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Relatos Ardientes

El hombre que me miró desde la ventana

Caminaba por la calle principal de un viejo barrio que se parecía a lo que un día había sido: cafés con mesas en la vereda, librerías de saldo, árboles antiguos que oscurecían las baldosas y un par de restaurantes donde la gente tardaba toda la noche en pedir la cuenta. Hice la carrera por ahí, hace más años de los que quiero contar, y todavía me costaba reconocer algunas esquinas. La zona empezaba a teñirse de moda, con murales de colores en las paredes laterales y galerías que vendían cuadros caros a coleccionistas aburridos, pero todavía no se había convertido en la postal pretenciosa que terminó siendo. Lo que voy a contar ocurrió justo antes de eso, una tarde de marzo en la que la luz se demoraba en irse.

Iba con la cabeza llena de ruido. O quizá sería más honesto admitir que iba con el cuerpo lleno de ganas. De esas ganas que te asaltan sin pedirte permiso, que no se calman con una ducha fría ni con la mejor de las distracciones. Necesitaba coger. Coger sin pensar, sin frenos, sin la cortesía que uno se inventa para fingir que es civilizado. Quería piel ajena, sudor ajeno, el peso de otro cuerpo encima del mío, una boca caliente buscándome la mía y la urgencia de unos brazos que no preguntaran nada. Tenía la verga dura desde la avenida anterior y cada paso era una pequeña tortura placentera.

Llegué frente a uno de esos hoteles de fachada respetable que en realidad funcionaban como pasaje obligado de la indiscreción del barrio. Pensé, casi como un juego conmigo mismo, que sería un milagro maravilloso ver a alguien asomarse por una ventana en ropa interior y guiñarme un ojo. Y, contra todo lo razonable, eso fue exactamente lo que pasó.

En la ventana del segundo piso apareció un hombre. Estaba de pie frente al cristal, batallando con una remera gris que le quedaba demasiado ajustada, peleando con la tela para encajar la cabeza por el cuello. Tenía un torso firme, no esos cuerpos hinchados de manual de gimnasio, sino algo más natural, con los brazos definidos y los hombros anchos. Cuando por fin la tela cedió y su cara salió a la luz, vi a un tipo guapo, de unos treinta, con la mandíbula marcada y el cabello todavía húmedo de la ducha. Se acomodó la prenda sobre el pecho y, en ese mismo movimiento, sus ojos cayeron sobre mí.

No los apartó. Yo tampoco. Estaba a unos veinte metros del edificio, justo en el cantero central de la avenida, y aun así sentía su mirada como una mano apoyada en el centro del pecho. Sonreí lo justo, planté los pies en la baldosa, dejé que él decidiera. Él se demoró a propósito. Se alisó la remera con una lentitud calculada, dejó que viera cómo le caía sobre los pectorales, y solo entonces dio un paso atrás y apagó la luz de la habitación.

Decidí esperarlo. Crucé al banco de hierro que había bajo un fresno, me senté con las piernas abiertas y miré la entrada del hotel como si fuera lo más natural del mundo. Pasaron diez minutos. Quince. Empecé a pensar que el tipo se había arrepentido, que había sido un juego nada más, una postal para colgar del recuerdo. Y entonces salió.

Cruzó la calle haciéndose el desentendido, como si buscara una dirección. Llevaba unos vaqueros oscuros que le marcaban las nalgas redondas y la remera gris pegada al cuerpo. Se paró a unos metros de mí y miró hacia la derecha, después hacia la izquierda, en una pantomima poco creíble de orientación perdida. Lo que estaba haciendo, en realidad, era darme tiempo para mirarlo. Y lo aproveché. Le vi los muslos macizos contra la tela, el bulto generoso del pantalón, los antebrazos donde se le marcaba alguna vena. Tenía los ojos color miel, casi dorados bajo la luz que empezaba a inclinarse, y una boca de labios gruesos hecha para morderse.

Cuando estuvo seguro de que ya me había mostrado lo suficiente, vino derecho a mí.

—Disculpá —dijo, con un acento que no terminé de ubicar—. ¿Sabés si hay una farmacia cerca?

