Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La tanga que dejé en el portafolio del profesor

Me llamo Camila y tengo dieciocho años. Mido un metro cincuenta y dos, soy menudita y tengo el pecho más grande de lo que parece a primera vista. Llevaba el uniforme como casi todas: ni demasiado largo ni demasiado corto. Lo único distinto era que prefería la falda un poco floja en la cintura. No por cómoda. Era para que cualquier movimiento la subiera un poco más.

Todo empezó un lunes cualquiera. Tenía clase de literatura con el profesor Andrade a primera hora. Andrade andaba por los treinta y tantos, pelo entrecano, lentes de armazón delgado que se acomodaba en el puente de la nariz cuando algo lo distraía. Esa mañana se acomodó los lentes muchas veces.

Yo cruzaba las piernas. Es algo que hago sin pensar cuando me aburro. Pero esa mañana, mientras lo escuchaba leer un fragmento de un libro que ya ni recuerdo, noté que no estaba mirando el libro. Estaba mirándome a mí. Más exacto: estaba mirándome las piernas.

Hacía dos semanas que había empezado a usar tangas en lugar de los calzones de algodón que me ponía mi mamá en la mochila al inicio del semestre. No por nadie. Por mí. Porque me gustaba sentirme adulta. Esa mañana llevaba una negra, sencilla, de un cajón que mi prima me había regalado.

—Camila —dijo de pronto—, acércate al escritorio un momento.

Me levanté. La falda se me ajustó al subirme la mochila al hombro y fingí no notarlo. Cuando llegué al escritorio, él habló bajo, mirándome a los ojos y nunca más abajo.

—Estás distrayendo a tus compañeros. Cierra las piernas.

Lo dijo serio. Pero la voz le tembló un poquito al final. Yo asentí, le sonreí como una niña buena y volví a mi lugar.

Volví a cruzar las piernas. Y descrucé. Y crucé otra vez. Hasta que él dejó de pararse de la silla, hasta que entendí que estaba acomodándose el pantalón debajo del escritorio. Lo tengo.

Sonó el timbre y salimos. No me miró al despedirse.

Esa tarde, en mi cuarto, me toqué pensando en él. Me imaginé cómo se vería viéndome. Me imaginé qué estaría haciendo él en su casa pensando en mí.

***

Al día siguiente fui más decidida. Me puse una tanga rosa pálida, casi blanca, que se me veía un poco más pegada. Llegué a clase con la cabeza llena de planes y me senté en la primera fila. Andrade entró, pasó lista, comenzó a explicar algo de Sor Juana. Yo abrí las piernas un poco. No mucho. Lo justo para que, si miraba, viera.

Miró.

—Camila, al escritorio.

Esta vez se inclinó hacia adelante. Habló todavía más bajo.

—No juegues así conmigo. No me voy a aguantar después.

Yo me hice la tonta.

—Profe, ¿puedo ir al baño?

Asintió sin mirarme. Salí, caminé despacio hasta el baño del segundo piso, me encerré en un cubículo y me bajé la tanga. La doblé y la guardé en la bolsa interior del suéter del uniforme. Me subí la falda apenas un dedo más arriba de lo permitido. Volví al salón.

Cuando me senté, abrí las piernas. Lentamente. Sin mirarlo. Lo escuché tragar saliva. Le sonreí con los labios cerrados y volví a cruzarlas.

Quince minutos después se acercó a mi banco fingiendo revisar un ejercicio.

—¿Y la ropa interior? —murmuró sin mirarme.

—Me la quité, profe.

—Dámela.

—¿Cómo?

—La que traes en la bolsa. Dámela.

Le dije que no. Que era mía, que me la habían regalado. Él me ofreció algo a cambio: en la próxima clase me la devolvía con una sorpresa. Lo pensé tres segundos. La saqué con cuidado, doblada en un cuadrado pequeñito, y se la pasé como quien le pasa una nota. Él la guardó en el portafolio sin disimular del todo.

Volvió al frente. Continuó la clase. Yo seguí abriendo las piernas.

***

Tuve que esperar dos días. Dos días en los que no podía dormir pensando qué hacía él con mi tanga. Si la había olido. Si la había guardado en algún cajón. Si la había usado.

