Me descubrieron dos veces y no dijeron nada
Hace algunos años, cuando todavía vivía en casa de mis padres y cursaba el secundario, me pasaron dos cosas que hoy recuerdo con una mezcla rara de vergüenza y algo que no sé bien cómo llamar. No voy a decir mi nombre, ni el de nadie que aparezca acá. Pero lo que voy a contar es verdad.
Mi mayor miedo en esa época era que nos descubrieran. No solo mis viejos: cualquier persona. La idea de que alguien pudiera vernos en pleno acto, o peor aún, que hubiera fotos o videos circulando por ahí, me generaba un terror genuino. Soy bastante pudorosa en el día a día, de esas que se cambian en el baño con la puerta con llave. Pero con mi novio Tomás era completamente distinta. Con él me permitía cosas que con cualquier otro me habrían resultado impensables: le chupaba la verga hasta la garganta, le pedía que se me corriera en la cara, le abría el culo con los dedos para que me lo lamiera. Cosas que si me las hubieran nombrado en voz alta un año antes, me habría muerto de vergüenza.
Llevábamos casi dos años cuando ocurrieron estas dos historias. Éramos jóvenes, vivíamos en casa de nuestros padres, y esa limitación le daba a todo un sabor particular que todavía recuerdo con bastante claridad.
***
La primera vez fue en mi casa, a finales de ese verano.
Mis padres querían mucho a Tomás desde el principio. Eso nos daba ciertas libertades que a muchas de mis amigas les estaban completamente negadas. Podía quedarse a dormir, por ejemplo. Pero había condiciones claras: la puerta del cuarto debía quedar abierta, y él dormía en un colchón en el piso, no en mi cama. La justificación oficial de mi mamá era mi hermana menor, Caro, que dormía en el cuarto de al lado y podría escuchar algo si nos descuidábamos.
Era difícil tener cualquier tipo de intimidad así. No imposible, pero difícil.
Lo que hacíamos era esperar. Quedarnos despiertos en silencio, con la luz del monitor como única iluminación, hasta que mis padres y Caro se durmieran. Después esperábamos otro rato más, por las dudas, escuchando el silencio de la casa. Y cuando estaba todo tranquilo, yo bajaba al colchón donde estaba él.
Tenía una actividad favorita para esas noches: meterme bajo las sábanas, reptando hacia abajo en la oscuridad, bajarle el bóxer con los dientes y comerle la polla hasta que se me corriera en la boca. Todo en silencio absoluto de su parte. Eso era la mitad del juego: obligarlo al silencio mientras yo hacía todo lo posible para que le fuera imposible mantenerlo. Le agarraba los huevos con una mano, le apretaba la base de la verga con la otra, y me la metía hasta el fondo hasta que la punta me pegaba en el paladar y sentía cómo se le tensaba todo el cuerpo debajo mío.
Mi boca conocía perfectamente cómo reaccionaba su cuerpo. Sabía cuándo estaba cerca por la manera en que se le hinchaba la cabeza de la polla contra mi lengua, cuándo tenía que parar y dejar la verga afuera, latiéndole en el aire, húmeda de mi saliva, para tenerlo suspendido en ese límite entre querer más y no poder soportarlo. Sabía cuándo acelerar de golpe, subir y bajar la cabeza rápido, apretar los labios, tragarle la corrida sin dejar caer una gota. Esas sesiones eran intensas precisamente por eso, por lo prohibido: mis padres durmiendo un piso más arriba, mi hermana a pocos metros, y los dos ahí abajo en la oscuridad del piso, con mi boca llena de semen tibio y espeso que tenía que tragar en silencio.
Ese mismo verano mis padres me habían comprado una computadora para el cuarto, con una de esas sillas gamer grandes y acolchadas. Tomás y yo le encontramos bastante uso a esa silla fuera de lo que estaba pensado. Cuando estábamos solos, él se sentaba ahí con la verga afuera y yo me arrodillaba entre sus piernas, se la mamaba mientras él miraba la pantalla y me agarraba del pelo. Otras veces al revés: yo despatarrada en la silla con las piernas abiertas colgando de los apoyabrazos, él arrodillado hundiéndome la cara en el coño hasta hacerme acabar dos o tres veces seguidas. Y muchas veces simplemente yo a upa de él, en bombacha, sintiéndole la erección apretándome entre las nalgas mientras hacíamos algo o no hacíamos nada. Era nuestro espacio.
