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Relatos Ardientes

Rocío siempre sonreía, incluso así

Esa noche lo tenía decidido desde la tarde. Me duché dos veces, usé el jabón sin perfume, me preparé con el cuidado que uno pone cuando sabe exactamente lo que quiere y sabe también quién puede dárselo. Luego marqué el número de Rocío.

—Cuarenta minutos —dijo, y colgó.

Fueron cuarenta y dos. Llegó con una mochila negra al hombro y esa sonrisa suya que parecía llevar puesta desde antes de salir de casa. Alta, de hombros anchos para su cuerpo, el pelo negro liso que le caía hasta los omóplatos. Veintitrés años y una presencia que llenaba el umbral de la puerta sin esfuerzo.

—Hola —dijo, y entró sin esperar.

Eso me gustaba de ella: que no esperaba a que la invitaran. Se encerró en el baño con la mochila y yo me quedé en la cocina bebiendo agua de pie, mirando el reloj sin ningún motivo concreto. Cuatro minutos. La puerta se abrió.

Llevaba puesta una camisa blanca de hombre, desabrochada desde abajo hasta el tercer botón, sin nada debajo. Era demasiado grande para ella: le quedaba por encima de los muslos y los bordes de la tela se abrían con cada paso lo suficiente para insinuar sin mostrar. Tenía los pezones marcados bajo la tela y el pubis descubierto cada vez que caminaba. Del bolsillo sacó una piruleta roja. La desenvolvió despacio y la puso entre los dientes mientras me miraba.

Casi no hice falta más preparación.

***

Rocío tenía una relación particular con las pollas grandes. No era que las buscara exactamente, pero cuando se enfrentaba a una —y la mía le suponía un desafío real para su boca pequeña— era cuando ella daba lo mejor de sí misma. Me lo había explicado la primera vez, con esa honestidad suya que podría parecer fanfarronería si no fuera tan tranquila al decirlo.

—Me gusta intentarlo aunque no pueda del todo —había dicho, encogiéndose de hombros.

Esa noche la dejé arrodillarse sola, sin empujarla. Le gustaba hacerlo a su ritmo: bajaba despacio, las rodillas en el suelo, las manos apoyadas en mis caderas como si buscara equilibrio. Empezó por lo más fácil y avanzó sin prisa pero sin detenerse, con esa concentración en los ojos oscuros que me ponía más que cualquier otra cosa. Cuando llegó al límite de lo que podía, lo reconoció con los ojos entrecerrados y siguió intentándolo de todas formas.

Sus dientes rozaban la piel sin querer. No lo controlaba del todo y los dos lo sabíamos. Me ponía las manos en las caderas para marcar el ritmo y yo las retiraba, colocándolas detrás de su espalda. Así, sin apoyo. Así lo hacía mejor.

Le pasé los pulgares por los pómulos. Le aparté el pelo de la cara. Rocío levantó los ojos hacia mí y seguía sonriendo, aunque tuviera la boca ocupada por completo. Eso era lo suyo: la sonrisa que no desaparecía nunca, que se adaptaba a cualquier situación, que estaba ahí incluso cuando físicamente no podía estar. Era su marca personal y la razón por la que seguía llamándola.

Cogí su cabeza con las dos manos y empujé más adentro sin avisar. Rocío aguantó cuanto pudo y luego se retiró con un sonido húmedo, los ojos brillantes de esfuerzo y un hilo de saliva que unía su labio inferior a la punta de mi polla. Se limpió la barbilla con el dorso de la mano. Luego miró hacia arriba y sonrió.

—Otra vez —pidió.

***

Le quité la camisa. Sus pechos eran pequeños y firmes, con los pezones oscuros y duros. El pubis lo llevaba depilado por completo esa noche. En otras ocasiones había llegado con algún diseño que yo nunca había pedido: una vez, una franja fina en el centro. Otra, algo que pretendía ser una espiral. No dije nada en ninguno de los dos casos y ella tampoco preguntó.

La empujé por los hombros hacia abajo, de nuevo al suelo. Esta vez empuñé mi polla y le pasé el glande por las mejillas, por la nariz, por la barbilla, por la comisura de los labios. Rocío dejó caer los párpados a medias y olfateó con ansia cuando le acerqué los testículos a la cara, como si quisiera memorizar el olor. Le froté los huevos por su nariz y su frente y los dejé ahí hasta que estuve seguro de que los llevaría encima el resto de la noche.

Luego le metí los testículos en la boca, uno a uno, y le indiqué con la presión en su nuca cuánto tiempo tenía que mantenerlos ahí. Rocío obedeció sin decir nada. Nunca decía nada en esa postura. Solo escuchaba y obedecía y sonreía en los momentos en que podía sonreír.

Le ordené que se pusiera a cuatro patas sobre la cama, con los codos apoyados y el trasero levantado. La postura hacía que toda la línea de su cuerpo se organizara de una forma que me resultaba completamente satisfactoria: las caderas anchas para su tamaño, la espalda arqueada, el peso distribuido sobre los antebrazos. Me quedé mirándola un momento antes de acercarme.

Le pasé los pulgares por los glúteos y los separé despacio. Rocío arqueó la espalda un poco más sin que yo se lo pidiera. Sabía lo que seguía.

