Mi novia me confesó la fantasía que cambió todo
Me llamo Hernán. Tengo treinta y dos años, mido un metro ochenta y ocho, casi siempre llevo la barba a medio afeitar y tengo ese tipo de cuerpo que la gente asume que viene del gimnasio y no del trabajo manual que hice desde los dieciséis. Trabajo de analista en una distribuidora de repuestos del parque industrial, de lunes a viernes, con la cabeza metida en planillas y correos que casi nadie va a leer. Una vida ordenada, previsible, gris. Hasta que apareció Camila.
Camila tenía treinta años, era menuda, con el pelo negro cortísimo y unos ojos color miel que te desarmaban antes de que abrieras la boca. Nos cruzamos en el cumpleaños de un amigo en común, en un departamento angosto del centro. Yo estaba en la cocina sirviéndome un whisky cuando ella apareció por detrás, apoyó el pecho contra mi espalda y me habló al oído con una voz que no esperaba.
—Llevo una hora mirándote por detrás. ¿Me invitas un cigarro o tengo que robártelo?
Esa misma madrugada terminamos en el baño del departamento. Fue rápido, sucio y exacto. Ella se subió el vestido, se hizo a un lado la ropa interior y se inclinó sobre el lavabo. La miré por el espejo mientras me hundía en ella y esa imagen se me quedó pegada durante semanas: los ojos entrecerrados, la boca apretada, la sonrisa apenas marcada que ya anunciaba problemas. Terminé dentro casi sin avisar, y ella siguió moviendo las caderas hasta que también se soltó, apretando los muslos contra mis manos.
Desde esa noche, todo cambió.
Camila no era como ninguna mujer con la que hubiera estado. Era insaciable, curiosa y no conocía la vergüenza. Vivía sola en un departamento pequeño pero muy suyo en un barrio tranquilo. A las dos semanas yo ya tenía cepillo de dientes, ropa interior y una llave de la puerta. Dormíamos poco. Lo hacíamos mucho. Ella me despertaba a las tres de la mañana porque había visto un video y se le había antojado. La encontraba de rodillas en la cama, con el cuerpo en pompa y dos dedos dentro, murmurando contra la almohada.
—Ven aquí, Hernán… cómemelo mientras me acabo.
Y yo iba. Me gustaba ir.
Su sabor cuando estaba empapada se me metía en la cabeza y no se iba durante días. Pasaba horas entre sus piernas, lamiendo despacio, chupándole el clítoris, moviendo la lengua mientras ella me tiraba del pelo y me apretaba contra su cuerpo. Cuando llegaba, llegaba entera: temblando, dejando escapar un gemido grave, cayendo sobre mi boca como si ya nada más existiera.
Una noche, después de haber acabado dos veces dentro de ella, estábamos desnudos en el sillón, compartiendo un porro y mirando una película cualquiera. Camila tenía la cabeza sobre mi pecho y jugaba distraída con mi verga medio dura.
—¿Sabes una cosa? —dijo de pronto, en ese tono bajo que usaba cuando estaba a punto de decir algo importante—. A veces miro porno gay cuando estoy sola.
Me quedé callado. No me lo esperaba así, tan de frente.
Ella levantó la vista y sonrió con la punta de la boca.
—No me mires con esa cara. Me excita muchísimo ver a dos hombres sin culpa. Uno chupándole al otro, uno metiéndosela hasta el fondo… Me mojo solo de pensarlo.
Sentí una oleada rara subiéndome desde el estómago. No era rechazo. Era curiosidad. Y algo más, algo que me ponía nervioso y no sabía nombrar.
—¿Y te excita imaginarlo conmigo? —pregunté casi en un susurro.
Camila se mordió el labio y algo se le movió detrás de los ojos.
—Muchísimo —confesó—. Quiero ver cómo te arrodillas y te entregas para mí. Quiero verte tranquilo, abandonado, dejándote usar. Quiero entrenarte despacio. Quiero que seas mi bisexual, el mío, el que nadie más conoce.
Se me puso dura al instante. Ella se rió bajito, casi con maldad, y me apretó la verga con la mano.
