La oferta indecente que su marido le pidió aceptar
El plató olía a laca y a café frío, como siempre a esa hora. Marta Valverde se colocó el micrófono diminuto en el interior del cuello de la blusa, ese gesto que repetía todas las noches desde hacía siete años, y sonrió al operador principal con la naturalidad de quien ya no piensa en las cámaras. Llevaba puesta la armadura: un traje gris perla, un peinado impecable y un carmín discreto. Era la voz tranquila del noticiero de medianoche, la cara que millones de personas veían justo antes de apagar el televisor.
Faltaban cuatro minutos para salir en directo cuando un redactor joven, con los auriculares colgando del cuello, se le acercó con torpeza.
—Marta, dejaron esto en recepción —dijo, tendiéndole un sobre color crema—. Dicen que es personal y urgente.
Ella lo aceptó sin apartar los ojos del apuntador. El sobre era pesado, con un lacre rojo sobre la solapa y su nombre escrito con pluma negra, letra gruesa y segura. Sintió un latigazo frío en el estómago, pero guardó el sobre dentro de su carpeta de guiones y no volvió a pensar en él hasta que terminó la emisión.
En la privacidad de su camerino, rompió el lacre con el pulgar. El papel era caro, de textura sedosa, y apenas llevaba unas líneas en el centro.
«Señora Valverde, mi hijo ha manifestado un interés particular por usted. Le ofrezco una noche a su lado. La compensación será generosa, suficiente para asegurar el futuro de su familia. Discreción absoluta. Ricardo Solano.»
Marta leyó la nota dos veces. Conocía el nombre. Ricardo Solano era el dueño de medio distrito financiero de la ciudad, un empresario de la construcción que aparecía en las revistas solo cuando inauguraba un edificio. Su hijo Diego, en cambio, vivía en las páginas de sociedad. Veintitantos años, guapo de un modo insolente, con un historial de fiestas en yates y coches estrellados contra vallas.
Sintió un calor subirle por la nuca. No era la primera vez que le llegaba una propuesta inadecuada; iban con el oficio. Pero esta tenía otro peso. La firma, la cifra implícita, el atrevimiento limpio. Dobló el papel por la mitad y lo guardó en el bolsillo interior del bolso, como si escondiera una brasa.
***
El camino a casa fue una sucesión de semáforos en rojo y pensamientos que volvían sobre sí mismos. Cuando cruzó el umbral, el chalé estaba en silencio, salvo por la luz tibia que salía del estudio. Andrés, su marido, seguía despierto, repasando un informe con las gafas en la punta de la nariz.
A los cuarenta y tres, Andrés seguía siendo el hombre que la sostenía sin ruido, con esa calma de analista financiero que llevaba pegada a los gestos. Marta no dijo nada. Se sentó a su lado en el sofá de piel, sacó el sobre y se lo tendió con las dos manos.
Andrés leyó despacio. Ella buscó en su rostro una señal, la que fuera: la arruga vertical del enfado, el tic del ojo cuando se ofendía. No encontró nada. Solo una sonrisa pequeña, casi imperceptible, dibujándose en la comisura de los labios. Dejó la carta sobre la mesa de cristal y se quitó las gafas con parsimonia.
—Ricardo Solano —murmuró—. Ese hombre no regatea lo que quiere.
—¿En qué estás pensando? —preguntó ella, aunque ya lo sabía.
Andrés giró el cuerpo hacia ella y apoyó la mano en el muslo de Marta, por encima del pantalón. La presión de los dedos fue firme, demorada, como si estuviera apretando una decisión en la tela.
—Es una oportunidad, cariño. —Su voz bajó un tono, se volvió ronca—. No es solo dinero. Es una fantasía. Una que la mayoría ni se atreve a imaginar.
—¿Y tú? —susurró Marta.
—Yo quiero escucharte contármelo todo después. Cada detalle. Quiero que vuelvas a esta cama con el olor de él encima y que me lo cuentes mientras te recuerdo de quién eres.
Algo se destrabó dentro de Marta, una puerta que llevaba años entornada. Asintió sin encontrar palabras, y dejó que la mano de Andrés subiera un poco más, hasta la cara interna del muslo, donde ya notaba la humedad atravesando la tela.
