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Relatos Ardientes

Lo que pasó en esa cala no debía pasar

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El velero Cirocco era una embarcación de cuarenta y dos pies con líneas mediterráneas y nombre griego, amarrado la noche anterior en el puerto de Palma. Adrián Vega estaba al timón con los brazos extendidos sobre la rueda y los ojos semicerrados bajo el sol de junio. A sus cuarenta y cinco años, con la barba negra salpicada de gris y el cabello largo recogido en un moño descuidado, no parecía un director general. Parecía exactamente lo que siempre había querido ser: alguien libre.

Llevaba solo un bañador azul oscuro y unas gafas de sol que se había robado de la guantera de su coche años atrás. Los tatuajes que le cubrían ambos brazos —mapas de constelaciones, nombres en idiomas muertos— brillaban bajo la sal y el sudor. Ochenta kilos distribuidos de forma que no correspondía a la imagen de un hombre que pasaba diez horas diarias en reuniones.

A proa, Claudia Montero estaba tumbada boca arriba en la cubierta, los brazos cruzados bajo la nuca. Su bikini naranja era mínimo, más intención que tela. Treinta y seis años, codirectora financiera de Horizonte Inversiones, cuerpo de mujer que no pisaba un gimnasio pero hacía yoga todos los días: caderas anchas, cintura estrecha, tetas generosas que se movían cada vez que respiraba hondo. Su piel era del color del café solo y el cabello, negro y húmedo de la última zambullida, se extendía en abanico sobre la cubierta blanca.

Los otros seis miembros del equipo directivo completaban el cuadro. Sara Díaz, treinta y un años, directora de comunicación, tenía la energía de alguien que corre cada mañana y lo demuestra sin proponérselo. Metro setenta, cuerpo largo y atlético, tetas pequeñas y firmes, piernas que no terminaban. Su bikini rojo era lo único que llevaba encima aparte de una gorra de béisbol que no hacía nada por protegerla del sol. Tenía esa cualidad de las personas a las que el calor les sienta especialmente bien.

Lucía Ferrer, treinta y tres años, directora de expansión, era físicamente lo contrario: más baja, más curva, con tetas que su bikini blanco contenía con éxito relativo. Sus caderas eran anchas y el cabello negro le llegaba a la cintura. Su boca siempre parecía estar a punto de decir algo que no debía, y esa tarde no era la excepción.

Jaime Rueda, treinta y ocho años, director de proyectos, tenía el cuerpo de alguien que levanta pesas en serio: un metro ochenta y cinco, hombros que llenaban cualquier marco, pecho que tensaba cualquier camiseta. Esa tarde no llevaba camiseta y el bañador verde le marcaba el bulto de la polla sin necesidad de mucha imaginación.

Teo Alcántara, veintinueve años, el más joven del equipo, era más esbelto y ágil. Hombros anchos, abdomen definido sin ser exagerado, sonrisa de persona que sabe perfectamente el efecto que causa. Llevaba un bañador gris claro que no ocultaba gran cosa.

El capitán, don Pedro, cincuenta años, era un hombre hecho de años de mar: barba blanca, manos grandes y encallecidas, una solidez que no era exactamente gordura sino más bien la textura de quien ha vivido mucho a la intemperie. Llevaba un short azul marino y una camiseta que se quitó antes de que llegaran a aguas abiertas.

Y los dos tripulantes: Rebeca, veinticuatro años, morena de movimientos felinos con un uniforme de barco que era básicamente una excusa para mostrar piernas, y Nico, veintiséis, de cuerpo de modelo y cara de no ser consciente de cuánto llamaba la atención.

***

La ruta era Palma hasta una cala de Menorca que Adrián había marcado en la carta náutica semanas antes. Lo había descubierto hace diez años con una mujer cuyo nombre ya no importaba. Lo que sí recordaba era el color del agua y la forma circular de la bahía, cerrada por acantilados de piedra caliza que hacían de pantalla perfecta contra el mundo.

Cuatro horas de navegación. Cielo sin nubes. El velero avanzaba con el viento de levante y Adrián no tenía prisa.

