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Relatos Ardientes

La investigadora que descubrió el secreto de Praga

3.8 (4)

Praga en octubre tiene la luz de los cuentos sin final feliz. Los adoquines de la Ciudad Vieja brillan húmedos bajo una lluvia que nunca termina del todo, y los edificios barrocos que bordean las plazas principales se mezclan con el olor a levadura de los bares subterráneos y la neblina densa que sube del río Moldava. Fue en ese escenario, tan distante de las avenidas anchas de Montevideo donde Renata Solís había crecido y aprendido a reportear, donde aterrizó en la segunda semana de ese octubre con un encargo que su editora le había presentado con una certeza que resultó bastante equivocada: «tres semanas, máximo».

Habían pasado cuatro meses desde la primera muerte. Cuatro hombres de poder habían aparecido sin vida en las mejores suites de los mejores hoteles de la ciudad. Un banquero suizo con negocios en toda Europa Central. Un político checo vinculado al Ministerio de Finanzas. Un empresario árabe radicado en Londres que controlaba un fondo de inversión de dimensiones opacas. Un director de una farmacéutica alemana con sede en Múnich. Todos muertos, todos desnudos, todos con los mismos signos que los informes policiales describían con notable incomodidad en el lenguaje aséptico de los forenses: evidencia clara de haber mantenido relaciones sexuales de alta intensidad en las horas previas al deceso.

Las autopsias coincidían: paro cardíaco por agotamiento extremo. Pero ningún forense lograba explicar una sustancia orgánica encontrada en mínimas cantidades en los tejidos de tres de los cuatro cuerpos —el cuarto había sido cremado antes de que llegara la orden de análisis adicional— ni el rastro de un compuesto no clasificado que algunos técnicos describían como de origen vegetal amazónico.

La prensa internacional especulaba. La policía checa no decía nada. Y la revista donde trabajaba Renata tenía una corresponsal con pasaporte uruguayo, veinte años de cobertura en cuatro países y una curiosidad que funcionaba como un defecto de fabricación permanente: una vez que olía una historia, necesitaba saber el final aunque el final fuera incómodo.

Renata era alta y de contextura delgada, con el pelo oscuro y rizado que había heredado de su abuela gallega y unos ojos de color miel que la gente solía describir como intensos antes de conocerla bien y simplemente como amenazantes después. Llevaba meses en un período de soledad que no era del todo incómoda pero que tenía bordes afilados. Su última relación —un fotógrafo de Montevideo con demasiadas opiniones y poca autoconciencia— había terminado seis meses antes de forma silenciosa y sin grandes escenas. El trabajo la había mantenido ocupada. Praga iba a ser trabajo.

La primera noche, instalada en un hotel pequeño y correcto del barrio de Vinohrady, revisó expedientes en la pantalla de su laptop mientras bebía el primer vaso de un vino moraviano que resultó más bueno de lo esperado. A las once y media, su teléfono vibró con un mensaje de número desconocido.

—Séptimo escalón del Puente de Carlos. Medianoche. Sola.

Renata guardó el teléfono, terminó el vino y se puso el abrigo.

***

El Puente de Carlos a medianoche estaba casi desierto. Las estatuas de piedra se alineaban en la oscuridad como testigos indiferentes. La neblina del Moldava subía en volutas lentas y el ruido de la ciudad quedaba amortiguado por el agua que corría debajo.

El hombre que la esperaba en el séptimo escalón tenía unos cuarenta y cinco años, era delgado y llevaba un abrigo de paño gris que había visto tiempos mejores. Se presentó como Jan Horák, inspector de la Unidad de Crímenes Graves de la Policía Nacional checa. Había pasado dos años en Colombia trabajando con Interpol, lo que explicaba su español fluido con un acento levemente neutro que sonaba extraño en la boca de un hombre con rasgos del norte de Europa.

—Llevo cuatro meses en esto —dijo sin preámbulo—. Y necesito que alguien publique algo antes de que me quiten el caso.

—¿Por qué lo van a quitar?

—Porque llevo demasiado cerca de personas que no quieren que nadie llegue demasiado cerca.

