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Relatos Ardientes

Mi confesión sobre la noche del aeropuerto

Llevábamos siete días separados y mi cuerpo lo estaba contando minuto a minuto. Mateo había viajado a Lima por trabajo y, mientras él se peleaba con presentaciones y reuniones, yo me peleaba con el silencio de la cama vacía, con el espacio que él dejaba en el lado izquierdo y con un deseo que se volvía espeso, casi físico, cada vez que abría su cajón y olía la camiseta vieja que él se ponía los domingos.

Me había masturbado cada noche pensando en él. Con los dedos, con el vibrador azul que él me había regalado para mi cumpleaños número treinta, con la almohada apretada entre los muslos como una adolescente. Ninguna corrida me alcanzaba. Me venía sola en menos de cinco minutos y a los diez ya estaba de nuevo con la mano entre las piernas, el coño mojado, buscando algo que ninguna fantasía terminaba de darme. Necesitaba su polla. Punto. Necesitaba sentirla dura empujando adentro mío, necesitaba mamársela hasta atragantarme, necesitaba que me agarrara del pelo y me llenara la boca de leche.

El día que volvía me bajó la regla.

Justo hoy. Justo ahora.

Cualquier otra vez habría protestado, lo habría tomado como una broma del cuerpo. Pero esa tarde ocurrió algo distinto: en lugar de cortarme el deseo, los cólicos lo convirtieron en otra cosa. Cada contracción me recordaba que estaba viva entre las piernas, y cada hora que pasaba me dejaba más tensa, más impaciente, más insolente.

A las seis de la tarde decidí no decirle nada. Iba a bajarlo a buscar al aeropuerto y él iba a descubrirlo solo, con el cuerpo, con la lengua, con lo que se le diera la gana.

Me puse el vestido rojo. Ese que él me había regalado el último cumpleaños y que yo nunca usaba para salir a comer porque me ajustaba demasiado en las caderas. Esa noche me ajustaba perfecto. Me delineé los ojos, me marqué los labios con un rojo más oscuro que el vestido y me calcé unos tacos negros que me obligaban a caminar despacio, midiendo cada paso. Debajo del vestido no me puse corpiño. Solo una bombacha de encaje negro, minúscula, que a las dos horas iba a estar empapada de sangre y de flujo mezclados. Me miré al espejo. Si me ve así no aguanta hasta la casa.

***

El aeropuerto de Carrasco estaba frío y lleno de gente cansada que volvía de algún lado. Yo lo esperaba contra una columna, las piernas cruzadas, el bolso colgando del hombro y un nudo en la boca del estómago. Llevaba siete días sin verlo. Siete días sin oírle la voz al oído, sin sentir el peso de su mano en la nuca cuando me besaba, sin tenerlo adentro.

Cuando salió por la puerta de arribos, lo vi antes de que él me viera a mí. Caminaba con esa lentitud cansada de los vuelos largos, la camisa azul un poco arrugada, la valija en una mano y los anteojos de sol enganchados en el cuello. Tardó dos segundos en encontrarme. Cuando me vio, paró en seco.

—Por Dios —dijo bajito, ya pegado a mí—. ¿Vos te vestiste así para venir a buscarme?

—Vos qué creés —contesté, y me apoyé contra él para que sintiera todo lo que yo había estado sintiendo durante una semana.

Me besó ahí mismo, frente a la cinta de equipajes, con la boca un poco abierta y una mano firme en la base de la espalda que me apretaba contra él. Sentí la verga dura contra mi cadera, empujando a través del pantalón como si tuviera vida propia. Le metí la mano entre los cuerpos y se la apreté por encima de la tela, sin importarme la gente. La sentí gruesa, tensa, lista para reventar. Sonreí en su boca.

—Vámonos ya —murmuré—. Tengo el coño mojado desde que salí de casa.

Se le escapó un gemido bajito contra mi oreja.

—No me digas eso acá.