La tensión a bordo llevaba meses acumulándose en la oficina. No era solo entre él y Claudia, que ya habían tenido un episodio sin resolver meses atrás. Era algo que flotaba entre todos ellos, ese grupo de personas que se ven demasiado, que se conocen demasiado bien, que han viajado juntos y comido juntos y discutido juntos hasta el punto en que la barrera entre lo profesional y lo humano empieza a difuminarse.

Adrián había organizado este viaje a propósito. No lo había dicho, pero todos lo sabían.

***

A mediodía, mientras don Pedro mantenía el rumbo, Rebeca y Nico sirvieron bocadillos y vino blanco frío. La cubierta principal se convirtió en una especie de festín informal: cuerpos recostados en los cojines exteriores, conversaciones que iban de lo laboral a lo personal sin solución de continuidad, risas que duraban demasiado.

Adrián se sentó al lado de Claudia en la zona de popa. Su mano no fue directamente hacia ella, pero sí se colocó en la barandilla justo detrás, formando un cerco sin cerrar.

—¿Cuándo fue la última vez que te desconectaste de verdad? —le preguntó, sin mirarla.

—No me acuerdo —respondió ella. Y era verdad.

Sara se levantó a buscar más vino y al pasar rozó el hombro de Adrián con la cadera, sin excusa y sin disimulo. Sus ojos se encontraron brevemente. No dijo nada.

Lucía estaba tumbada boca abajo con el bikini desabrochado por la espalda para broncearse sin marcas, y cada vez que se movía el trozo de tela se corría un centímetro más hacia sus caderas. Jaime llevaba veinte minutos mirándola sin pretender que no lo hacía, con el bulto de la polla creciendo debajo del bañador verde de una forma que ya no admitía disimulo. Teo observaba la escena con esa sonrisa suya de quien conoce el guion pero disfruta igual de la representación.

La temperatura subía y no era solo el sol.

En algún momento Claudia giró la cabeza hacia Adrián y lo miró directamente.

—¿Qué tienes pensado para cuando lleguemos? —preguntó.

Él tardó un segundo en responder.

—Nada en concreto —dijo—. Dejar que pase lo que tenga que pasar.

Ella asintió despacio, como si eso fuera exactamente lo que quería escuchar.

***

Cuando la cala apareció entre los acantilados, todo el mundo se incorporó. Era exactamente como Adrián la recordaba: agua de un azul verde que se volvía casi translúcido cerca de la orilla, paredes de piedra caliza que cerraban la bahía en media luna, silencio absoluto salvo por el chapoteo del agua contra el casco y el crujido suave de las jarcias.

Don Pedro fondeó a setenta metros de la orilla y apagó el motor. El silencio que llegó después era de los que pesan bien.

—Voy a quedarme en el puente —dijo el capitán, con la diplomacia de quien entiende que su presencia a partir de ese momento sería un estorbo.

Rebeca y Nico se miraron. Nico se encogió de hombros con una sonrisa.

—Nosotros podemos subir también —dijo Rebeca, y la ambigüedad de esa frase era perfectamente deliberada.

—No hace falta que os quedéis en el puente —dijo Claudia, mirándolos con calma.

Nadie más dijo nada. No hacía falta.

***

Fue Claudia quien lo inició, porque siempre era Claudia. Se puso de pie en la cubierta de popa, se desabrochó el bikini y lo dejó caer sin aspavientos. Sus tetas, libres del naranja brillante, eran exactamente lo que prometían: llenas, oscuras, con pezones duros que apuntaban hacia arriba. Después enganchó los pulgares en la braga y la deslizó por las caderas hasta que cayó a sus pies. El coño, depilado salvo por una franja oscura estrecha, brillaba ya húmedo bajo el sol.

—Hacía demasiado calor —dijo simplemente.

