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Relatos Ardientes

Lo que empezó con una mirada en el espejo

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Soy Sofía, tengo veintitrés años y trabajo en administración en una empresa pequeña del centro de la ciudad. Lo cuento porque importa el contexto: soy alguien normal, con horarios normales y una vida bastante predecible. O lo era hasta ese sábado.

Todo empezó con Andrea.

Andrea y yo nos conocemos desde la universidad. Ella siempre tuvo esa manera de contarme sus aventuras como si fueran la cosa más natural del mundo, sin preámbulos y sin pedir opinión. Una tarde, mientras terminábamos una botella de vino tinto en su apartamento, me dijo que tenía una costumbre que yo nunca hubiera imaginado.

—Cuando pido un viaje por la aplicación, a veces le ofrezco al conductor pagarle de otra forma —me dijo, con esa sonrisa suya de quien ya sabe el final de la historia.

Le pregunté qué quería decir. Me lo explicó sin rodeos: les mandaba un mensaje ofreciéndoles chupársela como pago. Una mamada bien hecha por el viaje. La mayoría cancelaba sin contestar. Algunos se reían pensando que era broma y terminaban llevándola de todas formas. Y unos pocos —los que se lo creían de verdad— llegaban al destino con la verga todavía dura en el pantalón y un número guardado en el teléfono.

—¿Y nunca has tenido un mal momento? —le pregunté.

—Nunca —respondió—. Uno aprende a leer a la gente. Y créeme, una vez que un tipo siente tu boca alrededor de su polla, no hace falta más conversación.

No pude dejar de pensar en eso el resto de la semana. Me imaginaba la escena una y otra vez: subirme al coche de un desconocido, sacársela, mamarla hasta el final. Me descubrí mojándome en la oficina pensando en eso.

***

El sábado siguiente decidí intentarlo. No por el dinero —el viaje era cortísimo y barato— sino porque la idea de hacer algo así en plena tarde, con la ciudad girando a su ritmo normal a mi alrededor, me generaba una tensión que quería explorar. Quería saber si era capaz. Quería sentir una polla extraña en mi boca y ver qué pasaba.

Me preparé con cuidado. Ducha larga, depilación completa, cabello oscuro suelto hasta la cintura, labios pintados de rojo oscuro. Elegí una falda negra de tela suave que llegaba a mitad del muslo y se movía con cualquier brisa, una blusa de tirantes blanca ceñida al cuerpo que dejaba entrever mis tetas sin sostén, y unas bragas finas de encaje negro que ya empezaban a humedecerse de solo pensar en lo que iba a hacer. Sandalias de cuña baja. Sencillo pero calculado.

Le mandé un mensaje a Andrea antes de pedir el viaje: «Ya voy a intentarlo». Ella contestó con un sticker de palomitas de maíz.

El primero en aceptar el viaje se llamaba Gabriel. Le mandé el mensaje proponiéndole el trato: una mamada completa por el viaje. Cuarenta segundos después había cancelado sin decir una palabra. Recordé lo que me había advertido Andrea y esperé sin desanimarme.

Tres minutos más tarde apareció Marcos en la pantalla. Cuarenta y dos años según el perfil, fotografía de frente: hombre delgado, pelo entrecano, mirada directa que no decía nada pero tampoco descartaba nada. Le mandé el mismo mensaje.

No respondió.

Pero tampoco canceló. El punto azul en el mapa siguió avanzando hacia mí.

***

Lo esperé en la acera. Era media tarde y el sol todavía calentaba fuerte. Cuando el coche plateado dobló la esquina y frenó frente a mí, tomé una decisión sin pensarla demasiado: abrí la puerta del copiloto —no la de atrás— y me senté a su lado. No sé exactamente por qué. Solo me pareció la posición correcta para lo que iba a pasar.

—¿Sofía? —dijo él sin apartar los ojos del frente.

—La misma. Tú eres Marcos.