—Te lo digo donde se me canta.

***

El viaje hasta casa se hizo eterno. Vivíamos en Pocitos, a media hora del aeropuerto si no había tránsito, y esa noche había tránsito. Mateo manejaba con una mano y con la otra me agarraba el muslo derecho, los dedos avanzando bajo el vestido cada vez que se detenía en un semáforo. Yo lo dejaba. Lo provocaba, más bien, abriendo apenas las rodillas para que él entendiera que esa noche no había límites.

En un semáforo largo le agarré la mano y me la metí entre las piernas, por encima de la bombacha. Se la puse justo ahí, sobre el encaje empapado. Sentí cómo se le tensaban los dedos.

—Estás toda mojada —dijo, con la voz ronca.

—Ya te dije.

—Voy a chocar.

—Y bueno.

Se rió y me apretó ahí con la palma abierta, sin meter los dedos, solo haciendo presión sobre el clítoris a través del encaje. Yo cerré los ojos y me mordí el labio. La luz cambió a verde y él tuvo que sacar la mano para arrancar. Me quedé con las piernas abiertas, el vestido subido hasta la mitad del muslo, la boca seca.

—¿Me extrañaste mucho? —preguntó en una recta larga.

—Mucho —dije, y le agarré la mano para subirla otra vez—. Tengo que contarte algo.

—¿Qué cosa?

—Cuando lleguemos.

Me miró de reojo. Que se quede con la duda. Saqué el celular y me puse a mandar mensajes a mi hermana como si nada, mientras él manejaba con la mandíbula apretada y un bulto que le deformaba el pantalón.

Cuando estacionamos en la cochera del edificio, me bajé sin esperarlo. Subí en el ascensor con él detrás, sintiendo su aliento en la nuca, sin tocarnos. Esa contención también era parte del juego. Abrir la puerta del departamento fue lo último civilizado que hicimos esa noche.

***

Apenas cerró la puerta, me empujó contra ella. La valija quedó tirada en el medio del living. Su boca buscó la mía con una urgencia que ya no disimulaba nada, y sus manos subieron por mis muslos, levantándome el vestido hasta que sintió, debajo del encaje de la bombacha, lo que yo había estado escondiendo todo el viaje. Metió dos dedos por debajo de la tela y los sacó al segundo, rojos, brillantes, mojados hasta los nudillos.

Los miró. Después me miró a mí.

Tampoco le importó.

—Después me explicás —murmuró contra mi boca, y se llevó los dedos manchados a los labios y los chupó sin sacarme los ojos de encima. Casi me caigo ahí mismo.

—Mateo, cerdo —le dije, y era el mejor cumplido que le podía hacer.

—Toda tuya, toda mía —contestó—. Me da igual de qué color sea.

Me alzó en el aire. Le envolví la cintura con las piernas, los tacos golpeándole los muslos. Caminó así, conmigo prendida a él, hasta el dormitorio. Me dejó sobre la cama y se quedó parado, mirándome, sacándose la camisa botón por botón sin apuro. La luz que entraba desde la calle le marcaba el cuerpo en líneas y sombras. Cuando se bajó el pantalón y el bóxer, la verga le saltó afuera dura, gruesa, con una gota transparente colgando de la punta. Se me hizo agua la boca.

—Vos hoy estás hecha un problema —dijo.

—¿Y vos? —le contesté, sentándome en el borde de la cama y agarrándosela con las dos manos—. ¿Qué vas a hacer al respecto?

Se la envolví con los dedos y me la acerqué a la boca. Le pasé la lengua por la punta, saboreando esa gota salada, y le miré los ojos mientras me la metía entera. Se le escapó un jadeo. Me la fui tragando de a poco, hasta que la sentí contra el fondo de la garganta, y ahí me quedé, arqueando la lengua contra el frenillo, tragando saliva alrededor de la verga sin sacármela.

