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Relatos Ardientes

Me descubrieron dos veces y no dijeron nada

4.3 (3)

Hace algunos años, cuando todavía vivía en casa de mis padres y cursaba el secundario, me pasaron dos cosas que hoy recuerdo con una mezcla rara de vergüenza y algo que no sé bien cómo llamar. No voy a decir mi nombre, ni el de nadie que aparezca acá. Pero lo que voy a contar es verdad.

Mi mayor miedo en esa época era que nos descubrieran. No solo mis viejos: cualquier persona. La idea de que alguien pudiera vernos en pleno acto, o peor aún, que hubiera fotos o videos circulando por ahí, me generaba un terror genuino. Soy bastante pudorosa en el día a día, de esas que se cambian en el baño con la puerta con llave. Pero con mi novio Tomás era completamente distinta. Con él me permitía cosas que con cualquier otro me habrían resultado impensables.

Llevábamos casi dos años cuando ocurrieron estas dos historias. Éramos jóvenes, vivíamos en casa de nuestros padres, y esa limitación le daba a todo un sabor particular que todavía recuerdo con bastante claridad.

***

La primera vez fue en mi casa, a finales de ese verano.

Mis padres querían mucho a Tomás desde el principio. Eso nos daba ciertas libertades que a muchas de mis amigas les estaban completamente negadas. Podía quedarse a dormir, por ejemplo. Pero había condiciones claras: la puerta del cuarto debía quedar abierta, y él dormía en un colchón en el piso, no en mi cama. La justificación oficial de mi mamá era mi hermana menor, Caro, que dormía en el cuarto de al lado y podría escuchar algo si nos descuidábamos.

Era difícil tener cualquier tipo de intimidad así. No imposible, pero difícil.

Lo que hacíamos era esperar. Quedarnos despiertos en silencio, con la luz del monitor como única iluminación, hasta que mis padres y Caro se durmieran. Después esperábamos otro rato más, por las dudas, escuchando el silencio de la casa. Y cuando estaba todo tranquilo, yo bajaba al colchón donde estaba él.

Tenía una actividad favorita para esas noches: meterme bajo las sábanas, reptando hacia abajo en la oscuridad, y hacerle sexo oral hasta que terminara en mi boca. Todo en silencio absoluto de su parte. Eso era la mitad del juego: obligarlo al silencio mientras yo hacía todo lo posible para que le fuera imposible mantenerlo.

Mi boca conocía perfectamente cómo reaccionaba su cuerpo. Sabía cuándo estaba cerca, cuándo tenía que parar para dejarlo suspendido en ese límite entre querer más y no poder soportarlo, y cuándo acelerar de golpe para llevarle el orgasmo sin aviso. Esas sesiones eran intensas precisamente por eso, por lo prohibido: mis padres durmiendo un piso más arriba, mi hermana a pocos metros, y los dos ahí abajo en la oscuridad del piso.

Ese mismo verano mis padres me habían comprado una computadora para el cuarto, con una de esas sillas gamer grandes y acolchadas. Tomás y yo le encontramos bastante uso a esa silla fuera de lo que estaba pensado. Cuando estábamos solos, él se sentaba ahí y yo me arrodillaba frente a él. Otras veces al revés: yo en la silla con las piernas abiertas, él arrodillado. Y muchas veces simplemente yo a upa de él, mirando la pantalla mientras hacíamos algo o no hacíamos nada. Era nuestro espacio.

La noche de la que les quiero hablar empezó de manera completamente normal. Eran cerca de las dos de la mañana. Los dos frente a la computadora, yo sentada encima de él, como tantas otras veces. Él tenía puesto solo un short, sin remera. Yo llevaba un remerón largo que me llegaba casi hasta los muslos y, debajo, ropa interior.

En un momento me levanté para ir al baño. Al pasar por el cuarto de Caro me asomé despacio: dormía profundamente, boca arriba, con la cara hacia el techo. No se movía. La respiración era pareja.

En el baño, cuando me bajé la ropa interior, noté que estaba bastante húmeda. Supuse que haber estado tanto tiempo encima de Tomás tenía algo que ver. Me la quité, la envolví en la mano y volví al cuarto sin ponérmela. El remerón era suficientemente largo para cubrirme.