Le di el código de verificación. Arrancó. Durante los primeros dos minutos no hubo conversación. La radio sonaba bajísima. El coche olía a ambientador de madera.

Fue entonces cuando noté que miraba el espejo retrovisor.

Al principio fue una sola vez, rápida, como si comprobara el tráfico de atrás. Pero luego fue otra. Y otra más. Cada vez que el tráfico se frenaba o había un semáforo en rojo, sus ojos volvían al espejo. El ángulo era completamente revelador: no miraba los coches que venían detrás. Me miraba a mí. A mis piernas, principalmente. A la línea donde terminaba la falda negra sobre mi muslo desnudo. Y, sin disimulo ya, al escote de la blusa donde mis pezones empezaban a marcarse contra la tela.

Me recosté un poco más en el asiento, buscando una postura más cómoda. La falda subió un par de centímetros, dejando ver una parte mayor del muslo. Abrí ligeramente las piernas. Vi cómo sus dedos apretaban el volante con más fuerza y cómo se le marcaba un bulto creciente en el pantalón.

—¿Leíste mi mensaje? —pregunté, con la voz tranquila y directa.

Él esperó a pasar el semáforo antes de responder.

—Lo leí —dijo.

—¿Y qué piensas?

Silencio de tres o cuatro segundos. Sus ojos volvieron al espejo.

—Pienso que no suele pasarme esto.

Sonreí sin mirarlo todavía.

—¿Eso es un problema?

—No exactamente.

Puse mi mano sobre su muslo, despacio, sin presión. Solo apoyada. Él no se movió, pero su respiración cambió. Lo noté en cómo se le ensanchó el pecho y en cómo apretó un poco más el volante. Deslicé la mano un par de centímetros hacia su entrepierna y sentí, debajo de la tela, la dureza creciendo.

—Estás duro —dije, sin sacar la mano—. ¿Quieres que te chupe la polla, Marcos?

Él tragó saliva. Vi cómo se le movía la nuez.

—Sí —dijo apenas.

—Podemos buscar un lugar tranquilo. O seguimos manejando y yo te la mamo mientras conduces. Tú decides, pero decide ya.

Marcos echó una mirada por los espejos laterales. Luego me miró de frente por primera vez desde que había arrancado. Sus ojos se detuvieron un momento en mi boca pintada de rojo.

—Lugar tranquilo —dijo—. No voy a poder conducir con tu boca encima.

***

Encontró un callejón lateral que bordeaba un parque arbolado a unos diez minutos de donde me había recogido. Era sábado por la tarde pero esa zona estaba en silencio, con árboles altos que proyectaban sombra larga sobre la calzada. Aparcó junto a unos arbustos, apagó el motor y se quedó un momento quieto con las manos todavía en el volante, respirando como si quisiera asegurarse de que aquello estaba pasando.

—¿Esto no te da miedo? —preguntó, mirándome.

—No —respondí—. ¿A ti?

Una sonrisa breve cruzó su cara. Era la primera vez que lo veía sonreír desde que me había recogido.

Me arrodillé en el asiento de costado, sujetándome el cabello con una mano para apartármelo de la cara. Con la otra le solté el cinturón, le abrí el botón del pantalón y le bajé el cierre, despacio, sin apuro, escuchando cada diente del zíper soltarse. Él no ayudó ni entorpeció: solo me observaba con esa calma suya que empezaba a gustarme. Esa manera de mirar sin hablar hacía que todo se sintiera más intenso de lo que esperaba.

Le bajé el pantalón y el bóxer hasta los muslos. Su verga saltó hacia afuera, dura, recta, latiendo contra su vientre. Más larga que gruesa, con la cabeza enrojecida y una gota de líquido transparente brillando en la punta. La rodeé con la mano —apenas la abarcaba— y la apreté ligeramente. Él soltó el aire por la nariz.

—Joder —murmuró.

—Todavía no te he hecho nada —dije, mirándole a los ojos.