—La puta madre —gimió, y me agarró la cabeza con las dos manos.

Empecé a chupársela con ganas, con ruido, sin ningún tipo de vergüenza. Subía y bajaba la cabeza siguiendo el ritmo que él me marcaba con las manos en el pelo, la ahogaba en la boca hasta que se me llenaban los ojos de lágrimas, la sacaba con un chasquido y le pasaba la lengua por los huevos, uno y después el otro, metiéndomelos en la boca para chupárselos también. Le corría hilos de saliva por el mentón. La verga le brillaba entera, mojada, roja, palpitándole en la mano cuando la agarraba de la base para masturbársela contra mi lengua.

—Basta —dijo al fin, tirándome de los pelos hacia atrás—. Si seguís así me corro en tu cara y quiero cogerte.

—Corréte cuando quieras.

—Adentro. Hoy adentro.

Me acercó otra vez y me besó hondo, con la boca todavía llena del sabor de él. Después bajó por el cuello, por la clavícula, por la tela del vestido, hasta encontrar el nudo del costado. Tiró. El vestido cedió y se me deslizó hasta la cintura, dejando los pechos descubiertos. La boca le tembló al verlos.

—Una semana pensando en esto —murmuró.

Se inclinó y empezó a besarlos sin prisa, los labios cerrándose sobre cada pezón con una paciencia que me hacía morir. Yo le agarraba el pelo, lo empujaba contra mí, le pedía más con sonidos que ya no controlaba. Los pezones le respondían a cada caricia, duros, sensibles, doloridos del deseo acumulado. Me chupaba uno mientras me pellizcaba el otro entre dos dedos, retorciéndomelo despacio, midiendo cuánto podía apretar antes de sacarme un grito.

—Más fuerte —le pedí.

Y obedeció. Mordió apenas, justo en el límite, y un escalofrío me bajó por toda la espalda hasta meterse entre las piernas, donde ya estaba pasando algo que no podía ocultarle más.

Sus manos siguieron bajando. Me sacó el vestido, la bombacha, todo, mientras yo me dejaba como si fuera la primera vez. La bombacha quedó tirada en el piso, hecha un bollo rojo y negro. Cuando se arrodilló entre mis piernas y bajó la cabeza, tuve un segundo de duda. ¿Y si igual no le copa? Pero ya era tarde para frenarlo.

Me abrió los labios con los pulgares. Se quedó un segundo mirándome ahí, como estudiando el paisaje, y después se pegó a mí con la lengua antes de mirar arriba. Me lamió largo, despacio, de abajo hacia arriba, aplastando toda la lengua contra el coño, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo lo agarraba del pelo y arqueaba la espalda, dejándolo entrar todo lo que quisiera. Me metió la lengua adentro, la sacó, la subió hasta el clítoris y ahí se quedó, moviéndola en círculos rápidos mientras me metía dos dedos que curvó contra mi punto de adentro. Pasaron diez segundos. Quince.

Después se detuvo.

Levantó la cara y me miró. Tenía la boca y la barbilla manchadas, los labios brillándole de un rojo distinto al del labial. El bigote se le había teñido entero. Se me escapó una risa nerviosa, sin querer.

—Mateo, parecés un payaso —dije.

Él se miró un segundo en el espejo del placard, soltó una carcajada baja y volvió a bajar la cabeza, esta vez sin pausa. Le gusta. Me lamió con más ganas que antes, sin ningún tipo de respeto por lo que estaba haciendo. Me chupaba el clítoris entre los labios, me lo tironeaba suavecito, lo soltaba y volvía a metérmelo en la boca. Los dedos entraban y salían haciendo un ruido húmedo, obsceno, que llenaba toda la habitación. Yo cerré los ojos. Mis manos se aferraron a las sábanas. Le clavé los tacos en la espalda, después me acordé de que los tenía puestos y traté de sacármelos, pero él me agarró los tobillos y me los dejó puestos, cruzándome las piernas encima de sus hombros.

