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Relatos Ardientes

La fantasía que mi mujer no sabe que tengo

Para entender lo que me pasa, primero tengo que ser honesto sobre algo: la última vez que me corrí con mi mujer, estaba pensando en otro hombre haciéndolo en mi lugar.

No fue una imagen vaga ni un destello fugaz. Fue nítida y detallada. Un desconocido, más corpulento que yo, follando a Laura por detrás con una determinación que yo nunca tengo. Sus manos aferradas a sus caderas. Los gruñidos que se le escapaban con cada embestida. Y mientras lo imaginaba, me puse más duro de lo que había estado en meses.

Me pregunto si soy un enfermo. Me lo pregunto cada vez que termina.

***

Laura tiene treinta y tres años, el pelo castaño hasta los hombros y unas curvas que hacen que los hombres en la calle giren la cabeza cuando pasa. Llevamos siete años casados. El sexo entre nosotros sigue siendo bueno, no voy a mentir. Ella sabe lo que le gusta y no tiene vergüenza de pedirlo. Pero desde hace un tiempo mi mente no se queda quieta mientras estamos juntos. Empieza en el momento en que la toco y no para hasta que termino.

Esa noche en particular ella estaba boca arriba, los ojos entrecerrados, la boca ligeramente abierta. Yo estaba encima, moviéndome despacio al principio, notando cómo su cuerpo respondía. Sus piernas me rodeaban la cintura. Sus pechos se movían suavemente con cada embestida. Era real. Era mi mujer. Era algo bueno.

Y aun así, mi cabeza se fue a otro sitio.

Apareció la imagen de siempre: un hombre que no conozco, de espaldas anchas, con las manos apoyadas en las caderas de Laura mientras la penetra con fuerza desde atrás. Ella con la cara hundida en la almohada, gimiendo más alto de lo que gime conmigo. Él respirando pesado, casi rugiendo, diciéndole cosas al oído que yo no escucho pero sé que no son tiernas.

Me puse más duro todavía.

Me corrí en menos de un minuto después de eso.

***

No sé cuándo empezó exactamente. Fue gradual, como todas las cosas que terminan siendo un problema.

Primero fueron los comentarios de otros hombres. Ella tiene redes sociales, poca cosa: fotos de viajes, algún selfie en la playa con amigas. Pero hay hombres que escriben. «Guapísima», «menuda foto», «qué ojos tienes». Y yo, en lugar de ponerme celoso como haría cualquiera, notaba algo distinto. Una especie de calor en el pecho que no era rabia.

Después fue aquella noche en una cena de empresa. Yo estaba en el otro extremo de la sala cuando vi que un compañero suyo le hablaba muy cerca, demasiado cerca para ser solo una conversación de trabajo. Laura se reía. Él la miraba de esa manera. Cuando nos fuimos, no dijimos nada del asunto.

Esa noche, cuando llegamos a casa y la desnudé, no podía dejar de pensar en ese hombre y en la forma en que ella le había sonreído. La follé con una intensidad que hacía meses que no tenía. Ella me preguntó qué me había pasado esa noche. Le dije que no sé, que tenía ganas.

No era mentira del todo.

***

Lo de las fotos vino después. No fue premeditado, o eso me digo a mí mismo. Una mañana Laura salió de la ducha envuelta en la toalla y yo tenía el teléfono en la mano. Le hice una foto antes de que se diera cuenta. Borrosa, mal encuadrada, pero existía. La guardé en una carpeta escondida con contraseña.

Durante semanas no hice nada con ella. Solo la miraba de vez en cuando cuando estaba solo en casa.

Hasta que encontré ciertos foros en internet.

Comunidades donde los hombres comparten fotos de sus parejas sin que ellas lo sepan. Los comentarios son directos, sin ningún tipo de filtro. Hombres describiendo lo que le harían a la mujer de otro con una precisión que no tiene nada de romántica y todo de animal.

Subí la foto de Laura.

Los comentarios llegaron en minutos.