La noche de la que les quiero hablar empezó de manera completamente normal. Eran cerca de las dos de la mañana. Los dos frente a la computadora, yo sentada encima de él, como tantas otras veces. Él tenía puesto solo un short, sin remera. Yo llevaba un remerón largo que me llegaba casi hasta los muslos y, debajo, una bombacha de algodón blanco.
En un momento me levanté para ir al baño. Al pasar por el cuarto de Caro me asomé despacio: dormía profundamente, boca arriba, con la cara hacia el techo. No se movía. La respiración era pareja.
En el baño, cuando me bajé la bombacha, noté que estaba empapada. La entrepierna era una mancha oscura y brillante, con hilos de flujo espeso pegados a la tela. Supuse que haber estado tanto tiempo restregándome encima de Tomás tenía algo que ver. Me la quité, la envolví en la mano y volví al cuarto sin ponérmela. El remerón era suficientemente largo para cubrirme, pero podía sentir el aire fresco pegándome directo en el coño, la humedad corriéndome por la cara interna de los muslos a cada paso.
Antes de entrar me detuve otra vez en el pasillo. Miré hacia el cuarto de Caro. Seguía durmiendo.
Entré al cuarto, me acerqué a Tomás por detrás y le di un beso un poco más largo de lo habitual, mordiéndole el labio inferior. Cuando me separé, lo miré a los ojos y le dije en voz muy baja, casi sin sonido:
—Cerrá los ojos. No los abras hasta que yo te diga.
Los cerró. Le acerqué la bombacha a la nariz y noté que le cambió la respiración de inmediato. Se le hinchó la verga bajo el short al instante, tanto que empujaba la tela hacia afuera formando un bulto imposible de disimular. Metí la mano por debajo, le bajé el elástico, le saqué la polla dura y caliente y se la empecé a pajear despacio, apretando la piel hacia abajo hasta destaparle bien la cabeza roja, sin apuro, sintiendo cómo le latía en la mano.
—Abrí los ojos.
Me vio así: una mano con la bombacha empapada cerca de su cara, la otra moviéndose despacio arriba y abajo por su verga, un hilo de líquido preseminal transparente asomándole por la punta. Me acerqué la tela a la nariz, aspiré hondo mi propio olor, la lamí con la lengua por la parte más húmeda, chupé el algodón hasta sentir el sabor concentrado de mi coño en la boca. Todo muy despacio, sin apartar los ojos de los suyos.
Después me arrodillé frente a él, entre sus rodillas, con la cara a la altura de su polla.
Le di una lamida larga desde la base hasta la punta, plana, con toda la lengua, siguiendo la vena gruesa que le recorre la verga por abajo. Después le lamí los huevos uno por uno, me los metí en la boca, se los chupé despacio mientras seguía pajeándolo. Él se tensó entero y tuvo que hacer un esfuerzo visible para no emitir ningún sonido. Se le escapaba cada tanto una vibración en la garganta, algo que no era exactamente un gemido pero que dejaba claro lo que estaba sintiendo. Le vi los nudillos blancos apretando los bordes de la silla.
Me saqué el remerón por la cabeza y lo tiré al costado. Me quedé completamente desnuda, arrodillada en la oscuridad del cuarto, con las tetas colgándome hacia adelante, los pezones duros por el aire y por la calentura, y solo la luz azulada del monitor iluminando la escena de manera muy precaria.
Le agarré la polla con las dos manos, una arriba de la otra, y me metí la cabeza en la boca. La chupé con los labios apretados, moviendo la lengua en círculos por la corona, mientras las manos le pajeaban el resto en sentido contrario. Después empecé a bajar, a tragarla entera, centímetro por centímetro, hasta sentirla golpeándome contra la campanilla. Subí y bajé la cabeza con ritmo, con más saliva, haciendo más ruido del que era prudente, un chapoteo húmedo que en el silencio de la casa sonaba enorme. Consciente de que Caro dormía a pocos metros. Esa conciencia del riesgo era parte de lo que me tenía el coño chorreando: sentía la humedad bajarme por los muslos, mojarme las rodillas contra el piso. La tensión de saber que cualquier sonido podía arruinarlo todo lo hacía más intenso, no menos.