—Así —murmuró contra mi coño, y el aliento me hizo temblar—. No te muevas.

Aumentó el ritmo. Sacó los dedos empapados y me los pasó por el ojete, dibujando círculos ahí abajo con la punta mientras me seguía comiendo. La ola me empezó en los pies y me llegó hasta la garganta, y cuando exploté, lo hice con un grito que se debió escuchar en todo el piso. Me sacudí entera contra su boca, apretándole la cabeza con los muslos, chorreándole encima sin poder hacer nada por evitarlo.

***

Tardé un minuto largo en volver. Cuando abrí los ojos, él estaba sentado en el borde de la cama, mirándome con una sonrisa cansada y orgullosa, la verga todavía dura entre las piernas, latiéndole visiblemente. Me incorporé, lo empujé sobre la espalda y me senté encima.

—Quiero que me veas —le dije.

—Te estoy viendo.

Le agarré la verga con una mano y me la acomodé contra la entrada. La froté un poco ahí, empapándola, resbalándola entre los labios sin dejarla entrar todavía. Él intentó empujar hacia arriba y yo me levanté para no dejarlo.

—Quieta —le dije—. Cuando yo diga.

—Sos una hija de puta.

—Ajá.

Bajé despacio. Estaba todo tan resbaladizo que entró sin esfuerzo, y los dos largamos el mismo sonido al mismo tiempo, esa especie de gemido contenido que se escapa cuando algo encaja exactamente como tiene que encajar. La sentí llenarme entera, empujando contra el fondo, tocándome ahí donde nada más llegaba. Me quedé quieta un segundo, sentada encima suyo, sintiendo cómo me palpitaba adentro.

Empecé a moverme. Lento al principio, después más rápido, las manos apoyadas en su pecho, los muslos quemándome, la cabeza tirada hacia atrás. Le rebotaban las tetas en la cara y él estiró los brazos para agarrármelas, apretándomelas mientras yo lo montaba.

—Más —le pedía—. Más rápido.

Él me agarró por la cintura y me marcó el ritmo, levantando las caderas para encontrarme en cada bajada. Cada embestida sonaba fuerte, un chasquido húmedo entre nuestros cuerpos, la piel golpeando piel. La cama crujía. La sábana blanca, la que yo había puesto esa misma tarde después de cambiarla pensando en él, ya no era blanca. Debajo mío se había formado una mancha oscura, ancha, que crecía cada vez que él salía y volvía a entrar chorreando. Mañana me ocupo. Ese fue mi último pensamiento racional antes del segundo orgasmo, que me agarró desprevenida y me dejó sin aire. Me apreté entera alrededor de él, sentí cómo se me contraía todo por dentro, cómo lo estrujaba con el coño mientras me caía hacia adelante.

Me caí sobre él, jadeando, con la verga todavía adentro. Le besé el cuello, la mandíbula, los labios manchados. Él me devolvía los besos con una calma que no tenía nada que ver con el ritmo brutal de hacía un minuto.

—Date vuelta —me dijo bajito—. Quiero cogerte de atrás.

***

Me puse en cuatro patas, los antebrazos sobre la almohada y la cara hundida en la sábana, el culo bien arriba para él. Sentí cómo se acomodaba detrás de mí, cómo me apartaba el pelo de la espalda. Me pasó la mano abierta por una nalga y me la apretó fuerte. Después me dio una palmada seca que me hizo saltar.

—Quieta —dijo.

Sus dedos me prepararon despacio, sin apuro. Primero dos en el coño, hasta el fondo, moviéndolos adentro. Después uno mojado con lo mío contra el otro agujero, empujando de a poquito, aflojándome. Yo sabía exactamente qué venía. Lo deseaba.

—Avisame si es demasiado —murmuró.

—Avisame vos —contesté con la boca contra la sábana.

