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Relatos Ardientes

Me rendí a ser pasivo y nunca lo lamenté

A los treinta y cinco años llevaba una vida que muchos habrían calificado de libertina. No era algo que hubiera planeado; era el resultado lógico de años de negaciones y de una honestidad tardía conmigo mismo. En los sitios de contactos gay me presentaba con claridad: «Marcos, pasivo, 35». Sin rodeos, sin matices.

Había tardado once años en llegar a esa descripción tan simple. Pero la primera vez que la escribí, algo encajó. Como si después de una larga búsqueda hubiera encontrado finalmente la dirección correcta.

Los encuentros eran regulares. Cada semana o cada quince días, según se daban las cosas. A veces el tipo cancelaba a último momento, a veces el encuentro resultaba mediocre, pero otras veces —las que recordaba— era exactamente lo que necesitaba: alguien que supiera tomar el control, que me pusiera boca abajo sin preguntar demasiado.

Todo había comenzado once años antes, con Eduardo. Yo tenía veinticuatro y una idea equivocada de mí mismo. Entré a ese departamento convencido de que iba a penetrar a otro hombre por primera vez, de que esa noche iba a despejar todas mis dudas iniciándome en el rol activo.

Eduardo tenía unos cuarenta, era corpulento y hablaba poco. Preparó dos vasos de whisky, puso algo de música y se sentó frente a mí con esa calma que tienen los hombres que saben exactamente lo que van a hacer. Tardé unos veinte minutos en darme cuenta de que el rol que había imaginado para mí mismo no iba a ocurrir.

No fue violento ni brusco. Fue, más bien, inevitable. Eduardo simplemente tomó el mando con tanta naturalidad que yo no encontré razones para resistirme. Me guio, me acomodó, me fue llevando de una posición a otra sin que yo protestara en ningún momento. Cuando terminó, estaba boca arriba en la cama con las piernas aún elevadas y la certeza absoluta de que algo en mí había cambiado.

Me quedé ahí tumbado durante varios minutos, mirando el techo. Eduardo fumaba junto a la ventana. No dijimos gran cosa. Pero yo sabía.

Durante los años siguientes continué presentándome como «versátil» en mis perfiles. Era una mentira conveniente. En la práctica, cada vez que me acostaba con un hombre terminaba recibiendo. Al principio lo atribuía a la casualidad, luego a la dinámica de cada encuentro. Finalmente dejé de buscar excusas.

El momento de la rendición llegó sin dramatismo. Un martes por la tarde, editando mi perfil en una aplicación, borré «versátil» y escribí «pasivo 100%». Guardé los cambios. Cerré la pantalla. Y me di cuenta de que me sentía bien.

Desde ahí todo fue más simple. Sabía lo que buscaba y lo buscaba sin rodeos. En los chats me presentaba como «Marcos el pasivo» o, en algunos perfiles, como «Marcela», que era el nombre con que ciertos hombres preferían llamarme. No me molestaba. Todo lo contrario.

Para cuando cumplí los treinta y cinco, los encuentros esporádicos habían dado paso a algo más estructurado. Tenía cinco hombres. No era una relación con ninguno, pero tampoco era nada casual. Los cinco sabían de los demás en distintos grados, y los cinco se turnaban de manera casi informal para verme.

Andrés era el más joven, veintiséis años, impulsivo. Rodrigo era discreto y casado, me escribía siempre los miércoles. Ramiro —el único del grupo que físicamente me recordaba a Eduardo— tenía las manos grandes y usaba poca palabrería. Los otros dos, Pablo y Sebastián, se habían conocido en un trío que yo había organizado sin planificarlo demasiado.

Tres de los cinco terminaron conociéndose entre sí. Lo propicié sin pensarlo mucho: los junté en dos ocasiones distintas y después dejé que las cosas siguieran su curso. A partir de ahí empezaron a referirse a mí con apodos entre ellos.

Me llamaban «terciopelo». Empezó como un comentario de Sebastián una noche, algo sobre la textura de mi piel, y el nombre se quedó. Después Andrés añadió «bomboncito» y ese también se adhirió. Sabía que cuando los tres coincidían hablaban de mí con esos nombres, y esa idea me producía una satisfacción difícil de explicar. Me gustaba ser algo que circulaba entre ellos con cariño.

