Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi confesión más íntima excitó a mi marido

4.4(31)

Ernesto siempre supo que yo había tenido vida antes de él. Lo que no sabía era cuánta.

Llevábamos cinco años casados y la nuestra era una relación donde el deseo nunca había faltado, pero esa noche —después de una botella de vino compartida y una cena tranquila en casa— algo cambió. No sé cómo empezamos a hablar del pasado. Quizás fue el vino, quizás fue la luz tenue del salón, quizás fue simplemente que llevaba demasiado tiempo cargando esa historia y necesitaba soltarla. Y el único a quien podía contársela era él.

—Hay algo que nunca te conté —dije, con la copa todavía en la mano.

Ernesto me miró desde el sofá. Tenía esa expresión suya de curiosidad tranquila, sin ansiedad ni celos anticipados. Era una de las cosas que más me gustaban de él.

—¿Algo bueno o algo malo? —preguntó.

—Depende de cómo lo mires.

Dejé la copa sobre la mesa y me acerqué a él. Me senté a su lado, lo suficientemente cerca como para que sintiera el calor de mi cuerpo, y empecé a hablar.

***

Fue hace unos siete años, en una época en que vivía sola en un apartamento pequeño cerca del trabajo. Había terminado con mi novio de entonces hacía poco y estaba en ese período extraño en que una mujer recupera su tiempo pero también, sin querer, su curiosidad sobre lo que no conoce todavía. Llevaba meses sin follar, y el coño se me acordaba cada noche antes de dormir.

Marcos era compañero de trabajo de una amiga mía. Lo conocí en una reunión informal, de esas que empiezan como una comida de sábado y terminan siendo algo completamente distinto cuando alguien abre una segunda botella. Era callado, educado, y tenía esa clase de presencia física que se nota sin que la persona haga nada para remarcarla. Alto, de espaldas anchas, manos grandes. El tipo de hombre que no necesita ocupar demasiado espacio porque ya lo llena de otra manera.

—Las manos grandes —repitió Ernesto desde el sofá, con una media sonrisa que no era burla sino algo más difícil de nombrar.

—Escucha —le dije—, y no me interrumpas.

Noté que se acomodó contra el respaldo. Sus manos reposaban sobre sus muslos, quietas, pero algo en la postura me dijo que estaba prestando mucha más atención que un momento antes.

***

No pasó nada esa primera noche. Intercambiamos números y unas semanas después quedamos para tomar algo, a solas. Recuerdo que me puse nerviosa cuando lo vi esperándome en la barra del bar, sin que él hubiera hecho nada todavía para merecer ese nerviosismo. Era uno de esos hombres que simplemente están, y eso resulta suficiente. Y yo, debajo de la falda, ya estaba mojada solo de haberlo visto.

La segunda copa fue suficiente para que la distancia entre nosotros se volviera innecesaria. Acabamos en mi apartamento. Fue él quien besó primero, y yo quien cerré la puerta con el pie sin despegar la boca de la suya. Su lengua entró en mi boca con calma pero con hambre, y yo se la chupé como si ya estuviera chupándole otra cosa. Mientras me besaba, su mano bajó por mi espalda hasta apretarme el culo con toda la palma, y sentí cómo su polla, todavía dentro del pantalón, empujaba contra mi vientre. Era grande. Ya se notaba a través de la tela.

En el dormitorio la cosa fue despacio. Marcos no tenía prisa. Me desabrochó la blusa con una calma que me desconcertó al principio, como si tuviera todo el tiempo del mundo y no le importara ninguna otra cosa. Uno a uno los botones, mientras me miraba a los ojos y no al escote. Cuando me quedé en ropa interior, me miró de una manera que no era ni objetivizante ni clínica. Era simplemente honesta. Y eso, curiosamente, me pareció lo más íntimo de todo lo que vino después.

Se acercó, me bajó los tirantes del sujetador con los pulgares y me lo desabrochó por la espalda. Cuando mis tetas quedaron libres, se agachó y se metió un pezón en la boca. Me lo chupó despacio, con la lengua plana, y luego lo mordisqueó apenas antes de pasar al otro. Yo eché la cabeza atrás y noté cómo el coño se me contraía solo, esperando. Su mano bajó al elástico de las bragas, se coló dentro y encontró la humedad de golpe. Dos dedos me abrieron los labios, exploraron sin prisa, y cuando encontró el clítoris hizo un círculo tan preciso que gemí sin querer.

