La médica que me cobró de otra manera
Tres días. Tres días llevaba sin poder ir al baño y me sentía como un globo a punto de reventar. La barriga me dolía desde por la mañana, tenía el humor de una osa con la pata atrapada, y cada vez que intentaba ir al baño terminaba sentada en el inodoro mirando el techo sin que ocurriera absolutamente nada.
Nicolás, mi pareja, se dio cuenta de que algo iba mal. Así es él: siempre mirando, siempre atento, siempre queriendo arreglar lo que no le corresponde arreglar.
—Te acompaño al médico —me dijo esa mañana desde el marco de la puerta.
—Ni hablar —le respondí—. No voy a ir a que me miren el trasero con vos en la sala de espera.
Él insistió un poco más, la forma suave que tiene de insistir. Yo lo mandé a freír espárragos con toda la delicadeza de que fui capaz y cerré la puerta del baño. Esto era un asunto mío.
Busqué en internet una especialista que atendiera sin turno previo, con buenas reseñas y consulta privada. Encontré a una tal Dra. Figueroa, con consultorio en una zona cara del centro. En las fotos del perfil era una mujer impresionante: alta, de pelo oscuro y liso recogido hacia atrás, con una blusa entallada que marcaba una figura generosa. Tenía algo que no sabría describir con precisión. Algo en los hombros, en el ángulo de la mandíbula. Un rasgo que no terminaba de cuadrar pero que al final no me importó. Lo que necesitaba era que alguien me arreglara la barriga antes de que explotara.
Pedí turno online para esa misma tarde.
***
El consultorio era de otro nivel. Suelo de mármol pulido, recepción con música de spa, enfermera con uniforme impecable y cara de no haberse reído nunca. Me dieron una ficha para rellenar y me indicaron que esperara. Las sillas eran de cuero auténtico. Todo olía a dinero.
Cuando la enfermera me llamó y me dijo el precio de la consulta, se me fue el color de la cara.
—¿Cuánto?
—Es el precio estándar para la primera visita —respondió sin inmutarse, como si me estuviera hablando del tiempo.
Ya estaba ahí. Con el estómago a punto de explotar y sin ganas de salir a buscar otra opción. Dije que sí con la cabeza y me senté de nuevo.
La doctora tardó unos quince minutos en aparecer. Cuando entró, entendí por qué tenía el consultorio lleno de diplomas y las reseñas plagadas de cinco estrellas. Era aún más llamativa en persona que en las fotos: casi un metro ochenta, blusa de seda color crema que se le tensaba contra el pecho, perfume intenso que se quedó flotando en el aire cuando cerró la puerta. Su mirada era directa, profesional, con la distancia justa de quien está acostumbrada a que la gente la mire.
—¿Cuántos días lleva con el problema? —preguntó mientras revisaba la ficha sin alzar la vista.
—Tres.
—¿Ha tomado algo?
—Agua caliente con limón, infusiones, un laxante de farmacia. Nada funcionó.
Asintió, anotó algo con letra apretada y me indicó la camilla de exploración.
—Quítese la ropa de la cintura para abajo y póngase la bata. Vuelvo en un momento.
Salió de la sala para darme intimidad. Me quedé sola, mirando la camilla cubierta con papel blanco, los guantes de látex sobre la mesa auxiliar, el frío aséptico de ese cuarto. Me coloqué la bata de papel, que no cubría casi nada, y esperé sentada en el borde con las piernas juntas.
***
Cuando volvió empezó la exploración abdominal. Me pidió que me recostara boca arriba y empezó a presionar con las dos manos, siguiendo una secuencia que yo no entendía pero que claramente tenía sentido para ella. Tenía las manos frías y la presión era precisa, medida. Algunos puntos dolían, y yo lo decía, y ella anotaba sin comentarios.
—Hay una oclusión significativa —dijo al final, como si estuviera leyendo el parte del tiempo—. Va a necesitar un procedimiento para liberar el tránsito. Aquí lo hacemos en la misma consulta, es rápido.
