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Relatos Ardientes

La chica que me enseñó lo que nunca imaginé sentir

Hay cosas que uno sabe antes de saber que las sabe. Eso lo entendí mucho después, mirando hacia atrás. En ese momento solo sabía que estudiaba en la facultad, que tenía diecinueve años, y que había algo en la manera en que ciertas chicas se movían por los pasillos que me costaba trabajo ignorar. No era admiración, aunque durante mucho tiempo me dije que sí lo era. Era otra cosa, más física, más incómoda, con ese calor en el pecho que no sabes bien a dónde poner.

Pasaban por mi lado entre clases y yo las seguía con la vista sin proponérmelo. Una en particular, con el pelo largo y una manera de reírse que ocupaba demasiado espacio en mi cabeza. Nunca le dije nada. Ni a ella ni a nadie. Me limité a guardar esa sensación en algún cajón y a no abrirlo.

Al mismo tiempo, los chicos existían para mí de una manera perfectamente funcional. Me gustaban, los buscaba, me ilusionaba cuando uno me prestaba atención. Era fácil decirme que lo de las chicas era solo curiosidad, algo pasajero, que con el tiempo se iría asentando. Hice eso durante años.

Mi primer novio se llamaba Marcos. Lo conocí a los veintidós años, en una reunión de amigos en común. Era tranquilo, leía mucho, y tenía esa timidez de las personas que se han acostumbrado a estar en sus propias cabezas. No me enamoré de él en el sentido que esperaba, pero me gustaba su compañía y pensé que eso era suficiente para intentarlo.

Estuvimos juntos algo más de un año. Follamos muchas veces y no era malo. Él se ponía encima, me abría las piernas con las rodillas, y me metía la polla despacio primero, luego con esa concentración de quien está haciendo bien la tarea, empujándomela hasta el fondo con embestidas parejas y previsibles, mordiéndome el hombro cuando estaba por correrse. Yo le chupaba la verga cuando me lo pedía, con las rodillas en la alfombra y su mano en mi nuca marcando el ritmo, tragándomela hasta la garganta hasta que se me llenaban los ojos de agua, y él se corría en mi boca o en mis tetas según le diera, con esos gruñidos cortos que no cambiaban nunca. A veces terminaba en mi cara y me dejaba las mejillas pegajosas de semen mirándome desde arriba como si acabara de descubrir un truco nuevo. Otras me lo montaba yo, moviendo las caderas encima suyo hasta que me venía con la verga bien metida, apretándole los pectorales con las manos, tocándome el clítoris con dos dedos mientras él me miraba las tetas rebotar, y funcionaba, y me venía, y estaba bien. También me la metía por detrás alguna vez, con mi cara contra la almohada y él sujetándome de las caderas, follándome duro hasta descargarme adentro con un gruñido más largo, y también funcionaba, y también me venía. Pero siempre quedaba algo sin resolver, una sensación difícil de ubicar, como cuando una canción termina y te parece que le faltó algo aunque no sepas qué. Lo dejé después de un invierno en el que esa sensación fue más constante que cualquier otra. Él lo tomó mal. Siguió escribiéndome durante semanas con la misma petición, y cada vez que le decía que no, el no era un poco más fácil que el anterior.

Luego vinieron cinco meses de nada en particular. Salidas con amigas, trabajo, rutina. Fue en ese tiempo cuando Valeria apareció en mi feed de Instagram.

***

Una amiga en común la había etiquetado en una foto y algo me hizo detenerme en su perfil: el pelo negro muy corto, la forma en que sonreía en las fotos como si se estuviera guardando la parte más interesante. La seguí sin pensarlo mucho. Ella me siguió de vuelta al día siguiente.

Empezamos a escribirnos. Primero comentarios en publicaciones, luego mensajes directos, luego conversaciones que se extendían hasta pasada la medianoche sin que ninguna de las dos lo propusiera. Ella era abiertamente lesbiana y lo mencionó sin hacer de ello un gran anuncio, simplemente como parte de quién era, con la misma naturalidad con la que uno dice que prefiere el café al té. Yo no dije nada en particular sobre mí misma. No había nada que decir, me repetía.

