La noche que supe que me gustaban los hombres
Soy ingeniero civil. Tengo 49 años y llevo tres divorciado de una mujer que durante catorce años fue mi compañera, mi cómplice y, al final, mi mejor amiga... hasta que dejó de serlo. Desde entonces he salido con varias mujeres. Algunas hermosas, otras no tanto, pero todas han sido mujeres. Eso era lo único que yo conocía.
Una noche de marzo, después de una copa de vino sola en el sofá, acabé en una de esas páginas donde los hombres publican fotos anónimas de sí mismos. No sé cómo llegué ahí. Supongo que el algoritmo me llevó por sus propios caminos. Estuve scrolleando durante unos minutos con indiferencia, casi con aburrimiento, hasta que una imagen me detuvo en seco.
Era la foto de un torso. Solo eso: un torso delgado, canoso en el pecho, de piel cuidada. Debajo, el usuario había escrito: «Curioso, 56 años, disponible para conocidos.» Sin más. Cerré la página. Abrí una serie que tenía pendiente. Pero la imagen me siguió toda la noche.
Al día siguiente, volví.
Le escribí. Dos líneas. Algo tan torpe como: «Vi tu foto. Me pareció interesante. Soy nuevo en esto.» Me temblaban un poco los dedos cuando le di a enviar. No sé qué esperaba. Tal vez que no respondiera.
Respondió esa misma tarde.
Se llamaba Rodrigo. Tenía 56 años, estaba casado, y era arquitecto en una empresa de proyectos de obra civil. Alto, delgado, con entradas en las sienes y una forma de escribir que mezclaba la precisión técnica con algo que se parecía al humor. Me cayó bien de inmediato, lo cual me desconcertó más que cualquier otra cosa.
Durante tres semanas nos escribimos todos los días. Al principio solo palabras, después fotos. Las suyas mostraban un cuerpo que debía tener décadas de disciplina detrás: abdomen plano, espalda ancha, piernas largas y con vello. Y en algún momento del intercambio, sin que lo hubiera planeado, le envié las mías.
Rodrigo me respondió esa noche con un mensaje que guardé: «Tienes un cuerpo que merece que lo exploren.»
No supe qué contestarle. Apagué el teléfono y me quedé mirando el techo.
***
La primera noche que soñé con él me desperté a las cuatro de la mañana con el corazón acelerado y una erección. Me quedé mirando el techo durante un rato largo, procesando lo que acababa de pasar en ese sueño que no voy a detallar aquí pero que fue suficientemente específico como para que ya no pudiera seguir fingiéndome a mí mismo que todo aquello era simple curiosidad intelectual.
Le escribí al día siguiente: «Soñé contigo anoche.» Punto. Sin más contexto.
Tardó una hora en responder. «¿Quieres que nos veamos?»
Me tomé cuatro días para decidirme. Cuatro días en que revisé ese mensaje decenas de veces y me masturbé pensando en él dos de esas noches. Al final le dije que sí.
***
Quedamos un martes a las doce del mediodía. Rodrigo eligió la cafetería de un hotel en el sector norte de la ciudad, un lugar discreto donde la gente venía a almorzar y los camareros no se entretenían mirando a los clientes. La señal sería absurda pero efectiva: ambos llevaríamos una botella de agua mineral en la mano cuando entráramos.
Llegué diez minutos antes. Pedí un café cortado y me senté en una mesa desde donde podía ver la puerta. Tenía las manos frías. Revisé el teléfono tres veces sin leer nada.
A las doce y cuatro minutos entró un hombre alto. Chaqueta gris, pantalón oscuro, zapatos de cuero marrón. Canoso, delgado, con la espalda recta de alguien que ha hecho deporte toda su vida. Llevaba una botella de agua en la mano derecha y miraba el interior del café con calma, sin prisa, como alguien que no necesita apresurarse porque sabe exactamente lo que busca.
Era exactamente como en las fotos. Pero en las fotos no había manera de capturar esa forma de moverse.
Me puse de pie. Él me vio antes de que yo levantara la mano para saludarlo y caminó hacia mí con una media sonrisa que no era arrogante sino simplemente segura. Me dio la mano. Su apretón fue firme.
—Rodrigo —dijo.
—Martín —respondí. Era la primera vez que me presentaba con ese nombre en este contexto. Sonó extraño en mi propia boca.
Estuvimos casi dos horas hablando. No de sexo, al menos no directamente. Hablamos de trabajo, de arquitectura versus ingeniería, de los libros que teníamos a medias sobre la mesilla, del fracaso de nuestros respectivos matrimonios. Era inteligente, escuchaba con atención real, y de vez en cuando sonreía de un modo que me hacía perder el hilo de lo que estaba diciendo.
Cuando el camarero nos dejó la cuenta, Rodrigo la cogió sin consultarme y dijo, muy tranquilo:
—¿Subimos?
