Mi primera vez con la nueva del semestre
Yo tenía veinte años y estaba en tercer semestre de la carrera cuando comenzó todo esto. El cambio de periodo trae siempre esa mezcla de caras nuevas y rutinas viejas, y yo ya había aprendido a sentarme junto a la ventana que daba al patio central, tanto por la brisa como por el entretenimiento involuntario que ofrecía.
Fue un martes por la mañana. Estaba fingiendo que escuchaba al profesor cuando la vi por primera vez. Estaba sentada en el borde de una de las jardineras, con un cuaderno abierto sobre las rodillas que claramente no estaba leyendo. Me miraba directamente, sin apartar los ojos cuando los encontré con los suyos. La mayoría de las chicas hubieran bajado la vista de inmediato. Ella no.
Tenía el cabello negro y largo, recogido en una trenza que le caía sobre el hombro izquierdo. Ojos grandes y oscuros. Labios que parecían estar a punto de decir algo y siempre se arrepentían. Vestía el uniforme de la facultad, falda oscura y saco, pero había algo en su postura que no era arrogante ni tímida, sino algo intermedio que no supe nombrar en ese momento.
Me costó concentrarme en la clase lo que quedaba de la hora. Cuando el timbre sonó, ella ya no estaba en el patio.
***
La vi dos veces más esa semana. La segunda vez coincidimos en el recreo y ella iba con tres amigas, pero cuando pasó cerca de mí me miró de reojo y sonrió hacia el piso, como si se hubiera ganado algo. Me di cuenta de que también yo le gustaba, y eso lo cambia todo en términos de confianza.
El jueves decidí seguirla después de clases. Simplemente me subí al mismo transporte que ella, con el pretexto conveniente de que iba más o menos en la misma dirección. Ella se puso nerviosa cuando me vio subir. La cara se le encendió en un segundo.
Aproveché ese nerviosismo para hablarle.
Se llamaba Valeria. Era del interior del estado, llevaba tres semanas en la ciudad, y alquilaba cuarto con dos compañeras a ocho minutos de la facultad. Hablaba despacio, eligiendo las palabras, como si no quisiera decir nada de más. Pero sus ojos decían bastante más que sus palabras.
Empezamos a salir a mediados de ese mismo mes. Tardes largas, paseos sin destino fijo, una o dos veces al cine. En la facultad nos tratábamos como simples conocidos, por decisión tácita de los dos. Esas cosas de la privacidad cuando uno está empezando algo que no sabe bien cómo llamar.
***
Una noche salimos a cenar a un pueblo a quince minutos en mi coche, un Honda gris que me había dejado mi primo cuando se fue al norte. Después de cenar buscamos un lugar más tranquilo, alejado del centro, y terminamos estacionados en una calle oscura en las afueras, con los pastizales a un lado y la ciudad brillando a lo lejos.
Nos besamos por primera vez esa noche. Fue largo, lento, muy distinto a lo que esperaba. Ella olía a champú y a algo dulce que no supe identificar. Tenía las manos frías y las apoyó sobre mi pecho como midiendo la distancia. La empecé a acariciar por encima de la ropa, sus hombros, su cintura, y ella respondió sin decir nada. Le pasé la mano por encima del muslo y le levanté la falda hasta la cadera. Ella no me frenó. Le metí los dedos por debajo del calzón y la encontré ya mojada, el coño caliente y resbaladizo. Le abrí los labios con dos dedos y le froté el clítoris en círculos lentos hasta que se le escapó un gemido contra mi boca.
—Me estás matando —susurró.
Le desabroché la blusa con la otra mano y le saqué un pecho del sujetador. Me agaché y le chupé el pezón mientras seguía trabajándole el coño con los dedos. Le metí primero uno, después dos, hasta que sentí que se apretaba alrededor de mis nudillos. Ella me buscó la bragueta y me la bajó, sacó mi verga dura y empezó a masturbarme apretándola fuerte. La cabina se llenó del olor a sexo y del sonido húmedo de mi mano entrando y saliendo de su coño.
Estábamos a punto de ir más lejos cuando vimos pasar una moto dos veces por el mismo tramo. Valeria se acomodó la ropa y dijo que no era el momento. Tenía razón. La llevé a su cuarto y me quedé con esas ganas que son, dicen, las mejores para la próxima vez, con el olor de su coño todavía pegado a los dedos.
***
La siguiente semana, un viernes cerca de las cinco de la tarde, yo ya tenía puesta la ropa para ir a jugar fútbol cuando me llegó un mensaje suyo. Decía que venía en camino, que si podía ayudarla con una tarea de análisis.
Me quedé en casa.
