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Relatos Ardientes

La chica que me enseñó lo que nunca imaginé sentir

Hay cosas que uno sabe antes de saber que las sabe. Eso lo entendí mucho después, mirando hacia atrás. En ese momento solo sabía que estudiaba en un colegio de señoritas, que tenía dieciséis años, y que había algo en la manera en que ciertas chicas se movían por los pasillos que me costaba trabajo ignorar. No era admiración, aunque durante mucho tiempo me dije que sí lo era. Era otra cosa, más física, más incómoda, con ese calor en el pecho que no sabes bien a dónde poner.

Pasaban por mi lado en el recreo y yo las seguía con la vista sin proponérmelo. Una en particular, con el pelo largo y una manera de reírse que ocupaba demasiado espacio en mi cabeza. Nunca le dije nada. Ni a ella ni a nadie. Me limité a guardar esa sensación en algún cajón y a no abrirlo.

Al mismo tiempo, los chicos existían para mí de una manera perfectamente funcional. Me gustaban, los buscaba, me ilusionaba cuando uno me prestaba atención. Era fácil decirme que lo de las chicas era solo curiosidad, algo pasajero, que con el tiempo se iría asentando. Hice eso durante años.

Mi primer novio se llamaba Marcos. Lo conocí a los veinte años, en una reunión de amigos en común. Era tranquilo, leía mucho, y tenía esa timidez de las personas que se han acostumbrado a estar en sus propias cabezas. No me enamoré de él en el sentido que esperaba, pero me gustaba su compañía y pensé que eso era suficiente para intentarlo.

Estuvimos juntos algo más de un año. Tuvimos sexo muchas veces y no era malo. Lo pasaba bien en el momento, pero siempre quedaba algo sin resolver, una sensación difícil de ubicar, como cuando una canción termina y te parece que le faltó algo aunque no sepas qué. Lo dejé después de un invierno en el que esa sensación fue más constante que cualquier otra. Él lo tomó mal. Siguió escribiéndome durante semanas con la misma petición, y cada vez que le decía que no, el no era un poco más fácil que el anterior.

Luego vinieron cinco meses de nada en particular. Salidas con amigas, trabajo, rutina. Fue en ese tiempo cuando Valeria apareció en mi feed de Instagram.

***

Una amiga en común la había etiquetado en una foto y algo me hizo detenerme en su perfil: el pelo negro muy corto, la forma en que sonreía en las fotos como si se estuviera guardando la parte más interesante. La seguí sin pensarlo mucho. Ella me siguió de vuelta al día siguiente.

Empezamos a escribirnos. Primero comentarios en publicaciones, luego mensajes directos, luego conversaciones que se extendían hasta pasada la medianoche sin que ninguna de las dos lo propusiera. Ella era abiertamente lesbiana y lo mencionó sin hacer de ello un gran anuncio, simplemente como parte de quién era, con la misma naturalidad con la que uno dice que prefiere el café al té. Yo no dije nada en particular sobre mí misma. No había nada que decir, me repetía.

Un martes por la tarde me escribió para preguntarme si quería tomar algo esa semana. Propuso un bar que conocía, sin más detalles. Contesté que sí antes de terminar de leer el mensaje.

Llegué diez minutos tarde porque estuve demasiado rato eligiendo qué ponerme. Ella ya estaba en la barra con una copa de vino blanco y esa misma sonrisa de las fotos que, en persona, resultaba todavía más difícil de descifrar. Era más alta de lo que esperaba. Llevaba una camisa de rayas finas y unos jeans oscuros, y tenía una manera de apoyarse en la barra, con los codos, que hacía que todo pareciera muy casual aunque yo no me sintiera casual para nada.

—Pensé que te habías arrepentido —dijo cuando me vio llegar.

—Me perdí —mentí.

Pedimos algo de tomar y nos quedamos en la barra un buen rato, hablando de trabajo, de música, de una serie que las dos habíamos visto el mismo mes por casualidad. Era fácil hablar con ella. Demasiado fácil para que yo pudiera seguir diciéndome que aquello era solo una salida entre conocidas.

Después de un par de horas propuso ir a bailar a un local que estaba a tres cuadras. El espacio era pequeño y estaba medio lleno, con la música suficientemente alta como para que hablar requiriera acercarse. Empezamos a bailar con cierta distancia entre nosotras, luego con menos, luego directamente sin distancia. Era ese tipo de movimiento que no requiere que nadie tome ninguna decisión en particular; simplemente ocurre.

Cuando me tomó la mano en medio de la pista, la dejé. Cuando me miró, sostuve la mirada sin apartarla. Cuando se inclinó hacia mí, no me moví.

El beso fue breve. Sus labios eran suaves y ella no empujó más allá de lo que yo permitía. Me separé un poco, con el corazón latiéndome de una manera que no era precisamente miedo, aunque tampoco era calma.

—Estás nerviosa —dijo. No era una pregunta.

—Un poco —admití.

Apretó mi mano y no dijo nada más sobre eso. Seguimos bailando, nos besamos otras veces a lo largo de la noche, siempre breve, siempre con ese cuidado que ella tenía y que yo agradecí sin decírselo.

***

A las cinco de la mañana, cuando ya hablábamos de irnos, le llegó un mensaje. Unos amigos la invitaban a un cumpleaños improvisado en un departamento cercano y le preguntaban si quería acercarse. Me preguntó si quería ir yo también. Dudé tres segundos. Dije que sí.

Había unas diez personas sentadas en el suelo del salón, con música bajita de fondo y botellas de vino por la mitad. El ambiente era tranquilo, casi adormilado, esa calma que tienen las noches cuando ya son de madrugada y la gente ha perdido el impulso de ser divertida. Me senté junto a Valeria, hablé con los que tenía cerca, tomé lo que me ofrecieron.