«Qué buena está. Me la comía entera.»

«Tiene pinta de que en la cama es una fiera.»

«Sube más. Necesito ver más de ella.»

«Si quieres, yo me encargo de enseñarle lo que es un polvo de verdad.»

Leí cada uno de pie en el baño, con el corazón acelerado y la polla tan dura que dolía. No era el contenido exactamente lo que me ponía así. Era la idea de que había desconocidos mirando a mi mujer, deseándola, imaginando cosas con ella. Y yo era el único que sabía que esa foto era real y que la mujer de la imagen dormía en mi cama.

Me masturbé esa noche dos veces seguidas.

***

Fui tomando más fotos. Aprendí a hacerlo sin que ella se diera cuenta. Mientras dormía, cuando se cambiaba de ropa, cuando salía del baño con el pelo mojado. Fotos que no eran explícitas pero que insinuaban lo suficiente: las curvas bajo la tela de la camiseta, el contorno de su cuerpo en la penumbra, el escote cuando se agachaba a recoger algo del suelo.

Las subía. Los hombres respondían. Y yo leía todo mientras me masturbaba en el baño, imaginando que Laura sabía lo que estaba pasando. Que estaba leyendo los mismos comentarios que yo. Que se mojaba igual que yo me ponía duro.

Una vez intenté hacer algo parecido a lo real. Creé un perfil falso con algunas de sus fotos menos reconocibles. Me hice pasar por ella durante tres días. Los mensajes que llegaban eran predecibles: cumplidos baratos, propuestas directas, alguno que preguntaba cuándo podíamos quedar. Los respondía. Pero tenía la sensación permanente de que era teatro malo. Yo sabía que no era ella quien leía esos mensajes. Que la excitación era prestada y falsa.

Lo dejé a los pocos días.

Lo que sí funcionó de verdad fue otra cosa.

***

Empecé a grabarla.

No de golpe. Primero fue el audio. Dejaba el teléfono en la mesita de noche antes de que empezáramos, con la grabadora activa. Ella no lo veía. Creía que estaba cargando. Y yo capturaba sus gemidos reales: los que hacía cuando le besaba el cuello, los que se le escapaban sin querer cuando la penetraba profundo, esa respiración entrecortada justo antes de que se corriera.

La primera noche que me masturbé con uno de esos audios tuve que taparme la boca para no hacer ruido. Ella dormía a mi lado. Yo tenía los auriculares puestos y escuchaba su voz de diez minutos antes mientras me lo hacía. Cerraba los ojos e imaginaba que era otro hombre el que estaba dentro de ella, provocando esos sonidos. Que esos gemidos que yo conocía tan bien eran para alguien más.

Fue la vez que me he corrido con más intensidad en los últimos años.

***

Después llegaron las cámaras.

Compré tres, pequeñas, sin luces visibles, con visión nocturna. Las instalé en el dormitorio con cuidado durante una tarde que Laura estuvo fuera visitando a su hermana. Una en la lámpara del techo, apuntando hacia la cama desde arriba. Otra camuflada en el marco de un cuadro, de frente. La tercera en una estantería lateral, para captar el perfil del cuerpo.

Esa semana estuvimos juntos cuatro veces.

Volver a ver esas grabaciones cuando estoy solo en casa es algo que no sé muy bien cómo describirle a nadie. Laura no actúa. No exagera. Es ella de verdad: la forma en que mueve las caderas, cómo apoya las manos en el cabecero cuando está a cuatro patas, ese momento en que cierra los ojos y tuerce ligeramente la cabeza hacia un lado justo antes de correrse. Todo real. Todo suyo. Nada fabricado.

Y yo lo veo imaginando que no soy yo quien está detrás de ella. Que hay otro hombre, uno de esos que se ofrecieron en los foros, dentro de ella, haciéndola llegar a ese punto. Que esos gemidos son para él. Que esa cara es la cara que pone para otro.

