Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La investigadora que descubrió el secreto de Praga

3.8(4)

Praga en octubre tiene la luz de los cuentos sin final feliz. Los adoquines de la Ciudad Vieja brillan húmedos bajo una lluvia que nunca termina del todo, y los edificios barrocos que bordean las plazas principales se mezclan con el olor a levadura de los bares subterráneos y la neblina densa que sube del río Moldava. Fue en ese escenario, tan distante de las avenidas anchas de Montevideo donde Renata Solís había crecido y aprendido a reportear, donde aterrizó en la segunda semana de ese octubre con un encargo que su editora le había presentado con una certeza que resultó bastante equivocada: «tres semanas, máximo».

Habían pasado cuatro meses desde la primera muerte. Cuatro hombres de poder habían aparecido sin vida en las mejores suites de los mejores hoteles de la ciudad. Un banquero suizo con negocios en toda Europa Central. Un político checo vinculado al Ministerio de Finanzas. Un empresario árabe radicado en Londres que controlaba un fondo de inversión de dimensiones opacas. Un director de una farmacéutica alemana con sede en Múnich. Todos muertos, todos desnudos, todos con los mismos signos que los informes policiales describían con notable incomodidad en el lenguaje aséptico de los forenses: evidencia clara de haber follado con una intensidad brutal en las horas previas al deceso. Semen fresco en las sábanas, marcas de uñas en la espalda, mordidas en los pezones, la polla todavía a medio erguir en dos de los cadáveres.

Las autopsias coincidían: paro cardíaco por agotamiento extremo. Pero ningún forense lograba explicar una sustancia orgánica encontrada en mínimas cantidades en los tejidos de tres de los cuatro cuerpos —el cuarto había sido cremado antes de que llegara la orden de análisis adicional— ni el rastro de un compuesto no clasificado que algunos técnicos describían como de origen vegetal amazónico.

La prensa internacional especulaba. La policía checa no decía nada. Y la revista donde trabajaba Renata tenía una corresponsal con pasaporte uruguayo, veinte años de cobertura en cuatro países y una curiosidad que funcionaba como un defecto de fabricación permanente: una vez que olía una historia, necesitaba saber el final aunque el final fuera incómodo.

Renata era alta y de contextura delgada, con el pelo oscuro y rizado que había heredado de su abuela gallega y unos ojos de color miel que la gente solía describir como intensos antes de conocerla bien y simplemente como amenazantes después. Tenía las tetas pequeñas y firmes, de pezones oscuros que se le ponían duros con nada, y un culo que se había ganado a fuerza de caminar kilómetros por ciudades ajenas. Llevaba meses en un período de soledad que no era del todo incómoda pero que tenía bordes afilados. Su última relación —un fotógrafo de Montevideo con demasiadas opiniones y poca autoconciencia— había terminado seis meses antes de forma silenciosa y sin grandes escenas. Seis meses sin una polla adentro, sin más orgasmos que los que se sacaba ella misma con los dedos en la ducha. El trabajo la había mantenido ocupada. Praga iba a ser trabajo.

La primera noche, instalada en un hotel pequeño y correcto del barrio de Vinohrady, revisó expedientes en la pantalla de su laptop mientras bebía el primer vaso de un vino moraviano que resultó más bueno de lo esperado. A las once y media, su teléfono vibró con un mensaje de número desconocido.

—Séptimo escalón del Puente de Carlos. Medianoche. Sola.

Renata guardó el teléfono, terminó el vino y se puso el abrigo.

***

El Puente de Carlos a medianoche estaba casi desierto. Las estatuas de piedra se alineaban en la oscuridad como testigos indiferentes. La neblina del Moldava subía en volutas lentas y el ruido de la ciudad quedaba amortiguado por el agua que corría debajo.

El hombre que la esperaba en el séptimo escalón tenía unos cuarenta y cinco años, era delgado y llevaba un abrigo de paño gris que había visto tiempos mejores. Se presentó como Jan Horák, inspector de la Unidad de Crímenes Graves de la Policía Nacional checa. Había pasado dos años en Colombia trabajando con Interpol, lo que explicaba su español fluido con un acento levemente neutro que sonaba extraño en la boca de un hombre con rasgos del norte de Europa.

—Llevo cuatro meses en esto —dijo sin preámbulo—. Y necesito que alguien publique algo antes de que me quiten el caso.