Antes de entrar me detuve otra vez en el pasillo. Miré hacia el cuarto de Caro. Seguía durmiendo.

Entré al cuarto, me acerqué a Tomás por detrás y le di un beso un poco más largo de lo habitual. Cuando me separé, lo miré a los ojos y le dije en voz muy baja, casi sin sonido:

—Cerrá los ojos. No los abras hasta que yo te diga.

Los cerró. Le acerqué la ropa interior a la nariz y noté que le cambió la respiración de inmediato. Empezó a ponerse duro bajo el short, así que metí la mano por debajo y lo empecé a pajear despacio, sin apuro.

—Abrí los ojos.

Me vio así: una mano con la ropa interior cerca de su cara, la otra moviéndose despacio bajo el short. Me acerqué la tela a la nariz, aspiré hondo, la lamí con la lengua por la parte más húmeda. Todo muy despacio, sin apartar los ojos de los suyos.

Después me arrodillé frente a él.

Le di una lamida larga desde la base hasta la punta. Él se tensó entero y tuvo que hacer un esfuerzo visible para no emitir ningún sonido. Se le escapaba cada tanto una vibración en la garganta, algo que no era exactamente un gemido pero que dejaba claro lo que estaba sintiendo.

Me saqué el remerón y lo tiré al costado. Me quedé completamente desnuda, arrodillada en la oscuridad del cuarto, con solo la luz del monitor iluminando la escena de manera muy precaria.

Empecé a chuparlo con más intensidad, con más saliva, haciendo más ruido del que era prudente, consciente de que Caro dormía a pocos metros. Esa conciencia del riesgo era parte de lo que me tenía tan excitada. La tensión de saber que cualquier sonido podía arruinarlo todo lo hacía más intenso, no menos.

Decidí ir un poco más lejos. Lo metí hasta donde llegaba en mi garganta, hasta tener una arcada que lo llenó de saliva espesa. Lo hice varias veces seguidas, con el ruido que eso produce.

—Mmm, sí —dijo él, apenas audible.

Estaba a punto de seguir cuando escuché su voz en el tono más bajo posible:

—Para. Para. Caro está en la puerta.

Me quedé completamente helada.

Me giré despacio. Ahí estaba mi hermana, parada en el umbral con los ojos entreabiertos y una expresión entre soñolienta y confundida, la que tiene alguien que acaba de despertarse y todavía no procesa del todo lo que está viendo. Tomás se tapó con el short lo más rápido que pudo. Yo me cubrí con las manos.

—Andate a tu cuarto —le dije, intentando que mi voz sonara normal.

Se fue sin decir una palabra. Cerré los ojos un momento. El corazón me golpeaba contra las costillas a una velocidad que no tenía nada de erótica.

Unos minutos después fui al cuarto de Caro. Me senté en el borde de su cama y le expliqué lo que había pasado de la manera más tranquila que pude. Le pedí que no dijera nada. No fue gratis, pero al final llegamos a un acuerdo.

A la semana siguiente tuvimos una conversación más larga y más tranquila, sin la adrenalina del momento, en la que le pedí disculpas de verdad. Nunca le dijo nada a mis padres.

***

La segunda vez fue en el colegio, unos meses después.

Tomás y yo habíamos establecido un ritual bastante consistente: llegar media hora antes de que empezaran las clases, o aprovechar las horas libres cuando faltaba algún profesor, e ir a un salón vacío que había en el subsuelo del edificio. Era oscuro, siempre desocupado en esos horarios, y quedaba lo suficientemente lejos de las aulas principales como para que nadie nos molestara.

Lo que hacíamos ahí era simple: yo le hacía sexo oral hasta que terminara en mi boca, y después subíamos al patio a mezclarnos con el resto como si nada hubiera pasado. Era rápido, era clandestino, y tenía esa carga de lo prohibido que me resultaba imposible resistir.

Ese día en particular teníamos una hora libre porque había faltado una profesora. Fuimos directo al subsuelo.

Estaba especialmente caliente esa mañana, sin ninguna razón que pudiera identificar. Lo empujé contra la pared cerca de la puerta, por si escuchábamos a alguien acercarse, y me arrodillé casi en el mismo movimiento, sin siquiera besarlo antes.

