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Relatos Ardientes

Llegué antes de tiempo y los encontré en casa

La reunión se canceló a mitad de la mañana. Un problema con la documentación, dijo el cliente por teléfono, con esa voz aburrida que tienen los que te hacen perder el tiempo. Me quedé un momento sentado en el coche, frente a las oficinas, sin saber qué hacer con las próximas cuatro horas libres. Decidí volver a casa.

No llamé. Tampoco mandé un mensaje. Pensé en sorprender a Valeria, quizás llevarla a almorzar a algún sitio tranquilo. Llevábamos semanas sin hacer eso, con el trabajo absorbiendo todo el aire entre nosotros.

La puerta del garaje estaba entornada. Eso tendría que haberme detenido. Valeria siempre la cerraba con llave cuando estaba sola. Subí la escalera sin hacer ruido, pensando que quizás había salido un momento al jardín y había olvidado el seguro.

El sonido llegó antes que la imagen.

Me detuve en el pasillo, a tres metros de la puerta de nuestro dormitorio. Entreabierta. La voz de Fernando, el marido de Claudia, nuestro amigo de los últimos seis años. Y los sonidos que acompañaban esa voz no dejaban lugar a dudas.

Me acerqué sin pensar. Una parte de mí todavía esperaba equivocarse.

No me equivocaba.

Valeria estaba en cuatro, con las manos apoyadas en el cabecero de nuestra cama, recibiendo a Fernando de rodillas detrás de ella. El sudor le brillaba en la espalda. Los dedos de él aferrados a sus caderas con una familiaridad que me produjo náuseas. Ella con la cara enterrada entre los brazos, emitiendo ese quejido que yo conocía bien, que creía que era solo mío.

—Eres una gata, Valeria —decía Fernando entre jadeos—. Ya vas por la segunda y parece que todavía tienes hambre.

—No pares —respondió ella con voz ronca—. Tócame y apriétame fuerte, así.

—¿Por qué no hicimos esto antes? Habrías tenido lo que te merece sin necesitar al inútil de tu marido.

Lo que pasó a continuación no me lo esperaba.

Valeria se soltó del cabecero, se dejó caer hacia un lado y se giró de golpe. Fernando se quedó de rodillas, desconcertado, mirándola. Ella tenía el gesto contraído, no de vergüenza sino de algo que se parecía más a la furia.

—Que me comporte mal contigo no te da derecho a hablar así de Andrés —dijo con una frialdad que cortaba—. Es tu amigo. Y es diez veces el hombre que tú eres.

—Pero estás aquí conmigo.

—Sí, y es el peor error que he cometido en mi vida. Andrés no tiene ni idea de cómo eres en realidad.

—Después de esto vas a volver a llamarme, ya lo verás.

—No voy a volver a llamarte nunca. Lo que acaba de pasar aquí no va a repetirse. La próxima vez que nos veamos, será en una cena con todos, y vas a comportarte como si no hubiera ocurrido nada. Ahora necesito el baño.

Bajé la escalera con más cuidado del que había puesto al subir. Una vez en la calle, me senté en el coche y esperé, mirando la puerta del garaje. Al cabo de diez minutos, Fernando salió con paso rápido, abrochándose la chaqueta. Lo vi doblar la esquina sin mirar atrás.

Esperé cinco minutos más. Luego llamé a Valeria.

—Hola, mi amor —respondió al segundo tono, con voz tranquila, casi perfecta.

—Hola. Terminaron antes. Creo que llego en unos diez minutos.

—Perfecto. Te espero.

Aparqué a media cuadra y la observé a través del parabrisas. Valeria salió a la puerta con el pelo mojado, recién bañada, en la ropa que usaba cuando estaba en casa. Me besó cuando entré. Yo no la retiré.

—Qué bien que hayas podido volver antes —dijo—. Descansa un poco.

—Espera. Tienes un olor raro.

Dio un paso atrás. Solo uno.

—Será el calor. Me voy a duchar ahora mismo.

—Primero déjame pasar. Estoy cansado.