—Ya estás empapada —murmuró contra mi pezón.

—Llevo empapada desde el bar —le contesté.

Fue cuando él empezó a quitarse la ropa cuando entendí por qué tenía esa calma.

Ernesto se movió levemente a mi lado. No dijo nada, pero lo escuché respirar de otra manera.

—Sigo —dije.

—Por favor —respondió, con la voz un poco más baja que antes.

***

No hay manera elegante de describir lo que vi. Era, sencillamente, la polla más imponente que había tenido frente a mí en esa circunstancia. No es que yo fuera inexperta, pero lo que Marcos tenía no entraba en ninguna de mis referencias anteriores. Gruesa, larga, de esa clase que se aprecia mejor de cerca que de lejos, con una piel suave contrastando con una dureza que ya resultaba evidente aunque ni siquiera la había tocado todavía. La punta estaba brillante, húmeda de líquido preseminal, y el glande se le hinchaba como si acabara de salir de una vaina. Las venas del tronco marcaban un mapa que yo quería recorrer con la lengua.

Me quedé un segundo sin moverme. Él lo notó y sonrió sin arrogancia, lo cual, dicho sea de paso, es bastante más difícil de lo que parece cuando uno tiene buenos motivos para la arrogancia.

—No tienes que hacer nada que no quieras —dijo.

Y eso, precisamente eso, fue lo que me hizo querer hacerlo todo.

Me arrodillé frente a él sobre la alfombra. La tomé con la mano —no del todo, ni siquiera cerca— y la sensación de esa dureza, de esa proporción que no había calculado bien hasta ese momento, hizo que algo en mí se acelerara de una manera que no tenía que ver con la técnica sino con algo más básico y más honesto. Los dedos no me llegaban a rodearla del todo. La levanté para verla contra mi cara y aún así me parecía imposible que aquello me fuera a caber en el coño. Pasé la lengua desde la base hasta la punta, despacio, aprendiendo los bordes, el peso, la temperatura. Me demoré en el frenillo, la punta de mi lengua trazando círculos ahí donde sabía que más se siente. Recogí la gota de preseminal que asomaba y me la tragué. Sabía salado, limpio, un sabor de hombre en celo.

Cuando finalmente me la metí en la boca, lo que sentí fue algo que no esperaba: placer propio, genuino, nacido de la escena en sí misma y no de ninguna obligación. Se me llenó la boca de golpe. Apenas le entraba la mitad. Empujé más, forcé la garganta, y noté cómo el glande topaba con el paladar y luego bajaba hacia el fondo. Se me saltaron las lágrimas y me daba igual. Empecé a chuparle la polla con las dos manos —una en la base, otra en los huevos— mientras subía y bajaba la cabeza con un ritmo que iba encontrando sola. La saliva me chorreaba por la barbilla y le caía sobre los testículos. Se los apreté con suavidad, se los mimé con la lengua cuando la sacaba de la boca, se los chupé de a uno.

Marcos tenía los ojos cerrados y la mandíbula levemente apretada. Eso también me gustó.

Tardé un rato en encontrar la manera de hacerlo bien, en entender qué ritmo funcionaba y qué no, en aprender esa polla que no se parecía a ninguna otra que hubiera conocido. Pero hubo un momento —no sé exactamente cuándo— en que dejé de pensar y simplemente hice. Y fue en ese momento cuando él puso una mano en mi pelo, con suavidad, sin dirigir, solo para tenerme cerca. Me miraba desde arriba mientras yo se la mamaba, y yo lo miraba desde abajo con los labios estirados alrededor de su verga, y esa sola imagen, cruzada entre los dos, me hizo apretar los muslos porque el coño ya me chorreaba solo.

***

—¿Cuántas veces? —preguntó Ernesto de repente.

—¿Perdón?

—Esa noche. ¿Cuántas veces te corriste?

Lo miré. Tenía la mandíbula un poco tensa y los ojos brillantes. Su mano derecha descansaba sobre mi rodilla, sin presionar, pero ahí.

—Tres —dije.

Silencio. Luego:

—Continúa.