—¿Por qué lo van a quitar?

—Porque llevo demasiado cerca de personas que no quieren que nadie llegue demasiado cerca.

Le contó lo que sabía. Los cuatro muertos pertenecían a una red informal de hombres de poder que Jan había rastreado hasta una organización que operaba bajo el nombre de El Círculo de Cristal. No era exactamente una sociedad secreta en el sentido clásico. Era un club privado sin nombre oficial ni estructura legal, que organizaba reuniones cerradas donde el dinero y el sexo fluían con la misma naturalidad que en cualquier otro ambiente de élite, solo que sin el disimulo habitual. El acceso era estrictamente por invitación. Las reuniones rotaban entre propiedades privadas en distintas ciudades europeas.

—¿Y la mujer? —preguntó Renata.

Jan la miró.

—¿Cómo sabes que hay una mujer?

—Porque los informes de las autopsias hablan de actividad sexual reciente en los cuatro casos. Y porque si fuera un hombre, la policía ya tendría sospechoso.

Jan asintió, despacio.

—La llaman La Dama. Sin nombre real. Las descripciones de los testigos no coinciden en nada excepto en una cosa: todos recuerdan que te hacía sentir la única persona en la habitación.

Acordaron seguir hablando. Jan tenía un apartamento en Malá Strana, diez minutos a pie del puente. La botella de slivovitz sobre la mesa era un cliché perfectamente situado, pero el apartamento tenía unas vistas a los tejados de la ciudad que compensaban cualquier cosa.

***

La conversación fue larga, productiva y, al final, una excusa para lo que los dos sabían desde el segundo escalón del puente que iba a pasar en algún momento de la noche.

Fue Renata quien cruzó el espacio que había entre ellos. Lo hizo sin preámbulo, con la misma decisión que usaba cuando entraba a una entrevista difícil. Le puso la mano en el pecho, lo miró a los ojos y él cerró la distancia restante.

Jan la besó despacio al principio, con una atención que Renata no esperaba de un hombre que parecía acostumbrado a moverse rápido. Le quitó el abrigo, le desabotonó la blusa con paciencia y fue bajando por su cuello y sus hombros con la boca mientras ella tenía los ojos cerrados y los dedos enredados en su pelo rubio entrecano. Le desabrochó el corpiño de un tirón limpio y le tomó los pezones entre los labios, uno tras otro, chupándoselos con hambre hasta que Renata gimió por primera vez esa noche. Le mordió despacio el pezón izquierdo y ella sintió un tirón directo entre las piernas, una humedad instantánea que le empapó la bombacha.

—Hace mucho que no me tocan así —murmuró ella, con la voz ronca.

—Se nota —contestó Jan, y le pasó la lengua por el otro pezón.

Cuando Renata deslizó la mano dentro de su pantalón y lo encontró ya tenso y duro, él cambió de velocidad completamente. Ella le sacó la polla del calzoncillo y se la apretó en la mano, midiendo el grosor, la vena gruesa que le recorría el dorso, la punta que ya estaba mojada. Era una polla generosa, más ancha que larga, y a Renata se le hizo la boca agua nada más de tenerla en la mano. Le bajó los pantalones a los tobillos con un movimiento seco y se arrodilló en el piso de madera de la cocina.

—Espera —dijo Jan, pero ella ya se la había metido en la boca.

Se la chupó despacio al principio, mojándola bien, dejando que la saliva se le escurriera por el mentón. Le pasó la lengua por toda la longitud, de la base al glande, y le lamió los huevos uno por uno mientras le masturbaba la verga con la mano. Jan tenía las dos manos apoyadas en el mármol de la cocina y los nudillos blancos. Cuando ella se la volvió a meter entera, hasta que la punta le tocó el fondo de la garganta, Jan soltó un gemido largo que rebotó contra los azulejos.

—Joder, Renata —jadeó él en checo primero y después en español—. Vas a hacer que me corra en tu boca.

Ella lo miró desde abajo con los ojos brillantes y siguió chupando, ahora más rápido, apretando los labios contra la piel dura, ayudándose con la mano. Le hundió una uña con suavidad en el perineo y sintió cómo la polla le latía dentro de la boca. Jan le agarró el pelo, no para forzarla sino para sostenerse.