La farmacia tenía un cartel luminoso del tamaño de un afiche y estaba a media cuadra, imposible de no ver. Le seguí el juego. Le contesté con detalles innecesarios, me ofrecí a acompañarlo, hablamos de cualquier cosa: del clima, de un café del barrio que había cerrado, de la lluvia que se anunciaba al final de la tarde. Lo que en realidad estábamos haciendo era olernos. Cada palabra era una forma de medirle el deseo al otro, de confirmar que los dos estábamos pensando exactamente lo mismo.

Compró una caja de aspirinas que probablemente no necesitaba y una botella de agua. Después, ya de vuelta en la vereda del hotel, soltó la pregunta que estaba esperando.

—¿Subís conmigo?

Dije que sí antes de que terminara la frase. No tenía ningún interés en disimular las ganas que tenía.

La entrada al hotel fue lo que es la entrada a cualquier hotel de ese tipo: el recepcionista nos miró con esa sonrisa torcida de quien finge no enterarse, el botones bajó la vista demasiado tarde, una mucama que doblaba toallas en el pasillo nos siguió con la mirada hasta que entramos al ascensor. Todos hipócritas con cara de circunstancia. Todos sabían perfectamente para qué subíamos. Como si ellos no hubieran visto pasar por ese mismo pasillo cosas mucho peores en la última semana.

Pero en cuanto cerró la puerta de la habitación, todo eso se desvaneció. Encendió el televisor como si necesitara cubrir el silencio con un ruido de fondo, y yo aproveché para acercarme por detrás. Lo abracé contra mi pecho. Lo recibió con un suspiro largo, casi de alivio, y echó las caderas hacia atrás para encontrarse con la dureza que ya no me cabía en el pantalón. Olía a jabón de hotel y a colonia barata mezclada con algo más, algo que no se compra: el calor de un cuerpo que ya está pidiendo.

Le acaricié el pecho por encima de la remera. Los pezones se le habían puesto duros bajo la tela. Le besé la nuca, despacio, le pasé los labios por la línea del cuello y bajé una mano hasta su entrepierna. Encontré una verga gruesa, firme, que respondía a mi tacto a través del vaquero como si llevara horas esperándome. Le bajé el cierre. Metí los dedos por dentro del pantalón. La piel me recibió tibia y la punta ya estaba húmeda.

Se dio vuelta y nos besamos por primera vez. Boca grande, lengua activa, dientes que mordían sin miedo. Le saqué la remera con dos tirones que casi le arranco una costura. Le dejé la espalda al aire y le besé el pecho, los hombros, la base del cuello. Le pasé la lengua por los pezones y lo escuché gemir bajito, casi entre dientes, como si todavía intentara mantener el control.

No iba a dejarlo mantenerlo.

Me arrodillé. Le bajé los vaqueros de un solo tirón. Lo que apareció frente a mi cara era una verga gorda, recta, ligeramente curvada hacia la izquierda, con el glande brillante y resbaladizo. Lo miré a los ojos, le sostuve la mirada y me la metí en la boca hasta donde me dio el cuello. Lo escuché soltar un gemido ronco. Le tomé los testículos con una mano y con la otra le agarré una nalga, dura, redonda, mucho más linda que cualquier nalga premiada de revista. Lo trabajé con calma, con saliva abundante, alternando la lengua sobre el frenillo con tragadas profundas que lo hacían apretar los muslos. Cuando lo sentí demasiado cerca, le solté la verga, me concentré en los testículos, en la cara interior de los muslos, y volví a la verga solo cuando lo escuché respirar más tranquilo. Quería que durara.

Llegamos a la cama envueltos en un nudo de manos, ropa volando, besos que no terminaban. Se subió primero. Se puso en cuatro sin que se lo pidiera, con la cabeza apoyada en los antebrazos y la espalda arqueada, ofreciéndome todo. Encontré un condón y un pomo de lubricante en la mesa de luz, no pregunté de dónde habían salido. Me lo calcé rápido. Le humedecí bien la entrada con los dedos, le metí uno, después dos, sintiéndole los músculos ceder despacio. Cuando lo vi listo me empujé adentro. Entré de a poco, parando cada vez que él aguantaba la respiración, hasta que mis caderas chocaron con sus nalgas y soltó un quejido largo, mitad dolor mitad alivio.