¿Cómo está mi terciopelo?, me escribía Sebastián los jueves. ¿Cuándo puedo ver a mi bomboncito?, preguntaba Andrés. Lejos de molestarme, me gustaba. Me gustaba ser cotizado por esos hombres, que se refirieran a mí con esa especie de posesión afectuosa, que me consideraran algo que valía la pena compartir.

Fue en esa época cuando empecé a comprarme ropa. No para salir, sino exclusivamente para los encuentros. Tangas de encaje, medias de red, alguna falda corta que apenas cubría nada. Lo guardaba todo en una bolsa en el fondo del armario y lo sacaba en ocasiones especiales.

La primera vez que lo hice fue con Andrés, pero no terminó bien: era demasiado directo y le importaba poco el juego previo. La segunda vez fue con Rodrigo, que se quedó paralizado sin saber cómo reaccionar. La tercera fue con Sebastián, y esa fue la que quedó grabada.

Sebastián era distinto. De entre los cinco era el que más tiempo dedicaba a los preliminares, el que más me tocaba antes de hacer nada, el que preguntaba cómo estaba mientras me tenía entre sus brazos. No era sentimentalismo; era simplemente que Sebastián entendía que el placer tiene ritmo y que apresurar ese ritmo es desperdiciar algo.

Llegué a su apartamento con la bolsa escondida en la mochila. Sebastián me abrió con una copa de vino en cada mano. Estaba en boxers y descalzo, como si el tiempo que pasábamos juntos no necesitara ceremonias. No preguntó nada sobre la mochila.

Nos tomamos el primer vaso en el salón, hablando de cosas sin importancia. Sebastián tenía esa habilidad para hacer que el tiempo previo no resultara incómodo, para mantener la tensión que ya existía entre nosotros sin necesidad de nombrarla. Era bueno en eso.

—Me voy a cambiar —dije, después de dejar la copa vacía sobre la mesa.

—Tómate el tiempo que necesites —respondió. Se levantó y fue hacia la silla del escritorio, donde se sentó con las piernas abiertas y esperó.

Tardé diez minutos en el baño. Me puse la tanga negra de encaje, las medias hasta el muslo, la faldita de satén que terminaba a mitad del trasero. Me apliqué un poco de perfume en el cuello. Me miré en el espejo del pasillo antes de cruzar la puerta y me reconocí en lo que veía. Eso era importante: reconocerme, no avergonzarme.

Cuando salí, Sebastián estaba exactamente donde lo había dejado. La erección era evidente bajo el boxer. Me miró de arriba abajo sin prisa, sin decir nada, y esa pausa fue más elocuente que cualquier halago.

—Ven —dijo finalmente.

Me acerqué, me arrodillé entre sus piernas y le bajé el boxer despacio. Sebastián tenía el pene largo, con una curvatura ligera hacia arriba que hacía que cada ángulo fuera diferente. Lo conocía bien a estas alturas: sabía cuánta presión usar, cuándo ir despacio y cuándo no. Lo tomé con la boca y empecé a chuparlo con calma, sin apresuramiento, mientras él me ponía una mano sobre el pelo sin empujar.

—Así —murmuró. Eso fue todo lo que dijo durante un rato largo.

Lo chupé durante varios minutos, alternando el ritmo, escuchando su respiración para calibrar. Sebastián no era de los que fingían; cuando algo le gustaba lo expresaba sin exageración, con un leve endurecimiento de la mandíbula o un movimiento casi imperceptible de las caderas hacia adelante.

Cuando me puse de pie, Sebastián me guio por las caderas sin palabras. Me apoyé con una rodilla a cada lado de sus muslos y fui bajando despacio. La cabeza de su pene rozó la entrada de mi ano y me detuve ahí un momento, sintiendo la presión.

Bajé un centímetro. Luego otro. Luego otro más.

Aquí. Este es el lugar exacto.

La penetración fue lenta. Sebastián no empujó; dejó que yo marcara el ritmo, con las manos en mis caderas, acariciando el encaje de la tanga. Cuando llegué al fondo y su pelvis tocó mis nalgas, me quedé quieto un momento con los ojos cerrados.