Decidí ir un poco más lejos. Me la metí hasta donde llegaba en la garganta, forzándola hasta tener una arcada que me llenó la boca de saliva espesa que se me escapó por las comisuras y le cayó por los huevos. Lo hice varias veces seguidas, con el ruido gutural que eso produce, sintiendo la punta de su verga golpearme el fondo del paladar cada vez. La saliva me chorreaba por el mentón, le mojaba el pubis, formaba hilos que caían al piso entre mis rodillas.
—Mmm, sí —dijo él, apenas audible, con la voz quebrada.
Le solté la polla un segundo, se la escupí encima para lubricarla mejor, y volví a metérmela hasta el fondo, esta vez sosteniéndola ahí, la nariz aplastada contra su pubis, la garganta cerrándose alrededor de la verga, hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas y tuve que sacarla para respirar. Estaba a punto de metérmela de nuevo cuando escuché su voz en el tono más bajo posible:
—Para. Para. Caro está en la puerta.
Me quedé completamente helada, con la verga de Tomás a dos centímetros de la boca, un hilo de saliva colgando entre mi labio inferior y la punta.
Me giré despacio. Ahí estaba mi hermana, parada en el umbral con los ojos entreabiertos y una expresión entre soñolienta y confundida, la que tiene alguien que acaba de despertarse y todavía no procesa del todo lo que está viendo. Tomás se tapó con el short lo más rápido que pudo. Yo me cubrí las tetas con un brazo y el coño con la otra mano.
—Andate a tu cuarto —le dije, intentando que mi voz sonara normal.
Se fue sin decir una palabra. Cerré los ojos un momento. El corazón me golpeaba contra las costillas a una velocidad que no tenía nada de erótica.
Unos minutos después fui al cuarto de Caro. Me senté en el borde de su cama y le expliqué lo que había pasado de la manera más tranquila que pude. Le pedí que no dijera nada. No fue gratis, pero al final llegamos a un acuerdo.
A la semana siguiente tuvimos una conversación más larga y más tranquila, sin la adrenalina del momento, en la que le pedí disculpas de verdad. Nunca le dijo nada a mis padres.
***
La segunda vez fue en el colegio, unos meses después.
Tomás y yo habíamos establecido un ritual bastante consistente: llegar media hora antes de que empezaran las clases, o aprovechar las horas libres cuando faltaba algún profesor, e ir a un salón vacío que había en el subsuelo del edificio. Era oscuro, siempre desocupado en esos horarios, y quedaba lo suficientemente lejos de las aulas principales como para que nadie nos molestara.
Lo que hacíamos ahí era simple: yo le sacaba la verga afuera del pantalón, me arrodillaba en el piso frío, se la mamaba con la garganta abierta hasta que se me corría en la boca o en la cara, y después subíamos al patio a mezclarnos con el resto como si nada hubiera pasado, con el gusto del semen todavía en la lengua. Era rápido, era clandestino, y tenía esa carga de lo prohibido que me resultaba imposible resistir.
Ese día en particular teníamos una hora libre porque había faltado una profesora. Fuimos directo al subsuelo.
Estaba especialmente caliente esa mañana, sin ninguna razón que pudiera identificar. Había pasado toda la primera hora de clase apretando las piernas debajo del pupitre, sintiendo cómo se me iba humedeciendo la bombacha, imaginándome ya de rodillas frente a él. Lo empujé contra la pared cerca de la puerta, por si escuchábamos a alguien acercarse, le abrí el cierre del pantalón con las dos manos, le bajé el bóxer de un tirón y le saqué la polla, ya medio dura. Me arrodillé casi en el mismo movimiento, sin siquiera besarlo antes, y me la metí entera en la boca de una sola vez.
Empecé con fuerza. Mucha saliva, poco delicada, nada de la paciencia de las otras veces. Le tragaba la verga entera, la sacaba hasta la punta, la volvía a tragar, escupiendo, chupando ruidosamente, haciéndole doler los huevos apretándoselos con la mano. A la vez, con la mano libre, me deslicé dentro del jogging que llevaba ese día, me metí por debajo de la bombacha y me encontré con el coño empapado, los labios hinchados, el clítoris duro. Empecé a frotarme con dos dedos en círculos rápidos mientras seguía mamándola. Estaba tan mojada que se me escuchaban los dedos chapoteando dentro del pantalón. En menos de tres minutos tuve un orgasmo rápido y silencioso, mordiéndome el labio para no hacer ruido, con la verga de Tomás hasta el fondo de la garganta y las piernas temblándome contra el piso.