***

Lo que siguió fue una carrera. La velocidad subió sola. Le agarré la cintura con las dos manos y empecé a empujar más fuerte, más profundo, marcando un ritmo que la cama acusaba con cada crujido. Le besé la espalda mojada de sudor, le mordí entre los omóplatos, le di un par de nalgadas que retumbaron en el cuarto. Él gemía sin pudor, decía cosas que no llegaba a entender del todo, levantaba el culo cada vez más alto. Pensé que en cualquier momento iban a tocarnos la puerta para mandarnos al diablo. No me importó.

Me vine adentro de él con un gruñido que me salió del estómago. Cuando saqué, todavía me quedaba más, así que terminé regándole las nalgas y la base de la espalda, y le esparcí la leche con la palma de la mano como si fuera crema. Caímos los dos de costado sobre las sábanas, riendo bajito, sin aliento, con el pelo pegado a la frente.

No nos detuvimos. Lo besé hasta que sentí que la verga le volvía a despertar contra mi muslo. Me trepé encima, lo cabalgué, dejé que su miembro se deslizara entre mis nalgas sin entrar, jugando, provocándolo. Le agarré las dos vergas, la mía y la suya, y las masturbé juntas, mirándolo a los ojos. Me apretó la cintura con una fuerza que iba a dejarme marcas al día siguiente. Después, en un movimiento veloz, me dio vuelta, me acostó boca arriba, me abrió las piernas y me apoyó la verga contra el culo sin meterla todavía. Yo levanté las caderas para buscarlo. Él se rió y se hizo el difícil. Me incorporé, me puse en cuatro de nuevo, y le ofrecí lo que era obvio que quería.

—Cogeme —le dije sin mirarlo.

No hizo falta repetirlo. Se puso un condón nuevo, agarró el lubricante, y entró de una sola embestida lenta y firme que me hizo morder la almohada. Lo que vino después no tiene mucho refinamiento para contar. Me cogió duro, agarrándome del pelo, diciéndome cosas al oído que en otra situación me hubieran ofendido y que ahí me prendían más. Le pedí más fuerza, le pedí más profundo, le pedí que no parara. Sentí cómo la verga le palpitaba al venirse, cómo todo su cuerpo se tensaba sobre el mío hasta vaciarse del todo.

Nos arrastramos a la ducha porque las sábanas eran un campo de batalla. Bajo el chorro, se le volvió a parar. Me incliné contra los azulejos para sentirla deslizarse entre las nalgas, sin condón esta vez, sin entrar, solo el roce ardiente del agua tibia mezclada con su piel. Después me arrodillé otra vez, frente a él, bajo la regadera, y se la mamé hasta el fondo. Me agarró del pelo y dirigió el ritmo, me hizo tragar todo, hasta que sentí los testículos contraérsele entre mis dedos y la boca llena de su leche.

Cuando miré el reloj eran las dos y diez de la mañana.

Debí quedarme. No me quedé. Anotó su número en un papel del hotel y me lo guardó él mismo en el bolsillo de la camisa, con una solemnidad medio cómica. Los dos sabíamos, con esa sabiduría idiota que se tiene a los veintipico, que no iba a llamarlo y que él tampoco esperaba que lo hiciera. Le di un último beso largo, le pasé la lengua por el labio inferior, le mamé la verga una vez más, despacio, casi como una despedida, y salí del hotel sin mirar atrás.

Afuera estaba cayendo un aguacero que no parecía tener final. No me importó. Acababa de tener una de las mejores cogidas de mi vida hasta ese momento, y caminé hasta casa empapado, sintiendo todavía su olor en mi piel, su sabor en la boca, su sudor secándose entre mis omóplatos. Cuando llegué, encontré cuatro mensajes en el contestador. Los cuatro eran de una novia que tenía entonces. Los cuatro, uno más enojado que el anterior.

Lo que pasó con esa novia es una historia que voy a contar otro día.

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