Empujó. Sentí el ardor primero, después el peso, después esa sensación rara de estar siendo abierta y llenada al mismo tiempo. Cerré los ojos. Mateo iba lento, milímetro a milímetro, hasta que estuvo entero adentro y los dos nos quedamos quietos, respirando. No me muevo. Si me muevo me muero.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Movete —le dije.

Se movió. Primero suave, después con más fuerza, las manos clavadas en mis caderas, las embestidas haciendo crujir la cama de una forma que mañana iba a tener que mirar. Me agarró un mechón de pelo y me tiró la cabeza hacia atrás, arqueándome. Con la otra mano me pasó los dedos por debajo, buscándome el clítoris, y me lo empezó a frotar en círculos al mismo tiempo que me la metía toda de un solo empuje. Yo enterraba la cara en la almohada para no gritar. Sentía el calor subiéndome por todos lados, como si me estuviera quemando por dentro. Cada vez que sacaba la verga la sentía chorrear, cada vez que la volvía a meter era un ruido nuevo, más obsceno, más mojado que el anterior.

—Estás toda roja —jadeó atrás mío—. Tenés la concha destrozada.

—Rompémela —le contesté—. Cogéme más fuerte.

Aumentó. Me embestía con toda la cadera, los huevos golpeándome contra el clítoris, la verga entrando hasta la última milésima. Le sentía el vientre chocando contra mis nalgas. Le sentía los dedos clavándose en mis caderas hasta dejar marcas.

—Voy a terminar —avisó.

—Acá —le dije—. Acá adentro. Lléname toda.

Lo escuché soltar el aire de golpe. Empujó dos veces más, cada vez más profundo, y se quedó duro adentro mío con un gemido largo que le salió de algún lado del cuerpo que no le conocía. Sentí los latigazos de la corrida, uno tras otro, cómo se descargaba caliente contra el fondo, cómo la verga le pulsaba adentro con cada chorro. Me sostuvo así unos segundos, las manos temblándole un poco, antes de salir despacio y dejarse caer al lado mío. Un hilo blanco mezclado con rojo se me chorreó por los muslos y manchó la sábana aún más.

Me derrumbé también. Mi mejilla en su pecho. Su mano en mi pelo. La habitación olía a sal y a cuerpo y a una cosa metálica que era inconfundiblemente mía, y a semen, y a nosotros.

***

—Me calenté demasiado con esto —murmuré después, riéndome bajito—. Lo deberíamos hacer más seguido.

—¿Con vos sangrando?

—Ajá.

Me miró. Se rió. Me besó largo, sin importarle que mi boca tuviera todavía rastros de la suya y que la suya tuviera todavía rastros de mí. Esto es lo que somos, ¿no?

—Te extrañé tanto —me dijo—. Una semana es demasiado.

—Yo también.

Me acurruqué contra él. Le pasé la mano por el pecho, por el vientre, hasta encontrarle la verga otra vez, blanda ahora, húmeda de nosotros dos. Se la acaricié suavecito, sin intención, solo por tocarlo. Pero en algún punto, mientras le seguía la respiración, sentí que el deseo no se había ido. Que estaba ahí abajo otra vez, despierto, insolente, como si el cuerpo no me dejara descansar esa noche. La verga en mi mano empezó a responder también, engrosándose de a poco entre mis dedos.

—Mateo.

—Mmm.

—Quiero otra vez. Pero distinto.

Levantó la cabeza para mirarme.

—¿Distinto cómo?

—Encima mío. Mirándome. Despacio.

No dijo nada. Se movió, se acomodó entre mis piernas, se apoyó en los codos para no aplastarme. Le tomé la cara con las dos manos. Tenía la barba un poco crecida del viaje y los ojos cansados, y aun así me parecía la cara más hermosa del mundo en ese momento.