Empecé con fuerza. Mucha saliva, poco delicada, nada de la paciencia de las otras veces. A la vez, con la mano libre, me deslicé dentro del jogging que llevaba ese día. Estaba increíblemente mojada. En menos de tres minutos tuve un orgasmo rápido y silencioso, mordiéndome el labio para no hacer ruido.

Me saqué la mano, me acomodé el pantalón, y antes de volver a arrodillarme le acerqué los dedos a la boca. Los chupó despacio, sin que yo dijera nada.

Seguí hasta que me indicó con los ojos que estaba listo. Saqué la lengua y lo dejé terminar en mi cara.

Estaba agachada en el piso, buscando un pañuelo en el bolsillo del jogging, cuando escuché el chirrido de la puerta.

Me limpié lo más rápido que pude. Los dos nos miramos sin decir nada. Quien hubiera entrado ya no estaba: había abierto la puerta, había visto algo, y se había ido sin que supiéramos quién era.

Salimos despacio, revisamos que el pasillo estuviera vacío, y volvimos al patio como si hubiéramos estado en cualquier otro lugar.

Fue un día horrible.

Los dos estábamos nerviosos pero no hablábamos del tema, cada uno rumiando sus propios pensamientos. Las preguntas eran siempre las mismas: ¿quién había entrado? ¿Nos había visto con claridad? ¿Iba a decirle algo a alguien? ¿Había sacado el teléfono antes de irse?

Este último pensamiento era el que más me torturaba. La posibilidad de que hubiera fotos, de que circularan, de que alguien me mostrara en esa situación sin que yo pudiera hacer nada. Me acompañó durante toda la jornada, durante la cena con mi familia en casa, y después en la cama, dando vueltas, con los ojos abiertos en el techo.

Eran las once y media de la noche. A las doce en punto me llegó un mensaje de WhatsApp.

Era de Nadia, una compañera de clase que conocía desde hacía años y con quien hablaba seguido.

—Qué golosa que sos. No podés aguantar a llegar a tu casa.

El corazón me paró un segundo entero.

—¿Qué decís? —respondí, intentando ganar tiempo.

—La preceptora me mandó a buscar unas sillas al salón de actos y te encontré ahí arrodillada. No te hagas la desentendida.

Tardé bastante en responder.

—Casi me da un infarto. Estuve todo el día pensando quién nos había visto. ¿Alguien más entró después de vos?

—No, fui sola. Me di vuelta ni bien entré y esperé afuera a que se fueran. Nadie más sabe nada.

—Por favor no le digas a nadie.

—Tranquila, dale. Igual tarde o temprano tus amigas se van a enterar de que sos tan golosa.

Cerré el teléfono y me quedé mirando el techo un rato largo.

Tardé en dormirme, pero esa vez fue por razones muy distintas a las del principio de la noche.

Esas dos situaciones son las que mejor recuerdo de esa época. No por el miedo, aunque el miedo fue completamente real, sino por todo lo que lo rodeaba: la oscuridad del cuarto, el silencio forzado, la conciencia permanente de estar haciendo exactamente lo que no se debía. Cuando uno es joven y algo está prohibido, esa prohibición le agrega una intensidad a todo que después, con los años, cuesta reproducir. En ese momento no lo entendía así. Pero ahora sí.

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4.3 (3)

Comentarios (8)

ViviR88

buenisimo!!!

Dani_87

Se hizo cortisimo, queria mas. El titulo ya te engancha desde el principio

ClarisaR

Me recordó algo de mi propia adolescencia, esa adrenalina de que te puedan ver en cualquier momento... muy bien narrado, se siente real

NachoBaires

La tension que transmite es increible, lo lei de corrido sin poder parar jaja. Muy buen relato

MarkosDark

Que bien contado todo esto. La madrugada, el silencio, el miedo... se siente la emocion en cada parrafo. Esperando mas relatos asi!

Pablox99

y los que los descubrieron... que hicieron despues?? eso me dejo pensando todo el dia jaja

Romi_Noc

Muy bueno!! Seguí escribiendo por favor :)

HoracioLector

De las mejores confesiones que lei por aca. Gracias por animarte a compartirlo

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