Le contó lo que sabía. Los cuatro muertos pertenecían a una red informal de hombres de poder que Jan había rastreado hasta una organización que operaba bajo el nombre de El Círculo de Cristal. No era exactamente una sociedad secreta en el sentido clásico. Era un club privado sin nombre oficial ni estructura legal, que organizaba reuniones cerradas donde el dinero y el sexo fluían con la misma naturalidad que en cualquier otro ambiente de élite, solo que sin el disimulo habitual. El acceso era estrictamente por invitación. Las reuniones rotaban entre propiedades privadas en distintas ciudades europeas.

—¿Y la mujer? —preguntó Renata.

Jan la miró.

—¿Cómo sabes que hay una mujer?

—Porque los informes de las autopsias hablan de actividad sexual reciente en los cuatro casos. Y porque si fuera un hombre, la policía ya tendría sospechoso.

Jan asintió, despacio.

—La llaman La Dama. Sin nombre real. Las descripciones de los testigos no coinciden en nada excepto en una cosa: todos recuerdan que te hacía sentir la única persona en la habitación.

Acordaron seguir hablando. Jan tenía un apartamento en Malá Strana, diez minutos a pie del puente. La botella de slivovitz sobre la mesa era un cliché perfectamente situado, pero el apartamento tenía unas vistas a los tejados de la ciudad que compensaban cualquier cosa.

***

La conversación fue larga, productiva y, al final, una excusa para lo que los dos sabían desde el segundo escalón del puente que iba a pasar en algún momento de la noche.

Fue Renata quien cruzó el espacio que había entre ellos. Lo hizo sin preámbulo, con la misma decisión que usaba cuando entraba a una entrevista difícil. Le puso la mano en el pecho, lo miró a los ojos y él cerró la distancia restante.

Jan la besó despacio al principio, con una atención que Renata no esperaba de un hombre que parecía acostumbrado a moverse rápido. Le quitó el abrigo, le desabotonó la blusa con paciencia y fue bajando por su cuello y sus hombros con la boca mientras ella tenía los ojos cerrados y los dedos enredados en su pelo rubio entrecano.

Cuando Renata deslizó la mano dentro de su pantalón y lo encontró ya tenso y duro, él cambió de velocidad completamente.

La empujó contra la pared de la cocina con las manos abiertas en sus caderas y la levantó. Ella rodeó su cintura con las piernas mientras él la penetraba de pie, despacio al principio, luego con más fuerza a medida que los dos encontraban el ritmo. La pared era fría contra su espalda y él era caliente y sólido contra su pecho, y fue esa combinación, más que cualquier otra cosa, la que la llevó al orgasmo con una rapidez que la sorprendió. Llegó con un jadeo que se apagó contra el hombro de Jan. Él terminó segundos después con un sonido gutural y la sostuvo un momento contra la pared antes de bajarla al suelo.

Renata recuperó el aliento apoyada contra él.

—Hacía tiempo —dijo, más para ella misma que para él.

—Para mí también —respondió Jan.

Más tarde, ya en la cama con los cuerpos más calmos, Jan le explicó el resto. El Círculo organizaba sus reuniones en propiedades privadas de toda Europa. La próxima estaba programada para dentro de diez días, en una mansión del siglo XVII en las afueras de la ciudad. Si Renata quería entrar, necesitaría referencias de alguien que ya estuviera dentro.

—Tengo un nombre —dijo Jan—. Un empresario peruano que lleva años frecuentando estas fiestas. Se llama Andrés Cárdenas. Suele aparecer solo. Con esa historia puedes conseguir la invitación.

Tardaron cuatro días en armarla.

***

La mansión quedaba a veinte minutos de Praga, al sur, entre campos que en octubre eran páramos de tierra oscura y niebla baja. El edificio era renacentista, restaurado con dinero evidente, con jardines que debían ser espectaculares en primavera pero que esa noche estaban envueltos en la misma neblina gris que cubría el resto del paisaje bohemio.

Renata llegó en un taxi a las nueve de la noche. El vestido que había elegido —azul oscuro, ceñido en la cintura, con una apertura en la espalda que llegaba hasta casi donde debía— era una inversión de trabajo que le costó justificar en la nota de gastos. La persona que la registró en la puerta no dijo nada, solo la miró de arriba abajo y anotó su nombre en una lista.

Dentro, la arquitectura del siglo XVI contrastaba con lo que estaba pasando entre los invitados. En el salón principal, hombres y mujeres bien vestidos conversaban con el tipo de relajación calculada que produce el dinero cuando lleva mucho tiempo encima. En los márgenes, esa relajación iba perdiendo el disimulo.