—Mira cómo te pones solo con oírlo… —murmuró, pasándome el pulgar por la punta—. Mi chico grande, tan varón, y ya estás imaginándote otra boca en vez de la mía.
Me besó profundo, hambrienta, y después bajó la cabeza. Me la chupó lento, sin apuro, mirándome a los ojos. Cuando estaba a punto de acabar, se apartó y me dijo al oído.
—Todavía no, amor. Guarda todo esto para cuando te lo haga yo por primera vez.
Esa noche no dormimos. Hablamos durante horas. Ella me contó fantasías que jamás le había contado a nadie. Yo escuchaba con el corazón golpeando fuerte y la verga que no quería bajar.
¿Cómo sería sentir a otra persona en la boca?
Y esa pregunta, por primera vez en mi vida, no me asustó.
***
Pasaron tres semanas desde aquella confesión y mi cabeza no había parado.
En la oficina, mientras cruzaba planillas con proveedores, me descubría pensando en escenas que nunca antes habían cruzado por mi cabeza: un hombre desconocido frente a mí, Camila mirándome con esos ojos color miel, susurrándome al oído que abriera bien grande. Me ponía tan duro que tenía que encerrarme en el baño a terminar rápido, mordiéndome el antebrazo para no hacer ruido mientras acababa en un papel.
Camila, por la noche, jugaba conmigo como si yo fuera su juguete favorito.
Empezó despacio, casi tierno. Al principio solo eran roces. Mientras estábamos juntos, ella me metía un dedo mojado muy despacio, buscando ese punto que me hacía temblar entero. La primera vez que lo encontró solté un gemido ronco que ni yo reconocí como mío. Se me escapó un hilo transparente sobre su vientre.
—¿Te gusta, mi amor? —me preguntó con voz tierna, casi romántica, moviendo el dedo en círculos—. Quiero que sientas cómo te abres. Quiero que te acostumbres a estar lleno.
Yo solo podía jadear y apretar las sábanas. Ella me besaba el pecho, el cuello, me mordía el lóbulo de la oreja y me hablaba bajito.
—Imagínate que no es mi dedo. Imagínate que es alguien más grande, más caliente, empujando dentro. ¿Te pone pensar que tu novia quiere verte así?
Cada vez que lo decía, más dura se me ponía. Ella lo notaba y se reía contra mi piel.
Una noche, después de cenar, me llevó al dormitorio sin decir una palabra. Me desnudó despacio, besando cada centímetro que quedaba a la vista. Me dio vuelta sobre la cama, me abrió las piernas con las manos y se metió entre ellas.
—Tranquilo, corazón —murmuró, y sentí su aliento tibio—. Hoy solo te voy a comer.
El primer roce de su lengua me hizo saltar. Cálida, húmeda, insistente. Lamió alrededor, trazó círculos, presionó la punta justo en el centro. Yo gemía contra la almohada, agarrando la tela con los puños cerrados. Ella me separó con las dos manos y hundió la lengua como si estuviera buscando algo concreto, entrando y saliendo, saboreándome sin prisa.
—Qué rico eres —murmuró entre lametones—. Tan caliente, tan apretado. Me muero por entrar de verdad.
Estuvo así casi media hora. Yo ya no sabía si era dolor o placer. Cuando no pude más, ella se incorporó, buscó en el cajón un plug de silicona pequeño que había dejado listo y lo untó con lubricante.
—Te voy a poner esto, amor —dijo con voz dulce pero sin admitir discusión—. Quiero que te acostumbres a estar abierto para mí.
Lo metió despacio. Sentí la presión, el estiramiento, y después esa sensación rara y deliciosa cuando entró del todo y el cuerpo se cerró alrededor de la base. Un gemido largo me salió desde dentro. Camila giró el plug apenas, rozando el punto exacto, y la verga se me movió sola.
—Mírate… —susurró—. Cómo chorreas solo con tener el cuerpo lleno. Eres demasiado sensible. Eres perfecto.
Me hizo voltearme y se sentó encima de mi cara. Bajó despacio hasta que su sexo me buscó la boca.