La cámara del techo captura bien su cara. La del cuadro, sus pechos moviéndose con cada embestida. La lateral, la curva completa de su cuerpo en la oscuridad. Tengo material que haría enloquecer a cualquiera de esos foros donde antes subía fotos estáticas.

Pero no he subido nada de estas grabaciones.

Todavía no.

Hay algo en ese paso que me frena. No sé si es miedo o algo parecido a la decencia que todavía me queda. Mientras las fotos eran imágenes fijas, podía convencerme de que no era tan grave. Pero un vídeo es otra cosa. Un vídeo con su cara, con su voz, con ese gemido ronco que se le escapa cuando se corre de verdad... eso ya no se puede deshacer una vez que está ahí fuera.

***

Hace unos meses intenté decirle algo. No todo. Solo una parte pequeña.

Elegí un momento tranquilo, después de cenar, cuando los dos estábamos en el sofá. Le dije que a veces fantaseo con imaginarla con otro hombre. Que la idea me excitaba. Lo dije de la forma más calmada que pude, como si fuera una confesión menor, como si fuera algo que otras parejas hablan con normalidad.

Laura me miró unos segundos en silencio.

—Eso no va conmigo —dijo. Sin dureza, pero sin ningún margen—. No quiero ni pensarlo.

Me besó en la mejilla y cambió de tema. No con enfado. Solo cerrando una puerta.

No hemos vuelto a hablar de ello.

***

Sigo haciéndolo. Eso es lo que no sé cómo contarme a mí mismo sin que suene tan mal como suena.

Sigo tomando fotos cuando puedo. Sigo grabando cuando estamos juntos. Sigo masturbándome con el material que tengo, imaginando lo mismo de siempre: un desconocido con las manos en sus caderas, su voz quebrándose de una forma que yo conozco bien pero finjo que no soy yo quien la provoca.

El porno convencional ya no me dice nada. Todo parece fabricado: los gemidos son actuados, los cuerpos demasiado perfectos, los escenarios ridículos. Nada se siente como algo que pueda pasarle a alguien real. Nada me llega.

Pero escuchar la voz de Laura en una grabación de la semana pasada, sabiendo que es auténtica, sabiendo que fue en nuestra cama y que ella no tiene ni idea de que esa grabación existe... eso sí funciona. Eso es lo único que funciona del todo.

A veces pienso en lo que pasaría si lo supiera. No en cómo me lo reprocharía ni en qué cara pondría. Sino en si, en algún rincón que nunca me muestra, le produciría algo parecido a lo que me produce a mí. Si escuchar a desconocidos describir lo que le harían la encendería o la espantaría del todo.

No lo sé. Y no se lo voy a preguntar.

***

Lo que sí sé es que esta noche, cuando apague la luz y me acerque a ella, y ella ponga la mano en mi pecho con ese gesto tan suyo, y empecemos despacio como siempre empezamos... mi cabeza va a irse a otro sitio.

Va a aparecer el hombre de siempre. Sin cara concreta. Con las manos en sus caderas. Haciéndola gemir de esa manera que yo reconozco pero finjo que es ajena.

Y me voy a correr pensando en eso.

Y después me voy a quedar un rato despierto con el corazón latiendo fuerte, mirando el techo en la oscuridad, preguntándome si hay algo roto en mí o si hay miles de hombres que sienten exactamente lo mismo y nunca se lo dicen a nadie.

Supongo que eso tampoco lo voy a saber.

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Comentarios (6)

SilencioNocturno

que relato... me quede pensando un buen rato después de terminarlo. se siente muy real

Valeria_MX

Hay algo muy honesto acá que no se ve seguido. Me gustó mucho

Sebas22

buenisimo!! quiero mas de esto

CarlosBsAs

Corto pero intenso, justo como tiene que ser. Seguí escribiendo!

Mari_J81

Me pregunto si ella realmente no lo sabe jajaja. Muy buen relato, gracias por compartirlo

lectora_cba

me resulto increiblemente cercano lo que contás. creo que mas de uno se identifica aunque no lo admita facilmente

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