***

Empezamos en la cama. Yo boca arriba, él explorando con paciencia cada centímetro de mi cuerpo antes de siquiera acercarse a lo evidente. Me besó los pechos otra vez, más lento, chupando cada pezón hasta dejarlos duros y enrojecidos. Bajó por el vientre, se demoró en el ombligo, me abrió los muslos con las dos manos y se metió entre ellos como si fuera exactamente ahí donde quería vivir. La primera lamida fue larga, plana, desde la entrada del coño hasta el clítoris, y me arqueé sobre la cama sin poder evitarlo. Después empezó a comerme como si supiera de memoria la geografía. Me chupaba el clítoris con los labios cerrados, tirando apenas, y me metía dos dedos gruesos que curvaba hacia adelante buscando ese punto de dentro. Cuando lo encontró, empujó ahí con la yema mientras seguía chupándome, y yo me deshice en menos de un minuto, con las piernas apretadas alrededor de su cabeza y las manos agarradas al pelo.

Para cuando llegó el momento de la penetración, yo ya había llegado una vez con su boca y su mano y estaba en ese estado en que el cuerpo pide más aunque la mente todavía está procesando lo anterior. Me chorreaba por el coño hasta el culo, y él lo sabía, y le gustaba.

La entrada fue lenta. Se colocó entre mis piernas, se pasó la polla por los labios del coño, la mojó de arriba abajo con mi propia humedad, y empujó apenas la punta. Solo el glande. Yo gemí y me abrí más. Él tuvo el cuidado de ir midiendo cada reacción, deteniéndose cuando lo necesitaba, avanzando solo cuando yo lo pedía sin palabras. Empujó otro poco. Y otro. Cada centímetro nuevo era una sensación de llenura que yo no había tenido nunca. Cuando llegó hasta el fondo, sentí el golpe seco contra el cuello del útero y se me escapó un sonido que no era gemido ni queja, era otra cosa.

—¿Estás bien? —preguntó, quieto, con toda la polla dentro.

—No pares —le dije—. Fóllame.

Empezó a moverse despacio, salidas casi completas y entradas hasta el fondo, y yo iba aprendiendo a recibirlo. No era una actuación. Era genuino. Y esa atención, más que cualquier otra cosa, fue lo que me quedó grabado de aquella noche. El sonido húmedo de la polla entrando y saliendo llenaba el dormitorio. La cama crujía con un ritmo que iba subiendo de a poco.

La segunda vez fue cuando yo tomé el control. Lo empujé de espaldas, me subí encima de él y lo guié despacio, ajustando el ángulo, buscando el que funcionaba para las dos partes. Me clavé toda la verga de una sola bajada y me quedé quieta arriba, sintiéndola pulsar dentro, hasta que empecé a moverme en círculos con las caderas. Marcos tenía las manos en mis caderas pero no dirigía. Dejaba que yo marcara el ritmo, que encontrara mi camino. Yo me llevaba las manos a las tetas, me apretaba los pezones, me miraba la unión de nuestros cuerpos ahí abajo —esa polla enorme entrando y saliendo de mi coño abierto, brillante de mis jugos— y me excitaba todavía más. Tardé un poco, pero cuando encontré el ángulo, ya no lo solté. Los movimientos se fueron volviendo más amplios, más seguros, y la habitación desapareció a mi alrededor hasta que solo quedó esa sensación de llenura y ese punto exacto donde la fricción dejaba de ser fricción para convertirse en otra cosa. Me corrí encima de él con los muslos temblando, el coño apretándole la polla en espasmos que yo notaba clarísimo, y él aguantó sin correrse, mordiéndose el labio.

La tercera vez fue la más intensa. Me puso a cuatro patas al borde de la cama. Se puso detrás de mí, me agarró de las caderas y me la volvió a meter, esta vez sin ceremonias, hasta el fondo de una sola embestida. Yo grité contra la almohada. Empezó a follarme así, duro, con las manos apretándome las nalgas, abriéndomelas, mirando cómo su polla entraba y salía de mi coño. Sentí cómo un dedo suyo, húmedo de mis propios jugos, me acariciaba el otro agujero, apenas presionando, sin llegar a entrar, y esa promesa sola bastó para que yo empujara el culo contra él pidiéndole más. Me tiró del pelo con la mano libre, no fuerte, lo justo para hacerme arquear la espalda, y siguió embistiéndome con un ritmo que ya no dejaba tiempo para pensar. Era solo el cuerpo, lo que el cuerpo pedía, sin ninguna supervisión de ninguna otra parte de mí.