Adrián la cogió de la cintura desde atrás, apretándola contra su cuerpo. La temperatura de su piel bajo el sol era casi insoportable. Ella se frotó el culo contra el bulto duro que crecía dentro del bañador azul, con un movimiento lento que era pregunta y respuesta al mismo tiempo, y él sintió que los meses de tensión acumulada encontraban por fin un punto de salida. La mano de Adrián le bajó por el vientre y se metió sin trámite entre sus muslos. Los dedos se hundieron en un coño empapado, y Claudia soltó un jadeo grave, echando la cabeza hacia atrás sobre el hombro de él.

—Estás chorreando —murmuró Adrián contra su cuello.

—Llevo así desde Palma —respondió ella, y le mordió el labio.

Sara se acercó sin correr, con esa seguridad suya. Se desató el bikini rojo por el camino y lo dejó tirado en la cubierta. Sus tetas pequeñas y firmes, con pezones rosados y muy erectos, se balanceaban al ritmo de sus pasos. Se arrodilló frente a Claudia y empezó a besarle el vientre, subiendo despacio hacia las tetas. Sus labios encontraron el pezón izquierdo y lo chupó fuerte, tirando con los dientes hasta hacerla gemir. Claudia inclinó la cabeza hacia atrás contra el pecho de Adrián, cerrando los ojos, mientras la boca de Sara seguía bajando por el vientre, por las caderas, hasta arrodillarse del todo y hundir la cara entre sus piernas.

La lengua de Sara se abrió paso entre los labios del coño de Claudia y empezó a lamerle el clítoris con una precisión de quien sabe exactamente lo que hace. Claudia abrió las piernas todavía más, agarrando a Sara por el pelo, empujándole la cara contra su coño sin ninguna delicadeza.

—Así, joder —jadeó Claudia—. Cómemelo así.

Adrián se bajó el bañador y su polla saltó libre, dura, gruesa, apoyándose caliente contra el culo de Claudia. Ella la buscó a tientas por detrás, cerrando la mano alrededor y masturbándola despacio mientras Sara le seguía comiendo el coño de rodillas.

Lucía, que llevaba el bikini ya prácticamente deshecho, se levantó y fue directamente hacia Adrián. Sus manos apartaron a Claudia con suavidad y agarraron la polla, midiéndola con la palma.

—Siempre pensé que debajo de ese traje escondías algo así —murmuró, y bajó la cabeza.

La boca de Lucía se cerró alrededor del glande y bajó todo lo que pudo de una sola vez. Adrián soltó un gruñido y le puso la mano en la nuca. Ella empezó a mamársela despacio, sacando la lengua para lamerle la punta y la vena de abajo, chupando con hambre real. Cuando la sacaba entera de la boca, un hilo de saliva quedaba entre sus labios y la polla brillante. Se la volvía a meter hasta el fondo, atragantándose un poco, con los ojos aguados y el rímel corriéndosele por la mejilla.

—Qué bien la mamas —murmuró Adrián, apretándole el pelo.

—Me encanta —contestó ella, con la boca todavía llena, y siguió chupando.

Jaime no necesitó más señal. Se bajó el bañador verde y dejó ver una polla larga y algo curvada, con las venas marcadas y un glande morado que ya le brillaba de líquido preseminal. Se acercó a Sara por detrás, mientras ella seguía de rodillas comiéndole el coño a Claudia, la agarró de las caderas y la penetró de una sola embestida. Sara soltó un chillido ahogado contra el coño de Claudia y siguió lamiendo, ahora con Jaime golpeándole el culo con las caderas cada vez que entraba hasta el fondo.

—Qué apretada estás, joder —gruñó Jaime, sujetándola por la cintura y follándosela con embestidas largas.

Teo se quitó el bañador con la eficiencia de alguien que no necesita hacer un espectáculo de nada. Su polla, más delgada que la de Jaime pero igual de dura, apuntaba directamente hacia arriba contra su vientre. Fue hacia Lucía, que seguía mamándosela a Adrián, y se le puso al lado. Ella soltó la polla de Adrián con un pop húmedo y se giró hacia Teo, cogió la nueva polla con la otra mano y empezó a alternar bocas: primero la de Adrián, después la de Teo, chupándolas por turnos, escupiendo sobre ambas y masturbando la que no estaba en su boca.

