Mi confesión sobre la noche del aeropuerto
Llevábamos siete días separados y mi cuerpo lo estaba contando minuto a minuto. Mateo había viajado a Lima por trabajo y, mientras él se peleaba con presentaciones y reuniones, yo me peleaba con el silencio de la cama vacía, con el espacio que él dejaba en el lado izquierdo y con un deseo que se volvía espeso, casi físico, cada vez que abría su cajón y olía la camiseta vieja que él se ponía los domingos.
El día que volvía me bajó la regla.
Justo hoy. Justo ahora.
Cualquier otra vez habría protestado, lo habría tomado como una broma del cuerpo. Pero esa tarde ocurrió algo distinto: en lugar de cortarme el deseo, los cólicos lo convirtieron en otra cosa. Cada contracción me recordaba que estaba viva entre las piernas, y cada hora que pasaba me dejaba más tensa, más impaciente, más insolente.
A las seis de la tarde decidí no decirle nada. Iba a bajarlo a buscar al aeropuerto y él iba a descubrirlo solo, con el cuerpo, con la lengua, con lo que se le diera la gana.
Me puse el vestido rojo. Ese que él me había regalado el último cumpleaños y que yo nunca usaba para salir a comer porque me ajustaba demasiado en las caderas. Esa noche me ajustaba perfecto. Me delineé los ojos, me marqué los labios con un rojo más oscuro que el vestido y me calcé unos tacos negros que me obligaban a caminar despacio, midiendo cada paso. Me miré al espejo. Si me ve así no aguanta hasta la casa.
***
El aeropuerto de Carrasco estaba frío y lleno de gente cansada que volvía de algún lado. Yo lo esperaba contra una columna, las piernas cruzadas, el bolso colgando del hombro y un nudo en la boca del estómago. Llevaba siete días sin verlo. Siete días sin oírle la voz al oído, sin sentir el peso de su mano en la nuca cuando me besaba.
Cuando salió por la puerta de arribos, lo vi antes de que él me viera a mí. Caminaba con esa lentitud cansada de los vuelos largos, la camisa azul un poco arrugada, la valija en una mano y los anteojos de sol enganchados en el cuello. Tardó dos segundos en encontrarme. Cuando me vio, paró en seco.
—Por Dios —dijo bajito, ya pegado a mí—. ¿Vos te vestiste así para venir a buscarme?
—Vos qué creés —contesté, y me apoyé contra él para que sintiera todo lo que yo había estado sintiendo durante una semana.
Me besó ahí mismo, frente a la cinta de equipajes, con la boca un poco abierta y una mano firme en la base de la espalda que me apretaba contra él. Sentí el bulto duro contra mi cadera. Sonreí en su boca.
—Vámonos ya —murmuré.
***
El viaje hasta casa se hizo eterno. Vivíamos en Pocitos, a media hora del aeropuerto si no había tránsito, y esa noche había tránsito. Mateo manejaba con una mano y con la otra me agarraba el muslo derecho, los dedos avanzando bajo el vestido cada vez que se detenía en un semáforo. Yo lo dejaba. Lo provocaba, más bien, abriendo apenas las rodillas para que él entendiera que esa noche no había límites.
—¿Me extrañaste mucho? —preguntó en una recta larga.
—Mucho —dije, y le agarré la mano para subirla un poco más—. Tengo que contarte algo.
—¿Qué cosa?
—Cuando lleguemos.
Me miró de reojo. Que se quede con la duda. Saqué el celular y me puse a mandar mensajes a mi hermana como si nada, mientras él manejaba con la mandíbula apretada.
Cuando estacionamos en la cochera del edificio, me bajé sin esperarlo. Subí en el ascensor con él detrás, sintiendo su aliento en la nuca, sin tocarnos. Esa contención también era parte del juego. Abrir la puerta del departamento fue lo último civilizado que hicimos esa noche.
***
Apenas cerró la puerta, me empujó contra ella. La valija quedó tirada en el medio del living. Su boca buscó la mía con una urgencia que ya no disimulaba nada, y sus manos subieron por mis muslos, levantándome el vestido hasta que sintió, debajo del encaje de la bombacha, lo que yo había estado escondiendo todo el viaje.
Tampoco le importó.
—Después me explicás —murmuró contra mi boca, y me alzó en el aire.
