El charro maduro que me cambió esa semana
Tenía diecinueve años la primera vez que visité a los parientes de mi madre en el norte. Era un pueblo chico a las afueras de Zacatecas, del tipo que parece intacto desde hace cuarenta años: calles de adoquín, portones de madera y una plaza con kiosco donde los viejos se sientan a ver pasar el tiempo. Llegamos un martes. Para el fin de semana había feria patronal.
Mi tío Bernardo era el alma de esos festejos. Fanático de la charreada y los caballos, llevaba meses organizando el evento principal. Lo que más lo emocionaba era haber conseguido traer a uno de los charros más reconocidos del circuito nacional. Pronunciaba ese nombre con el tono que mi familia reserva para hablar de los santos. Yo nunca lo había escuchado, pero pronto aprendí que eso no importaba: todos los demás sí lo conocían.
Llegó el jueves por la tarde mientras yo estaba en mi cuarto deshaciendo la maleta. No lo vi llegar. Solo escuché el jaleo afuera, las voces de mis primas subiendo de volumen, y me asomé a la ventana para ver a un hombre bajito de complexión sólida bajándose de una camioneta con el sombrero en la mano. Movimientos calmados, sin ningún apuro. No parecía lo que yo hubiera imaginado.
***
La noche anterior a la charreada no podía dormir. El calor era de ese tipo seco que no cede con el anochecer, que se mete entre las sábanas y no deja quieto el cuerpo. Me levanté poco después de medianoche, descalza, con el camisón corto que usaba en verano. Quería agua. Quizás también quería algo más que todavía no sabía nombrar.
Desde la ventana de la cocina se veía el jardín trasero. Había una figura ahí, de espaldas, apoyada en la cerca de madera con la postura de quien no tiene ninguna prisa. La punta encendida de un cigarro se movía en la oscuridad. El humo subía en línea recta hacia el cielo sin nubes.
Cuando se dio la vuelta, me encontró mirándolo. Me saludó con un movimiento lento de cabeza. Le devolví el gesto.
Unos minutos después escuché sus pasos en el corredor. Entró a la cocina sin hacer ruido y me preguntó, con una cortesía tranquila, si le molestaba que tomara agua. Le dije que no, que si quería le preparaba un café. Aceptó con una sonrisa que no era del todo sonrisa, solo un doblez en una comisura.
Mientras lo preparaba pude estudiarlo mejor. Tendría unos cuarenta años, quizás algo más. Moreno, de rasgos marcados, con una barba de varios días que nadie había pensado en arreglar. Llevaba una camisa de trabajo abierta al cuello. Olía a tabaco, a jabón sin marca, y a algo más que no supe identificar pero que mi cuerpo recibió de inmediato, como una señal directa. Los hombres que yo conocía olían a perfume caro o a aftershave de diseñador. Ese olor no tenía nada de eso. Era más honesto, más inmediato.
Le acerqué la taza. Mis manos no estaban del todo quietas.
Hablamos un rato. Fue él quien llevó la conversación sin ningún esfuerzo aparente: me preguntó de dónde venía, cuánto tiempo me quedaba, si era la primera vez que asistía a una charreada. Le dije que sí a todo. Le dije también que, hasta ese momento, no era algo que me llamara especialmente la atención.
—Ya verás mañana —dijo. Sin presumir. Como quien enuncia un dato.
Fue entonces cuando le pregunté su nombre. Lo dijo con la misma naturalidad con que decía todo lo demás, y ese nombre bastó para que yo entendiera de pronto por qué toda mi familia llevaba semanas tan emocionada. Era él. El charro al que todos esperaban. No se parecía en nada a lo que yo hubiera imaginado: ni grande ni imponente ni vanidoso. Solo ese hombre tranquilo con una taza de café y una barba sin arreglar.
Cuando se despidió para irse a dormir, me estrechó la mano. La suya era grande, áspera, fuerte de una manera que no tenía nada que ver con ningún gimnasio. Era la mano de alguien que trabaja de verdad con el cuerpo, durante años. Me soltó despacio.
—Mañana, en la charreada, mi actuación va dedicada a ti —dijo antes de salir.
Subí a mi cuarto. Tardé otra hora en dormirme.
***
A la mañana siguiente me arreglé con más cuidado del que solía. Un vestido floreado en azul y blanco, el cabello peinado con el tiempo que raramente me tomaba, unas sandalias de tacón bajo. Mi prima Daniela me miró de arriba abajo pero no dijo nada. Fuimos todos al lienzo charro donde se celebraba el evento.
Al ser mi tío uno de los organizadores, teníamos lugares preferenciales en las primeras filas. Pasaron varios charros antes de que llegara su turno. Algunos lo hacían con soltura; otros salían del ruedo con cara de dolor y el orgullo un poco abolado. La música, el polvo, el olor a cuero y a tierra caliente formaban un ambiente que no conocía y que me fue atrapando sin darme cuenta.
Cuando lo anunciaron, el público se puso en pie casi en bloque. Él salió al ruedo caminando sin apuro, se detuvo en el centro y saludó con el sombrero. Buscó entre las gradas hasta encontrarnos. Cuando me encontró a mí, hizo un gesto que no era para la familia sino para mí sola. Mi tía me dio un codazo. Mis primas se rieron. Yo mantuve la cara quieta.
Después se quitó el sombrero, lo dejó a un costado y se preparó.
No voy a poder describirlo del todo bien. El toro era grande y violento, y él no parecía domarlo sino mantener una conversación en un idioma que solo él entendía. Su cuerpo —moreno, compacto, cubierto de sudor en cuestión de segundos— absorbía cada sacudida con una naturalidad que no parecía aprendida. No era espectáculo. Era algo más antiguo y más serio que eso. Algo que te llegaba al estómago antes de que la cabeza lo procesara.