—Mira lo que sabía hacer la de expansión —dijo Teo, riéndose entre dientes con la cabeza echada hacia atrás.

Rebeca y Nico habían desaparecido en el camarote de proa en algún momento entre la primera y la segunda copa de vino. Los sonidos que llegaban de allí eran inequívocos: chapoteos de carne contra carne, el golpe rítmico de una cama contra el mamparo, la voz de Rebeca pidiéndole a Nico que se la metiera más fuerte, más adentro.

***

Lo que siguió fue largo y desordenado en el mejor sentido. Los cuerpos se reorganizaron solos según la lógica del deseo: quién quería a quién, quién buscaba dónde, sin necesidad de instrucciones ni coreografía.

Claudia acabó sobre Adrián en uno de los cojines de cubierta, montándolo a horcajadas de cara al mar abierto. Se sentó de golpe sobre la polla hasta hundirla entera dentro de ella, y los dos gimieron a la vez. Sus caderas empezaron a moverse arriba y abajo con un ritmo que tenía que ver con meses de anticipación y con años de conocerse sin llegar a hacerlo del todo. Se le veía la polla de Adrián entrando y saliendo de su coño, brillante de flujo, con los labios del coño abrazándola cada vez que subía y volviendo a tragársela entera cuando bajaba.

—Qué grande la tienes —jadeaba Claudia—. Me llenas entera.

Él la sujetaba por los muslos, los dedos marcando rojos en la piel oscura, embistiendo desde abajo cada vez que ella bajaba, chocando contra el fondo de su coño con un ruido húmedo. Le mordía las tetas, chupaba los pezones oscuros, le tiraba del pelo hacia atrás para verla la cara mientras se lo follaba.

Sara estaba a su lado, ya sin Jaime encima, con las piernas abiertas y una mano trabajándose el clítoris. Claudia la cogió del cabello, atrayéndola, y las dos bocas se encontraron mientras Claudia seguía moviéndose encima de Adrián. Se besaron con lengua, mordiéndose los labios, mientras Adrián la seguía embistiendo desde abajo. Después Claudia le empujó la cabeza a Sara hacia sus tetas, y Sara empezó a chupárselas con hambre, un pezón y luego el otro, mientras Adrián la seguía martilleando desde abajo.

Lucía, al otro extremo de la cubierta, tenía a Jaime detrás y a Teo de frente, y no parecía tener intención de elegir entre los dos. Estaba a cuatro patas sobre los cojines, con el culo levantado y la boca abierta. Jaime la penetraba por el coño con embestidas duras, agarrándola de las caderas, mientras Teo le metía la polla en la boca hasta el fondo, sujetándola por el pelo con las dos manos.

—Míratela —gruñía Teo—. Le encanta ir doble.

Lucía no podía contestar porque tenía la polla de Teo bloqueándole la garganta, pero sus gemidos ahogados y la forma en la que echaba el culo hacia atrás contra Jaime cada vez que él la embestía decían todo. Sus tetas grandes se balanceaban colgando bajo su cuerpo, los pezones morados rozando el cojín con cada golpe. Jaime le dio una palmada en el culo que dejó marca roja y ella soltó un gemido ahogado sobre la polla de Teo.

—Más fuerte, joder —consiguió decir Lucía cuando Teo le sacó la polla de la boca para dejarla respirar—. Rómpeme.

Jaime la rompió. Le agarró las dos manos por detrás y las tiró hacia atrás como si fueran riendas, follándosela con embestidas que hacían saltar todo su cuerpo hacia delante, mientras Teo le volvía a meter la polla en la boca hasta hacerla toser.

Don Pedro, desde el puente, mantenía los ojos en el horizonte. Era un profesional con veinte años de experiencia en chárteres privados. Había visto de todo.

Desde el camarote de proa seguían llegando sonidos que no dejaban lugar a dudas sobre lo que Rebeca y Nico estaban haciendo, y la intensidad iba en aumento: los gritos de ella pidiendo más, los gruñidos de él, el golpe rítmico y cada vez más rápido de la cama.