Le agarré la verga y me la guié adentro yo misma. Entró despacio, centímetro a centímetro, encontrándome tan mojada y tan aflojada por lo anterior que apenas hizo falta empujar. Esta vez no había prisa. Esta vez lo único que importaba era el peso de su cuerpo sobre el mío, su boca cerca de mi oído, el ruido suave de la cama acompañándonos, ese chapoteo tenue de dos cuerpos que se conocen de memoria. Le pasé los brazos por el cuello y le crucé las piernas en la cintura, y nos movimos juntos, sin apuro, como si tuviéramos toda la noche. Él salía casi entero y volvía a entrar hasta el fondo, un ritmo lento, hondo, deliberado, que me hacía sentir cada centímetro de la verga rozándome las paredes de adentro.

—Te amo —le dije, y la voz me salió rota.

—Yo también.

La sábana ya era un mapa rojo. No me importó. A él tampoco. Cada embestida la profundizaba, cada movimiento dejaba una huella nueva, y yo miraba esa mancha que se nos había hecho debajo de los cuerpos y la sentía como un secreto compartido. Nadie va a saber esto. Solo nosotros.

Mateo se inclinó y me besó largo, profundo, sin separar los cuerpos. Cuando levantó la cara, tenía los labios manchados otra vez. Yo le sonreí entre las lágrimas que me empezaban a caer sin saber por qué. Él me lamió una con la punta de la lengua y siguió empujando adentro, sin sacar el ritmo, mirándome fijo a los ojos.

—Toda roja —murmuró—. Toda mía.

Esas palabras me empujaron al borde. Me agarré a su espalda con las uñas, se las clavé fuerte, sentí cómo todo se me apretaba por dentro, cómo el coño se cerraba alrededor de la verga en espasmos que no podía controlar, y cuando exploté esta vez fue distinto: más profundo, más triste, más tierno. Lloré sin entender por qué, mientras él me seguía moviendo despacio, mirándome a los ojos, sin acelerar, dejándome atravesar el orgasmo entera.

Terminó adentro mío con un suspiro largo, apoyando la frente contra la mía, la verga latiéndole por segunda vez esa noche, descargándose adentro con una lentitud que la primera no había tenido. Después se quedó quieto, aplastándome con cuidado, los dos respirando como si hubiéramos corrido kilómetros.

***

Me quedé así, debajo de él, mucho rato. Escuchándole el corazón. Sintiendo el aire entrar y salir. Sintiendo cómo la mezcla de él y de mí se me escurría de adentro y bajaba por el pliegue de las nalgas hasta la sábana. Las sábanas rojas debajo nuestro me parecieron, en ese momento, lo más honesto que habíamos compartido en años.

—Sos increíble —me dijo cuando finalmente se corrió a un lado.

—Vos tampoco estás mal.

Se rió. Yo me apoyé en su pecho, dibujé un círculo en su piel con el dedo, y por un momento pensé en no contarle esto a nadie nunca. Son cosas que solo pueden pasar entre dos.

Pero hoy, meses después, me senté a escribirla. Porque hay cosas que duelen menos cuando se cuentan, y porque alguien, en algún lado, está viviendo lo mismo y necesita saber que no es la única.

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Comentarios(9)

NocheEnRuta

Increible!!! me dejo sin palabras. Tremendo

LuzNocturna_R

Por favor una segunda parte, quede con ganas de mas!!

SilviaCba

Se siente tan autentico, me encanta cuando lo cuentan en primera persona. Muy bueno

FedeMdq89

No soy muy de esta categoría pero me enganchó de principio a fin, muy bien escrito

Pamela_72

No pude parar de leer. Gracias por compartirlo

Mauricio_LP

Que manera de escribir, se nota que salió del alma. Nada forzado, muy natural. Sigue publicando!

JaviNocturno

jajaja el titulo me mató, tuve que entrar si o si

lectorx77

Me hace acordar a algunas noches que uno quisiera volver a vivir... muy buen relato

CarlosRD

Eso fue real o es ficcion? Porque se siente demasiado vivido

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