Renata se apartó justo antes de que él acabara. Se puso de pie con una sonrisa lenta, le limpió la saliva del mentón con el dorso de la mano y se subió la falda hasta la cintura.

—Todavía no —le dijo.

Jan la empujó contra la pared de la cocina con las manos abiertas en sus caderas y la levantó. Le arrancó la bombacha de un tirón —la tela se rasgó con un sonido seco que a Renata le hizo apretar los muslos— y ella rodeó su cintura con las piernas mientras él se hundía de una sola estocada, hasta el fondo, sin preámbulos. Renata gritó contra su cuello. La sintió abriéndose alrededor de esa polla gruesa, sintió cómo el coño le chorreaba y le empapaba la base de la verga, sintió cada centímetro clavado hasta el útero.

—Así —jadeó ella—. Así, más fuerte.

Jan la embistió despacio al principio, luego con más fuerza a medida que los dos encontraban el ritmo. La pared era fría contra su espalda y él era caliente y sólido contra su pecho. Le mordía el cuello, le lamía el hueco de la clavícula, le apretaba las tetas con una mano mientras con la otra le sostenía el culo abierto. Cada estocada le sacaba a Renata un gemido más agudo. El sonido húmedo de la polla entrando y saliendo del coño empapado llenaba la cocina, y ella ya no tenía vergüenza de nada. —Estoy por correrme —le avisó Renata al oído—. Cógeme fuerte, no pares.

Jan aceleró, la penetró con toda la fuerza de las caderas, y ella se corrió con un jadeo largo que se apagó contra el hombro de él. El coño se le contrajo en espasmos alrededor de la polla, apretándola, mojándola de nuevo. Jan aguantó dos, tres, cuatro embestidas más y después la sacó justo a tiempo, se la tomó en la mano y acabó sobre el vientre de Renata en chorros gruesos y calientes que le salpicaron desde el ombligo hasta las tetas. Un gemido gutural le salió del pecho mientras la última sacudida caía en el pezón izquierdo de ella.

La sostuvo un momento contra la pared antes de bajarla al suelo. Renata se pasó dos dedos por el vientre, recogió un poco del semen y se los metió en la boca, mirándolo a los ojos.

—Salado —dijo.

Jan se rió por primera vez en toda la noche.

Recuperó el aliento apoyada contra él.

—Hacía tiempo —dijo, más para ella misma que para él.

—Para mí también —respondió Jan.

Más tarde, ya en la cama con los cuerpos más calmos, Jan le explicó el resto. El Círculo organizaba sus reuniones en propiedades privadas de toda Europa. La próxima estaba programada para dentro de diez días, en una mansión del siglo XVII en las afueras de la ciudad. Si Renata quería entrar, necesitaría referencias de alguien que ya estuviera dentro.

—Tengo un nombre —dijo Jan—. Un empresario peruano que lleva años frecuentando estas fiestas. Se llama Andrés Cárdenas. Suele aparecer solo. Con esa historia puedes conseguir la invitación.

Tardaron cuatro días en armarla.

***

La mansión quedaba a veinte minutos de Praga, al sur, entre campos que en octubre eran páramos de tierra oscura y niebla baja. El edificio era renacentista, restaurado con dinero evidente, con jardines que debían ser espectaculares en primavera pero que esa noche estaban envueltos en la misma neblina gris que cubría el resto del paisaje bohemio.

Renata llegó en un taxi a las nueve de la noche. El vestido que había elegido —azul oscuro, ceñido en la cintura, con una apertura en la espalda que llegaba hasta casi donde debía— era una inversión de trabajo que le costó justificar en la nota de gastos. Debajo no llevaba nada. La persona que la registró en la puerta no dijo nada, solo la miró de arriba abajo y anotó su nombre en una lista.

Dentro, la arquitectura del siglo XVI contrastaba con lo que estaba pasando entre los invitados. En el salón principal, hombres y mujeres bien vestidos conversaban con el tipo de relajación calculada que produce el dinero cuando lleva mucho tiempo encima. En los márgenes, esa relajación iba perdiendo el disimulo: una mujer en vestido plateado se dejaba manosear las tetas por dos hombres a la vez sobre una otomana, una pareja follaba de pie contra una columna sin importarles quién los mirara, un tipo canoso tenía la cabeza de una rubia hundida entre sus piernas y no fingía disimular el gemido.