Me senté en la camilla y solté lo que llevaba acumulando desde la recepción.
—Doctora, mire... Le voy a ser completamente honesta. No puedo pagar lo que me dijeron en recepción. Vine sin fijarme bien en el precio y fue un error mío. No sé si hay alguna manera de resolverlo de otra forma, o de pagar en cuotas, o...
Me miró durante unos segundos que se hicieron incómodos.
—Esto no es un mercado —dijo—. Pague o tendrá que irse.
Había algo en su tono. No enojo exactamente. Más bien tensión. Como si la frase fuera un escudo que había usado antes y que sabía que funcionaba.
Me resbalé de la camilla y me acerqué a ella. La bata de papel se me abrió un poco. No lo corregí.
—Es que... —bajé la voz— ...hay algo en usted. No sé cómo explicarlo. Desde que entró no puedo dejar de mirarla.
Ella no retrocedió. No llamó a la enfermera. Se quedó quieta con la tablilla apretada contra el pecho, y en esa quietud había algo que no era rechazo.
Le toqué el brazo con la punta de los dedos, apenas rozándolo.
—Soy una médica profesional —dijo. Pero la voz le salió un par de tonos más baja de lo que pretendía.
—Lo sé —respondí—. Y es exactamente eso lo que me parece tan... interesante.
Me acerqué otro paso. Le puse la mano en la cadera, con cuidado, como si estuviera preguntando algo sin usar palabras. Ella no me apartó la mano. Su respiración cambió: se volvió más corta, más controlada, el tipo de respiración de alguien que está intentando no perder el hilo.
—Nunca he estado con alguien como usted —le susurré—. Alguien que entienda las dos partes del cuerpo. Las dos maneras de sentir.
Se quedó absolutamente inmóvil. Luego, muy despacio, bajé la mano desde su cadera hasta su muslo. Y ahí, bajo el pantalón de tela oscura, encontré lo que una parte mía ya intuía desde que había entrado por esa puerta: algo duro, insistente, que pulsaba contra la tela con una urgencia que no había forma de disimular.
La doctora soltó el aire de golpe.
—No debería... —empezó.
—Pero quiere —terminé yo.
***
La tablilla con la ficha cayó sobre la mesa auxiliar con un golpe seco. En ese pequeño gesto estaba todo: la rendición, el permiso, el antes y el después.
Le desabroché el pantalón con calma, sin apuro, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Su erección era considerable, firme, caliente al tacto. La envolví con la mano y la sentí latir contra mi palma.
—Doctora —dije en voz muy baja—, necesito que me cure.
Me volví hacia la camilla, dejé caer la bata de papel al suelo y me puse a cuatro patas sobre el papel blanco. Las rodillas crujieron un poco. No me importó.
No tuve que decir nada más.
La sentí acercarse. Sus manos en mis caderas, frías todavía, apretando con una fuerza que no esperaba. El sonido de un cajón abriéndose, algo que ella tomó sin que yo lo viera. El contacto frío del lubricante que me aplicó con dedos precisos, profesionales incluso en ese momento. Y después, el empuje: lento, firme, implacable, que me hizo aferrarme al borde de la camilla con ambas manos.
—Respira —dijo ella.
Respiré. Me abrí. El dolor inicial fue agudo, limpio, y luego se transformó en otra cosa: una presión llena y profunda que me recorrió entera desde adentro.
Empezó a moverse. Poco a poco al principio, calibrando, encontrando el ritmo. Yo apoyé la frente en el antebrazo y me entregué al vaivén, y en ese entregarse entendí por qué tres días de barriga bloqueada habían terminado llevándome exactamente ahí.
—Relájate —me dijo—. Empuja hacia abajo. Suelta.
Lo hice. Y algo cedió. Una presión acumulada durante días se liberó de golpe con una sensación de calor y alivio que no tiene comparación con ningún otro placer. No fue delicado. No fue limpio. Fue exactamente lo que era: un cuerpo liberándose por completo mientras otro lo llenaba desde adentro, y los dos procesos ocurriendo al mismo tiempo, mezclados, imposibles de separar.