Le envolví la cintura con las piernas, los tacos golpeándole los muslos. Caminó así, conmigo prendida a él, hasta el dormitorio. Me dejó sobre la cama y se quedó parado, mirándome, sacándose la camisa botón por botón sin apuro. La luz que entraba desde la calle le marcaba el cuerpo en líneas y sombras.
—Vos hoy estás hecha un problema —dijo.
—¿Y vos? —le contesté, sentándome en el borde de la cama—. ¿Qué vas a hacer al respecto?
Se acercó. Me agarró la cara con las dos manos y me besó hasta dejarme sin aire. Después bajó por el cuello, por la clavícula, por la tela del vestido, hasta encontrar el nudo del costado. Tiró. El vestido cedió y se me deslizó hasta la cintura, dejando los pechos descubiertos. La boca le tembló al verlos.
—Una semana pensando en esto —murmuró.
Se inclinó y empezó a besarlos sin prisa, los labios cerrándose sobre cada pezón con una paciencia que me hacía morir. Yo le agarraba el pelo, lo empujaba contra mí, le pedía más con sonidos que ya no controlaba. Los pezones le respondían a cada caricia, duros, sensibles, doloridos del deseo acumulado.
—Más fuerte —le pedí.
Y obedeció. Mordió apenas, justo en el límite, y un escalofrío me bajó por toda la espalda hasta meterse entre las piernas, donde ya estaba pasando algo que no podía ocultarle más.
Sus manos siguieron bajando. Me sacó el vestido, la bombacha, todo, mientras yo me dejaba como si fuera la primera vez. Cuando se arrodilló entre mis piernas y bajó la cabeza, tuve un segundo de duda. ¿Y si igual no le copa? Pero ya era tarde para frenarlo.
Lo sentí pegarse a mí con la lengua antes de mirar. Me lamió largo, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo lo agarraba del pelo y arqueaba la espalda, dejándolo entrar todo lo que quisiera. Pasaron diez segundos. Quince.
Después se detuvo.
Levantó la cara y me miró. Tenía la boca y la barbilla manchadas, los labios brillándole de un rojo distinto al del labial. Se me escapó una risa nerviosa, sin querer.
—Mateo, parecés un payaso —dije.
Él se miró un segundo en el espejo del placard, soltó una carcajada baja y volvió a bajar la cabeza, esta vez sin pausa. Le gusta. Me lamió con más ganas que antes, sin ningún tipo de respeto por lo que estaba haciendo. Yo cerré los ojos. Mis manos se aferraron a las sábanas. La ola me empezó en los pies y me llegó hasta la garganta, y cuando exploté, lo hice con un grito que se debió escuchar en todo el piso.
***
Tardé un minuto largo en volver. Cuando abrí los ojos, él estaba sentado en el borde de la cama, mirándome con una sonrisa cansada y orgullosa. Me incorporé, lo empujé sobre la espalda y me senté encima.
—Quiero que me veas —le dije.
—Te estoy viendo.
Bajé despacio. Estaba todo tan resbaladizo que entró sin esfuerzo, y los dos largamos el mismo sonido al mismo tiempo, esa especie de gemido contenido que se escapa cuando algo encaja exactamente como tiene que encajar. Empecé a moverme. Lento al principio, después más rápido, las manos apoyadas en su pecho, los muslos quemándome, la cabeza tirada hacia atrás.
—Más —le pedía—. Más rápido.
Él me agarró por la cintura y me marcó el ritmo, levantando las caderas para encontrarme en cada bajada. La cama crujía. La sábana blanca, la que yo había puesto esa misma tarde después de cambiarla pensando en él, ya no era blanca. Mañana me ocupo. Ese fue mi último pensamiento racional antes del segundo orgasmo, que me agarró desprevenida y me dejó sin aire.
Me caí sobre él, jadeando. Le besé el cuello, la mandíbula, los labios manchados. Él me devolvía los besos con una calma que no tenía nada que ver con el ritmo brutal de hacía un minuto.
—Date vuelta —me dijo bajito.
***
Me puse en cuatro patas, los antebrazos sobre la almohada y la cara hundida en la sábana. Sentí cómo se acomodaba detrás de mí, cómo me apartaba el pelo de la espalda. Sus dedos me prepararon despacio, sin apuro, y yo sabía exactamente qué venía. Lo deseaba.
—Avisame si es demasiado —murmuró.
—Avisame vos —contesté con la boca contra la sábana.