Andrés Cárdenas la encontró antes de que ella lo buscara. Era exactamente como Jan lo había descrito: unos cincuenta años, pelo canoso peinado hacia atrás, la mirada relajada del que lleva mucho tiempo teniendo todo lo que quiere. Se presentó con una copa extendida y la frase mínima.

—Andrés. Lima, aunque vivo en Zúrich desde hace doce años.

Conversaron durante media hora. Andrés era inteligente y observador, y tenía esa habilidad que tienen ciertos hombres de hablar de cualquier cosa mientras comunican, con total transparencia, que están pensando en otra. La llevó a una sala lateral, más pequeña, con sofás de terciopelo y una iluminación reducida. Otras personas no se molestaban en disimular lo que hacían: en el sofá de enfrente, una morena de tetas grandes cabalgaba a un hombre calvo mientras otra mujer le chupaba los pezones por detrás.

Andrés le levantó el vestido con una mano y la besó al mismo tiempo, sin preguntar. Renata no lo detuvo. Andrés le pasó los dedos por el coño desnudo y soltó un pequeño gruñido de satisfacción al encontrarla sin bombacha.

—Viniste preparada.

—Vine a trabajar —contestó ella con una media sonrisa, y le mordió el labio inferior.

La sentó en el borde del sofá y le abrió las piernas con las dos manos, apartándole las rodillas hasta el límite. Se arrodilló entre ellas y le lamió el coño de un solo pasaje largo, de abajo hacia arriba, terminando con la lengua enterrada en el clítoris. Renata soltó un jadeo agudo y se agarró del respaldo. Andrés no perdió tiempo: le trabajó el clítoris con la punta de la lengua en círculos apretados, luego se lo chupó entre los labios como si fuera un caramelo, luego le metió dos dedos y los curvó buscando el punto. Los encontró a la primera. Los movió con precisión de músico, entrando y saliendo, mientras seguía chupándole el clítoris.

—Ay, mierda —jadeó Renata—. No pares.

Andrés no paró. Le metió un tercer dedo y aceleró. Renata sintió cómo se abría, cómo el coño empezaba a chorrear sobre la mano de él, cómo el orgasmo le subía desde los pies. Se corrió con una sacudida que le tensó los muslos y le cortó la respiración, apretándole la cabeza a Andrés contra su pubis con las dos manos. Un pequeño chorro se le escapó y le bañó el mentón a él, que no se apartó.

Andrés levantó la cabeza con la boca húmeda y una sonrisa satisfecha. Le brillaba el mentón, y no se molestó en limpiárselo.

Renata se arrodilló. Le desabrochó el pantalón, le sacó la polla —larga y curva, con las venas marcadas— y la tomó con la mano primero, despacio, mirándolo a los ojos. Le lamió la punta como quien prueba algo. Luego con la boca, hasta el fondo, encontrando el ritmo que él necesitaba. Renata la chupaba con hambre, apretando los labios, dejando que la punta le golpeara el fondo de la garganta hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas. Se sacó la polla de la boca un segundo para escupirla, la volvió a agarrar con la mano y le lamió los huevos mientras lo masturbaba con la saliva.

—Dios santo —murmuró Andrés—. Chupas como una diosa.

Ella no contestó. Se la volvió a meter entera y le apretó los huevos con la otra mano. Andrés llegó rápido, con un sonido que intentó suprimir sin conseguirlo del todo. Le eyaculó en la boca en dos oleadas gruesas y Renata tragó sin apartar los ojos de los de él. Se pasó el pulgar por la comisura del labio y recogió una gota que se le había escapado.

Se recompuso el vestido y se puso de pie.

—Gracias —dijo Andrés, con el tono de quien lo dice de verdad.

El verdadero contacto llegó veinte minutos después.

***

La mujer cruzó el salón desde el otro extremo con la calma de quien sabe exactamente cuánto espacio ocupa en una habitación. Pelo negro cortado a la mandíbula, ojos de un gris verdoso que parecían procesar todo a la vez. Un vestido de seda burdeos que no hacía ningún esfuerzo por pasar desapercibido. Se acercó a Renata con una copa en la mano y la miró directamente.

—Me llamo Nadia. Sé quién eres y qué estás buscando —dijo en un español sin acento identificable—. Ven conmigo. Lo que necesitas saber no está en este salón.