***

Adrián se incorporó en algún momento y apoyó a Claudia contra la barandilla de popa, de espaldas al mar. Ella se agarró con ambas manos al pasamanos y abrió las piernas, arqueando el culo hacia atrás en clara invitación. Él le pasó la punta de la polla por los labios del coño, empapándose de flujo, y después la enfiló y entró de nuevo, esta vez de pie, con el peso de todo el día y de todos los meses anteriores encima.

—Más fuerte —dijo ella, sin levantar la voz. No era una petición.

Él obedeció. La agarró por las caderas y empezó a follársela con embestidas largas y profundas, saliendo casi entero cada vez y volviendo a entrar de golpe hasta el fondo. El sonido de sus caderas chocando contra el culo de Claudia se mezclaba con el chapoteo del agua contra el casco. Ella gemía cada vez más alto, con la cabeza colgando sobre la barandilla y las tetas balanceándose libres bajo su cuerpo.

—Así, así, no pares —jadeaba—. Métemela toda.

Adrián le pasó una mano por delante, le agarró una teta y con la otra le buscó el clítoris. Empezó a frotárselo en círculos mientras seguía embistiéndola desde atrás, y Claudia soltó un grito largo y ronco que rebotó contra los acantilados.

Desde esa posición veía al resto del grupo en distintos estados de entrelazamiento sobre los cojines de cubierta. Sara estaba tumbada boca arriba con Jaime entre sus piernas, la cabeza colgando por el borde del cojín, las tetas pequeñas moviéndose con cada embestida. Jaime la agarraba de los tobillos, abriéndoselos en cruz, y le clavaba la polla hasta el fondo con una lentitud casi cruel. Sara le clavaba las uñas en los antebrazos y le pedía en susurros roncos que se la metiera más.

Lucía estaba ahora de rodillas de otra manera: encima de Teo, montándolo, con las tetas grandes colgando libres frente a la cara de él que se las chupaba alternativamente. Detrás, Jaime había terminado con Sara y se acercaba con la polla brillante de flujo. Le escupió en el culo, se la pasó con dos dedos, y le metió la polla en el ojete apretado despacio pero sin detenerse. Lucía soltó un gemido gutural, casi un rugido, y se quedó quieta unos segundos, adaptándose. Después empezó a moverse otra vez, con una polla en el coño y otra en el culo a la vez, gimiendo algo ininteligible contra la boca de Teo.

—Así, doble, así —consiguió jadear—, así lo quería.

Los dos hombres empezaron a coordinarse, uno entrando cuando el otro salía, follándosela por los dos agujeros al mismo tiempo con un ritmo que la hacía temblar entera.

El sol caía hacia el horizonte. El agua de la cala tenía ese color específico de las seis de la tarde en junio: más verde que azul, casi fosforescente. Los acantilados proyectaban sombras largas sobre la bahía y el velero se mecía con la suavidad de algo que no tiene prisa.

Claudia se corrió con los nudillos blancos en la barandilla y el cuerpo sacudiéndose hacia adelante en oleadas, apretando el coño alrededor de la polla de Adrián con espasmos que le arrancaron un gruñido ronco. Él aguantó unos segundos más, martilleándola en pleno orgasmo, hasta que no pudo más. Sacó la polla justo a tiempo, la agarró con la mano y le corrió toda la corrida encima del culo y la espalda baja en chorros largos y espesos, marcándola con hilos blancos que brillaban al sol. Claudia gimió con cada chorro, arqueándose para recibirlo.

Al lado, Lucía tuvo el suyo con las dos pollas dentro. Se corrió a gritos, agarrada del cuello de Teo, temblando entera entre los dos hombres. Jaime salió primero y le corrió en la espalda; Teo esperó dos embestidas más y le corrió dentro del coño, con Lucía todavía temblando encima de él.

Adrián la sostuvo por la cintura hasta que dejó de temblar, con la cara enterrada en su cuello y el sabor a sal en los labios.

