Yo tenía la frente apoyada en su muslo, los ojos cerrados, todavía temblando.
—Ven aquí —dijo al fin, con la voz ronca.
Me hizo levantarme y me sentó sobre sus rodillas como si fuera una niña. Me besó la frente por encima del velo, después la nariz, después los labios. No le importó el sabor.
***
—¿Hay agua caliente en este sitio? —preguntó.
—Hay un lavabo al fondo del corredor.
—¿Pasa alguien a estas horas?
—Nadie pasa por aquí desde maitines.
Me llevó en brazos hasta el lavabo común, sin importarle que yo todavía pesara mucho menos de lo que él hubiera podido cargar. La habitación tenía una bañera vieja de hierro fundido y una llave que tardaba en dar agua caliente. Damián abrió la llave y esperó, abrazándome desde detrás, con el bigote rozándome la sien.
—Me prometí no volver a buscarte —murmuró.
—Yo me prometí lo mismo.
—Dos promesas rotas en una noche. Mal empezamos.
Me reí por primera vez en seis años. Una risa pequeña, contenida, casi un suspiro. Damián sonrió contra mi pelo.
Cuando el agua salió caliente, él me desabrochó el hábito. Lo hizo con una paciencia que me dolió en el estómago. Botón a botón, cinta a cinta, hasta que el hábito negro cayó al suelo como un saco vacío. Después el escapulario, el cíngulo, el camisón blanco que había llevado debajo durante años. Por último, con un cuidado casi religioso, me quitó el velo. Mi pelo castaño cayó hasta los hombros. Hacía seis años que no lo veía nadie.
—Dios —dijo Damián. Y no lo dijo como una blasfemia, sino como un rezo.
Me metió en la bañera. El agua estaba demasiado caliente, pero él la mezcló hasta dejarla bien. Se arremangó la camisa caqui hasta los codos y se arrodilló al lado de la bañera. Con un trozo de jabón duro y áspero, me enjabonó la espalda, los brazos, los pechos pequeños, el vientre plano, los muslos delgados. Me lavó con una concentración de hombre que ha tenido muy pocas oportunidades en la vida de hacer las cosas bien.
—Estás más delgada que la última vez.
—El convento no es famoso por la cocina.
—Voy a hacer que te alimenten.
—No puedes hacer eso.
—Puedo hacer cualquier cosa, hermana. Llevo veinte años haciendo lo que me da la gana. Lo único que no he podido hacer es venir antes a buscarte.
Yo lloré sin hacer ruido bajo el agua. Damián hizo como que no se daba cuenta y siguió pasándome la esponja por los hombros.
***
De vuelta a la celda, me secó él mismo con una toalla bien grande que había sacado de su petate. Me puso un camisón blanco limpio, fino, suave, que no era mío. Después se desnudó sin pudor, dejándose solo la ropa interior, y se metió en mi camastro, que era estrecho para los dos pero que aceptó su peso sin quejarse. Yo me acurruqué contra su pecho como había soñado tantas noches. La piel olía a jabón ahora y al sudor de antes. El bigote me hacía cosquillas en la frente.
—¿Cuándo te vas? —pregunté.
—Mañana al mediodía.
—¿Volverás?
Damián tardó en contestar. Me acariciaba la espalda por encima del camisón con la mano enorme que había firmado tantas órdenes que yo no quería conocer.
—No lo sé, niña. Te diré lo que sé: si vuelvo, será aquí. Y si no vuelvo, no será porque no haya querido.
Cerré los ojos. Era la respuesta más honesta que me había dado un hombre en toda mi vida.
Nos dormimos así, abrazados, con la luna entrando oblicua por la ventana estrecha. La vela del altar se consumió sola en algún momento de la madrugada. Yo soñé con el mar, aunque nunca lo había visto.
***
Me desperté con la luz gris del amanecer y con su mano dibujándome círculos lentos en el costado, por encima de la cadera. Damián estaba despierto, mirándome. Tenía el bigote despeinado, los ojos un poco hinchados de sueño, la sonrisa pequeña.
—Buenos días, hermana hermosa —murmuró.
—Buenos días, comandante.
—Comandante ya no, hace años.
—Para mí siempre.
Le besé el pecho, por encima del corazón, y me quedé un rato escuchándolo latir. Damián me acariciaba el pelo suelto con una delicadeza que no le pegaba al cuerpo.
—Me gusta cómo me llamas —dijo.
—¿Cómo?
—Como si todavía mandara algo.
—Mandas en mí.
Damián se quedó callado un rato largo. Después me levantó la cara con dos dedos, como había hecho la noche anterior, y me besó muy despacio. Sin prisa. Con una dulzura que me partió en mil pedazos.
—¿Sabes lo peor, hermana?
—¿Qué?
—Que tú también mandas en mí. Y eso, en mi vida, no se lo había dejado a nadie.
Me hundí en su pecho. Hacía frío en la celda, pero él era una estufa de hombre que me cubría con sus brazos. Yo no quería levantarme. No quería que llegara el mediodía. No quería que volviera el rezo de tercia, ni la madre superiora, ni el resto de mi vida sin él.
—Damián.
—Dime.
—Si Dios existe, esto que hemos hecho, ¿es pecado?
—No tengo ni idea, niña.
—¿Y si no existe?
—Entonces no hace falta perdonarnos nada.
—Entonces que no exista —murmuré, y cerré los ojos.
Damián me besó la coronilla. Olía a noche, a piedra mojada, a humo lejano de un cigarrillo que no había encendido. Yo me quedé allí, abrazada a un hombre al que no debía haber querido nunca, en una cama en la que no debería haber dejado entrar a nadie, en un sitio que se suponía dedicado al silencio. Y por primera vez en seis años, dos meses y once días, no me arrepentí de nada.