La llevó a una habitación en el segundo piso, decorada con tapices oscuros de motivos geométricos y una iluminación cálida y baja que lo convertía todo en penumbra íntima. Una cama con dosel en el centro. Una chaise longue de terciopelo junto a la ventana. Cortinas gruesas que cortaban el sonido del exterior.

Nadia cerró la puerta y la besó sin preámbulo.

Renata respondió después de un segundo. Había estado con mujeres antes, no muchas veces, pero suficientes como para entender que la dinámica era distinta: más atención, más lectura del cuerpo ajeno, más presencia en cada gesto. Nadia la desvistió con una lentitud deliberada, besándola en el cuello, en la clavícula, mordisqueando el borde de su hombro izquierdo. Cuando le soltó el vestido y cayó al suelo, retrocedió un paso y la miró.

—Abre los ojos —dijo—. Quiero que lo veas todo.

Nadia también se desvistió, sin apuro. Debajo del vestido de seda no había nada. Tenía las tetas altas, redondas, con los pezones oscuros y ya duros, y un pubis afeitado que dejaba ver los labios rosados y brillantes. Se acercó y le tomó a Renata las tetas con las dos manos, apretándoselas suavemente, pasándole los pulgares por los pezones hasta que ella arqueó la espalda. Se agachó y se los chupó, uno a uno, con más cuidado del que había puesto Jan pero con una insistencia que le sacó a Renata un gemido bajo.

Nadia bajó besándole el vientre, se arrodilló frente a ella y le abrió los labios del coño con los dedos. Miró un segundo, como quien estudia algo hermoso, y después le pasó la lengua por el clítoris con una lentitud casi torturante.

—Estás empapada —murmuró Nadia contra ella—. Esos hombres del salón no supieron aprovecharte.

La llevó a la cama y la echó sobre la espalda. Le levantó las piernas apoyándose las rodillas de Renata en los hombros y hundió la cara entre sus muslos. Le lamía el coño entero, largo y lento, luego se concentraba en el clítoris con la punta de la lengua, luego le metía la lengua adentro como si fuera una polla pequeña. Le trabajaba el clítoris con el pulgar mientras le lamía la entrada. Le mordía suavemente los labios mayores. Le pasaba la lengua desde el culo hasta el clítoris en un solo movimiento que le hizo a Renata cerrar los ojos con un gemido roto.

—Abre los ojos —repitió Nadia, sin dejar de hacer lo que hacía.

Renata los abrió. Miró a Nadia entre sus piernas, con los labios brillantes de humedad, los ojos grises fijos en ella, y eso fue lo que la terminó de llevar al límite.

Llegó con un grito ahogado, arqueándose sobre la cama, con los muslos apretándole la cabeza a Nadia. Y la mujer no se detuvo. Siguió chupándole el clítoris hipersensible mientras el primer orgasmo todavía la sacudía, y a los segundos ya la estaba montando en el siguiente. Nadia le metió dos dedos y los curvó, buscando el mismo punto que Andrés había encontrado antes, pero con más precisión. Renata sintió el segundo orgasmo subiéndole desde adentro, distinto, más profundo, y se corrió otra vez, esta vez chorreando sobre la mano de Nadia y sobre las sábanas oscuras.

—Una más —dijo Nadia, y la giró boca abajo.

La puso a cuatro patas y le lamió el coño y el culo por detrás, alternando entre los dos, mientras con la otra mano le pellizcaba el clítoris. Le metió tres dedos y con el pulgar le rozó el ano y a Renata se le nubló la vista. Llegó tres veces seguidas, con la intensidad creciente de algo que llevaba demasiado tiempo sin salida. La tercera vez gritó, con la mano de Nadia tapándole la boca a medias, las dos riéndose después en el silencio cargado de la habitación.

Se invirtieron. Renata la echó de espaldas sobre la cama y le abrió las piernas. Empezó por los pezones, chupándoselos hasta ponerlos rojos, mordiéndoselos suavemente hasta que Nadia gimió. Bajó por su vientre, le besó el hueso de la cadera, le abrió los muslos con las dos manos. El coño de Nadia estaba tan mojado como el suyo. Se lo lamió despacio, aprendiendo. Le chupó el clítoris con paciencia, sintiendo cómo se hinchaba bajo su lengua. Le metió dos dedos y los movió despacio, curvándolos, buscando el punto que Nadia le había enseñado con su propio cuerpo. Cuando lo encontró, Nadia soltó un jadeo sorprendido y le apretó el pelo entre los dedos.