Tardó diez minutos en llegar. Bajó de un taxi con una mochila al hombro y cuando abrí la puerta entendí que la tarea era lo de menos. Venía con un short negro que le llegaba a media pierna, unas sandalias claras y una blusa blanca sin mangas que dejaba adivinar más de lo que ella probablemente calculó. Hacía calor ese día, de ese calor húmedo que no baja ni de noche, y su piel brillaba un poco.
Tenía las mejillas encendidas. Sonreía como cuando no sabe muy bien qué está haciendo, pero lo hace igual.
Nos sentamos en la sala con la computadora sobre la mesa. Era verdad que tenía algo que terminar para el lunes. Lo trabajamos juntos, aunque con poca concentración de mi parte, porque en algún momento ella apoyó su pie sobre el mío sin querer y luego no lo quitó. Sus dedos rozaron mi pierna una vez, dos veces, y la tercera no fue accidental.
En cuarenta minutos terminamos la tarea.
La tomé de la mano y la llevé al cuarto del piso de arriba. Ella no dijo nada. Solo subió los escalones mirando los peldaños, y yo detrás mirándole el culo apretado adentro del short.
***
Me recosté en la cama y la jalé suavemente hacia mí. Ella se acomodó encima, con las piernas a los lados, y nos quedamos así un momento antes de besarnos. Me quité la camiseta y ella pasó las manos por mi pecho despacio, como explorando algo que ya había imaginado muchas veces. Sentí bajo la tela del short lo caliente que estaba entre las piernas, montada sobre mi bulto, y empezó a moverse sin darse cuenta, frotándose contra mí como una gata.
La acaricié por las piernas, por la espalda, por los costados. Su piel era suave y estaba caliente. Cuando quise subirle la blusa ella me frenó con una mano. No dijo que no, solamente esperó. Seguimos besándonos y en algún momento ella dejó de frenarlo.
Le saqué la blusa lentamente. Ella cruzó los brazos sobre el pecho por instinto, esa inseguridad que tienen algunas personas al principio, que no es falta de ganas sino falta de costumbre. La fui convenciendo con calma, con besos en el cuello, en la clavícula, en el hombro, hasta que bajó los brazos.
Le desabroché el sujetador por la espalda. Sus tetas eran grandes, más de lo que aparentaba con la ropa, con los pezones oscuros y la areola ancha, ya duros como piedritas. Los tomé con las manos, los apreté, los sopesé. Ella cerró los ojos y arqueó la espalda ofreciéndomelos. Pasé la lengua primero despacio, dando vueltas alrededor del pezón sin tocarlo, y ella empezó a agitarse. Después me metí uno entero en la boca y lo chupé fuerte, mordiéndolo apenas con los dientes. Ella soltó un jadeo y me clavó las uñas en la nuca.
—Así, no pares —dijo bajito.
Le mordí el otro pezón, se lo tironeé con los labios, mientras con la mano libre le apretaba la teta que me quedaba libre. La sentía respirar cada vez más rápido, restregándose contra mí, mojando el short encima de mi bulto.
***
Le bajé el short con un movimiento y ella cerró las piernas por reflejo, sorprendida. Me detuve. La miré. Ella tenía la cara roja y los ojos entreabiertos, y finalmente las separó un poco.
Pasé la mano por encima del calzón y sentí que estaba empapado, la tela pegada al coño como una segunda piel. Corrí el elástico a un costado y le pasé el dedo por la raja, lento, de abajo hacia arriba, sintiendo cómo se le abría sola. Estaba chorreando. Le metí un dedo hasta el fondo y ella gimió y cerró los ojos.
Me quedé en boxer y la acomodé debajo de mí. Me tomó una mano y la puso sobre su teta, como indicando algo que no quería decir con palabras.
Le quité el calzón despacio. No puso resistencia esta vez. Tenía el vello natural, oscuro, recortado en un triángulo pequeño, y entre sus labios todo brillaba de lo mojada que estaba. Era la primera vez que veía un coño así de cerca, sin prisa, y me tomó un momento ordenar los pensamientos. Le abrí los muslos del todo y me quedé mirando. El clítoris hinchado le asomaba entre los pliegues, y la entrada le palpitaba visiblemente.
Me agaché sin pensarlo mucho y le pasé la lengua de golpe, de abajo hacia arriba, lento, saboreándola. Ella pegó un grito corto y me apretó la cabeza con los muslos. Le agarré el clítoris con los labios y se lo chupé despacio, después más rápido, mientras le metía dos dedos y los curvaba adentro buscando el punto de arriba. Ella se retorcía en la cama, agarrándose las tetas ella misma, apretándoselas mientras yo le comía el coño.
—Ay, dios, no pares, no pares —jadeaba.