—Ahora cómemelo mientras llevas el plug dentro —ordenó con esa calma que ya conocía—. Quiero acabar en tu lengua sintiéndote abierto.
Lamí con hambre. Ella movía las caderas y jugaba con el plug, sacándolo apenas y volviéndolo a meter, moviéndose en mí con embestidas cortas mientras yo le chupaba el clítoris. Cuando llegó, lo hizo gritando mi nombre y apretándome la cabeza entre los muslos.
Después, todavía temblando, me tomó la verga con la mano.
—Quiero que te acabes pensando en esto —me dijo al oído, moviéndome lento—. Imagínate que mañana te hago esto con algo de verdad. Imagínate que te pongo a cuatro patas mientras miras porno gay… y yo te abro hasta que te acabes sin que nadie te toque.
Acabé con una fuerza que me dejó mareado.
—Eso es. Acábate para mí. Guárdalo todo… porque pronto vas a aprender a tragarlo también.
Esa noche dormí con el plug puesto. Cada vez que me movía, sentía la presión y el cuerpo respondía otra vez.
Ya no había vuelta atrás.
***
Los días siguientes fueron una tortura lenta.
Camila no me sacaba el plug cuando estábamos en casa. Por la mañana, antes de ir a la oficina, me hacía inclinarme sobre la cama y lo cambiaba por uno un poco más grueso, lubricado con su propia saliva. Yo me iba al trabajo sintiéndolo a cada paso, apretando la mandíbula en las reuniones, encerrándome en el baño dos veces al día para terminar contra el azulejo pensando en su voz.
El jueves llegué a casa y había una caja negra sobre la cama. Dentro, un arnés con un consolador grueso, dos frascos de lubricante y una memoria USB sin etiqueta.
—Esta noche te lo hago yo —dijo Camila desde la puerta, con los brazos cruzados—. Pero antes quiero que mires algo conmigo.
Puso la memoria en el televisor. Porno gay, directo, sin adornos. Dos hombres. Uno se arrodillaba y se tragaba al otro hasta el fondo, saliva chorreando, gemidos graves. Después uno se ponía a cuatro patas y el otro entraba sin piedad.
Yo no podía dejar de mirar. La boca se me había secado.
Camila se acomodó detrás de mí y me agarró con la mano entre las piernas.
—¿Te gusta lo que ves, amor? —me preguntó casi con ternura—. ¿Te imaginas que eres tú?
Asentí. No pude hacer otra cosa.
Me sacó el plug y sentí el vacío. Un vacío que ya no quería sentir.
—Ponte en cuatro —ordenó.
Obedecí. Cara contra las sábanas. Camila ajustó el arnés sobre las caderas, untó el consolador con lubricante y se arrodilló detrás. Sentí la cabeza gruesa presionar.
—Respira, corazón.
Fue lento. Centímetro a centímetro. Cuando la base tocó mis nalgas, solté un gemido largo y roto.
—Qué apretado estás —jadeó ella, quieta un segundo para que me acostumbrara.
Después empezó a moverse. Salidas cortas, entradas profundas. Cada embestida tocaba ese punto dentro y yo goteaba sobre las sábanas. El sonido era obsceno: el lubricante, las caderas contra mi cuerpo, mis propios gemidos ahogados contra la almohada.
Camila se inclinó sobre mi espalda y me mordió el hombro.
—Dime lo que eres —exigió, moviéndose más rápido.
—Soy… tuyo —jadeé.
—Más.
—Soy tu bisexual. Quiero esto siempre. Quiero hacerlo por ti.
Ella dejó escapar un gemido puro y me dio un golpe firme en la nalga.
—Así quiero oírte.
Y entonces pasó. El orgasmo me agarró desprevenido, sin que nadie tocara la verga. Empezó dentro, subió y explotó. Acabé sobre las sábanas en chorros largos mientras ella me seguía abriendo, alargando el final hasta la última gota.
Me derrumbé jadeando. Camila se salió despacio, se quitó el arnés, se acostó a mi lado y me secó la frente con la mano.
—Estuviste increíble, amor —murmuró, orgullosa—. Te acabaste sin que te tocaran.