Un martes por la tarde me escribió para preguntarme si quería tomar algo esa semana. Propuso un bar que conocía, sin más detalles. Contesté que sí antes de terminar de leer el mensaje.

Llegué diez minutos tarde porque estuve demasiado rato eligiendo qué ponerme. Ella ya estaba en la barra con una copa de vino blanco y esa misma sonrisa de las fotos que, en persona, resultaba todavía más difícil de descifrar. Era más alta de lo que esperaba. Llevaba una camisa de rayas finas y unos jeans oscuros, y tenía una manera de apoyarse en la barra, con los codos, que hacía que todo pareciera muy casual aunque yo no me sintiera casual para nada.

—Pensé que te habías arrepentido —dijo cuando me vio llegar.

—Me perdí —mentí.

Pedimos algo de tomar y nos quedamos en la barra un buen rato, hablando de trabajo, de música, de una serie que las dos habíamos visto el mismo mes por casualidad. Era fácil hablar con ella. Demasiado fácil para que yo pudiera seguir diciéndome que aquello era solo una salida entre conocidas.

Después de un par de horas propuso ir a bailar a un local que estaba a tres cuadras. El espacio era pequeño y estaba medio lleno, con la música suficientemente alta como para que hablar requiriera acercarse. Empezamos a bailar con cierta distancia entre nosotras, luego con menos, luego directamente sin distancia. Era ese tipo de movimiento que no requiere que nadie tome ninguna decisión en particular; simplemente ocurre.

Cuando me tomó la mano en medio de la pista, la dejé. Cuando me miró, sostuve la mirada sin apartarla. Cuando se inclinó hacia mí, no me moví.

El beso fue breve. Sus labios eran suaves y ella no empujó más allá de lo que yo permitía. Me separé un poco, con el corazón latiéndome de una manera que no era precisamente miedo, aunque tampoco era calma.

—Estás nerviosa —dijo. No era una pregunta.

—Un poco —admití.

Apretó mi mano y no dijo nada más sobre eso. Seguimos bailando, nos besamos otras veces a lo largo de la noche, siempre breve, siempre con ese cuidado que ella tenía y que yo agradecí sin decírselo.

***

A las cinco de la mañana, cuando ya hablábamos de irnos, le llegó un mensaje. Unos amigos la invitaban a un cumpleaños improvisado en un departamento cercano y le preguntaban si quería acercarse. Me preguntó si quería ir yo también. Dudé tres segundos. Dije que sí.

Había unas diez personas sentadas en el suelo del salón, con música bajita de fondo y botellas de vino por la mitad. El ambiente era tranquilo, casi adormilado, esa calma que tienen las noches cuando ya son de madrugada y la gente ha perdido el impulso de ser divertida. Me senté junto a Valeria, hablé con los que tenía cerca, tomé lo que me ofrecieron.

Cuando ya eran pasadas las ocho de la mañana, ella anunció que no aguantaba más, que se iba a acostar. Los dueños del piso le indicaron una habitación. Antes de levantarse me miró.

—¿Vienes?

Me levanté.

La habitación era pequeña, con la persiana echada y una cama individual. Nos acostamos sin desnudarnos, aunque eso no duró mucho. Empezamos a besarnos y el beso fue diferente al de la pista, más largo, con más intención, con sus manos moviéndose por mi espalda y mis costados mientras yo le devolvía el gesto sin saber muy bien qué hacía pero haciéndolo de todas formas.

Entonces su mano bajó por mi cadera y algo en mí se tensó.

—Para —dije.

Se detuvo al instante. Sin pregunta, sin dramatismo. Solo me miró.

—Está bien —dijo. Y lo decía en serio.

Nos dormimos poco después, ella con un brazo sobre mi cintura y yo con los ojos abiertos en el techo durante bastante tiempo, escuchando la música lejana del salón, pensando en nada concreto.