—Me voy a correr —le avisé, con la voz rota.

—Córrete —me dijo—. Córrete en mi polla.

Llegué con una fuerza que me sorprendió, aferrada a las sábanas, con los ojos abiertos mirando la pared sin ver nada, gritando algo que no era una palabra. Él se corrió detrás de mí un segundo después, hundido hasta el fondo, y sentí perfectamente los chorros calientes llenándome por dentro, uno tras otro, hasta que se desbordó y me chorreó por los muslos.

Cuando terminó, los dos nos quedamos tumbados en la oscuridad, sudados y en silencio. Él me ofreció agua. Yo la acepté. Hablamos un rato de cosas que no tenían nada que ver con lo que acababa de pasar, y eso también fue una forma de respeto.

No lo volví a ver. Algunas experiencias tienen su propio límite natural, y ese encuentro lo tenía.

***

Cuando terminé de hablar, el salón estaba en silencio. Ernesto no se había movido, pero la presión de su mano sobre mi rodilla había ido aumentando sin que yo me diera cuenta del momento exacto en que ocurrió. Y otra cosa había cambiado: bajo la tela del pantalón, la polla se le marcaba dura, hinchada, imposible de disimular.

—¿Por qué me lo cuentas ahora? —preguntó.

—Porque creo que llevas tiempo queriendo que te lo cuente —dije—. Y porque esta noche me di cuenta de que tenías razón.

Lo miré a los ojos. Él me miró. Y en esa mirada estaba todo: la excitación, la confianza, algo que no era celos sino exactamente lo contrario. Una especie de orgullo íntimo que no necesita nombre.

Me besó. Despacio primero, luego con más urgencia. Sus manos se movieron por mi espalda y yo sentí, entre nosotros, la evidencia de todo lo que mi relato había provocado en él. Bajé la mano y se la apreté por encima del pantalón. Estaba durísima. Le abrí el cinturón, le bajé la cremallera y se la saqué. Me la puse en la mano y empecé a masturbársela despacio mientras seguíamos besándonos.

—¿Sigues pensando en esa noche? —murmuró contra mi boca.

—A veces —admití.

—¿Y ahora?

—Ahora solo pienso en ti.

No era una respuesta conciliadora. Era la verdad. Lo que tenía con Ernesto no se parecía en nada a lo que había vivido con Marcos. No se trataba de proporciones ni de destreza técnica. Se trataba de conocimiento mutuo, de años aprendiendo exactamente qué le gustaba al otro y cómo dárselo, de esa familiaridad que no mata el deseo sino que lo hace más preciso.

Esa noche usamos todo ese conocimiento.

Ernesto me tendió en el sofá sin apresurarse, como si quisiera demostrarme algo sin necesidad de decirlo. Me quitó la ropa con esa mezcla de familiaridad y deseo que solo existe entre personas que se conocen bien pero que todavía se eligen. Sus labios recorrieron mi cuello, mis hombros, el borde de mis pechos, sin apuro, con esa atención que sabe exactamente dónde detener y dónde seguir. Me chupó los pezones uno a uno, mordisqueándolos con los dientes como sabe que me gusta, y luego bajó por el vientre hasta arrodillarse en el suelo, entre mis piernas abiertas al borde del sofá.

—¿Así de despacio fue él? —preguntó, sin levantar la cabeza.

El juego me sorprendió, pero lo acepté sin dudar.

—Parecido —respondí.

—¿Y esto? —Su lengua se movió con una precisión que conocía de memoria y que sabía exactamente adónde me llevaba. Me abrió los labios del coño con los pulgares y me chupó el clítoris con la punta de la lengua, ese movimiento pequeño y exacto que solo él sabe hacer.

—Eso no —dije, con la voz ya no del todo firme—. Eso solo tú.

Pareció satisfecho con esa respuesta. Y siguió. Me metió dos dedos mientras seguía chupándome, y con la otra mano me apretó una teta, y yo levanté las caderas contra su boca porque no podía quedarme quieta.

Cuando llegué la primera vez, lo hice aferrada a sus hombros y con la cara hundida en su cuello. Él esperó, sin moverse, dejando que la ola pasara entera. Me conoce lo suficiente como para saber que necesito ese momento entre uno y otro, y siempre me lo da sin que yo tenga que pedirlo.