Ella no paró. Si acaso, aceleró. Sus manos me apretaban con más fuerza, sin disimulo ya, sin la máscara de la profesional. Yo gemí contra mi propio brazo, tapando el sonido lo mejor que pude.
Cuando terminó, se corrió dentro de mí. Lo sentí con claridad: el pulso, el calor, el pequeño temblor en sus manos antes de soltarme despacio.
***
Nos limpiamos en silencio. Ella me pasó toallas de papel sin mirarme a los ojos, como si hubiera entrado en un modo automático. Yo me recoloqué la ropa con calma, tomé el bolso del gancho junto a la puerta y me peiné frente al espejo pequeño que había sobre el lavabo.
Al salir me detuve en el umbral.
—Gracias, doctora —dije—. Me siento mucho mejor. —Una pausa—. Y creo que estamos en paz.
Ella no respondió. Pero tampoco llamó a la enfermera para que me detuviera en recepción.
Crucé la sala de espera sin mirar a nadie, empujé la puerta de cristal y salí a la calle. El aire fresco me golpeó en la cara. Caminé dos cuadras antes de darme cuenta de que estaba sonriendo.
***
Nicolás estaba en el sofá cuando llegué a casa, con el teléfono en la mano y cara de quien ha estado a punto de llamar varias veces y se ha contenido.
—¿Cómo te fue? ¿Qué te dijeron?
Me senté a su lado. El cuerpo me pesaba de una manera agradable, como después de un masaje profundo. Me apoyé en su hombro y cerré los ojos un momento.
—Me dijo que tenía que relajarme más —respondí—. Que el bloqueo era en parte nervioso. Y me hizo una terapia muy especial para desbloquear el canal.
—¿Una terapia? —Su voz cambió de tono apenas, casi imperceptiblemente.
—Sí. —Hice una pausa, como si estuviera recordando—. Me tumbó en la camilla y me explicó que tenía que aprender a soltar. Que necesitaba ayuda manual para liberar la tensión acumulada. Y entonces me dijo que iba a ayudarme con los dedos, por detrás, para desbloquear todo.
Noté cómo Nicolás se tensaba a mi lado. El tipo de tensión que no es incomodidad sino exactamente lo contrario.
—¿En serio? —preguntó. La voz le salió un poco ronca.
—En serio. Me los metió muy despacio, primero uno, después dos, y todo el tiempo me iba diciendo que respirara, que cediera, que me relajara del todo. Y yo... —otra pausa deliberada, más larga— ...yo cedí. Me vine ahí mismo, Nico. Con sus dedos dentro, en esa camilla de consultorio. No pude evitarlo.
Él no dijo nada. Pero su respiración había cambiado, y noté otras cosas también que no dejaban lugar a dudas sobre el efecto que mi relato le estaba produciendo.
—Dios mío —susurró.
Me separé de él y lo miré de frente. Tenía los ojos entrecerrados y la mandíbula apretada, exactamente como cuando intenta controlarse y no puede.
Me puse de pie, tomé el bolso que había dejado en la mesita y me dirigí al baño.
—En fin —dije desde el pasillo—. Una consulta rara. Ya estoy curada, que es lo importante.
Cerré la puerta con suavidad. Desde adentro escuché el silencio de él procesando todo lo que le había contado, reordenándolo, buscando los bordes de lo que era real y lo que no.
Lo que le había contado era una versión. Una versión incompleta, reordenada, limada en los detalles más incómodos y aumentada en los que sabía que más le iban a afectar. La doctora sí existía. Sus manos sí habían estado dentro de mí. El resto era interpretación.
Abrí el grifo de la ducha y esperé a que el agua se calentara.
La mejor parte, pensé mientras me metía bajo el chorro, era que él nunca iba a saber con exactitud cuánto de lo que le había contado era mentira. Y cuánto era una verdad que simplemente no estaba listo para escuchar completa.