***

Una semana después la invité a mi casa. Mis padres habían salido ese fin de semana y yo tenía el apartamento para mí sola. Le dije que pasara, que veíamos algo, que comíamos. Cuando colgué el teléfono me quedé un momento quieta frente a la ventana.

Sé exactamente por qué la estoy invitando.

Llegó a las ocho con una bolsa con queso, aceitunas y una botella de vino tinto. Pusimos una película en el sofá, comimos algo, hablamos con la tele de fondo. En algún momento del segundo tramo de la película noté que llevaba un buen rato sin mirar la pantalla. Solo la miraba a ella: la manera en que tenía las piernas recogidas sobre el sofá, cómo sostenía la copa con los dedos, cómo le caía un mechón de pelo sobre la mejilla cuando giraba la cabeza.

Cuando ella giró la cabeza hacia mí, fui yo quien la besó.

Se sorprendió. Lo noté en ese segundo de pausa antes de responder. Pero respondió. Me tomó la cara con las dos manos y nos besamos despacio, primero, y después nada de despacio: le metí la lengua en la boca y ella me la mordió apenas, chupándomela después, y sentí cómo se me apretaban los pezones contra el sujetador de solo eso. Se me clavó una humedad rápida entre las piernas, más de la que había sentido nunca por un beso, y las bragas se me pegaron al coño de golpe.

Esta vez no paré.

Nos recostamos en el sofá sin dejar de tocarnos. Ella se me puso encima con una pierna metida entre las mías y empezó a moverse apenas, restregándose contra mi muslo mientras me besaba, y yo sentí cómo se le marcaba el hueso de la pelvis contra mi cadera. Sus manos me subieron por debajo de la camiseta y me agarraron las tetas por encima del sujetador, apretándomelas con las palmas abiertas, y después por debajo, con los pulgares raspándome los pezones hasta ponérmelos tan duros que dolía. Me pellizcó uno entre el pulgar y el índice y se me escapó un jadeo contra su boca que ella se tragó entero. Le saqué la camisa de rayas por la cabeza y le mordí el cuello, y ella soltó una risa baja, ronca, que no era la risa que le había escuchado hasta entonces.

—Sabía que ibas a soltarte —me dijo al oído—. Te vi la cara toda la noche. No podías ni mirarme sin apretar los muslos.

No contesté. Le desabroché los jeans y metí la mano hasta abajo, sin preámbulo, hasta encontrarle el coño por encima de la ropa interior, y estaba empapada. La braga se le pegaba a los labios y sentí cómo el calor le subía contra la palma cuando la apreté. Le pasé los dedos por encima de la tela, siguiendo el surco de los labios, y noté cómo se le marcaba el clítoris hinchado contra el algodón. Ella abrió más las piernas, empujándose contra mi mano, y me mordió el labio inferior.

—Joder —dijo, y me clavó los dedos en la espalda—. Métela por debajo. Tócamelo.

Le hice caso. Colé los dedos por dentro de la braga y le encontré el coño desnudo, resbaloso, ardiendo. Le pasé el dedo mayor de arriba a abajo, sintiéndole los labios bien abiertos, el clítoris duro como una piedrita pequeña, y ella soltó otro joder más largo, más quebrado. Le metí la punta del dedo apenas, un centímetro, y la vi cerrar los ojos y morderse el labio.

Ella me apartó la mano con suavidad y se enderezó un poco.

—Esperá —dijo con la voz densa—. Deja que te haga a vos primero.

Me desabrochó la ropa despacio, todo lo contrario a lo que le hacían mis manos, y me sacó la camiseta y el sujetador con esa atención que se nota cuando alguien está de verdad presente y no solo siguiendo un guión. Me quedé desnuda de cintura para arriba encima del sofá, con la piel toda erizada, y ella me miró un segundo largo antes de bajar la cabeza. Me lamió los pezones uno por uno, se los metió en la boca, me los chupó fuerte hasta que se me escapó un gemido que no supe que tenía dentro. Me mordió uno con los dientes y me apretó el otro con la mano hasta que arqueé la espalda entera contra el sofá. Yo hice lo mismo con los suyos: pequeños, oscuros, muy duros, y le tironeé uno con los dientes mientras le apretaba el otro con los dedos, y ella arqueó la espalda y me clavó las uñas en el hombro. Le lamí entre las dos tetas, le pasé la lengua por el esternón, le mordí el costado.

