El yate del jefe y la cala donde todo se descontroló
La invitación llegó un martes por la tarde, con el tono de correo interno que usa Magnus cuando pide un favor sin que suene a petición. Retiro de tres días en alta mar, equipo directivo completo, salida desde el puerto de Valencia, regreso por Marbella. «Estrategia para el tercer trimestre». Yo trabajaba para él desde hacía cuatro años y sabía leer entre líneas: cuando Magnus decía estrategia, también decía otras cosas.
Soy la directora de eventos de la compañía. Treinta años cumplidos este invierno, cuerpo de corredora porque corro cada mañana antes de que amanezca, y una costumbre pésima de mezclar lo profesional con lo demás. Llevo demasiado tiempo en esa oficina como para fingir que no me fijé en él desde el primer día.
El yate se llamaba Skadi, como la diosa vikinga de la caza. Cuarenta y cinco metros de casco blanco, tres cubiertas, cristales ahumados. Magnus subió a bordo antes que nadie, vestido solo con un bañador oscuro y unas gafas de sol que le dejaban ver todo menos los ojos. Llevaba el pelo en trenzas largas, rubias con mechones plateados, los lados rapados. Un lobo tatuado le rugía en el pecho.
—Lucía —dijo cuando pasé a su lado con mi bolsa—. Me alegra que vinieras.
Como si hubiera podido negarme.
A bordo éramos nueve. Carolina, la co-CEO, ya estaba en proa con un biquini negro y una copa en la mano. Tiene treinta y cuatro, el pelo negro húmedo siempre que puede, y una forma de mirar a Magnus que no deja lugar a dudas sobre lo que hay entre ellos. Daniela, de marketing, con esas curvas suyas que siempre parecen desbordar cualquier prenda. Los chicos del equipo: Bruno, operaciones, moreno y callado; Rodrigo, innovación, más joven, con esa sonrisa que incomoda porque no sabes si coquetea o se ríe de ti.
La tripulación era mínima. Gonzalo, el capitán, cuarenta y tantos, barba cana y brazos fuertes de haberse pasado la vida al timón. Valeria, la camarera, jovencísima, con un uniforme que dejaba de ser uniforme en cuanto se inclinaba a servir. Y Nicolás, el camarero, tan guapo que no parecía camarero.
Zarpamos al mediodía. El Mediterráneo estaba liso como una mesa y el sol caía a plomo sobre la cubierta. La primera hora fue puramente laboral: Magnus presentó los números del semestre, Carolina habló de la expansión en el sur, Bruno mencionó unos problemas logísticos. Fue la última hora laboral del viaje.
Después del almuerzo bajamos todos a la cubierta de popa. Valeria servía vino blanco frío en copas que nadie había pedido. Daniela, en un biquini blanco que no le tapaba casi nada, se estiró en una tumbona frente a Magnus con un gesto que yo había visto mil veces en reuniones y que en reuniones era menos peligroso.
—He leído que estos yates tienen salas muy privadas —dijo, pasándose la lengua por el labio.
Magnus se rio. Esa risa suya baja, que no parece risa.
—Las tienen. Pero hoy no las vamos a necesitar.
***
Fondeamos a media tarde en una cala que yo nunca había visto. Magnus la llamaba la Cala del Diablo, un recoveco escondido entre acantilados rojizos al sur de Formentera, accesible solo por mar y sin una sola casa a la vista. El agua era tan transparente que se veía la sombra del casco en la arena, diez metros debajo. Gonzalo apagó los motores y el silencio fue absoluto durante unos segundos.
Absoluto, pero raro. Como el silencio antes de una tormenta que uno sabe que viene.
Carolina se quitó la parte de arriba del biquini sin decir una palabra. La dejó caer sobre la tumbona como si se estuviera quitando un pendiente. Después se acercó a Magnus, que seguía sentado en el borde del jacuzzi de popa, y se le subió encima a horcajadas. Lo besó despacio, con las manos en sus trenzas, y el resto de nosotros nos quedamos sin saber si estábamos invitados o si éramos testigos.
Daniela lo resolvió. Se levantó, cruzó la cubierta y se arrodilló frente a ellos. Apoyó la mano en el muslo tatuado de Magnus y me miró a mí por encima del hombro con una ceja levantada.
—¿Vienes o te quedas mirando, Lucía?
Fui.
Me quité el biquini rojo mientras caminaba y lo dejé tirado sobre la cubierta. Era la primera vez en mi vida que me desnudaba delante de mis compañeros de trabajo, y tendría que haber sentido algo parecido a la vergüenza. Sentí lo contrario. Sentí que la piel me hervía y que las rodillas me pesaban.
Carolina se apartó un momento para dejarme espacio. Me besó en la boca, sin preámbulo, con sabor a vino y a sal, y luego guio mi cabeza hacia el regazo de Magnus.
—Es todo tuyo un rato —me dijo al oído—. Después me lo devuelves.
Había pensado muchas veces en cómo sería. Nunca me imaginé que sería así: con ella dirigiendo, y con Daniela lamiéndole la base mientras yo me ocupaba de la punta. Magnus tenía una mano en mi nuca y la otra apretando el pecho de Carolina, y no decía nada porque no hacía falta.
***
Cuando levanté la mirada, la cubierta había dejado de ser una cubierta.