Renata devolvió la atención con la misma concentración, sin apresurarse, ajustando sobre la marcha. Le lamía el clítoris en círculos, luego le pasaba la lengua plana por todo el coño, luego volvía al clítoris. Le metía los dedos más rápido cuando sentía que Nadia se tensaba, más despacio cuando quería alargarlo. Le mordió suavemente el interior del muslo. Le hundió la lengua adentro. Nadia llegó con un sonido bajo y largo que Renata sintió como una pequeña victoria muy precisa, y le tembló todo el cuerpo mientras el coño se contraía contra la boca de Renata.

Se quedaron un momento tumbadas de lado, mirándose, mientras Renata le pasaba el dorso de la mano por la mejilla.

Luego Nadia habló.

El compuesto, explicó, era un alcaloide extraído de una planta que crecía en una sola zona del Amazonas venezolano. En dosis mínimas era indetectable por los métodos forenses estándar. Su característica particular era que se activaba en presencia de un pico masivo de adrenalina y endorfinas. El tipo de pico que genera un orgasmo muy intenso. El efecto sobre el sistema cardiovascular no era doloroso. Era exactamente lo contrario: una extensión del placer hasta el punto en que el corazón cedía.

—¿Y los usaste con esos hombres? —preguntó Renata.

Nadia no negó nada.

—Los cuatro habían amenazado con exponer información que habría destruido a personas que yo quiero. No te pido que lo apruebes. Pero tampoco voy a mentirte sobre lo que soy.

—¿Y yo?

—Tú no eres como ellos. —Hizo una pausa breve—. Además, hubiera sido una lástima.

La puerta se abrió.

***

Jan estaba en el umbral, con el abrigo todavía puesto y una expresión que mezclaba el alivio de haberla encontrado con algo más difícil de categorizar.

Nadia lo evaluó con una mirada de dos segundos. Luego miró a Renata.

—¿Lo invitamos?

Renata consideró la pregunta exactamente un segundo.

—Sí.

Jan cerró la puerta detrás de sí y se sacó el abrigo. Se desvistió sin apuro mientras las dos mujeres lo miraban desde la cama, sin cubrirse. Cuando quedó desnudo, la polla ya se le había puesto dura de solo verlas. Nadia soltó un pequeño silbido de aprobación y le hizo un gesto para que se acercara.

Lo que siguió fue diferente a todo lo que Renata había experimentado antes. La simultaneidad de dos personas prestando atención completa al mismo cuerpo sin que ninguna dejara de estar completamente presente.

Empezaron con Renata en el medio. Nadia se sentó contra el respaldo de la cama con las piernas abiertas y Renata se acomodó entre ellas, de espaldas contra el pecho de la otra mujer. Nadia le abrió las piernas sosteniéndoselas por debajo de las rodillas, exponiéndola completamente. Jan se arrodilló entre las piernas de Renata y la penetró despacio, mirando el coño que se abría alrededor de su polla. Nadia le chupaba el cuello y los pezones desde atrás, le tomaba las tetas con las dos manos, se las apretaba mientras Jan la embestía. Renata tenía la cabeza echada hacia atrás sobre el hombro de Nadia y los dos gemidos sonaban juntos.

—Más fuerte —jadeó Renata—. Cógeme más fuerte, Jan.

Jan aceleró. Cada estocada le hacía botar las tetas y Nadia se las agarraba con más fuerza, pellizcándole los pezones hasta el borde del dolor. Renata sentía la polla clavándole hondo y las manos de Nadia por todas partes, la lengua de Nadia en su oreja, los dientes de Nadia en su cuello. Se corrió así, con Jan dentro y la boca de Nadia en su oído, diciéndole algo en un idioma que no identificó pero que sonó como una promesa y como una despedida al mismo tiempo.