***
Tres noches más tarde, Marta se miró en el espejo de cuerpo entero de su vestidor. El vestido era negro, de seda fina, una segunda piel que se adhería a sus caderas y marcaba una cintura trabajada durante años en bicicleta estática. La coraza verdadera, sin embargo, la llevaba debajo: un conjunto de encaje en un rojo profundo, de los que no se compran por comodidad. El sujetador le levantaba el pecho hasta formar un escote que prometía más de lo que la blusa de trabajo dejaba entrever jamás. La tanga apenas cubría nada.
Se retocó el carmín. La presentadora había desaparecido del espejo. En su lugar había otra mujer, una que iba a dejarse mirar con los ojos bien abiertos.
El hotel estaba en el centro, una torre de cristal que olía a lirios blancos y a dinero antiguo. El botones la acompañó hasta la última planta sin hacer preguntas. Marta golpeó dos veces con los nudillos. Tenía el pulso en la garganta.
Diego abrió la puerta en persona. Era más joven de lo que parecía en las fotos, con el pelo todavía húmedo de la ducha y una camisa de lino blanco abierta casi hasta el esternón. La miró sin disimulo, de arriba abajo, tomándose su tiempo, como se examina una pieza que uno ha pagado por adelantado.
—Eres más hermosa así que en pantalla —dijo, apartándose para dejarla entrar. La voz le salía grave para su edad—. Pasa, por favor.
La suite era una caja de lujos amortiguados. Alfombras gruesas, cuero oscuro, una ventana enorme con la ciudad hirviendo al fondo. Diego cerró con un giro de llave que sonó a compromiso. Marta no se volvió. Lo oyó acercarse por detrás y respirar muy cerca de su oreja.
—Mi padre pagó un precio altísimo por esta noche —susurró—. Pero yo no estoy aquí por su dinero. Estoy aquí porque llevo meses viéndote dar las noticias y preguntándome qué habrá debajo de esos trajes aburridos.
El aliento le bajó por el cuello. Marta giró despacio. Diego no esperó. Le puso las manos en la cintura y tiró de ella con una fuerza bruta que no había previsto. Se encontró pegada a su pecho, sintiendo, a través de la tela, la dureza que él no se molestaba en esconder.
—Quiero sentirte ya —dijo.
No hubo preámbulos. La besó con urgencia, dientes incluidos, y le mordió el labio inferior hasta que ella soltó un gemido contra su boca. Las manos del chico le buscaron la cremallera en la espalda con una destreza que no encajaba con su edad, y el vestido negro resbaló al suelo formando un charco oscuro junto a sus tacones.
Diego se apartó un paso para mirarla, ahora solo con la lencería roja y los zapatos. Se pasó la mano por el pelo.
—Dios mío —murmuró—. Eres perfecta.
Marta sintió, por primera vez en años, el poder de su propio cuerpo. Lo empujó suavemente por el pecho hasta sentarlo en el sofá de cuero.
—Tómate lo que pagaste —le dijo, con una voz que no reconoció como suya.
Se quitó los tacones, bajó las tiras de encaje por las caderas y dejó caer la tanga sobre la alfombra. Se acercó, con las piernas abiertas a ambos lados de las rodillas de Diego, y le guio la cabeza hacia el sexo.
Él no necesitó más señales. Le clavó las manos en las nalgas y tiró de ella hacia su boca. La primera lamida fue eléctrica. Diego gruñó contra su piel, como si también él acabara de destapar algo que llevaba tiempo buscando. Trabajó la lengua en círculos lentos al principio, luego más firmes, alternando la presión con los labios y con los dientes. Las uñas del chico se le clavaron en las caderas. Marta echó la cabeza atrás y enredó los dedos en aquel pelo húmedo todavía.
—Así —pidió, sin aliento—. No pares así.
El orgasmo llegó antes de lo que esperaba, una ola que le subió por la columna y le aflojó las rodillas. Diego la sostuvo por la cintura para que no se derrumbara, sin dejar de lamer hasta que ella tuvo que apartarle la cabeza porque ya no soportaba una pasada más.
Él no estaba dispuesto a parar ahí. Se puso de pie, se desabrochó el cinturón y se bajó los pantalones con un tirón torpe. Marta lo miró y sintió otra vez la humedad renovarse.
—Ahora me toca a mí —dijo él.