Me agaché.

Empecé con la lengua. La pasé desde la base hasta la punta, lenta, plana, mojándole toda la longitud. Cuando llegué arriba lamí la gota que tenía en la cabeza, saboreándola, demorándome ahí mientras él me miraba con la boca entreabierta. Bajé otra vez hasta los huevos, los chupé uno por uno, metiéndomelos en la boca con cuidado mientras con la mano le hacía movimientos lentos por el tronco. Cada vez que pasaba la lengua por la zona del frenillo, Marcos dejaba escapar un gemido apretado entre los dientes.

Marcos puso una mano suave en mi cabello, sin presionar. Solo rozando, como si quisiera asegurarse de que todo aquello seguía siendo real.

—Mete toda la verga en la boca —dijo con voz ronca—. Por favor.

Me la metí.

Despacio al principio, abriendo bien la boca, dejando que la cabeza me rozara el paladar antes de empujarla más adentro. La sentí llenarme, deslizarse hasta el fondo, golpearme la garganta. Bajé hasta que mi nariz le rozó el vientre. Aguanté ahí unos segundos, sintiéndola palpitar dentro, y subí despacio sacando hilos largos de saliva.

—Hostia —jadeó él—. Hostia, qué bien la chupas.

Empecé a moverme. Arriba y abajo, con un ritmo firme, profunda. Mi saliva empezaba a chorrear por los lados, mojándole los huevos y el tronco, manchando la tela del asiento. Cada vez que subía giraba la lengua alrededor de la cabeza y la chupaba con fuerza, sacándola con un pequeño «pop» antes de volver a tragármela entera. El interior del coche cerrado se llenaba de los sonidos húmedos de mi boca trabajando su polla.

Aceleré el ritmo. Bajaba más profundo, más rápido, hasta que mis ojos se llenaban de agua y mi nariz le golpeaba contra el vientre con cada embestida. Cuando subía me daba unos segundos de respiro y le miraba a los ojos sin sacármela del todo, con la cabeza apoyada todavía en mi lengua, las mejillas hundidas chupando como si quisiera vaciarle el alma por la verga.

Él apretaba el reposabrazos con la mano libre. Su otra mano me había enredado el pelo en un puño, y empezó a guiarme, marcando él el ritmo, empujándome la cabeza hacia abajo cada vez que yo bajaba. No con violencia. Pero con ganas. Con esa necesidad que tienen los hombres cuando una mujer les está mamando bien y quieren más, más profundo, más fuerte.

Entonces metió la otra mano bajo mi falda. Sus dedos recorrieron mis muslos hasta encontrar mis bragas, que para ese momento estaban completamente empapadas. Me tocó por encima de la tela primero, presionando con el pulgar en el centro. Gemí con la boca llena y el sonido vibró alrededor de él, cálido y húmedo.

—Estás chorreando —murmuró con la voz apretada—. Te pone mamármela, ¿verdad, putita?

El insulto me atravesó como un latigazo entre las piernas. Mojé las bragas todavía más.

Sus dedos empujaron la tela a un lado y me tocaron directamente. Primero rozando los labios del coño, sintiendo cómo resbalaban de lo mojada que estaba, luego haciendo círculos lentos sobre mi clítoris. Mis caderas se movían solas contra su mano, buscando más fricción, más presión.

Metió dos dedos hasta el fondo de un golpe. Solté un gemido ahogado alrededor de su polla. Empezó a moverlos con una cadencia pausada, curvados hacia arriba, justo donde más lo necesitaba, mientras el pulgar seguía frotándome el clítoris en círculos. Cada movimiento me dejaba más cerca del límite. Mi boca se movía más rápido, más profunda, hasta que su verga rozaba el fondo de mi garganta y yo tenía que respirar por la nariz para no ahogarme.

Fue entonces cuando él levantó la vista de repente hacia la ventanilla del conductor y se quedó completamente quieto.