Le seguí chupando el clítoris hasta que sentí que le temblaban los muslos. Se le arqueó la espalda entera, se me quedó quieta con la boca abierta, y después el coño le empezó a apretarme los dedos en espasmos, mojándome la palma. Se corrió así, la primera vez, con mi lengua encima.
Me quité el boxer. Valeria miró hacia abajo y luego hacia mí, con esa mezcla de nerviosismo y expectativa que no se puede fingir. Tenía la polla dura, palpitando, y ella la miró un rato largo antes de abrir de nuevo las piernas. Le acaricié los muslos temblorosos para que se relajara. Ella cerró los ojos.
Cuando me acerqué y apoyé la punta contra ella, sintió el contacto y se aferró a las sábanas. Le froté la cabeza de la verga contra la raja mojada, arriba y abajo, empapándola. Entré despacio, con cuidado, sintiendo cada centímetro. Estaba muy estrecha y muy húmeda, el coño me apretaba como un puño caliente. Ella soltó un sonido breve que no era dolor exactamente, sino algo más complicado que eso.
—Despacio —dijo en voz baja.
Me detuve. La besé. Luego seguí, más lento todavía, empujando de a poco, esperando que su cuerpo cediera. Sentí cómo me iba tragando entero, milímetro a milímetro.
Cuando estuve completamente dentro, ella abrió los ojos y me miró. Esa mirada no la olvidé después. Tenía algo de asombro, como si algo le hubiera confirmado una teoría que llevaba semanas formando.
***
Empecé a moverme y ella respondió, primero con suavidad, luego con más confianza. Salía casi entero y volvía a entrar hasta el fondo, sintiendo cómo la punta chocaba adentro. Le puse las piernas sobre mi pecho y el ángulo cambió, se la clavaba más profundo, más recto. Ella gimió más fuerte y se mordió el labio. Aceleré el ritmo, la cama empezó a crujir, las tetas le rebotaban en el pecho con cada envión.
—Más fuerte —murmuró—, dame más fuerte.
La agarré de la cintura y empecé a follármela en serio, cogiéndosela con ganas, con el sonido húmedo del coño mezclándose con el golpe de mis huevos contra su culo. Ella tenía la boca abierta y los ojos cerrados, agarrada de las sábanas.
En un momento la hice girar y se montó encima. Colocó mis manos en sus caderas y se fue dejando caer sola, lentamente, hasta el fondo. Hizo una mueca y se quedó quieta un segundo, con toda mi verga metida hasta la base. Luego empezó a moverse.
Cuando cabalga así, una persona tiene el control absoluto de la situación, y Valeria lo usó bien. Se apoyó en mi pecho y fue encontrando el ritmo que le gustaba, más rápido de lo que yo esperaba. Le miraba las tetas rebotar delante de mi cara y le agarré una en cada mano, apretándoselas, pellizcándole los pezones mientras ella subía y bajaba sobre mi polla. Se veía todo desde abajo: la verga entrando y saliendo brillosa de su coño, los muslos abiertos, el vientre tensándose en cada bajada.
—Me estás partiendo —jadeó, apoyando las palmas en mi pecho.
—Cabalgame vos, dale, más rápido.
Le pegué una nalgada seca en la cachetada del culo y ella pegó un grito y se movió más rápido. Al cabo de unos minutos su respiración se volvió entrecortada y su cuerpo se tensó de una manera muy específica. Gritó una vez, breve y agudo, y yo sentí cómo se contraía alrededor, los espasmos apretándome la verga en oleadas.
La abracé cuando terminó el orgasmo y seguí moviéndome desde abajo, embistiéndola con las caderas mientras ella temblaba, hasta que yo tampoco aguanté. La aparté a tiempo, como habíamos acordado, y ella se dio cuenta y se agachó de golpe, agarrándome la verga con la mano y masturbándomela rápido apuntándome al vientre. Solté un gruñido y me corrí en chorros gruesos que le cayeron entre las tetas y sobre la barriga. Ella se quedó mirando cómo salía el semen, con una sonrisa nueva en la cara, y siguió apretando hasta sacarme las últimas gotas.
Nos quedamos quietos, recuperando el aliento. Afuera todavía había luz de tarde. El ventilador del techo giraba despacio, secando el sudor de nuestros cuerpos.
***
Fuimos al baño juntos y nos limpiamos riéndonos de cosas que no tenían mucha gracia pero que después de eso siempre son graciosas igual. Esa incomodidad cómoda del principio, cuando no sabés bien si abrazarte o hacer como que no pasó nada.
Volvimos al cuarto y nos recostamos a charlar. Ella mencionó de pasada que nunca le habían hecho sexo oral. Yo admití lo mismo, mintiendo apenas, porque lo que le había hecho hacía un rato no contaba como práctica sino como estreno.
