Mi novio cumplió mi fantasía más loca esa tarde
Me llamo Camila, tengo 27 años. Morena, pelo lacio hasta los hombros, caderas anchas y unas nalgas que siempre fueron mi mejor carta. Llevo cuatro años con Mateo y dos viviendo bajo el mismo techo. Lo nuestro funciona porque nos contamos todo y porque en la cama no nos guardamos nada.
A mí me gusta el sexo bruto. Las cachetadas, las nalgadas, los tirones de pelo, el pellizco en el momento justo. Me gusta sentirme usada, sentirme suya. Mateo lo entiende y lo administra como nadie. Pero si hay algo que defino como mi especialidad, es chuparla. Lo hago una vez al día como mínimo. Si lo veo cansado, dos. Si está triste, tres. Tragar leche es para mí lo que para otros es el postre.
A lo largo de los años fui cumpliendo todas las fantasías de Mateo. Sexo en la playa, en un río de aguas frías, en el baño de un restaurante, juegos de roles donde yo era la infiel y él el desconocido que me cazaba en un bar. Lo viví como un juego y casi todo terminó gustándome más de lo que esperaba. Pero a mí nunca me preguntó qué quería yo.
Hasta una madrugada de febrero, abrazados en la cama, después de hacerlo.
—¿Tienes alguna fantasía? —me dijo, casi al oído.
—¿Y eso a qué viene?
—No sé. Tú siempre cumples las mías. Nunca te lo pregunté.
Me reí. Me daba vergüenza decirla en voz alta, aunque la había pensado mil veces.
—Tengo una. Pero es una locura.
—Dime.
—Sabes que me encanta chupártela. —Hice una pausa larga—. Siempre tuve la curiosidad de saber qué se siente un bukkake.
Sentí que se quedaba quieto unos segundos.
—¿Y con cuántos sería esa fantasía?
—Yo siempre fantaseo con ocho o diez. Pero si fuera la primera vez, con seis. Para probar.
—Saliste bastante puta, ¿eh? —se rio—. Diez tipos.
—Tonto. No te burles.
—No me burlo. Me encanta. ¿Otra?
—Por ahora ninguna. Ya invento bastante contigo.
Me pareció que el tema se cerraba ahí. Hablamos de cualquier otra cosa hasta dormirnos. Pasaron los días y yo ni me acordaba de la conversación. Hasta que dos semanas después.
***
Veníamos del centro comercial. Habíamos comprado lencería, un par de zapatos para él y una blusa para mí. Iba en el asiento del acompañante mirando el celular cuando sentí que el auto frenaba antes de tiempo. Levanté la vista. Mateo se estaba metiendo en la entrada de un motel.
Me sonreí. Pensé que se le había antojado un rato a media tarde. Apagó el motor. No abrió la puerta.
—Bueno, amor. Te estarás preguntando por qué estamos en un motel.
—Para hacerlo, ¿no? —dije, todavía riéndome.
—No. Arriba en el cuarto hay seis tipos esperándote para hacerte un bukkake.
Lo miré sin saber si era una broma. Tenía la cara seria, pero no del todo. La mano derecha jugaba con la palanca de cambios.
—¿Qué?
—Que hoy vas a cumplir tu fantasía.
—¿Hablas en serio?
—Tenía todo armado desde la noche que hablamos.
Sentí el corazón en el cuello. Las manos me temblaban un poco y no sabía si era de nervios o de excitación.
—Pero ¿quiénes son? ¿Estás seguro? Me vas a ver con otras vergas en la boca, otros tipos me van a ver desnuda.
—Totalmente seguro. Los seleccioné yo. No te conocen de nada. Todos pasaron por análisis médicos. Saben que cuando tú digas basta, es basta. ¿Quieres?
Tragué saliva.
—Seis tipos… no sé. Me excita y me da miedo a la vez.
—En realidad somos siete. Yo también participo.
—Ay, dios.
Me incliné y le di un beso largo. Le agarré la verga por encima del jean y la sentí dura como una piedra. Eso me terminó de decidir.
—Vamos. Quiero tragarme todas esas vergas.
—Maldita.
***
Subimos las escaleras. Cada peldaño me palpitaba en el pecho. Mateo abrió la puerta sin tocar y entré detrás de él. Adentro había seis hombres conversando entre sí, con una cerveza en la mano. Cuando me vieron, todos se callaron al mismo tiempo.
Eran de edades distintas, contexturas distintas. Uno alto y delgado, otro más bajo y robusto, un moreno de espalda ancha que no me sacaba los ojos de encima. Sentí cómo me recorrían con la mirada y me calenté hasta el fondo. Saber que estaban ahí por mí, esperándome a mí, fue lo más excitante que me pasó en años.
—Hola, chicos —dijo Mateo—. Ella es mi novia, Camila.
—Hola —dije, casi sin voz.
—Se va a cambiar. Ya saben las reglas.
Me dio una bolsa con la lencería que acabábamos de comprar esa misma tarde. Lo había planeado todo. Hasta el último detalle. Me encerré en el baño y me cambié temblando. Cuando me miré al espejo, casi no me reconocí. Tenía las pupilas dilatadas, las mejillas encendidas y la respiración corta. Respiré hondo y abrí la puerta.