Empujó. Sentí el ardor primero, después el peso, después esa sensación rara de estar siendo abierta y llenada al mismo tiempo. Cerré los ojos. Mateo iba lento, milímetro a milímetro, hasta que estuvo entero adentro y los dos nos quedamos quietos, respirando. No me muevo. Si me muevo me muero.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Movete —le dije.
Se movió. Primero suave, después con más fuerza, las manos clavadas en mis caderas, las embestidas haciendo crujir la cama de una forma que mañana iba a tener que mirar. Yo enterraba la cara en la almohada para no gritar. Sentía el calor subiéndome por todos lados, como si me estuviera quemando por dentro.
—Voy a terminar —avisó.
—Acá —le dije—. Acá adentro.
Lo escuché soltar el aire de golpe. Empujó dos veces más, cada vez más profundo, y se quedó duro adentro mío con un gemido largo que le salió de algún lado del cuerpo que no le conocía. Me sostuvo así unos segundos, las manos temblándole un poco, antes de salir despacio y dejarse caer al lado mío.
Me derrumbé también. Mi mejilla en su pecho. Su mano en mi pelo. La habitación olía a sal y a cuerpo y a una cosa metálica que era inconfundiblemente mía.
***
—Me calenté demasiado con esto —murmuré después, riéndome bajito—. Lo deberíamos hacer más seguido.
—¿Con vos sangrando?
—Ajá.
Me miró. Se rió. Me besó largo, sin importarle que mi boca tuviera todavía rastros de la suya y que la suya tuviera todavía rastros de mí. Esto es lo que somos, ¿no?
—Te extrañé tanto —me dijo—. Una semana es demasiado.
—Yo también.
Me acurruqué contra él. Pero en algún punto, mientras le seguía la respiración, sentí que el deseo no se había ido. Que estaba ahí abajo otra vez, despierto, insolente, como si el cuerpo no me dejara descansar esa noche.
—Mateo.
—Mmm.
—Quiero otra vez. Pero distinto.
Levantó la cabeza para mirarme.
—¿Distinto cómo?
—Encima mío. Mirándome. Despacio.
No dijo nada. Se movió, se acomodó entre mis piernas, se apoyó en los codos para no aplastarme. Le tomé la cara con las dos manos. Tenía la barba un poco crecida del viaje y los ojos cansados, y aun así me parecía la cara más hermosa del mundo en ese momento.
Entró despacio. Esta vez no había prisa. Esta vez lo único que importaba era el peso de su cuerpo sobre el mío, su boca cerca de mi oído, el ruido suave de la cama acompañándonos. Le pasé los brazos por el cuello y le crucé las piernas en la cintura, y nos movimos juntos, sin apuro, como si tuviéramos toda la noche.
—Te amo —le dije, y la voz me salió rota.
—Yo también.
La sábana ya era un mapa rojo. No me importó. A él tampoco. Cada embestida la profundizaba, cada movimiento dejaba una huella nueva, y yo miraba esa mancha que se nos había hecho debajo de los cuerpos y la sentía como un secreto compartido. Nadie va a saber esto. Solo nosotros.
Mateo se inclinó y me besó largo, profundo, sin separar los cuerpos. Cuando levantó la cara, tenía los labios manchados otra vez. Yo le sonreí entre las lágrimas que me empezaban a caer sin saber por qué.
—Toda roja —murmuró—. Toda mía.
Esas palabras me empujaron al borde. Me agarré a su espalda con las uñas, sentí cómo todo se me apretaba por dentro, y cuando exploté esta vez fue distinto: más profundo, más triste, más tierno. Lloré sin entender por qué, mientras él me seguía moviendo despacio, mirándome a los ojos.
Terminó adentro mío con un suspiro largo. Después se quedó quieto, aplastándome con cuidado, los dos respirando como si hubiéramos corrido kilómetros.
***
Me quedé así, debajo de él, mucho rato. Escuchándole el corazón. Sintiendo el aire entrar y salir. Las sábanas rojas debajo nuestro me parecieron, en ese momento, lo más honesto que habíamos compartido en años.
—Sos increíble —me dijo cuando finalmente se corrió a un lado.
—Vos tampoco estás mal.
Se rió. Yo me apoyé en su pecho, dibujé un círculo en su piel con el dedo, y por un momento pensé en no contarle esto a nadie nunca. Son cosas que solo pueden pasar entre dos.
Pero hoy, meses después, me senté a escribirla. Porque hay cosas que duelen menos cuando se cuentan, y porque alguien, en algún lado, está viviendo lo mismo y necesita saber que no es la única.