***

Después hubo un rato quieto, difícil de describir. No era incomodidad. Era más bien ese silencio específico que viene cuando el cuerpo se rinde y la mente todavía no ha vuelto del todo. Cuerpos dispersos por la cubierta, algunos entrelazados, algunos separados, todos con ese aspecto de exhausta satisfacción que no tiene equivalente. La corrida se les secaba sobre la piel al sol.

Rebeca apareció desde el camarote de proa con el cabello deshecho, una sonrisa que no necesitaba explicación y un reguero blanco resbalándole por la comisura de los labios que se limpió con el dorso de la mano sin ningún pudor. Nico detrás de ella, con aspecto de haber dormido aunque claramente no era eso.

Lucía fue la primera en tirarse al agua. Se lanzó de cabeza desde la cubierta sin previo aviso, y el chapoteo fue como una señal. Los demás la siguieron de uno en uno, sin prisa, cayendo al agua con el estrépito blando de cuerpos cansados.

El agua estaba a veintidós grados, cristalina hasta el fondo de piedra. Flotaban en ella en silencio, o casi. Sara y Jaime nadaron hasta los acantilados y volvieron. Teo hizo tres largos bajo el agua. Lucía se tumbó de espaldas y dejó que el mar la sostuviera, los ojos cerrados, los brazos abiertos, las tetas grandes flotando sobre la superficie.

Adrián fue el último en tirarse. Se quedó un momento en la cubierta mirando la cala, la luz del final del día sobre la piedra blanca, el grupo disperso en el agua turquesa.

—¿Vienes? —le gritó Claudia desde abajo.

Él miró la cala una vez más, fijó ese momento en la memoria de la forma en que se fijan las cosas que sabes que no van a repetirse exactamente igual, y se tiró.

***

De vuelta a Palma navegaron casi en silencio. No era un silencio incómodo sino el de después, cuando ya no hace falta decir nada porque todo lo importante ya pasó. Don Pedro llevaba el timón con la serenidad de un hombre que ha visto de todo en veinte años de navegación chárter y que tiene la sabiduría de no comentar nada.

Las luces del puerto aparecieron en la oscuridad hacia las once de la noche. Alguien había sacado una botella de cava del camarote y la estaban bebiendo directamente, pasándola de mano en mano.

Ya de noche, Claudia se apoyó en la barandilla a su lado.

—¿Qué pasa en la oficina el lunes? —preguntó.

Adrián pensó en eso un momento.

—Lo mismo de siempre —dijo—. Reuniones, informes, decisiones. La diferencia es que ahora todos sabemos que esto pasó.

—¿Y eso es bueno o malo?

Él sonrió sin que ella lo viera, mirando las luces que se acercaban.

—Pregúntame el lunes.

Claudia se quedó callada un momento más, la brisa moviendo su cabello negro hacia el lado.

—Esta cala —dijo al final—. El año que viene quiero volver.

—Ya veremos —respondió Adrián.

Los dos sabían que sí.

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Comentarios(9)

lector_ansioso

Por favor que haya segunda parte!! no puede terminar ahi

ViajeraNocturna

La tension que describis desde el primer parrafo es insoportable (en el buen sentido). Me enganche desde la primera linea y no pude parar.

GenteBCN

ufff... tenia que ser Menorca jajaja excelente

MiguelBA23

Me hizo acordar a un viaje de empresa de hace años. Algunas cosas mejor no contarlas, pero me entiendo. Muy bueno el relato.

Juli89

Y despues?? volvieron todos al trabajo el lunes como si nada? eso me genera mas intriga que el relato mismo jaja

MarceloFdz

Que bien contado, se siente totalmente real. Eso de la tension acumulada por meses... lo he vivido y es exactamente asi. Gracias por compartirlo!

NocheDeVinos

Los relatos de confesiones son los mejores cuando estan bien escritos como este. Sigan subiendo mas asi!

Sasha_cba

increible!! ocho directivos en un velero, eso solo ya es una pelicula. muy bueno

PedroMontoya

Esperando ansioso el proximo relato. Se nota que tenes mas historias guardadas. No las retengas jaja

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