Bruno tenía a Daniela contra la barandilla de babor. Le había apartado la prenda de abajo con la mano y la estaba penetrando por detrás, despacio al principio y después con fuerza. Daniela se agarraba a la barandilla de acero y miraba el agua turquesa como si quisiera saltar al mar y al mismo tiempo no poder.
Rodrigo, el joven de innovación, había acabado en el jacuzzi con Valeria. Ella se había librado del uniforme en algún momento que yo no había visto y estaba sentada sobre él, de espaldas, con los ojos cerrados y una sonrisa pequeña que no estaba pensada para nadie más que para ella. Nicolás los miraba desde la pasarela con una toalla todavía en la mano, sin decidirse. Hasta que Valeria estiró un brazo, lo llamó con los dedos, y Nicolás dejó caer la toalla y se subió al jacuzzi.
Gonzalo no bajó del puente al principio. Lo vi asomarse un par de veces, comprobar el ancla, verificar que no había ningún barco acercándose. Profesional hasta el final. Después bajó, se sacó el short blanco y se metió en la cubierta sin pedir permiso. Nadie se lo pidió tampoco. Era su yate más que de nadie.
Magnus me levantó de la posición en algún momento. Tenía las manos ásperas, manos de alguien que hace cosas con las manos fuera del trabajo. Me apoyó contra la mesa de caoba de la zona de comedor exterior, me separó las piernas con la rodilla y me besó el cuello mientras Carolina, detrás de él, le pasaba las uñas por la espalda tatuada.
—¿Llevabas mucho queriendo esto? —me preguntó, muy cerca del oído.
Asentí. No me salió la voz.
—Lo sé —dijo—. Se te notaba.
Me habría ofendido en cualquier otro contexto. En ese no. En ese quería oírle decirme exactamente eso.
***
La tarde se alargó como se alargan las tardes en el mar, sin reloj que la mida. Cambiamos de parejas, de tríos, de rincones. Carolina terminó en el sofá exterior con Rodrigo y conmigo; Rodrigo la penetraba y ella me besaba los pechos con la boca llena de gemidos cortos. Daniela, después de Bruno, acabó en la popa con Gonzalo, que la agarraba de las caderas con una paciencia que los jóvenes no tenían. Bruno y Nicolás, en algún punto, compartieron a Valeria entre los dos, ella arrodillada en el centro de la cubierta y los dos de pie a cada lado, concentrados como si estuvieran haciendo un trabajo serio.
Yo me corrí por primera vez en la boca de Daniela, con Magnus detrás sujetándome el pelo. La segunda vez fue sobre la arena de la orilla, porque en algún momento Magnus decidió que había que bajar a la playa. Nadamos hasta la cala los ocho, dejando el yate anclado como un animal dormido. La arena estaba tibia y nos revolcamos en ella sin pudor, cubiertos de sal, de agua, de sudor, con el sonido de las olas y nada más.
Magnus me tomó en el borde del agua, con medio cuerpo dentro y medio fuera, la espalda contra la arena. Tenía las trenzas pegadas a los hombros, llenas de agua salada, y los ojos grises clavados en los míos como si en ese momento yo fuera la única persona de la empresa, del yate y del mar. Fue la mejor mentira que me contó nunca y la única que no me importó creer.
***
El sol cayó detrás de los acantilados hacia las ocho. Volvimos al yate nadando, en grupo, sin prisa, como si no hubiera pasado nada. Valeria se puso el uniforme a medio abrochar y trajo una bandeja con fruta cortada que nadie había pedido. Nicolás descorchó champán. Carolina, con un pareo blanco sobre los hombros y nada debajo, se sentó al lado de Magnus en el sofá de popa y le apoyó la cabeza en el pecho como una esposa después de un día largo.
Nadie dijo gran cosa durante esa cena. No porque hubiera incomodidad. Lo contrario: porque nadie necesitaba decir nada. Brindamos por la expansión en el sur. Brindamos por la temporada. Rodrigo hizo una broma sobre sinergias que le salió mal y todos nos reímos demasiado.
Gonzalo preguntó si zarpábamos al día siguiente a las seis, como estaba previsto. Magnus lo pensó un segundo.
—A las diez —dijo—. No hay prisa.
Me fui a dormir sola a mi camarote. Carolina se fue con Magnus al suyo, como era de esperar. Pero en algún momento de la madrugada oí la puerta, y Daniela se metió en mi cama sin decir nada, y las dos nos dormimos abrazadas con ese cansancio bueno que deja el mar.
***
Han pasado tres meses desde aquel viaje. La compañía sigue como siempre: Magnus dirige, Carolina dirige con él, yo organizo eventos que cada vez son más grandes. En la oficina nos tratamos con total profesionalidad. Nadie menciona el Skadi, nadie menciona Formentera, nadie menciona la Cala del Diablo.
Pero ayer, cuando pasé por el despacho de Magnus a entregarle una propuesta, me miró un segundo más de la cuenta por encima de las gafas y me dijo, con esa voz baja suya:
—En julio repetimos retiro. Ya te aviso.
No dije nada. Cerré la puerta al salir y me quedé un momento en el pasillo vacío, con la carpeta en las manos, intentando acordarme de si tenía algún compromiso ese mes que me impidiera ir.
No tenía ninguno.