Cuando las dos quedamos casi sin nada y ella me miró, no aparté la vista.

Empezó a besarme el cuello, luego la clavícula, luego el pecho. Fue bajando poco a poco, sin apuro, mientras yo dejaba de pensar en cualquier cosa que no fuera lo que sentía en ese momento. Me lamía el estómago, me mordía la cadera, me metía la lengua en el ombligo como si estuviera avisando de lo que venía. Cuando sus labios llegaron a mi vientre solté el aire de golpe. Cuando me tiró de las bragas hacia abajo con los dientes, sin usar las manos, cerré los ojos y apreté los dedos sobre el cojín del sofá. Me sacó la braga por los tobillos y la tiró al suelo sin mirar dónde caía.

Me abrió las piernas con las dos manos, sin prisa, y se quedó un segundo mirándome el coño antes de bajar la boca. Me pasó los pulgares por los labios abiertos, me los separó del todo, y yo sentí el aire frío pegándome ahí y me estremecí.

—Estás chorreando —dijo, y no había burla, había otra cosa, casi asombro—. Mírate. Estás toda mojada por mí.

La primera lamida fue lenta, larga, de abajo hacia arriba, con la lengua ancha y plana, y me arrancó un jadeo que sonó demasiado alto en el silencio del salón. La segunda fue igual, más lenta todavía, y sentí cómo me recogía toda la humedad con la lengua. La tercera se detuvo justo en el clítoris y ahí se quedó, chupándomelo despacio primero y después con más ganas, con los labios cerrados alrededor y la lengua trabajándolo desde dentro. Yo me agarré del cojín, del respaldo, del pelo corto de ella, sin saber dónde poner las manos, moviendo las caderas contra su boca sin poder controlarlo. Cuando le solté el pelo y le miré la cara metida entre mis piernas, con los ojos cerrados y la boca pegada a mi coño, se me apretó todo por dentro.

Me metió un dedo primero, hasta el fondo, y me lo dejó ahí quieto un segundo para que sintiera cómo me llenaba. Después lo sacó y volvió con dos, más despacio, abriéndome. Los movía dentro doblados hacia arriba, buscándome un punto que yo no sabía que tenía tan claro, y cada vez que los curvaba se me escapaba una palabra sucia que ni sabía que iba a decir. Follame, le dije en un momento, sin proponérmelo, follame así, y ella no dijo nada, solo me metió los dedos más hondo y más rápido, chupándome sin parar. Me los metió y me los sacó con un ruido líquido, obsceno, que llenó toda la habitación, y yo sentí cómo mi propia humedad me chorreaba por el culo y me mojaba el sofá.

—Así —le dije con la voz que no reconocía—, más adentro, más fuerte, me estoy volviendo loca.

Ella subió la cara un segundo, con los labios brillantes de mí, la barbilla mojada, y me miró desde ahí abajo con una sonrisa que no había visto antes.

—Aguantá —dijo—. Todavía no.

Y bajó otra vez.

Lo que siguió fue preciso y muy paciente. Ella sabía lo que hacía y lo hacía sin necesitar ninguna confirmación, con una concentración que era en sí misma una forma de presencia. Me sentía el coño abierto, mojadísimo, con sus dedos entrando y saliendo con un ruido que me habría dado vergüenza en cualquier otro momento y que ahora solo me ponía más. Metió un tercer dedo cuando ya estaba tan mojada que entraron los tres de una, y me estiró de una manera que me hizo levantar las caderas del sofá. Me chupaba el clítoris al mismo ritmo con que me follaba con los dedos, y yo sentía cómo iba subiendo por dentro una ola que no iba a poder detener aunque quisiera. Llegué al orgasmo con las caderas arqueadas y un sonido que salió solo, sin que yo lo buscara, apretándole la cabeza contra el coño con las dos manos, corriéndome en su boca en oleadas largas que no se terminaban, sintiendo cómo me apretaba el coño alrededor de sus dedos con espasmos que me sacudían enteras, y me quedé quieta unos segundos después mirando el techo, con el corazón golpeando fuerte en el pecho y en los oídos y las piernas temblándome sin que pudiera pararlas.