—Hay alguien —dijo en voz muy baja.

Alcé los ojos sin soltar nada, con la polla todavía a medio camino dentro de la boca. Por el parabrisas vi la silueta de un hombre mayor paseando a un perro por la acera de enfrente. Caminaba despacio, con la mirada fija en el suelo frente a sus pies.

Marcos no se movió. Yo tampoco. Sus dedos seguían dentro de mí, quietos, llenándome. Su verga seguía en mi boca, palpitando contra mi lengua.

El hombre siguió su camino. En algún punto giró la cabeza hacia el coche, apenas un segundo —quizás un reflejo, quizás curiosidad— y continuó sin detenerse, pero noté cómo aflojaba el paso. Lo vi todo desde donde estaba, arrodillada, con los labios estirados alrededor de la verga de un desconocido, las bragas a un lado y dos dedos enterrados en el coño.

Lo que sentí en ese momento no fue vergüenza ni miedo. Fue algo caliente y urgente que me recorrió de golpe, desde la nuca hasta los muslos. La posibilidad de que alguien pudiera vernos. La idea de estar arrodillada en ese asiento con la falda levantada, las tetas marcadas contra la blusa y la boca llena de polla, mientras el mundo seguía girando a dos metros del parabrisas como si nada. La certeza de que ese hombre quizás había visto la sombra de mi cabeza moviéndose y había decidido seguir caminando despacio para ver más.

Esa idea me encendió más que cualquier otra cosa.

Empecé a moverme de nuevo, pero más rápido que antes. Mucho más rápido. Me metí su polla hasta el fondo de la garganta, sin pausa, dejando que las lágrimas me corrieran por las mejillas y la saliva me chorreara por el mentón hasta caer sobre la blusa.

—Joder, así —jadeó Marcos—. Así, no pares, chúpamela como una puta.

Sus caderas se levantaron del asiento, empujándose hacia mi boca. Sus dedos volvieron a moverse dentro de mí con urgencia nueva, más rápido, más profundo, frotándome el clítoris con el pulgar en cada movimiento hacia adentro. Mis piernas temblaban. Mis gemidos ahogados llenaban el coche junto con el sonido húmedo de los dedos entrando y saliendo de mi coño empapado.

—Voy a correrme —jadeó—. ¿Dónde quieres que me corra?

Saqué la verga de la boca solo lo suficiente para responder, con los labios pegados todavía a la cabeza.

—En la boca. Quiero tragármelo todo.

Volví a metérmela. Aceleré aún más.

Todo llegó casi al mismo tiempo.

Mi orgasmo me tensó de golpe: las piernas apretadas alrededor de su mano, el coño contrayéndose con fuerza alrededor de sus dedos, un gemido largo y vibrante que salió de mi garganta sin que pudiera controlarlo y que vibró alrededor de su polla. Me estremecí durante unos segundos que se sintieron mucho más largos de lo que eran, mientras la corrida me sacudía toda y los dedos de Marcos seguían frotándome adentro sin parar.

Él llegó justo después. Lo sentí en cómo cambió su respiración, en cómo se puso más rígido, en cómo me agarró el pelo con las dos manos —los dedos todavía mojados de mi coño se hundieron en mi cuero cabelludo— y empujó mi cabeza hacia abajo. La primera descarga de semen me llenó la boca de golpe, caliente y espesa. Luego otra. Y otra más. Lo sentí latir entre mis labios mientras vaciaba la verga dentro de mí con una serie de gemidos roncos.

—Trágatelo todo —jadeó—. Todo.

No dejé que cayera una sola gota. Me lo tragué a medida que venía, sintiendo cómo me bajaba caliente por la garganta. Seguí moviéndome suave hasta que él soltó el aire despacio y sus caderas volvieron al asiento, exprimiendo cada última gota con la lengua y los labios.

