Aquella noche en Sevilla me solté para siempre
Hasta los veintidós años fui invisible para los chicos. No exagero: invisible. En las fotos de cumpleaños siempre salía detrás de alguien, en las charlas en grupo nadie me preguntaba nada y en los grupos de WhatsApp era esa contacto que tienes pero del que no recuerdas la voz. Mis amigas hablaban a la vez con cuatro chicos por Instagram desde los dieciséis. A mí no me había escrito nadie nunca un mensaje a las tres de la mañana, ni para bien ni para mal.
Perdí la virginidad muy tarde, con un compañero de carrera con el que apenas crucé tres frases más después. Pero algo cambió esa noche, como si una llave se hubiera girado dentro de mí. En los meses siguientes recuperé el tiempo perdido. Y aun así, cuando lo pienso, no estoy segura de si lo que de verdad me empujó al otro lado fue ese chico o lo que pasó unas semanas más tarde, una madrugada de primavera, en una discoteca de Sevilla.
Esto no es un cuento. Es lo que pasó. La primera vez que me sentí poderosa con un hombre, la primera vez que entendí que el deseo se podía agarrar y no solo recibir. Y todavía hoy, dos años después, vuelvo a esa noche cada vez que necesito recordar de qué soy capaz.
***
El viaje fue idea de Marcos, un chico de la facultad con el que apenas tenía relación entonces. Tenía amigos de toda la vida en Sevilla y nos prometió un fin de semana barato si nos animábamos a coger un autobús nocturno. Éramos siete, cinco chicas y dos chicos. Pasamos el sábado dando vueltas por Triana, comiendo pescaíto frito, riéndonos de tonterías y haciendo fotos en el puente de Isabel II.
La última noche, los amigos sevillanos de Marcos nos invitaron a una discoteca cerca de la Alameda. No era un sitio grande, pero tenía la fama justa: música buena, gente guapa, cobro selectivo en la puerta. Cuando llegamos, ya nos esperaban. Eran cuatro chicos de unos veintitantos. Dos altos, otro con barba muy cuidada, el cuarto un poco más reservado. Nos abrieron paso hasta un reservado en una esquina, con un sofá curvo, mesa baja y dos cubos de hielo enormes con botellas dentro.
—Esto va por la casa —dijo el de la barba, sirviendo champán como si fuera agua.
No bebí más que otras veces, pero la mezcla de copas, la emoción, la novedad de estar ahí, lo lejos de mi ciudad, la música a un volumen que no dejaba pensar… todo eso me soltó algo en el pecho. Llevaba un vestido negro corto con tirantes finos que normalmente solo me ponía cuando ya iba con copas encima. Esa noche me lo había puesto antes de salir de casa.
Uno de los chicos, el menos hablador del grupo, se me acercó cuando llevábamos un rato. Se llamaba Iván, o eso recuerdo. Tenía los hombros anchos, el pelo oscuro despeinado y esa forma de mirar de los que están seguros de gustar sin necesidad de confirmar nada. Empezó a hablarme de cosas sin importancia: de dónde era yo, qué estudiaba, qué me había parecido la ciudad. Yo le contestaba apenas, intentando no sonar nerviosa.
Y entonces se acercó un poco más para hablarme al oído.
***
Bailar pegada a alguien no me había pasado nunca de aquella forma. Su mano me bajó por la espalda hasta la cintura, y de ahí, cuando vio que yo no la quitaba, hasta el inicio del culo. Notaba su aliento en mi cuello y notaba, también, lo que se le ponía duro contra mi cadera cada vez que la canción me obligaba a moverme contra él. La razonable que llevo dentro me decía que parara. La otra, la que llevaba años escondida, me decía que aguantara unos segundos más para ver hasta dónde llegaba aquello.
Cuando me besó, abrí la boca antes de pensarlo. Su lengua entró rápido, sin titubeos, y yo me apreté contra él. Le agarré el pelo de la nuca con las dos manos. Él me apretó el culo con las dos suyas y me empujó contra su pelvis. Iván llevaba una erección que no podía disimular, y cada vez que se rozaba con la cara interna de mi muslo, yo sentía como si me clavase algo entre las piernas.