Marta se arrodilló sobre la alfombra, sin apartarle los ojos. La piel de él estaba caliente, tensa. Se inclinó y lo tomó en la boca despacio, dejando que el primer contacto fuera solo la punta, como quien prueba algo que va a disfrutar sin prisa. Diego jadeó y dejó caer la cabeza hacia atrás, con las dos manos aferradas al respaldo del sofá.
Aumentó el ritmo poco a poco, midiendo la respiración del chico, jugando con la lengua y con la mano al mismo tiempo. Se concentró en el sonido que él hacía, cada vez más desordenado. Cuando notó el primer espasmo, Diego le enredó los dedos en el pelo, firme pero sin empujarla.
—Me voy —avisó, con la voz partida—. Te lo voy a dar entero.
Ella no se retiró. Aceptó todo, limpió lo que quedó, y cuando levantó la cara, Diego la miraba como si no supiera muy bien qué acababa de pasar.
No le dio tiempo a recomponerse. La levantó del suelo, la llevó hasta la cama enorme del centro de la suite y la dejó caer sobre el satén blanco. Le abrió las piernas con una mano, se acomodó entre ellas y se inclinó hasta alinear su cuerpo con el de Marta.
—Córrete conmigo —ordenó, y entró en ella de un empujón hondo, sin cortesía.
Marta gritó. La sensación fue un golpe limpio, dolor y placer mezclados en un mismo segundo. Diego, más joven de lo que nadie hubiera dicho hace una hora, se movió con una urgencia que no se parecía a la de ningún amante de los últimos años. Cada embestida la clavaba contra el colchón y le arrancaba una respuesta áspera de la garganta.
—Dámelo todo —le pidió ella, las uñas clavadas en la espalda del chico, marcándole rayones rojos sobre la piel morena.
—Eres mía esta noche —gruñó él, sudando, con los ojos fijos en los suyos.
El olor del cuarto cambió. La luz de la ciudad, al otro lado del ventanal, se volvió lejana. Marta sintió cómo se acercaba un segundo orgasmo, más largo y más sucio que el primero, y cuando le arrasó el cuerpo, Diego la siguió un segundo después, derramándose dentro con un jadeo que sonó a rendición.
Cayeron uno al lado del otro, jadeando, la respiración desordenada. Diego le pasó la mano por el brazo, sin decir nada, como si no supiera ya cómo tratarla.
***
Cuando Marta volvió a su casa, la luz gris del amanecer empezaba a filtrarse por los visillos. Se duchó sin mirarse al espejo. Luego, descalza, subió al dormitorio.
Andrés estaba despierto, apoyado en el cabecero con un libro sobre las piernas. La miró entrar, y cerró el libro sin marcar la página.
—Cuéntamelo todo —dijo, con una calma que a Marta le pareció más excitante que cualquiera de las cosas que había vivido unas horas antes.
Se metió bajo las sábanas a su lado. Olía al jabón del hotel y a su propio cuerpo recién estrenado. Besó a Andrés en la boca con una urgencia nueva, y él respondió con las manos por debajo del camisón, buscando el sexo que todavía estaba sensible.
—Fue intenso —le susurró Marta contra los labios—. Me tomó como si nunca antes hubiera tenido a nadie.
Andrés sonrió despacio, sin dejar de acariciarla.
—Sigue. Quiero saber cómo entró. Cómo te miró. Cómo supo.
Mientras él se colocaba encima, Marta le contó. La carta, el lacre, los ojos oscuros del chico, la alfombra de la suite bajo las rodillas. Le repitió frases al oído, las que había dicho y las que le habían dicho a ella. Andrés la reclamó con una fuerza que hacía tiempo no sacaba de ningún sitio, como si cada palabra nueva le diera otra llave.
—Tómate lo que es tuyo —le susurró Marta al oído, repitiendo la frase que unas horas antes había dirigido a otro, y Andrés se estremeció sobre ella.
—Soy tuya —añadió—. Pero esta noche he aprendido dónde estabas tú.
Se corrieron juntos, con la ciudad ya despertando detrás de la ventana. Y mientras Andrés se dejaba caer a su lado, sin soltarle la mano, Marta supo que aquel sobre de lacre rojo no había sido el final de nada, sino el principio de un juego largo entre ellos dos, un juego en el que los límites, por primera vez, los iban a pintar a medias.