Lo limpié con la lengua antes de soltarlo. Abrí la boca para mostrarle que ya estaba todo dentro y luego tragué lo poco que me quedaba. Me incorporé, me pasé el pulgar por la comisura de los labios recogiendo un hilo de saliva mezclada con semen, me acomodé el cabello, me bajé la falda. Sus dedos salieron despacio de mi coño y se los llevó a la boca sin dejar de mirarme. Los chupó hasta dejarlos limpios.

Marcos tenía los ojos entornados todavía. Respiraba con la boca entreabierta, recostado en el asiento como si acabara de correr diez kilómetros. Su verga, ya blanda y brillante de saliva, le caía sobre el muslo.

—¿Sigues pensando que era una broma? —pregunté.

Abrió los ojos del todo y me miró. Había algo diferente en su expresión ahora: menos seriedad, más algo que no supe nombrar del todo.

—No —dijo—. Definitivamente no.

***

Me dejó en mi destino diez minutos después, con la polla otra vez guardada en el pantalón y un silencio cómodo entre los dos. Antes de bajar me retuvo con una frase que no esperaba.

—La próxima vez no busques un lugar tan escondido —dijo, con la voz todavía un poco ronca—. Cuando ese hombre pasó por afuera… fue distinto. No sé explicarlo bien, pero algo cambió. Te chupaba más fuerte. Lo notaste tú también.

Lo miré un momento sin decir nada, sopesando si admitirlo.

—A mí también —dije al fin—. Me corrí cuando pensé que nos había visto.

Él soltó una risa baja, casi un gruñido.

—Lo sé. Sentí cómo te apretabas alrededor de mis dedos justo en ese momento.

Bajé del coche y caminé hacia la entrada sin mirar atrás, aunque sabía perfectamente que sus ojos seguían puestos en mí mientras me alejaba. Tenía las bragas pegadas al coño todavía mojado, el sabor de su semen en el fondo de la garganta y un escozor en las rodillas de haber estado arrodillada en el asiento.

De vuelta en casa, le escribí a Andrea un solo mensaje: «Funcionó». Ella contestó con un sticker de fuego.

Cerré el teléfono y me quedé mirando el techo, con esa mezcla de satisfacción y algo parecido al asombro. Todavía sentía la verga de Marcos en la boca, sus dedos en el coño, el sabor salado en la lengua.

No había esperado que la parte del hombre caminando fuera a importarme tanto. No había esperado que la posibilidad de ser vista —arrodillada, con la boca llena de polla, con dos dedos extraños metidos en el coño— me encendiera de esa manera, más que el acto en sí o la tensión del trato o cualquier otra cosa.

Pero así había sido. Y eso cambiaba algo en cómo pensaba en todo lo que podría venir después.

Quizás la próxima vez pido que nos quedemos en un lugar con algo más de movimiento. Quizás la próxima vez quiero que me vean de verdad.

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Comentarios(10)

theregar

Tremendo!!! me enganche desde la primera linea, no pude parar hasta el final.

Rosario_73

Se hizo cortisimo!! quiero saber como siguio todo eso. Por favor una segunda parte!

MiguelARG

Jaja me recordo a un viaje en remis que tuve hace mucho. El conductor también me miraba por el espejo... aunque yo no hize nada al respecto jajaja

DulceJulieta

Muy bien narrado. Se siente la tension desde el principio. Me encantó.

lektor22

Eso de la mirada en el espejo es demasiado erotico, captaste muy bien esa sensacion de saber que te observan sin que digan nada. Felicitaciones!

TaxiLector

Que atrevida jaja. Yo en esa situacion hubiera mirado para otro lado y punto jajaja

Vero_relatos

Excelente, esperando el proximo con muchas ganas :)

Nano

Brutaaal!!!

MiriamS99

Me pregunto si es historia real o ficcion, porque se siente muy genuino. En cualquier caso lo disfrute mucho!

PabloK

La descripcion de la tension antes de que pase algo es lo mejor del relato. Eso es saber narrar.

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