Subí al dormitorio. Las ventanas estaban abiertas de par en par. El edredón, arrugado. Las almohadas descolocadas. El aire tenía ese olor cerrado y específico que no hay forma de confundir con otra cosa. Me estaba quitando la chaqueta cuando Valeria entró.

—El mismo olor que en vos lo tengo acá —dije sin mirarla—. ¿Dormiste siesta?

—Sí, un momento.

—Se nota que te moviste bastante. —Agarré una punta del edredón y aparté la ropa de cama. Las sábanas estaban sin tender—. Al menos podrías haber arreglado la cama antes de que llegara.

Mientras ella se dirigía al baño, tomé una de las sábanas y la acerqué a la cara. El olor era inconfundible. La solté sobre la cama.

—Sacá esto y llevalo al lavadero. Todo. Las fundas también. Y no pongas ropa nueva porque el colchón y las almohadas también van a tener ese olor.

Entró con las manos temblorosas y fue recogiendo todo sin decir una palabra. Cuando bajé, bañado y con ropa limpia, llamé a un fletero desde el salón con el altavoz activado.

—Necesito retirar un colchón de dos plazas con sus almohadas. No sé adónde llevarlo porque quiero donarlo.

—Si no tiene destino, me lo quedo yo y no le cobro el viaje.

—Perfecto. Le mando la dirección ahora.

Valeria apareció en el umbral del salón. Estaba pálida.

—¿Dónde vamos a dormir esta noche?

—Yo en el cuarto de huéspedes. Vos elegís: el sofá, la habitación de servicio o un hotel. Lo que prefieras. Y por favor, bañate bien. Con ese olor no podría dormir ni en la misma casa.

—Nunca me hablaste de esta forma.

—Para todo hay una primera vez.

***

Pasó una semana entera hasta que compré colchón y almohadas nuevos. En ese tiempo, Valeria durmió en el cuarto de servicio. Por las mañanas, cada uno se iba a trabajar por su cuenta. Por las noches, cenábamos en silencio. Ella con la mirada baja, yo mirando hacia otro lado.

A los diez días, en la cena, rompió el silencio.

—Me duele vivir así. Parece que en cualquier momento me vas a pedir que me vaya.

—No voy a pedirte que te vayas.

—¿Por qué?

—Porque te amo.

Se quedó en silencio un momento largo.

—Yo también te amo. Pero ni siquiera me dejás acercarme.

—Es que cuando te acercás me llega ese olor. Sé que ya no está, pero lo siento igual. Los psicólogos lo llaman memoria sensorial. Una sensación llama a la otra aunque la otra ya no exista.

—¿Cuándo va a pasar?

—Quizás cuando entienda de dónde vino.

Enmudeció. Bajó los ojos al plato. Yo volví a mi silencio. La miré de reojo y vi que le temblaba el mentón. Hice a un lado la compasión. Ella tenía que decidir cuándo hablar. Yo no iba a empujarla.

Así pasaron dos meses más.

***

Las cenas del grupo de amigos continuaron, una vez por semana, en distintas casas. Fernando seguía viniendo con Claudia, igual que siempre. Una tarde, mientras nos servíamos bebidas apartados del resto, se acercó a mí.

—Andrés, hace un tiempo que te noto raro. Como si me evitaras.

—No creo estar haciendo eso.

—Entonces, ¿por qué sentís que hay algo?

El gesto que cruzó su cara fue breve pero claro. El recuerdo de aquella tarde seguía ahí, enterrado, y la posibilidad de que yo supiera algo lo ponía incómodo. No le dije nada más. No tenía ninguna intención de quitarle ese peso.

La semana siguiente nos reunimos en casa de Rodrigo y Silvia. Yo estaba charlando con Claudia sobre algo intrascendente cuando escuché la voz de Valeria subir de tono.

—Claudia, ¿sabés lo que acaba de hacer tu marido?

Todos nos giramos.

—No, contame.

—Me puso la mano en el muslo mientras me decía que lo único que le faltaba para que la noche fuera perfecta era llevarse a casa a una mujer como yo.