Cuando terminó y el toro se quedó quieto debajo de él, el público gritó. Él se bajó de un salto, agradeció con la misma calma de siempre, y me miró desde el centro del ruedo.
Tuve que apretar los dientes.
***
Volvimos al rancho cuando ya caía la noche. La cena fue larga y ruidosa, como todas las de esa familia. Yo estaba en otro lado. Subí a mi cuarto antes de que terminaran los postres.
No dormí. El calor persistía y mi cabeza tampoco cedía. Me moví en la cama durante una hora, pensando en su mano áspera sobre la mía, en la forma en que me había mirado desde el ruedo, en cómo olía esa noche en la cocina. Sin poder ignorar lo que mi cuerpo llevaba horas pidiendo, metí una mano bajo las sábanas. Llegué al orgasmo pensando en él. No fue suficiente.
A la una de la mañana seguía despierta. Tenía sed. Era una excusa válida y la usé.
Bajé a la cocina descalza, sin encender las luces del pasillo.
Lo vi antes de llegar. Otra vez en el jardín, otro cigarro, la misma postura de alguien que no tiene ninguna prisa. Como si ese jardín le perteneciera.
Esta vez no me saludó de lejos. Se dio la vuelta, me vio en la ventana, y se quedó quieto mirándome. Yo tampoco me moví. Éramos dos personas que sabían exactamente lo que estaba pasando sin necesitar decirlo.
***
Entró un minuto después.
No habló. Cruzó la cocina despacio, se detuvo frente a mí y me tomó de la nuca con una mano. Tenía los ojos fijos en los míos cuando se inclinó. Pensé, por una fracción de segundo, en dar un paso atrás. No lo di.
Me besó despacio. Sin urgencia, sin apresuramiento. Solo su boca sobre la mía, el sabor del tabaco, y esa mano en mi nuca que no apretaba pero que no dejaba duda de adónde iba esto. Cuando separé los labios, lo hice yo. Él lo dejó ser así.
Sus manos recorrieron mi cuerpo por encima del camisón. Las mías fueron a su camisa, buscaron los botones, los abrieron uno a uno. Tenía el pecho cubierto de cicatrices pequeñas, el tipo de marcas que deja el trabajo con animales durante años. Las recorrí con los dedos mientras él levantaba el camisón y lo dejaba caer al suelo.
Me estudió un momento en silencio.
Después se arrodilló.
Separó mis piernas con cuidado y me sostuvo mientras yo buscaba dónde apoyar la espalda. Lo que hizo durante los minutos siguientes fue paciente y meticuloso, sin ninguna prisa. Aprendía lo que funcionaba y lo repetía. La cocina estaba completamente en silencio y toda la casa dormía a unos metros. Tuve que morderme el labio con fuerza para no hacer ningún ruido. Cuando llegué al orgasmo, él no paró.
Me llevó al segundo antes de que yo anticipara el primero.
Cuando me incorporé, llevé las manos a su cinturón. Lo abrió él mismo, sin prisa. Lo que encontré en mis manos era grueso y duro. Lo recorrí despacio, aprendiendo por cómo cambiaba su respiración qué era lo que le gustaba. Después me arrodillé yo.
Lo tomé en la boca con cuidado. Sus manos se apoyaron en mi cabello, sin forzar, solo guiando. Le gustaba la lentitud. Le gustaba que lo mirara mientras lo hacía. Aprendí eso en los primeros minutos y lo usé bien. Su respiración se fue haciendo más densa, más contenida.
—Levántate —dijo, en voz muy baja.
Me puse de pie. Me tomó de las caderas, me giró con suavidad y me inclinó sobre la mesa de la cocina.
Me penetró despacio la primera vez. Muy despacio. Sentí cada centímetro y no me importó. Sus manos en mis caderas eran firmes y ásperas, y comenzó a moverse con un ritmo que pareció encontrar de inmediato, como si ya me conociera de antes. Las tablas de la mesa crujían ligeramente con cada empuje. Afuera, los grillos seguían sonando. El mundo era exactamente el mismo de diez minutos atrás. Yo no.
El siguiente orgasmo llegó antes de que yo lo anticipara. Me cubrí la boca con el dorso de la mano. Él lo sintió, apretó las caderas contra las mías y esperó a que yo terminara antes de moverse de nuevo.
Me dio la vuelta. Quedé sentada sobre la mesa con las piernas abiertas y él de pie frente a mí. Nos miramos.
—¿Bien? —preguntó.
—Sí —dije.
Volvió a entrar en mí. Desde ese ángulo el efecto era diferente y los dos lo sabíamos. Agarré el borde de la mesa con las dos manos y no lo solté.
Cuando estuvo cerca de terminar me lo dijo. Me preguntó. Le indiqué que no con la cabeza. Se retiró y terminó sobre mi vientre, con un sonido breve y contenido que fue lo más ruidoso de toda la noche.
Nos quedamos quietos unos segundos. Después tomó un trapo de cocina limpio del estante de arriba y me lo pasó, sin ninguna teatralidad. Como alguien que sabe lo que hay que hacer y simplemente lo hace.
***
Me bajé de la mesa y recogí el camisón del suelo.
Él encendió otro cigarro apoyado en la barra y me miró de la manera en que mira alguien que aprecia algo sin necesitar poseerlo.
—Buenas noches —dijo, cuando ya me iba.
—Buenas noches.
Subí las escaleras en silencio y me metí en la cama. Dormí hasta las diez de la mañana como no había dormido en meses.
Por la tarde, la camioneta ya no estaba en el rancho. Nadie me dijo cuándo se había ido. Nadie me preguntó nada. Y yo tampoco pregunté.