El viernes llegué temprano. Me fui al baño antes de su clase, me bajé los calzones del día y los metí en la mochila. Sin tanga, sin calzones, solo la falda y el aire en la piel. Cuando llegué a mi banco no pude sentarme con tranquilidad. Sentía cada movimiento.

Andrade entró. Me buscó con la mirada y me sostuvo dos segundos. Empezó a pasar lista. Cuando llegó a mi nombre, en lugar de marcar y seguir, se acercó a mi lugar. Me dejó un sobre blanco en el banco, cerrado con un sticker.

—Esto es tuyo —dijo en voz baja—. Ve al baño y póntelo. Ahora.

Lo dijo adelante de toda la clase, pero nadie se enteró. Hablábamos así de bajito.

Salí. En el baño abrí el sobre. Mi tanga estaba ahí, doblada con cuidado. Olía a perfume y a otra cosa que no era perfume. Algo más espeso, más íntimo. Acerqué la tela a la nariz y supe lo que era. Me la puse igual. Me la subí más arriba de lo normal, me la ajusté para que se me marcaran los labios, me bajé la falda al lugar de siempre y volví al salón con las piernas un poco temblorosas.

Me senté. Abrí las piernas. Andrade sonrió por primera vez en la clase.

—Camila es una alumna muy obediente —dijo a todo el grupo, sin dejar de verme—. Más tarde la voy a llevar a la biblioteca para premiarla con una sorpresa.

Algunos rieron. Pensaron que era broma.

***

La hora antes de su sorpresa fue la más larga de mi vida. Me costaba poner atención en química. Pensaba en lo que tenía puesto, en el olor que cargaba conmigo, en lo que iba a pasar cuando él volviera por mí.

Y volvió. Tocó la puerta del salón quince minutos antes del timbre y le explicó al profesor de química que necesitaba mi ayuda en la biblioteca con un proyecto interescolar. El otro maestro me dijo que llevara mis cosas, por si no alcanzaba a regresar.

Caminamos por el pasillo sin hablar. Él iba un paso adelante. Yo miraba su espalda y la forma en que el saco le caía un poco arrugado de un lado.

La biblioteca estaba vacía. La encargada se iba temprano los viernes. Andrade cerró la puerta con llave por dentro, dejó el portafolio sobre la mesa de lectura y se acercó a mí. Me puso las manos en los hombros, con una suavidad que no esperaba, y me apretó contra el librero más cercano.

—Quiero tocar todo lo que veo desde hace dos semanas —murmuró cerca de mi oreja.

—¿Y yo qué gano? —pregunté.

Sonrió. No esperaba que negociara.

—Mejores calificaciones.

—No me hacen falta.

Pensó un momento. Sacó la cartera del bolsillo interior, contó unos billetes y los dobló en la palma de mi mano. No miré cuánto era. Me los metí en la mochila, en el bolsillo donde guardo el celular, y le sostuve la mirada.

—Listo —le dije—. Pague.

Le tembló un poco el labio cuando se rio.

***

Me besó el cuello primero. Despacio, como si no quisiera apurarse. Una mano se me coló entre las piernas por encima de la falda y empezó a acariciarme por arriba de la tanga húmeda. La otra mano me desabotonaba la blusa de a uno, sin prisa, sintiendo cada botón antes de soltarlo. Cuando llegó al sostén me lo subió lo suficiente para liberarme los pechos sin quitarme nada.

Me llevó al pasillo del fondo, entre dos libreros altos donde nadie nos vería ni aunque entrara alguien. Sacó una colchoneta de las que usan en el taller de teatro y la extendió en el piso. Me hizo recostarme. Se arrodilló entre mis piernas y me hizo a un lado la tanga con un dedo.

Lo que me hizo con la boca duró mucho más de lo que esperaba. Me lamía despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y cada vez que yo arqueaba la espalda él se separaba un segundo para mirarme. Yo le hundía los dedos en el pelo y le pedía que no parara. Cuando sintió que estaba cerca, se separó.

—Todavía no —me dijo.