Cuando ya eran pasadas las ocho de la mañana, ella anunció que no aguantaba más, que se iba a acostar. Los dueños del piso le indicaron una habitación. Antes de levantarse me miró.

—¿Vienes?

Me levanté.

La habitación era pequeña, con la persiana echada y una cama individual. Nos acostamos sin desnudarnos, aunque eso no duró mucho. Empezamos a besarnos y el beso fue diferente al de la pista, más largo, con más intención, con sus manos moviéndose por mi espalda y mis costados mientras yo le devolvía el gesto sin saber muy bien qué hacía pero haciéndolo de todas formas.

Entonces su mano bajó por mi cadera y algo en mí se tensó.

—Para —dije.

Se detuvo al instante. Sin pregunta, sin dramatismo. Solo me miró.

—Está bien —dijo. Y lo decía en serio.

Nos dormimos poco después, ella con un brazo sobre mi cintura y yo con los ojos abiertos en el techo durante bastante tiempo, escuchando la música lejana del salón, pensando en nada concreto.

***

Una semana después la invité a mi casa. Mis padres habían salido ese fin de semana y yo tenía el apartamento para mí sola. Le dije que pasara, que veíamos algo, que comíamos. Cuando colgué el teléfono me quedé un momento quieta frente a la ventana.

Sé exactamente por qué la estoy invitando.

Llegó a las ocho con una bolsa con queso, aceitunas y una botella de vino tinto. Pusimos una película en el sofá, comimos algo, hablamos con la tele de fondo. En algún momento del segundo tramo de la película noté que llevaba un buen rato sin mirar la pantalla. Solo la miraba a ella: la manera en que tenía las piernas recogidas sobre el sofá, cómo sostenía la copa con los dedos, cómo le caía un mechón de pelo sobre la mejilla cuando giraba la cabeza.

Cuando ella giró la cabeza hacia mí, fui yo quien la besó.

Se sorprendió. Lo noté en ese segundo de pausa antes de responder. Pero respondió. Me tomó la cara con las dos manos y nos besamos despacio, sin música ni oscuridad de local, con la luz de la televisión iluminando el sofá y la película siguiendo sola sin que ninguna le prestara atención.

Esta vez no paré.

Nos recostamos en el sofá sin dejar de tocarnos. Sus manos recorrieron mi cuerpo sin prisa, con esa atención que se nota cuando alguien está de verdad presente y no solo siguiendo un guión. Me desabrochó la ropa despacio y yo hice lo mismo con la suya, y cuando las dos quedamos casi sin nada y ella me miró, no aparté la vista.

Empezó a besarme el cuello, luego la clavícula, luego el pecho. Fue bajando poco a poco, sin apuro, mientras yo dejaba de pensar en cualquier cosa que no fuera lo que sentía en ese momento. Cuando sus labios llegaron a mi vientre solté el aire de golpe. Cuando siguió bajando, cerré los ojos y apreté los dedos sobre el cojín del sofá.

Lo que siguió fue preciso y muy paciente. Ella sabía lo que hacía y lo hacía sin necesitar ninguna confirmación, con una concentración que era en sí misma una forma de presencia. Llegué al orgasmo con las caderas arqueadas y un sonido que salió solo, sin que yo lo buscara, y me quedé quieta unos segundos después mirando el techo, con el corazón golpeando fuerte en el pecho y en los oídos.

—¿Bien? —preguntó desde donde estaba.

—Muy bien —conseguí decir.

Le tendí la mano y la guié hacia arriba hasta que estuvo a mi lado, y la besé, y luego la tomé de la mano y la llevé a mi habitación. Cerramos la puerta aunque no había nadie más. Le hice lo que ella me había hecho, despacio, aprendiendo sobre la marcha, siguiendo sus reacciones, el ritmo de su respiración, la manera en que sus caderas se movían sin que ella se lo pidiera. No era experta. Era honesta. Y eso resultó ser suficiente.

Cuando terminamos nos quedamos tumbadas en la cama, sin hablar, con la ventana entreabierta y el ruido de la calle filtrándose desde fuera. Ella me pasaba la mano por el brazo, arriba y abajo, distraída.

—¿En qué piensas? —preguntó al cabo de un rato.

—En que tardé demasiado en hacer esto —dije.

Ella se rio. Una risa corta, tranquila, sin burla. Y no dijo nada más.

***

Estuvimos juntas unos meses. Ella tenía un carácter difícil de sostener con el tiempo, esa intensidad que al principio parece seguridad y luego resulta agotadora. No terminamos mal, simplemente terminamos. Lo que quedó no fue solo el recuerdo de esas noches sino algo más difícil de ignorar: la certeza de que lo que había estado guardando en ese cajón durante años era tan real como cualquier otra cosa que hubiera sentido. No necesitaba que nadie me lo confirmara. Pero fue bueno comprobarlo de todas formas.

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Comentarios (9)

Marcos_79

increible!!! me engancho desde el primer parrafo

ValentinaS

Necesito la segunda parte por favor, no puedo quedarme asi con este final

CarlaDeNoche

Que bien escrito, se siente tan real y honesto. Sigue subiendo relatos!

Santi_cba

Me recordo a algo que me pasó hace años y que demoré demasiado en aceptar. Gracias por contarlo tan bien.

PatricioSur

Muy buena narrativa, te metés en la historia desde la primera línea y no te soltás. Espero leer mas pronto. Saludos!

GonzaOK

ese final me dejo pensando un buen rato, potentisimo

MaiteR_03

¿tiene continuacion? porque sino me quedo con el corazon partido jaja

EloísaK

La forma de describir ese momento de reconocerse fue muy especial. Corto pero con mucho peso.

romi_78

muy lindo, en serio

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