—¿Quieres intentarlo bien? —le pregunté—. De verdad, con tiempo.
Valeria se quedó mirando el techo un momento.
—¿Ahora? —preguntó.
—Ya estamos aquí —dije.
Se rió y se incorporó.
Empezó ella. Se acomodó entre mis piernas de rodillas y tomó mi polla con una mano. La miró de cerca, como estudiándola, y le pasó la lengua desde la base hasta la punta, despacio, mirándome de reojo para ver cómo reaccionaba. La metió en la boca poco a poco, con cuidado, primero solo la cabeza, chupándola como un caramelo. Después fue bajando más, tragándola de a un poco por vez. Su boca era estrecha y caliente, y sentía los dientes suaves rozar la piel. Con la mano libre me agarró los huevos y los apretó despacio, y con la otra me masturbaba la base mientras chupaba la punta.
—Así, amor, así —le dije, agarrándole la trenza para guiarla.
Ella agarró un ritmo y empezó a mamármela más rápido, con los cachetes hundidos, haciéndome ruido con la boca. En un momento se atragantó y se apartó tosiendo, con hilos de saliva colgándole del labio, y yo casi me corro solo de verla así. Volvió a metérsela hasta donde pudo, con los ojos llorosos y decididos.
—Vení, es tu turno —le dije antes de correrme.
Cuando me tocó a mí la acosté boca arriba y le abrí las piernas del todo. Le pasé la lengua por los labios externos primero, explorando. Ella se tensó. Fui metiéndome más adentro, saboreándola despacio, y ella fue relajándose. El sabor era salado y cálido y distinto a todo lo que había imaginado. Me gustó más de lo que esperaba. Le separé el coño con los pulgares y le lamí toda la raja de abajo hacia arriba, terminando en el clítoris, dando vueltas alrededor con la punta de la lengua.
Ella empezó a moverse contra mi cara, agarrándome de los pelos. Le metí la lengua adentro, follándosela con la lengua todo lo que podía, y ella me apretaba la cabeza con los muslos gimiendo cada vez más fuerte.
Nos pusimos en sesenta y nueve, cara a cara con el cuerpo del otro, dándonos al mismo tiempo. Yo abajo, ella encima con el coño sobre mi boca y la verga en la suya. El calor era doble. Los sonidos de los dos se mezclaban, mis lengüetazos húmedos y sus gemidos ahogados alrededor de mi polla. Al rato ya no pensaba en la técnica sino solo en lo que sentía: el olor de su coño chorreado encima de la cara, el peso de su culo, la boca caliente tragándome.
La volví a penetrar después de eso, ella en cuatro patas, agarrándola de las caderas. Le abrí las nalgas con los pulgares y me la clavé de una hasta el fondo. Ella pegó un grito adentro de la almohada. Apoyó los brazos en la cama y dejó que yo pusiera el ritmo. Le agarré la trenza como una rienda y la usé para embestirla más fuerte, con las nalgadas resonando en el cuarto. Le veía el culo temblar en cada golpe, los labios del coño estirados alrededor de mi verga, brillosos.
—Dame así, dame así —repetía ella entre gemidos.
Le pasé el pulgar mojado sobre el ojete y ella se estremeció entera, sin decirme que no. Se lo froté suave mientras se la seguía metiendo, y sentí cómo el coño se le apretaba más todavía. Tardamos bastante, los dos ya cansados, pero sin querer parar todavía. Cambiamos otra vez, ella boca arriba con las piernas abiertas, y se la clavé mirándola a los ojos, con las tetas rebotando entre nosotros y sus uñas en mi espalda.
Cuando terminé por segunda vez era de noche afuera. Le avisé y ella abrió la boca abajo, sacando la lengua. Le apoyé la punta contra los labios y me corrí adentro, viéndola tragar y sonreír al mismo tiempo, con un hilo de semen colgándole de la comisura. Las ventanas seguían abiertas y desde la calle llegaba el ruido lejano del tráfico.
***
Valeria se quedó una hora más. Hablamos, nos reímos, comimos algo de lo poco que había en la cocina. Antes de irse me besó en la puerta y dijo que la próxima vez tenía que ser pronto.
Tuvo razón. Nos seguimos viendo todas las semanas, con nuevas variaciones y menos nerviosismo cada vez. Lo que había empezado con una mirada fija desde las jardineras del patio terminó siendo algo que ninguno de los dos había planeado, y que los dos necesitábamos por igual.
Lo que no esperaba era que, un mes después, una compañera suya empezara a buscarme con excusas bastante transparentes. Pero esa ya es otra historia.