Salí descalza, con el conjunto negro de encaje. Todos me miraron en silencio mientras avanzaba. Empecé a caminar hacia ellos y me fueron rodeando sin necesidad de decir nada. La primera mano que sentí fue en la cintura. Después una en la nalga. Después una boca en el cuello. Me besé con uno, después con otro, mientras Mateo me mordía el hombro por detrás. Las manos me agarraban, me apretaban, me llevaban las mías a la entrepierna de cada uno.
Se fueron desnudando uno por uno. Cuando me arrodillé en el medio del cuarto, tenía siete vergas alrededor. Algunas más grandes, otras más gruesas. Todas duras. Todas para mí.
Empecé por el moreno. Tenía una verga enorme y me la tragué hasta el fondo con las dos manos. Le lamí los testículos, volví a meterla, garganta profunda. Cambié al de al lado y mientras se la chupaba a uno, masturbaba a dos más. Me agarraban del pelo y me cogían la boca a su antojo. Otros me dedeaban por detrás. Me sentía la mujer más sucia del mundo y no quería que terminara nunca.
Cuando me tocó Mateo, me cacheteó la cara con la verga y me la metió hasta la garganta de un solo golpe. Sabía cómo me gustaba. Me apretó la nuca con las dos manos y me usó la boca durante varios minutos sin soltarme. Después siguió otro. Y otro. Y otro. Perdí la cuenta. Tuve dos orgasmos sin que nadie me la metiera abajo, solo de tantos dedos y tanta lengua y tanta humillación pedida.
Mateo me sacó una foto con las siete vergas alrededor de mi cara. Después me dijo que abriera la boca y no la cerrara. Hicieron una fila. Uno por uno se acercaba, me cogía la boca durante un minuto y se venía sobre mi lengua o en mi cara. Algunos pidieron acabar adentro, otros prefirieron afuera. Me llené entera. La cara, el pelo, los pechos. El último fue Mateo. Cuando me vio así, terminó solo de mirarme. Me sacó otra foto.
Recogí la leche con los dedos y me la comí. Toda. Después fui al baño, me di una ducha rápida y volví desnuda al cuarto. Los chicos seguían ahí, ahora más relajados, hablando entre ellos. Mateo me agarró del culo, me metió un dedo, me besó delante de todos. Y eso prendió la mecha de nuevo. Las nalgadas empezaron a llover de los seis. Caí de rodillas. Cuando levanté la cara, todos volvían a tenerla dura.
La segunda ronda fue más larga y más intensa. Me acostaron boca arriba en el filo de la cama, con la cabeza colgando hacia abajo. Me cogieron la garganta uno por uno mientras los otros me apretaban los pechos, me pellizcaban los pezones, me dedeaban con dos dedos. Tuve tres orgasmos más. Cuando ya no podía más, hicieron la fila otra vez. Esta vez todos pidieron acabar adentro de mi boca. Vaciaron todo en mi garganta. Me la tragué entera, hasta la última gota.
Me di otra ducha. Cuando salí, ya se habían ido todos.
***
—¿Y? —me dijo Mateo, sentado en la cama, mirándome—. ¿Qué te pareció tu fantasía?
—Superó cualquier cosa que hubiera imaginado. Estoy reventada. Me duele la mandíbula.
—Me alegra que te haya gustado.
—¿Y a ti? ¿Qué te pareció verme con otros?
Se rio. Me agarró de la cintura y me sentó encima de él.
—Me fascinó. Te veías como una puta. Pero una tremenda puta. Cuando quieras lo repetimos.
—¿Hablas en serio?
—Las veces que quieras. Y si quieres más gente la próxima vez, también.
Le mordí el labio. Esa noche, cuando llegamos a casa, me cogió como si recién me hubiera conocido. Como si todavía le faltara marcar territorio. Y a mí me encantó cada segundo.
***
Pasaron dos semanas. Había vuelto a la rutina, al trabajo, a las cenas con la familia, pero el recuerdo me caminaba por adentro a toda hora. Mateo lo sabía. Cuando lo hacíamos, le contaba lo que más me había gustado, y él se ponía como un toro. Era nuestro nuevo idioma.
Una noche volvíamos del cine. Yo ni me acordaba del tema. Cuando vi que se desviaba de la avenida y entraba a otro motel, supe.
—¿Cuántos hay arriba?
—Sube y averígualo.
—Dime.
—No. Sube y cuenta tú.
Subimos. Cuando entré, conté mentalmente mientras Mateo los saludaba. Eran doce. Doce con Mateo. Cinco más que la vez anterior. Esa noche fue todavía más larga, más sucia y más intensa. Pero esa es otra historia.
Lo que sí puedo contar es que la tercera vez Mateo no subió conmigo al cuarto. Me dijo que tenía que dejar unas compras en casa, que volvía en tres horas. Bajé del auto sabiendo que en realidad no iba a volver tan rápido. Y sabiendo perfectamente lo que él esperaba que pasara mientras tanto.
Pero esa decisión la tenía yo.
Y todavía no decidí qué le voy a contar cuando vuelva.