Conseguimos, no sé cómo, llegar de vuelta al sofá del reservado. Mis amigas seguían bailando del otro lado, ajenas. Yo me senté a horcajadas sobre él. Su erección quedaba justo entre mis piernas, y empecé a moverme, despacio al principio, después con más decisión. El roce me llegaba al clítoris a través de la tela del tanga. Él me apretaba el culo, marcando el ritmo, y me besaba con la boca abierta, con los ojos cerrados, como si en ese momento ese fuera el único trabajo que tuviera en la vida.
—Vamos a otro sitio —me dijo, separándose un segundo.
Ni siquiera contesté. Me bajé, le di la mano y dejamos el reservado.
***
La discoteca tenía dos plantas. Subimos por una escalera estrecha hasta el piso de arriba, donde la música sonaba algo más amortiguada y los baños eran más grandes. Nos metimos en el de chicas porque el de chicos tenía cola. Probamos una puerta, otra, hasta que encontramos uno libre al fondo.
Cerró el pestillo con un clic.
Antes de que pudiera ordenar nada en mi cabeza, sus manos me bajaron los tirantes del vestido. La parte de arriba cayó hasta la cintura. No llevaba sujetador. Sus ojos se quedaron quietos en mis pechos un segundo, lo justo para que yo notara la mirada como un toque, y enseguida se inclinó. Su lengua pasó alrededor de un pezón, despacio, después del otro. Mordió suave, lo justo para que se me escapara un suspiro que tuve que callar mordiéndome el labio.
Después se irguió. Yo le bajé la cremallera del pantalón sin perder un segundo. No sé si fue valentía, o ganas, o miedo a parar y arrepentirme; pero me arrodillé en el suelo del baño, sobre las baldosas, sin pensar siquiera en lo sucias que estaban.
La tenía mucho más grande de lo que esperaba. Lo miré desde abajo cuando se la saqué del calzoncillo. Iván estaba con la cabeza echada para atrás antes incluso de que lo tocara. Yo todavía recuerdo lo que sentí en ese momento: no eran ganas de complacerle, era hambre. Era ver una cosa y querer probarla, sentirla, ahogarme con ella, hacer con ella lo que quisiera durante el rato que durase.
Empecé despacio. La punta primero, con la lengua, dando vueltas. Después fui bajando, dejando que entrara más y más. Me sorprendió a mí misma cuando la noté hasta el fondo de la garganta, con la nariz pegada a su vello y la barbilla rozando lo que tenía debajo. Tragué para que entrara todavía más. Iván soltó un gemido grave que se le escapó entre los dientes apretados.
—Joder —dijo bajito.
Me retiré, le miré desde abajo y volví a empezar. Esta vez con ritmo. Fuera, dentro, la mano acompañando lo que la boca no alcanzaba. Apretaba muy suave con los dedos justo debajo. Subía con la lengua por la cara de abajo, lamía, volvía a bajar.
Iván aguantó lo que pudo. Cuando ya no pudo más, me agarró el pelo con las dos manos y empezó a moverme la cabeza él. Al principio me asusté un segundo. Después me dejé. Se me saltaban las lágrimas, se me escapaba la saliva por las comisuras, y cada vez que me clavaba más a fondo notaba que yo misma estaba más mojada por debajo del vestido.
—Voy a correrme —dijo, dándome aviso por si quería separarme.
No me separé.
***
Se corrió con la polla todavía dentro de mi boca. Fue mucho. Demasiado. Sentí cómo se me llenaba la boca caliente, cómo me bajaba por la garganta, cómo se me escapaba un poco por las comisuras hasta el mentón. Me la sacó despacio, sin cortar el contacto visual, y mientras él me miraba, yo tragué. Despacio. Sin romper esa mirada. Después me pasé los dedos por la barbilla, recogí lo que se me había escapado y los chupé hasta que no quedó nada.
Creo que fue ahí cuando me di cuenta de la chica que iba a ser a partir de ese momento. No la invisible. Otra.