Ella no me sacó los dedos enseguida. Los dejó adentro, quietos, mientras se subía por mi cuerpo con la boca brillante y me besó en la boca antes de que yo tuviera tiempo de decir nada. Me supe entera en sus labios: salada, espesa, todavía viva. Me pasó la lengua por la barbilla, me dejó que le chupara los dedos que había tenido adentro de mí, y me los metí en la boca sin pensarlo, saboreándome, mirándola a los ojos mientras lo hacía.

—¿Bien? —preguntó pegada a mi oreja.

—Muy bien —conseguí decir.

Le tendí la mano y la guié hacia arriba hasta que estuvo a mi lado, y la besé de nuevo, más largo, y luego la tomé de la mano y la llevé a mi habitación. Cerramos la puerta aunque no había nadie más. La empujé contra la cama y le acabé de sacar los jeans y las bragas, y me quedé un momento mirándola desnuda encima de mi colcha, con el pelo corto revuelto y una mancha roja en el cuello que le había hecho yo sin darme cuenta. Le miré las tetas duras, el vientre plano, la mata de pelo negro entre las piernas y los muslos abiertos, brillantes en la parte de adentro, mojados por ella misma.

Le hice lo que ella me había hecho, despacio, aprendiendo sobre la marcha. Le lamí el cuello, le mordí una teta, le dejé un chupón justo debajo, siguiendo sus reacciones, el ritmo de su respiración, la manera en que sus caderas se movían sin que ella se lo pidiera. Le chupé los pezones uno por uno hasta que se le pusieron como piedras y ella soltó un gemido que me llegó al bajo vientre. Le bajé por el estómago con la boca abierta, sintiéndole la piel calentarse a medida que iba bajando. Le mordí el hueso de la cadera, le pasé la lengua por la ingle, le besé la parte de adentro del muslo hasta hacerla temblar. Cuando le abrí las piernas con las manos y le vi el coño hinchado, brillante, todo mojado por ella misma, con el clítoris asomando entre los labios, dudé un segundo. Después bajé la cabeza y le pasé la lengua por en medio, y ella se agarró de las sábanas con un gemido que me hizo apretar los muslos.

Le chupé el clítoris como ella me había chupado a mí, sin saber si lo estaba haciendo bien pero copiándola con toda la memoria que tenía. Cerré los labios alrededor, se lo succioné suave y después con más fuerza, le pasé la punta de la lengua justo por debajo, en el lugar donde vi que se le tensaba todo. Le metí un dedo primero, después dos, y ella me guiaba con la mano en mi pelo, apretándome contra su coño cuando algo le gustaba, aflojándome cuando quería que subiera el ritmo. Me sabía a metal y a mar y a algo más que no supe nombrar, y yo no quería parar de comérselo. Le pasé la lengua entera por los labios, se los abrí con los dedos, le metí la punta de la lengua adentro y la sentí apretarse alrededor.

—Así, así, no pares —le oí decir con la voz rota—, joder, así, mordémelo un poco.

Le pasé los dientes por el clítoris con cuidado, apenas rozándoselo, y ella pegó un tirón con las caderas y soltó un jadeo que me erizó la piel entera. Volví a chupárselo mientras le movía los dedos adentro más rápido, buscándole el mismo punto que ella me había encontrado a mí, y a los pocos segundos sentí cómo se le apretaba todo el coño contra mi mano. No paré. Le clavé la lengua en el clítoris y le folleé el coño con los dedos hasta que la sentí temblar entera, hasta que me apretó la cabeza entre los muslos y se corrió con un grito ahogado en la almohada, echando las caderas contra mi boca una y otra vez hasta quedarse quieta. Me quedé lamiéndola despacio mientras bajaba, recogiéndole todo lo que le salía, sintiendo cómo se le seguía sacudiendo el coño alrededor de mis dedos con réplicas cada vez más suaves.