Me senté. Le quité el saco. Le abrí el cinturón con los dientes, solo porque sabía que eso le iba a gustar, y le bajé el pantalón hasta las rodillas. Lo que tenía debajo no era enorme, pero estaba dura y se le marcaban las venas de una forma que me dieron ganas de tenerla en la boca de inmediato. Le sostuve la mirada y me la metí entera.

Le gustó cómo lo hacía. Me lo dijo en voz baja, mientras me agarraba el pelo con las dos manos y me marcaba el ritmo. A veces me la hundía hasta el fondo de la garganta y yo tenía que respirar por la nariz para no ahogarme. A veces me dejaba a mí. Sabía a algo que no había probado antes.

Me sacó de la boca con cuidado. Me empujó otra vez sobre la colchoneta. Me corrió la tanga a un lado y entró despacio, dejándome sentir cada centímetro. Lo recibí entera. Le dije al oído que tenía que castigarme por haber jugado con él toda la semana.

—Soy una alumna muy mal portada —le susurré—. Pégame.

Me dio una nalgada. No fuerte. Lo justo para escucharla. Yo gemí más de lo necesario y a él se le aceleró la respiración. Empezó a moverse más fuerte.

***

Pasamos un rato así, en distintas posturas. Me empinó contra el librero. Me arrodilló otra vez para que se la mamara. Me volvió a recostar. En algún momento sonó el timbre de salida lejos, en otro pasillo, y ninguno de los dos se detuvo. Él me dijo cosas que no le había escuchado decir nunca en clase. Yo le decía cosas que no me había escuchado decir a mí misma.

Cuando sintió que iba a venirse, me sacó la tanga del todo, me la enredó en la muñeca como pulsera y empujó dos veces más antes de salirse. Sentí el calor en la espalda baja, en las nalgas. Se quedó un momento agarrado del librero, respirando como si hubiera corrido.

Yo me quedé bocabajo en la colchoneta, sintiendo cómo me escurría todo eso por la piel. Me reí sola. Me reí porque no sabía qué hacer con esa risa.

Me limpié con la tanga. Me la volví a poner encima, mojada como estaba. Me abroché la blusa, me acomodé la falda, me peiné el pelo con los dedos. Andrade se vistió en silencio, me ayudó con un botón que se me resistía, me besó la frente y me abrió la puerta de la biblioteca.

Salí sola al pasillo. Mis compañeros ya iban hacia la salida. Caminé entre ellos, mojada, latiendo entre las piernas, escuchando todo y sin escuchar nada. Sentía cómo seguía abriendo y cerrando, cómo la tanga se me empapaba de un líquido que era de los dos.

Llegué a casa y subí derecho al baño. Me bajé la tanga. Me la quedé mirando un buen rato. La acerqué a la nariz. Después, sin pensarlo demasiado, le pasé la lengua. Quería saber a qué sabía lo que me había dejado adentro. Lo lamí despacio, como si fuera un secreto que tenía que aprenderme.

Me supo a algo que ahora reconozco en cualquier parte.

Tiré la tanga al fondo del cesto, debajo de la ropa sucia. Me bañé. Me metí en la cama temprano. Mi mamá pensó que estaba enferma y me trajo té.

El lunes siguiente entré al salón con otra tanga puesta. Andrade me miró un segundo más de lo prudente cuando pasó al lado de mi banco. Yo crucé las piernas. Esto recién empieza.

Valora este relato

Comentarios (7)

MiriamCba

jaja que atrevida!! increible, me reí mucho leyendo esto

Caro_88

Me quede con ganas de saber que habia en ese sobre... por favor seguí!!

EduardoFdez

Me recordó a una travesura parecida que hice en la facu. Riesgo total jajaja

lector77

Y que decia el sobre? dejaste en suspenso lo mejor jeje. Muy bueno de todas formas

nocturno77

La tension que genera es increible, como si uno estuviera esperando el viernes con ella. Buenisimo

Verano_84

jajaja no puedo creer que lo haya hecho de verdad. Una segunda parte por favor, quede muy intrigada

LauraDeNecocha

Me encanto la osadia, hace falta mas confesiones asi de valientes!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.