Me miró a los ojos, todavía encendida.
—Y esto fue el calentamiento.
Se mordió el labio con esa sonrisa peligrosa que ya conocía.
—El viernes que viene vienen a casa dos amigos míos. Y tú vas a estar listo para ellos.
La verga, todavía sensible y sucia, respondió sola solo de escucharla.
***
El viernes llegó con nervios y una excitación que apenas me dejaba comer.
A las once en punto sonó el timbre. Yo estaba de rodillas en la alfombra del salón, desnudo, con un plug mediano dentro y un collar de cuero que ella misma me había puesto esa tarde. Camila me miró por última vez antes de abrir la puerta.
—Quédate exactamente así. Quiero que te vean entregado.
Entraron Santiago y Tomás. Santiago: alto, moreno, pelo corto, cuarenta años, un cuerpo trabajado sin ostentación. Tomás: más macizo, cabeza rapada, brazos tatuados. Cuando me vieron de rodillas con el collar, les cambió la cara. No fue sorpresa. Fue aprobación.
—Lo tienes bien preparado —le dijo Santiago a Camila mientras le daba un beso en la mejilla.
Ella me acarició el pelo y me habló bajito.
—Mi chico está listo. Háganlo sentir como le prometí.
Se desnudaron sin prisa. Dos cuerpos distintos, el olor de hombre adulto llenando el ambiente. Camila se sentó en el sillón, se abrió de piernas y empezó a tocarse despacio, mirándome.
—Empieza por la boca, amor.
Santiago se acercó primero. Me agarró de la nuca con suavidad y acercó la verga a mis labios. Abrí la boca. El sabor me golpeó: salado, denso, caliente. No era desagradable. No lo era en absoluto.
—Así… despacio —guiaba Camila desde el sillón, con los dedos dentro de ella—. Lámelo alrededor. Saboréalo. Eso, mi amor.
Chupé obediente, aprendiendo mientras lo hacía. Tomás se colocó detrás de mí, me sacó el plug y lubricó su verga. El estiramiento cuando entró fue brutal, mucho más grande que el consolador de Camila. Gemí alrededor de la otra verga y Santiago me sostuvo la cabeza con las dos manos.
Empezaron a moverse a ritmo. Santiago buscando el fondo de la garganta, Tomás hundiéndose por detrás con embestidas profundas. Mis gemidos se convirtieron en sonidos que no sabía que podía hacer. Saliva, sudor, lágrimas en las comisuras de los ojos. La verga me colgaba pesada, dura, chorreando sola.
Camila se levantó del sillón, se tiró debajo de mí y empezó a chuparme mientras ellos seguían. Su boca, caliente y conocida, tragando todo.
—Acábate con dos dentro —me dijo entre lametones—. Quiero verlo.
No duré mucho más. El orgasmo me atravesó desde dentro. Acabé en su boca en chorros largos mientras Tomás me daba las últimas embestidas y Santiago me terminaba en la lengua con un sabor caliente que tragué casi entero, con parte chorreándome por el mentón.
Tomás gruñó, se enterró hasta el fondo y se vino también con una embestida brutal. Sentí su verga latiendo, el calor, después el goteo lento cuando se fue saliendo.
Cuando todo terminó, me derrumbé sobre la alfombra. Camila se arrodilló frente a mí, me agarró la cara con las dos manos y me besó profundo, sin asco, saboreándolo todo.
—Estuviste perfecto —susurró—. Mi chico. Mi bisexual. Mío.
Los dos se vistieron y se fueron sin apuro, despidiéndose de ella con un beso y de mí con una palmada en el hombro. Camila cerró la puerta, me ayudó a levantarme y me llevó a la ducha. Me lavó despacio, besándome cada tanto, como quien cuida algo valioso.
Esa noche, ya en la cama, mientras ella dormía abrazada a mi pecho, yo miraba el techo en la oscuridad. El cuerpo me dolía. Todavía tenía el sabor de otra persona en la lengua. Y cuando pensé en el lunes, en el próximo viernes, en lo que vendría, no sentí miedo.
Sentí que recién empezaba.