Andrés Cárdenas la encontró antes de que ella lo buscara. Era exactamente como Jan lo había descrito: unos cincuenta años, pelo canoso peinado hacia atrás, la mirada relajada del que lleva mucho tiempo teniendo todo lo que quiere. Se presentó con una copa extendida y la frase mínima.

—Andrés. Lima, aunque vivo en Zúrich desde hace doce años.

Conversaron durante media hora. Andrés era inteligente y observador, y tenía esa habilidad que tienen ciertos hombres de hablar de cualquier cosa mientras comunican, con total transparencia, que están pensando en otra. La llevó a una sala lateral, más pequeña, con sofás de terciopelo y una iluminación reducida. Otras personas no se molestaban en disimular lo que hacían.

Andrés le levantó el vestido con una mano y la besó al mismo tiempo, sin preguntar. Renata no lo detuvo.

Lo que siguió fue directo y generoso. Él con la boca entre sus piernas, sentada ella en el borde del sofá, con sus dedos enredados en el pelo de Andrés mientras él trabajaba con una concentración que no dejaba lugar a dudas sobre lo que estaba haciendo. Renata llegó con una sacudida que le tensó los muslos y le cortó la respiración.

Andrés levantó la cabeza con la boca húmeda y una sonrisa satisfecha.

Renata se arrodilló. Lo tomó con la mano primero, despacio, mirándolo a los ojos. Luego con la boca, hasta el fondo, encontrando el ritmo que él necesitaba. Andrés llegó rápido, con un sonido que intentó suprimir sin conseguirlo del todo. Ella se recompuso el vestido y se puso de pie.

—Gracias —dijo Andrés, con el tono de quien lo dice de verdad.

El verdadero contacto llegó veinte minutos después.

***

La mujer cruzó el salón desde el otro extremo con la calma de quien sabe exactamente cuánto espacio ocupa en una habitación. Pelo negro cortado a la mandíbula, ojos de un gris verdoso que parecían procesar todo a la vez. Un vestido de seda burdeos que no hacía ningún esfuerzo por pasar desapercibido. Se acercó a Renata con una copa en la mano y la miró directamente.

—Me llamo Nadia. Sé quién eres y qué estás buscando —dijo en un español sin acento identificable—. Ven conmigo. Lo que necesitas saber no está en este salón.

La llevó a una habitación en el segundo piso, decorada con tapices oscuros de motivos geométricos y una iluminación cálida y baja que lo convertía todo en penumbra íntima. Una cama con dosel en el centro. Una chaise longue de terciopelo junto a la ventana. Cortinas gruesas que cortaban el sonido del exterior.

Nadia cerró la puerta y la besó sin preámbulo.

Renata respondió después de un segundo. Había estado con mujeres antes, no muchas veces, pero suficientes como para entender que la dinámica era distinta: más atención, más lectura del cuerpo ajeno, más presencia en cada gesto. Nadia la desvistió con una lentitud deliberada, besándola en el cuello, en la clavícula, mordisqueando el borde de su hombro izquierdo. Cuando le soltó el vestido y cayó al suelo, retrocedió un paso y la miró.

—Abre los ojos —dijo—. Quiero que lo veas todo.

Lo que siguió fue largo y metódico en el mejor sentido de esa palabra. Nadia prestaba al cuerpo de Renata una atención que se sentía casi clínica en su precisión y completamente lo contrario en su efecto. Cuando finalmente la echó sobre la cama y hundió la boca entre sus piernas, Renata tenía los dedos enredados en su pelo y los ojos cerrados a pesar de la instrucción previa.

—Abre los ojos —repitió Nadia, sin dejar de hacer lo que hacía.

Renata los abrió. Miró a Nadia, y eso fue lo que la terminó de llevar al límite.

Llegó tres veces seguidas, con la intensidad creciente de algo que llevaba demasiado tiempo sin salida. La tercera vez gritó, con la mano de Nadia tapándole la boca a medias, las dos riéndose después en el silencio cargado de la habitación.

Se invirtieron. Renata devolvió la atención con la misma concentración, sin apresurarse, aprendiendo qué producía qué efecto en el cuerpo de Nadia y ajustando sobre la marcha. Nadia llegó con un sonido bajo y largo que Renata sintió como una pequeña victoria muy precisa.