Me levanté con las piernas temblando. Estaba tan mojada que el tanga no servía ya de nada. Iván me terminó de quitar el vestido. Me dejó solo con las bragas, me apoyó contra la pared del cubículo y apartó la tela hacia un lado con un dedo. Me acarició entera, lentamente, dibujando círculos. Yo no aguantaba ni un toque más sin gemir.
Después cambió. Metió dos dedos de golpe, hasta dentro, y empezó a moverlos rápido. Yo me tapaba la boca con una mano para no hacer ruido. Cuando arqueó los dedos hacia delante, encontró un punto que me hizo doblarme contra él. No sé qué cara puse. Sé que me besó para callarme, porque hasta yo escuché el gemido que se me escapó.
Me corrí en sus dedos, agarrada a su cuello, mordiendo su hombro a través de la camisa. Las piernas se me iban. Si no me sujeta, me caigo.
***
Se estaba chupando los dedos cuando oímos la puerta del baño. Voces de chicas. Nos quedamos los dos quietos.
—¿Y Lucía? —preguntó una.
Era la voz de Sara, mi amiga. Llevaba bastante rato desaparecida y no le iba a hacer ninguna gracia.
—No sé, no la veo desde hace una hora —contestó otra.
Iván me miró y se le escapó una sonrisa de medio lado. Yo le tapé la boca con la mano. Él me apartó la mano y me empujó suavemente hacia abajo otra vez. Tenía la polla otra vez medio dura.
No sé qué tenía esa noche, pero hice lo que me pedía sin pensar. Me arrodillé otra vez. Esta vez no me dio tiempo a empezar yo: me la metió él en la boca, sujetándome la nuca, y empezó a moverse despacio al principio, después rápido. Las chicas seguían afuera, entrando y saliendo de los cubículos, hablando de cosas que ahora me parece increíble que oyera. Una se quejaba de que un chico no le había contestado al móvil. Otra se reía. Sara seguía preguntando por mí.
Y yo, mientras tanto, dejaba que un desconocido me usara la boca como quería, en un baño que no era mío, en una ciudad que no era mía, y notaba que me estaba volviendo a mojar.
Iván aguantó menos esta vez. Me agarró el pelo con fuerza, me embistió tres veces, cuatro, y se vació por segunda vez en mi boca. Yo no me moví. Tragué todo. Pasé la lengua por los lados para no dejar nada y le dejé la polla limpia antes de dejarla salir.
Esperamos en silencio hasta que las chicas se fueron. Me ayudó a vestirme. Me arregló el pelo con las manos. Me limpió un poco la barbilla con un trozo de papel.
—Estás increíble —dijo, y por la cara que puso, le creí.
Cuando salimos, hicimos como que nos cruzábamos por casualidad cerca del reservado. Sara me preguntó dónde había estado. Le mentí: cola larga en el baño. Ella me miró, me miró otra vez y no insistió. Sé que sabía. Pero tampoco era el día para echarme nada en cara.
***
Volví a casa al día siguiente con el cuerpo todavía vibrando. No volví a ver a Iván. Nunca más. No le pedí el número, no le seguí en redes, no pregunté por él. Y aun así, lo recuerdo cada poco.
Esa misma semana, ya en mi ciudad, hice dos mamadas más a otros dos chicos en menos de cinco días. Uno en su coche, otro en un piso compartido al que no debería haber subido. No fueron por amor, ni por enamoramiento, ni siquiera por ganas concretas de ellos. Fueron por mí. Para volver a sentir lo que había sentido aquella madrugada en Sevilla, encerrada en un baño con un desconocido al que probablemente esta noche, mientras le cuento esto a quien sea que esté leyendo, le esté pasando lo mismo con otra que se acaba de descubrir.
A esa chica invisible que fui hasta los veintidós, todavía a veces le hablo cuando me arreglo delante del espejo. Le digo que aguante un poco más. Le digo que un día va a entrar en una discoteca y va a salir distinta.
Le digo que se viene una madrugada en Sevilla.