Se movieron. Nadia se puso a cuatro patas en el centro de la cama. Jan se colocó detrás y se hundió en ella con un gemido largo. Renata se echó de espaldas debajo, con la cabeza entre las piernas de Nadia, y le lamió el clítoris mientras Jan la penetraba por encima. La polla de Jan entraba y salía del coño de Nadia a centímetros de la cara de Renata, y ella le lamía la base y los huevos cada vez que se retiraba, además del clítoris. Nadia gemía sin control, la cara hundida en la almohada, los puños cerrados en las sábanas.

—Me voy a correr —avisó Nadia con la voz rota, y Renata le chupó más fuerte el clítoris hasta que la mujer se derrumbó en un orgasmo largo que le hizo temblar los muslos.

Jan se retiró antes de acabar. Renata salió de debajo, se lamió los labios y le sonrió.

—Ahora yo —dijo, y se puso de espaldas con las piernas abiertas.

Jan la penetró de nuevo, esta vez con Nadia sentada sobre su cara. Renata le comía el coño a Nadia mientras Jan la cogía a ella, y los tres se movían en un ritmo que nadie había acordado pero que funcionaba con la lógica de algo que cada cuerpo entiende de manera instintiva. Nadia se apoyaba en la cabecera con las dos manos y meneaba las caderas contra la boca de Renata. Jan le tenía las piernas abiertas y le entraba hasta el fondo con cada estocada.

—Voy a correrme adentro —le avisó Jan a Nadia, buscando permiso a través de ella.

—Hazlo —contestó Nadia por Renata, agarrándole el pelo—. Llena a esta puta preciosa.

Jan aceleró hasta el límite y se corrió dentro de Renata en tres oleadas largas que a ella le arrancaron el último orgasmo de la noche, uno que le subió desde las plantas de los pies y le sacudió cada centímetro del cuerpo. Sintió la polla latiéndole adentro, llenándola de semen caliente, mientras la boca de Nadia se le apretaba contra el coño en su propio orgasmo final.

La habitación olió a sudor y a los perfumes mezclados de tres personas que acababan de compartir algo que ninguna de las tres iba a mencionar en ningún informe. El semen de Jan le chorreaba a Renata por el interior de los muslos y Nadia se lo lamió despacio, limpiando con la lengua, antes de dejarse caer al lado de ella.

Duró más de dos horas. Al final, los tres quedaron en silencio, con los cuerpos entrecruzados en la oscuridad cálida de la habitación.

***

Jan organizó la operación con discreción en las semanas siguientes. Los dirigentes del Círculo de Cristal fueron detenidos en dos rondas coordinadas con Europol. El caso tuvo cobertura internacional durante diez días, luego la prensa pasó a otra cosa, como siempre hace.

Nadia desapareció antes del amanecer de esa noche en la mansión. Por una ventana trasera que daba a los jardines con niebla. Dejó una nota sobre la almohada, escrita en una letra clara y pequeña:

—Lo que descubriste esta noche no entra en ningún artículo. Pero tampoco vas a poder olvidarlo.

Renata publicó la investigación tres meses después. Cuatro mil palabras sobre el Círculo, los muertos y la red de poder que operaba en las sombras de la élite europea. El artículo ganó un reconocimiento regional en periodismo de investigación. El nombre de Nadia no apareció en ninguna parte.

Las noches de Montevideo tenían, desde entonces, una textura diferente. Renata dormía bien, aunque a veces se despertaba con la imagen de los tejados de Praga vistos desde una ventana en Malá Strana, y con los ojos grises de una mujer que sabía exactamente dónde estaba el límite entre el placer y el peligro, y que había decidido, esa noche, no cruzarlo.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

3.8(4)

Comentarios(8)

lectura_nocturna

tremendo relato!! me engancho desde las primeras lineas, no pude parar de leer

DiegoSR92

Por favor decime que hay una segunda parte, me dejaste con demasiadas ganas de saber como termina esto

Silvina_BA

Me engancho desde el principio y no lo solte hasta el final. No me pasa seguido esto con los relatos, felicitaciones

Ricardo

Tiene todo el detalle de algo vivido de verdad, se siente muy autentico. Buen trabajo

MiguelBA23

El ambiente esta muy bien logrado, se siente la tension en todo momento. Sigue escribiendo!!

Iker

Genial!!!

FedeLector

Me encanto la forma en que esta contado, se lee solo. Espero la continuacion con ansias

spaghetti2009

jajaja el final me dejo con la boca abierta, no me lo esperaba para nada. Tremendo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.