Sebastián me recorría los muslos con las palmas. Me hablaba en voz baja: cosas sobre mi cuerpo, sobre lo que iba a hacerme, sobre cómo me sentía desde dentro. Yo tenía los brazos alrededor de su cuello y la cara enterrada en su hombro. Le decía que era el dueño de ese lugar, que aunque por ahí habían pasado otros, nadie lo hacía como él. A Sebastián eso le gustaba. Le gustaba saberlo y le gustaba que yo se lo dijera.

Empezamos a movernos. Yo me levantaba apenas y me dejaba caer, manteniendo el ritmo bajo. Él levantaba las caderas para encontrarme, suave al principio, con más fuerza después. La faldita se había subido hacia la cintura. Las medias seguían intactas.

Seguimos así un buen rato. Sin prisas. Luego corrí las piernas hacia adelante y giré ligeramente hasta quedar dándole la espalda, todavía penetrado. Sentí su pene girar en mi interior durante el movimiento y el efecto fue inmediato: se me doblaron las rodillas.

Sebastián me agarró de las caderas para estabilizarme. Me inclinó hacia adelante hasta que apoyé las manos en el suelo, con el trasero levantado y la faldita cayendo invertida hacia mi cintura. Desde esa posición empezó a moverse con más decisión: embestidas largas y profundas, retirándose casi entero antes de volver a entrar de golpe.

Gemí. No me importó el sonido. Me importaba la sensación de su pene llenándome por completo con cada empuje, la cadencia que Sebastián mantenía sin apresurarse, sin perder el control.

***

Me levantó del suelo y me llevó a la cama sin salir de mí, avanzando con pasos cortos por el pasillo mientras yo caminaba torpemente con las piernas abiertas. Fue ridículo y perfecto al mismo tiempo.

En la cama me puso boca abajo. Siguió desde atrás con su peso sobre mi espalda, las manos presionando mis muñecas contra el colchón. El ritmo fue subiendo gradualmente hasta que la cabecera golpeaba la pared con un sonido regular.

—Date la vuelta —dijo.

Me di vuelta. Me puse de espaldas y levanté las piernas. Sebastián me las colocó sobre sus hombros y volvió a entrar de una vez, agarrándome de los muslos con las dos manos. Yo me aferré a sus brazos.

Desde esa posición me miraba mientras se movía, y yo le sostenía la mirada. Era algo que no podía hacer con todos los hombres; con Sebastián sí. No sé bien por qué. Tal vez porque en su mirada no había juicio ni distancia, solo una atención completa hacia lo que estaba pasando entre los dos.

Cuando llegué al orgasmo fue sin que nadie me tocara. Solo con la posición, con la profundidad, con la precisión con que Sebastián me manejaba. Lo hice sobre mi propio abdomen mientras las piernas me temblaban sobre sus hombros y un sonido que no planifiqué salió de mi garganta.

Sebastián terminó poco después, dentro de mí, apretando mis muslos con fuerza antes de quedarse quieto. Luego se desplomó sobre mí sin retirar el peso enseguida. Permanecimos así varios minutos.

La faldita estaba arrugada debajo de mí. Las medias habían sobrevivido intactas. El perfume todavía se notaba.

—La próxima semana —dijo finalmente, contra mi cuello.

—La próxima semana —repetí.

No era amor. No era una relación. Era algo sin nombre exacto pero que yo no habría cambiado por nada. Sabía perfectamente quién era cuando estaba con esos hombres: sabía lo que quería, lo que daba, lo que recibía. Había tardado once años en saberlo con certeza. Y ahora, tumbado en la cama de Sebastián con las medias aún puestas y la tanga de encaje a medio bajar, no podía imaginar cómo había podido tardar tanto.

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Comentarios (6)

Fede_nocturno

increible relato, de los mejores que lei aca. sigue asi!!

MartinCba91

me gusto mucho como lo contaste, se nota que es algo que sentiste de verdad. Muy autentico

DiegoMLP

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo despues de eso

ElProfe47

me recordo a algo que yo tambien viví hace unos años, cuando finalmente acepte lo que queria. Es liberador, no hay otra palabra.

GusJav30

excelente!!!

RobertoMdz

una pregunta: fue la primera vez que lo hiciste asi o ya lo habias intentado antes? quede con curiosidad

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