Me saqué la mano, me acomodé el pantalón, y antes de volver a arrodillarme le acerqué los dedos a la boca. Los chupó despacio, uno por uno, sin que yo dijera nada, saboreándome como si fuera lo mejor que había probado en la vida.
Volví a agarrarle la polla y seguí. La mamé sin descanso, con las dos manos y la boca coordinadas, subiendo y bajando la cabeza al ritmo de las manos, apretándole la base para que aguantara más, chupándole la cabeza cada vez que llegaba arriba. Le sentía las piernas temblar, la respiración cada vez más entrecortada, los dedos hundiéndoseme en el cuero cabelludo. Seguí hasta que me indicó con los ojos que estaba listo. Le saqué la verga de la boca, la seguí pajeando rápido apuntándomela a la cara, saqué la lengua y lo dejé terminar encima. Sentí los chorros calientes cayéndome en la mejilla, en la frente, en la lengua, uno en el ojo que me hizo cerrarlo por reflejo. Me la volví a meter en la boca al final para chuparle las últimas gotas y tragarlas.
Estaba agachada en el piso, con la cara todavía chorreando semen, buscando un pañuelo en el bolsillo del jogging, cuando escuché el chirrido de la puerta.
Me limpié lo más rápido que pude con la manga de la campera. Los dos nos miramos sin decir nada. Quien hubiera entrado ya no estaba: había abierto la puerta, había visto algo, y se había ido sin que supiéramos quién era.
Salimos despacio, revisamos que el pasillo estuviera vacío, y volvimos al patio como si hubiéramos estado en cualquier otro lugar.
Fue un día horrible.
Los dos estábamos nerviosos pero no hablábamos del tema, cada uno rumiando sus propios pensamientos. Las preguntas eran siempre las mismas: ¿quién había entrado? ¿Nos había visto con claridad? ¿Iba a decirle algo a alguien? ¿Había sacado el teléfono antes de irse?
Este último pensamiento era el que más me torturaba. La posibilidad de que hubiera fotos de mí arrodillada con la boca abierta y la cara llena de leche, de que circularan por los grupos del colegio, de que alguien me mostrara la pantalla en el recreo con esa imagen sin que yo pudiera hacer nada. Me acompañó durante toda la jornada, durante la cena con mi familia en casa, y después en la cama, dando vueltas, con los ojos abiertos en el techo.
Eran las once y media de la noche. A las doce en punto me llegó un mensaje de WhatsApp.
Era de Nadia, una compañera de clase que conocía desde hacía años y con quien hablaba seguido.
—Qué golosa que sos. No podés aguantar a llegar a tu casa.
El corazón me paró un segundo entero.
—¿Qué decís? —respondí, intentando ganar tiempo.
—La preceptora me mandó a buscar unas sillas al salón de actos y te encontré ahí arrodillada con la pija de Tomás en la boca. No te hagas la desentendida.
Tardé bastante en responder.
—Casi me da un infarto. Estuve todo el día pensando quién nos había visto. ¿Alguien más entró después de vos?
—No, fui sola. Me di vuelta ni bien entré y esperé afuera a que se fueran. Nadie más sabe nada.
—Por favor no le digas a nadie.
—Tranquila, dale. Igual tarde o temprano tus amigas se van a enterar de que sos tan golosa y que le chupás la verga a Tomás en cualquier rincón del colegio.
Cerré el teléfono y me quedé mirando el techo un rato largo, con una mano metida entre las piernas por debajo del pijama, sin poder evitarlo, pensando en cómo me había visto Nadia, en qué cara había puesto al abrir la puerta y encontrarme así.
Tardé en dormirme, pero esa vez fue por razones muy distintas a las del principio de la noche.
Esas dos situaciones son las que mejor recuerdo de esa época. No por el miedo, aunque el miedo fue completamente real, sino por todo lo que lo rodeaba: la oscuridad del cuarto, el silencio forzado, la conciencia permanente de estar haciendo exactamente lo que no se debía. Cuando uno es joven y algo está prohibido, esa prohibición le agrega una intensidad a todo que después, con los años, cuesta reproducir. En ese momento no lo entendía así. Pero ahora sí.