***

Le pasé la lengua por la raja de las nalgas, desde la parte más baja hacia arriba, despacio. Rocío exhaló por la nariz pero no se movió. Repetí el recorrido. Esta vez sí se movió, apenas unos milímetros, acercándose hacia mí en lugar de alejarse. Me gustaba eso: que no huyera, que buscara más aunque no lo pidiera con palabras.

Me puse de pie encima de la cama, con los pies a ambos lados de su cintura, y me incliné hacia ella. Rocío levantó la cara sin que yo dijera nada y empezó a trabajar con la lengua en mi ano. Lo hacía despacio al principio, luego más rápido, con variaciones que no seguían ningún patrón predecible. Eso lo hacía mejor: que no pudiera anticiparlo. Se notaba que lo disfrutaba tanto como yo, o al menos lo aparentaba tan bien que el resultado era el mismo.

Me masturbé mientras ella trabajaba. El único sonido en la habitación era el de su respiración acelerada y el roce de mi mano. No había música. No había nada de fondo. Lo prefería así.

En algún momento Rocío paró y dijo algo contra mi piel que no entendí.

—¿Qué? —dije.

—Que me des la vuelta —repitió, con la voz un poco ronca. Y sonreía, incluso boca abajo.

La giré. Se quedó tumbada de espaldas con las piernas dobladas hacia el pecho. Desde esa postura le veía todo: el vientre plano, el pubis liso, los labios vaginales rosados y húmedos que se abrían ligeramente al doblar las piernas. Me detuve a mirar. No porque fuera a hacer nada con ello —no era lo que tenía en mente esa noche— sino porque me apetecía mirar.

—¿Qué? —preguntó por segunda vez.

—Nada —dije por segunda vez.

***

Me coloqué de rodillas a su lado y volví a meterle la polla en la boca, esta vez con ella tumbada y yo controlando el ángulo desde arriba. Esa postura daba más profundidad. Rocío lo sabía y por eso lo había pedido.

Empujé adentro y afuera con un ritmo constante. Ella tenía las manos cruzadas sobre el vientre, puestas ahí sola, sin que yo dijera nada. Cuando aceleré el ritmo sus ojos volvieron a humedecerse y su garganta produjo ese sonido de resistencia que significa que está llegando al límite. No paré. Rocío tampoco pidió que parara.

La agarré del pelo con las dos manos para controlar mejor el ángulo. Sentí sus dientes de nuevo, la presión irregular de su mandíbula cuando el esfuerzo era demasiado. Un par de veces se atragantó y tuvo que retirarse a medias para recuperar el aire, con los ojos llorosos y la barbilla empapada en saliva. Cada vez volvía sola. Sin que yo la empujara de vuelta, sin que tuviera que decirle nada.

Eso era lo que la hacía diferente.

***

Cuando llegué al límite le avisé con un cambio en el ritmo que ella ya sabía leer. Se preparó sin moverse, los labios apretados alrededor de mí, la garganta lista. Vacié todo adentro. Rocío tragó casi todo: cuando me retiré quedaba una línea blanca en la comisura de su boca y un resto en la lengua que no había bajado del todo.

Se quedó quieta un momento con los ojos cerrados. Luego los abrió y me miró.

—Muéstrame —dije.

Abrió la boca. La lengua estaba blanquecina y había restos entre los dientes. Lo mostró todo sin que yo insistiera, con esa naturalidad suya que hacía que todo pareciera parte de un protocolo acordado de antemano. Luego cerró la boca, tragó el resto, y sonrió.

No era una sonrisa performativa. Era una sonrisa de satisfacción propia, como si acabara de hacer exactamente lo que tenía ganas de hacer y hubiera salido bien.

***

Se vistió sin prisa. Volvió al baño con la mochila, salió cuatro minutos después con la ropa de calle y el pelo recogido en un moño bajo. La piruleta había desaparecido en algún momento de la noche. No recordaba cuándo.

En la puerta se giró.

—El jueves tengo hueco por la tarde, si te interesa —dijo.

—Te aviso —dije.

Asintió, sonrió una última vez, y cerró la puerta.

Me quedé sentado en el borde de la cama en silencio durante un rato. Esa era la otra cosa de Rocío: que cuando se iba, la habitación quedaba exactamente igual que antes de que llegara. Sin rastro. Sin desorden visible. Solo el olor en el aire, que desaparecería en veinte minutos.

No había nadie como ella para ciertas cosas. Lo sabía antes de llamarla y lo seguía sabiendo ahora. Rocío era puntual, discreta, completamente entregada a lo que hacía, y en ningún momento de la noche —ni cuando tosía, ni cuando se atragantaba, ni cuando los ojos se le llenaban de lágrimas por el esfuerzo— dejaba de sonreír.

Así era ella. Siempre lista, siempre con esa sonrisa que no perdía nunca, sin importar lo que estuviera pasando.

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Comentarios (7)

Mili_BA

que hermoso relato, me llego al alma

NachoRosario

hay segunda parte? quede con ganas de saber mas de Rocio

ClaudioR77

me recordo a alguien que conocí hace años, tiene esa misma energía. muy bien escrito

Tatianita97

increible como lo narraste, se siente real

LecturaNoche

Rocio es de esas personas que uno no olvida facilmente. el relato lo transmite muy bien

FedericoCT

es una historia real? lo contas con tanta naturalidad que parece vivido

Vero_Mendoza

Leí de un tirón. Hay algo en como lo contas que te atrapa desde la primera linea. De los mejores que leí en este sitio, sin dudas. Espero que sigas escribiendo!

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