Fernando carraspeó.

—Fue una broma. Una broma de mal gusto, lo reconozco. Pido disculpas.

Claudia lo miraba con una expresión que yo conocía bien: la de alguien que lleva tiempo acumulando preguntas sin respuesta.

—Andrés —dijo Valeria, girándose hacia mí—, ¿qué opinás?

—Que me alegra que Fernando pida disculpas —respondí—. Y que estoy muy orgulloso de mi mujer por haberlo dicho en voz alta. —Hice una pausa—. Y que confío en ella completamente.

Dije las últimas palabras mirándola a ella, directo a los ojos. Valeria bajó la cabeza.

—Disculpen a todos. No me siento bien. Andrés, ¿me llevás a casa?

***

Manejé en silencio. A mitad del camino, sin mirar, vi que se pasaba el dorso de la mano por la mejilla. Extendí el brazo y tomé su mano. Fue el primer contacto físico en cuatro meses. Ella se quedó quieta un segundo y luego envolvió mi mano entre las dos suyas, la apoyó contra su mejilla húmeda y la besó.

Entramos a casa tomados de la mano.

Esa noche, ya en la cama, la abracé. Su cabeza quedó apoyada en el hueco de mi hombro. Estuvo unos minutos en silencio y después empezó a llorar, primero despacio, luego con sollozos que le sacudían el pecho. Le besé la frente y esperé.

—Quiero contártelo —dijo cuando pudo hablar—. No puedo seguir cargando con esto sola.

—Te escucho.

—Te fui infiel. Una sola vez. En el momento mismo en que pasaba ya sabía que había cometido el peor error de mi vida. Me prometí que no volvería a ocurrir y cumplí esa promesa. No te lo conté antes por miedo a perderte, no por querer engañarte. Andrés, te pido perdón. Lo que decidas va a estar bien, aunque me duela.

Guardé silencio un momento.

—Vení —dije—. Dormamos. Que el cuerpo del otro nos recuerde que seguimos aquí.

***

A la mañana siguiente, cuando ella volvió del baño, la envolví por la espalda. Mis manos empezaron a moverse con calma, sin apuro, recorriendo su vientre, sus pechos, su cadera. Ella se apoyó contra mí y cerró los ojos. Cuando sentí que estaba lista, entré despacio.

—Sí —susurró—. Cuánto necesitaba esto.

Estuvimos así un rato largo, sin prisa, recuperando algo que habíamos dejado de hacer con atención. Después, en voz baja, preguntó si podíamos cambiar de posición.

—Prefiero que esperemos un poco —dije—. Cuando el tiempo haya pasado, lo hacemos de todas las formas que quieras.

Se quedó quieta. Luego tomó la almohada y la apretó contra su cara. Lloró unos segundos. Cuando la soltó, sus ojos me buscaron.

—Nos viste.

No era una pregunta.

—Sí. Vi también cómo lo defendiste. Escuché lo que dijiste. Y te creí cuando prometiste que no volvería a pasar.

Estuvo en silencio un momento largo.

—¿Alguna vez va a irse ese recuerdo?

—No lo sé. Pero podemos trabajar para que se vaya lejos.

Me miró con algo que hacía meses que no veía en su cara. No era alivio exactamente. Era algo más parecido a volver a estar en el mismo lugar después de haber estado perdidos por separado.

—Dime cómo —dijo.

—Empezamos hoy —respondí—. Y vamos despacio.

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Comentarios (5)

Rulo88

tremendo relato, me dejo sin palabras. Esa tension al otro lado de la puerta... increible

SofíaMdq

Que final tan inesperado! No me lo esperaba para nada. Por favor escribi mas!!

CarlosMza

Excelente

PacoLector

Me recordo a algo parecido que viví hace años. Ese momento de paralizacion cuando ves lo que no deberias... escalofriantemente real.

MartaK_lec

Muy bien narrado, se nota que sabes escribir. El ritmo esta muy logrado, no se hace pesado en ningun momento. Esperando el proximo!

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