No dijo «¿quieres subir?» ni «¿te apetece?». Solo eso: ¿subimos? Como si ya estuviera decidido desde antes de que llegáramos al café.
Dije que sí con la cabeza.
***
La habitación era simple y limpia. Cortinas cerradas, una cama doble, una lámpara encendida en la mesilla de noche. Rodrigo dejó su chaqueta sobre la silla del escritorio y se giró hacia mí con esa misma calma que tenía en todo lo que hacía.
Me besó.
No fue brusco. Fue directo. Puso una mano en mi mandíbula y me besó con la boca cerrada primero, después abierta, y sentí su lengua y sentí su barba de dos días raspando la mía y pensé: esto es lo que buscaba sin saber que lo buscaba.
Lo desvestí yo primero. Le abrí los botones de la camisa uno a uno, despacio, porque quería ver lo que ya conocía de las fotos pero que ahora estaba en el mismo espacio físico que yo. Su pecho, la línea del abdomen, el vello que bajaba en una franja oscura hasta el cinturón.
Lo que encontré debajo del cinturón correspondía a lo que había imaginado durante semanas. Largo, ya duro, con la curvatura que le había visto en las fotos y que ahora podía tocar con la mano. Lo tomé y noté que me costaba abarcarlo del todo. Rodrigo cerró los ojos un momento y exhaló despacio.
Me arrodillé.
No había hecho eso nunca. Pero el cuerpo supo qué hacer antes que el cerebro. Lo tomé en la boca y sentí su peso, su temperatura, el pulso que tenía. Lo escuché hacer un sonido bajo y contenido, y eso me bastó para entender que lo estaba haciendo bien. Me tomé mi tiempo. Quería que durara.
Me detuvo cuando ya era demasiado tarde para seguir sin llegar al final antes de tiempo. Me agarró del brazo y me levantó.
—Tu turno —dijo.
Me desnudó con la misma calma con que hablaba. Sin prisa, sin torpeza. Me besó el cuello, los hombros, el pecho. Se arrodilló y me hizo lo mismo que yo le había hecho a él, mirándome desde abajo con esos ojos grises que ya conocía de las fotos pero que de cerca tenían una expresión que no había podido anticipar.
Me tuvo así hasta que le puse la mano en el hombro para que parara.
***
Lo que pasó después fue lento y fue hablado. Rodrigo me preguntó qué quería. Le dije que quería todo. Me preguntó si estaba seguro. Le dije que sí. Se tomó su tiempo. Había algo casi metódico en su precisión que paradójicamente hacía todo más intenso, no menos.
Cuando me penetró, esperé dolor. Hubo incomodidad al principio, ese momento en que el cuerpo no entiende todavía lo que está pasando. Y después algo que no tengo manera de describir con exactitud sin recurrir a lugares comunes que no le hacen justicia. Solo puedo decir que en ningún momento quise que parara. En ningún momento.
Me besaba mientras lo hacía. Eso también lo recuerdo.
Acabamos con poca diferencia entre los dos, con una sincronización que no teníamos manera de haber planificado. Después nos quedamos quietos un rato, sin hablar, con la respiración recomponiéndose lentamente. La luz de la lámpara seguía encendida. Afuera, en algún piso de abajo, alguien cerró una puerta.
—¿Estás bien? —preguntó Rodrigo.
—Sí —dije. Y era verdad de una forma que me sorprendió a mí mismo.
***
Pasaron dos años desde esa tarde. Rodrigo dejó a su mujer seis meses después de que nos conociéramos, no por mí exclusivamente, sino porque algo en él también había llegado a un punto de quiebre del que no podía volver. Yo ya estaba divorciado. No hubo grandes dramas, al menos no entre los dos.
Vivimos juntos desde hace catorce meses. Es una convivencia extraña a veces, la de dos hombres que llegaron tarde a entenderse a sí mismos, pero es honesta. Más honesta de lo que fue cualquier cosa que viví antes. Nos peleamos por quién saca al perro y por la temperatura del aire acondicionado, como cualquier pareja. Eso también me sorprende.
Hay noches en que soy yo quien toma la iniciativa. Hay noches en que es él. No tenemos roles fijos ni necesitamos tenerlos. Lo que hay entre nosotros no cabe en ninguna categoría que yo conociera antes de aquella foto de un torso anónimo que el algoritmo puso delante de mí una noche de marzo.
No sé si siempre fui homosexual y simplemente no lo sabía, o si algo cambió, o si las etiquetas importan menos de lo que pensamos cuando tenemos veinte años y creemos que la identidad es algo que se fija para siempre. Lo que sé es que aquella noche, cuando vi esa imagen en esa página donde nunca debería haber estado, algo se movió dentro de mí.
Y que no me arrepiento de haberle escrito.