Luego se colocó encima de mí y entró con esa seguridad que viene de saber que estás exactamente donde quieres estar. Me metió la polla de una sola vez, no muy despacio, sabiendo que ya lo estaba pidiendo. Lo atraje hacia mí y sentí todo el peso de su cuerpo sobre el mío, que es una de las sensaciones que más me gustan del mundo y que no tiene nombre preciso en ningún idioma.

—Cuéntame cómo fue la última vez con él —dijo al oído, mientras empezaba a moverse.

Era la primera vez que me pedía algo así. Algo en su voz —baja, un poco ronca, cargada de una tensión que yo reconocía— me dijo que lo necesitaba. No por inseguridad, sino exactamente por lo contrario.

Así que le conté. Con detalle. Con voz pausada que fue perdiendo el pausado a medida que su ritmo aumentaba. Le describí la postura —a cuatro patas, mi culo levantado—, la sensación de esa polla enorme abriéndome por detrás, cómo me había tirado del pelo, cómo me había acariciado el otro agujero sin llegar a metérmelo, el momento exacto en que había llegado por tercera vez aquella noche lejana con él corriéndose dentro de mí. Y mientras lo hacía, sentía cómo cada palabra lo afectaba, cómo su respiración se aceleraba, cómo el agarre en mi cadera se hacía más firme, cómo su polla se me clavaba más profunda con cada empuje, cómo todo su cuerpo respondía a mis palabras igual que respondía a mis manos.

—Ya —dijo de repente, con los dientes casi apretados—. No puedo más.

—Entonces no pares —le dije—. Fóllame como si fueras él.

Y no paró. Me dio la vuelta en el sofá, me puso boca abajo con las rodillas apoyadas y las caderas al aire, y me la metió otra vez desde atrás. Me embistió con fuerza, apretándome contra el cojín, con una mano en la nuca y la otra en la cadera. El sofá crujía con cada empuje. Yo apreté el coño alrededor de su polla a propósito, para sentirlo mejor, y le oí gruñir contra mi oreja.

Lo que siguió fue ese tipo de intensidad que no tiene que ver con la técnica ni con la memoria de nadie más. Fue simplemente los dos, en el sofá de nuestro salón, completamente perdidos el uno en el otro. Me corrí primero, mordiendo el cojín para no gritar, y el coño se me cerró en espasmos alrededor de él. Un segundo después él se corrió dentro, con la polla enterrada hasta el fondo, y yo sentí perfectamente cada chorro caliente golpeándome por dentro, esa sincronía improbable que solo consiguen las personas que llevan años aprendiendo a hacerlo y que todavía tienen ganas de seguir aprendiendo.

Nos quedamos en silencio después, enredados en el sofá, sin ninguna necesidad de decir nada. La lámpara del salón seguía encendida. Las copas estaban a medio terminar sobre la mesa. Afuera, la noche seguía siendo noche. Yo sentía el semen escurriéndoseme entre los muslos y no me molesté en moverme.

Fue Ernesto quien habló primero:

—¿Hay más historias que no me has contado?

Lo miré. Sonreí.

—Alguna —dije.

—Bien —respondió, cerrando los ojos con una sonrisa lenta—. Tenemos tiempo.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

4.4(31)

Comentarios(9)

Nuria_oscura

Buenisimo!! me encanto la tension que fuiste creando de a poco. Esperando la segunda parte si es que hay jaja

viajero73

Excelente relato. De los mejores que lei en bastante tiempo, de verdad.

PatriRosa

Por favor contanos como termino todo!! me quede con demasiada intriga

CandyNoche

Me encanto que sea algo tan intimo y a la vez tan intenso. Se siente real, sin ser exagerado. Muy bien narrado

seba70

Me recordo a una conversacion que tuve yo con mi pareja hace tiempo... esas confesiones pueden cambiarlo todo. Buen relato

lectura_breve

Se hizo corto!! quiero mas :)

LorenaZ22

Lo que mas me gusto es que no es el tipico relato, tiene profundidad emocional ademas de lo erotico. Muy logrado

Maiki_lector

Tremenda tension!! no me esperaba ese final. Felicitaciones

Toulouse

Dios que bien escrito. Sigue asi por favor, tenes mucho talento para esto

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.