No era experta. Era honesta. Y eso resultó ser suficiente.

Nos quedamos así un rato, yo con la cara apoyada en su vientre y ella con los dedos en mi pelo, sin decir nada. La sentía respirar debajo de mí, el estómago subiendo y bajando, todavía con espasmos pequeños que no terminaban de irse. Después me subió, me pasó un brazo por debajo, y me metió otra vez la mano entre las piernas sin avisar. Me abrió los labios con dos dedos y me empezó a tocar el clítoris en círculos lentos, mirándome a la cara, sin dejarme cerrar los ojos.

—Mirame —dijo cuando intenté girar la cara contra la almohada—. Quiero verte cuando te venís.

Me metió dos dedos otra vez, después tres, follándome despacio mientras me apretaba el clítoris con el pulgar, y me hizo correrme una segunda vez así, con las piernas abiertas y la boca abierta y sin poder apartar la mirada de ella. Me vine con un temblor largo que no terminaba, apretándole los dedos por dentro tan fuerte que me costó respirar, y ella no me los sacó hasta que dejé de moverme. Y yo se lo devolví enseguida, montándome encima de su muslo, apoyando el coño abierto contra su piel y restregándome sin vergüenza, dejándole el muslo entero pegajoso, apretándole las tetas mientras me movía. Ella me miraba desde abajo, con las manos en mis caderas guiándome el ritmo, y me decía cosas al oído que me hacían acelerar sola.

—Así, cabalgame, empapame el muslo, corréte encima mío.

Y me corrí otra vez, la tercera, restregándome contra su piel hasta que me vine, mojándola entera, sin importarme nada. Me caí encima suyo cuando terminé, sin fuerzas, y ella me apretó contra el pecho y me pasó la mano por la espalda mientras yo intentaba recuperar la respiración.

Cuando terminamos nos quedamos tumbadas en la cama, sin hablar, con la ventana entreabierta y el ruido de la calle filtrándose desde fuera. Ella me pasaba la mano por el brazo, arriba y abajo, distraída.

—¿En qué piensas? —preguntó al cabo de un rato.

—En que tardé demasiado en hacer esto —dije.

Ella se rio. Una risa corta, tranquila, sin burla. Y no dijo nada más.

***

Estuvimos juntas unos meses. Ella tenía un carácter difícil de sostener con el tiempo, esa intensidad que al principio parece seguridad y luego resulta agotadora. No terminamos mal, simplemente terminamos. Lo que quedó no fue solo el recuerdo de esas noches sino algo más difícil de ignorar: la certeza de que lo que había estado guardando en ese cajón durante años era tan real como cualquier otra cosa que hubiera sentido. No necesitaba que nadie me lo confirmara. Pero fue bueno comprobarlo de todas formas.

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Comentarios(9)

Marcos_79

increible!!! me engancho desde el primer parrafo

ValentinaS

Necesito la segunda parte por favor, no puedo quedarme asi con este final

CarlaDeNoche

Que bien escrito, se siente tan real y honesto. Sigue subiendo relatos!

Santi_cba

Me recordo a algo que me pasó hace años y que demoré demasiado en aceptar. Gracias por contarlo tan bien.

PatricioSur

Muy buena narrativa, te metés en la historia desde la primera línea y no te soltás. Espero leer mas pronto. Saludos!

GonzaOK

ese final me dejo pensando un buen rato, potentisimo

MaiteR_03

¿tiene continuacion? porque sino me quedo con el corazon partido jaja

EloísaK

La forma de describir ese momento de reconocerse fue muy especial. Corto pero con mucho peso.

romi_78

muy lindo, en serio

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