Luego Nadia habló.

El compuesto, explicó, era un alcaloide extraído de una planta que crecía en una sola zona del Amazonas venezolano. En dosis mínimas era indetectable por los métodos forenses estándar. Su característica particular era que se activaba en presencia de un pico masivo de adrenalina y endorfinas. El tipo de pico que genera un orgasmo muy intenso. El efecto sobre el sistema cardiovascular no era doloroso. Era exactamente lo contrario: una extensión del placer hasta el punto en que el corazón cedía.

—¿Y los usaste con esos hombres? —preguntó Renata.

Nadia no negó nada.

—Los cuatro habían amenazado con exponer información que habría destruido a personas que yo quiero. No te pido que lo apruebes. Pero tampoco voy a mentirte sobre lo que soy.

—¿Y yo?

—Tú no eres como ellos. —Hizo una pausa breve—. Además, hubiera sido una lástima.

La puerta se abrió.

***

Jan estaba en el umbral, con el abrigo todavía puesto y una expresión que mezclaba el alivio de haberla encontrado con algo más difícil de categorizar.

Nadia lo evaluó con una mirada de dos segundos. Luego miró a Renata.

—¿Lo invitamos?

Renata consideró la pregunta exactamente un segundo.

—Sí.

Lo que siguió fue diferente a todo lo que Renata había experimentado antes. La simultaneidad de dos personas prestando atención completa al mismo cuerpo sin que ninguna dejara de estar completamente presente. Jan dentro de ella mientras Nadia le besaba el cuello y le pasaba los dedos por el pelo. Nadia encima de ella mientras Jan le recorría la espalda con las manos abiertas. Los tres cuerpos moviéndose con una coordinación que nadie había acordado pero que funcionaba con la lógica de algo que cada cuerpo entiende de manera instintiva.

Renata llegó con Jan dentro y la boca de Nadia en su oído, diciéndole algo en un idioma que no identificó pero que sonó como una promesa y como una despedida al mismo tiempo.

La habitación olió a sudor y a los perfumes mezclados de tres personas que acababan de compartir algo que ninguna de las tres iba a mencionar en ningún informe.

Duró más de dos horas. Al final, los tres quedaron en silencio, con los cuerpos entrecruzados en la oscuridad cálida de la habitación.

***

Jan organizó la operación con discreción en las semanas siguientes. Los dirigentes del Círculo de Cristal fueron detenidos en dos rondas coordinadas con Europol. El caso tuvo cobertura internacional durante diez días, luego la prensa pasó a otra cosa, como siempre hace.

Nadia desapareció antes del amanecer de esa noche en la mansión. Por una ventana trasera que daba a los jardines con niebla. Dejó una nota sobre la almohada, escrita en una letra clara y pequeña:

—Lo que descubriste esta noche no entra en ningún artículo. Pero tampoco vas a poder olvidarlo.

Renata publicó la investigación tres meses después. Cuatro mil palabras sobre el Círculo, los muertos y la red de poder que operaba en las sombras de la élite europea. El artículo ganó un reconocimiento regional en periodismo de investigación. El nombre de Nadia no apareció en ninguna parte.

Las noches de Montevideo tenían, desde entonces, una textura diferente. Renata dormía bien, aunque a veces se despertaba con la imagen de los tejados de Praga vistos desde una ventana en Malá Strana, y con los ojos grises de una mujer que sabía exactamente dónde estaba el límite entre el placer y el peligro, y que había decidido, esa noche, no cruzarlo.

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Comentarios (8)

lectura_nocturna

tremendo relato!! me engancho desde las primeras lineas, no pude parar de leer

DiegoSR92

Por favor decime que hay una segunda parte, me dejaste con demasiadas ganas de saber como termina esto

Silvina_BA

Me engancho desde el principio y no lo solte hasta el final. No me pasa seguido esto con los relatos, felicitaciones

Ricardo

Tiene todo el detalle de algo vivido de verdad, se siente muy autentico. Buen trabajo

MiguelBA23

El ambiente esta muy bien logrado, se siente la tension en todo momento. Sigue escribiendo!!

Iker

Genial!!!

FedeLector

Me encanto la forma en que esta contado, se lee solo. Espero la continuacion con ansias

spaghetti2009

jajaja el final me dejo con la boca abierta, no me lo esperaba para nada. Tremendo

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